Del derrumbe al imperio: los cambios en el Japón Meiji

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Del derrumbe al imperio: los cambios en el Japón Meiji

An 1861 image expressing the Jōi (攘夷, "Expel the Barbarians") sentiment Wikipedia

“Del derrumbe al imperio: los cambios en el Japón Meiji”  en Cabañas, Pilar; Antón, Javier y Ferro, Mª Jesús, eds., Con Japón. Visiones múltiples,   [Madrid, 2016], pp. 77-82

 

 

Japón ha tenido una evolución histórica particular porque en pocos años pasó de ser uno de los candidatos a la colonización a tener su propio imperio. En apenas unas décadas, su historia dio un giro radical, tras evitar ser dominado, como ocurrió con otros territorios vecinos, que le llevó por varias etapas a través de las cuales cambió la representación de su problema exterior y fue equiparando progresivamente su posición con la de otros países extranjeros hasta el punto de derrotar militarmente primero a la China Qing y después a la Rusia Zarista, una de las grandes potencias de comienzos del siglo XX.  Se puede considerar a este país como el único que se supo beneficiar del empuje colonial a lo largo de un proceso que puede dividirse en seis diferentes etapas, en ocasiones solapadas en el tiempo, que tratamos en este trabajo.

Japón estaba sumido en un sistema cada vez más incapaz de adaptarse a las nuevas circunstancias. El régimen Tokugawa, comenzado en 1615, era un sistema entre absolutista y feudal que había permitido un funcionamiento relativamente óptimo del país a lo largo de más de dos siglos, cuya paz y estabilidad habían permitido una mejora importante del nivel de vida. Hacia el exterior, el contacto había estado controlado por el poder central. Las relaciones oficiales habían sido limitadas a Corea y a las islas Ryūkyū, mientras que a los chinos se les había permitido llegar a sus costas siempre que llegaran como particulares y no como súbditos de otro reino. Los holandeses, los únicos noreuropeos o diablos rojos que habían querido quedarse en el país (los ingleses tuvieron poco éxito comercial), habían estado confinados en una isla artificial donde podían hacer poco más que comerciar, Dejima, pero incluso esta vía de contacto se había perdido, tras haberla abandonado a finales del siglo XVIII. Con los territorios al sur de las Ryūkyū, el gobierno central o bakufu habían impuesto unas prohibiciones marítimas que luego se convirtieron en permanentes y con los ibéricos o bárbaros del sur, o con todo aquel dedicado a propagar la doctrina cristiana, los contactos estaban terminantemente prohibidos. El comercio, además, tuvo una importancia muy limitada, no sólo por el escaso interés del poder central en permitir extraños que pudieran cercenar su poder, sino también por el auge del comercio interior, que había conseguido mejorar la calidad de las importaciones y, por tanto, hacerlas innecesarias.

 

La primera etapa del cambio consistió en el progresivo derrumbamiento del régimen según avanzaba el siglo XIX. Mientras seguía siendo válido el esquema tradicional de relaciones con los chinos y con los coreanos, e incluso con esos bárbaros del sur que habían puesto tanto empeño en cristianizarles, la llegada de rubios, pelirrojos y narigudos a las costas japonesas por medio de las vías más diversas no dejaba de aumentar. La primera reacción ante esa creciente avalancha fue utilizar la fuerza y en 1825, por ejemplo, el shogun decretó disparar a todo barco desconocido según se le divisara por el horizonte. Era cada vez más difícil detener a los primos de esos holandeses, y más irreal aún pensar [77] que se les podría mantenerles a raya confinados en un territorio porque el flujo no sólo era imparable por el número, sino también por su creciente poderío militar. En la primera guerra del Opio (1840-42) quedó claro en su eterno rival chino la amenaza real que se pendía sobre el archipiélago japonés, por lo que en 1853, cuando el Comodoro Perry llegó a sus costas, la respuesta ya no podía ser la misma. El estadounidense sugirió la conveniencia de permitir los intercambios con su país y de facilitar cobijo a los buques balleneros, ante lo que el declinante gobierno central se vio sin otra posibilidad que aceptar una buena parte de las demandas de esos barcos que dieron en llamar ovejas negras. Japón, en consecuencia, firmó una serie de “acuerdos desiguales” por los que aceptaba una tasa fija a sus importaciones e incluso llegaba a permitir que algunos de esos occidentales residieran de forma permanente en el país. También aceptó que gozaran de la extraterritorialidad, por la cual todo delito cometido por un extranjero en Japón debía ser juzgado por las autoridades de su propio país.

 

En segundo lugar, las elites niponas hubieron de reconocer que la única respuesta posible a los problemas de la apertura y a la tensión inicial no podía ser sino más apertura y más colaboración. La reacción hostil a los occidentales tuvo cumplidos resultados en los frecuentes ataques con que fueron acosados los primeros extranjeros, desde un ataque a la embajada británica, alguna que otra muerte violenta por no respetar los códigos tradicionales o bombardeos esporádicos en el estrecho de Shimonoseki a los buques europeos camino de la capital Edo, futura Tokio. Los occidentales, sin embargo, reaccionaron y dejaron claro su poderío militar. Una demostración militar británica en Kagoshima y otra conjunta en Shimonoseki en 1864, cuando una flota compuesta de buques de cuatro países destrozó las baterías niponas que se habían empeñando en hostigar ese creciente tráfico, hicieron que el contexto de la actitud hacia los extranjeros cambiara definitivamente. La derrota nipona sin paliativos dejó claro que el famoso lema, Expulsemos a los extranjeros, reverenciemos al Emperador (Sonnō Jōi) era irrealizable: los hostigamientos nipones no sólo eran poco efectivos, sino que la superioridad tecnológica occidental les permitía poner a Japón a su merced. Así, al igual que ocurriera casi un siglo más tarde con la caída de la bomba atómica, los términos del debate interno sobre la conveniencia o no de autorizar la presencia extranjera cambiaron totalmente. Había que cambiar y les quedó manifiesto que el único camino posible era la amistad y la apertura.

Al contrario que en otros países donde una derrota se prefería entender como una demostración de la mayor maldad del enemigo, Japón interpretó el bombardeo de Shimonoseki como el mejor argumento en pos de la apertura del país. Los extranjeros pasaron a dejar de ser el blanco de todas las críticas y las culpas le empezaron a caer a ese viejo régimen del bakufu, incapaz de expulsar a los extranjeros. El archipiélago pasó a ser escenario de una guerra civil interna en la que se enfrentaban por un lado los aperturistas, dirigidos por los dos territorios que habían sufrido más directamente los bombardeos occidentales, Satsuma y Chōshū, y los partidarios de la familia Tokugawa, cuya legitimidad se erosionaba ante los ojos de los demás por haber sido incapaces de proteger al país, sino más bien lo contrario. La pequeña guerra civil acabó [78] en 1868, saliendo triunfantes unos nuevos líderes que serían los principales ejecutores de la apertura durante la época Meiji.

 

Japón, en tercer lugar, reconoció algo en teoría contradictorio, que la independencia nacional sólo podía ser mantenida gracias a la tecnología extranjera, en este caso occidental. El gobierno de los japoneses sobre su propio territorio era el objetivo prioritario hacia el que debían de dirigirse todos los recursos disponibles y un ejemplo de ello había sido en la década de 1850 la firma de esos “tratados desiguales”. La obsesión por cuidar al extremo cualquier cláusula o mención que pudiera cercenar lo más mínimo el poder político del gobierno japonés llevó a desatender las implicaciones económicas de otros artículos y, de hecho, el nivel de vida de sus habitantes descendió a raíz de estos tratados. Tenía razones para ello; la élite nipona sabía bien que los occidentales podían tomar la ofensiva e intentar colonizar Japón, por lo que la preocupación principal fue asegurar que aceptaran de la forma más explícita posible el poder imperial soberano, aceptando concesiones en otros aspectos si fuera necesario. Ya que los dioses, al contrario de lo ocurrido seis siglos antes, con los intentos de invasión mongoles desde China, no se estaban mostrando tan favorables a Japón, era necesario que los humanos se hicieran cargo directamente de esa tarea de defenderlo de la agresión foránea. Su lógica para defender el país de esas amenazas militares, además, fue inapelable: ir adonde habían sido desarrolladas, aprenderlas y saber porqué los occidentales habían conseguido un progreso tan notable. Lo mejor para mantener la independencia, antes de que fuera tarde, sería aprender de los que la amenazaban. Aunque fueran unos demonios, era una tarea ineludible.

 

La lógica de la adaptación al sistema mundial dominado por Occidente fue la cuarta etapa. La aseveración de que el emperador japonés provenía directamente de los dioses creadores del mundo no parecía impresionar muchos a los occidentales, como tampoco eran considerados válidos internacionalmente otros argumentos usados en el pasado para entender la sociedad internacional, tales como el nivel de adaptación a la civilización sínica tradicional o el desarrollo institucional. Para elevar a Japón en el rango internacional, antes bien, el nuevo sistema dominado por Occidente establecía unas premisas diferentes, tales como disponer de un código legal, unas fronteras claramente delimitadas y poseer la capacidad militar de derrotar a los demás. Japón, más dedicado a ensalzar su rango enfatizando el mantenimiento de las enseñanzas clásicas confucianas, o señalando a una línea presuntamente interrumpida de emperadores comenzada a partir de la diosa Amaterasu, nunca se había preocupado de esos argumentos. Pero comprendió que sus esquemas mentales anteriores estaban obsoletos y que la única opción posible era aceptar abrirse al exterior, a pesar de que ello implicaba partir de un estatus muy inferior que le perjudicaba fuertemente su autoestima.

 

La labor inmediata, en quinto lugar, fue ponerse manos a la obra inmediatamente para subir de rango y, consciente de ocupar los últimos peldaños, el gobierno de Tokio se apresuró a  cumplir con los requisitos [79] exigidos por Occidente para poder entrar en su club. Clarificó las fronteras nacionales en Sajalin, las Kuriles, las Bonin, las Ryūkyū u otras islas por medio de tratados con Rusia, China y Corea, habitó la isla de Hokkaidō, estableció por medio de códigos legales los derechos de sus súbditos, se dotó de una bandera y un himno e incluyó nuevas palabras en el diccionario acordes con los nuevos tiempos, tales como libertad, democracia o estado-nación. Con el tiempo, la amenaza a la soberanía comenzó a disminuir y, además, las potencias europeas acordaron renunciar a los tratados firmados con Tokio en la década de 1850, en los que ya no se plasmaba una relación entre inferior y superior. El esfuerzo significó de nuevo supeditar otros objetivos igualmente cruciales, como la mejora del nivel de vida de la población, pero quedó palpable que Japón  ya no estaba entre los parias del mundo.

 

A fines del siglo XX, por último, Japón culminó ese proceso de ascender en la nueva “escalera de civilización” estableciendo un imperio comparable al de las naciones europeas que le habían servido de modelo. Tras haber esquivado la amenaza sobre su propio territorio y cada vez más seguro en el concierto de las naciones, Tokio buscó elevar su status internacional por medio de los dos métodos utilizados por las potencias dominantes. Por un lado, participando cada vez más en los juegos diplomáticos de alianzas, compromisos y acuerdos entre gobiernos tan típicos de la diplomacia occidental, y por el otro, reforzando su peso propio, ya fuera demostrando la necesidad de contar con el país al construir, por ejemplo, una de las principales flotas navales del mundo como colonizando cada vez más territorios.

Se pudieron ver los primeros resultados claros en estos años, porque Japón no sólo derrotó al imperio chino en la guerra chino-japonesa de 1894-95, sino que manejó con creciente destreza los hilos diplomáticos durante la crisis del 96-98 en Filipinas y, por último, derrotó a una de las grandes potencias del momento, la Rusia Zarista que fue incapaz de responder adecuadamente al ataque sorpresa japonés a su flota y sus ejércitos en el Pacífico. Su progreso militar también fue acompañado de un número de territorios que pasaron a estar ondeados por su bandera y en la década de 1930 Japón podía discutir en posición de igualdad con cualquier potencia mundial. Ocupaba Corea, Taiwán y casi toda la Micronesia, mientras que en la China continental había hecho de Manchuria un país aparte y gobernaba varias concesiones extraterritoriales. Su palabra era tenida muy en cuenta tanto por amigos como por enemigos. Japón había llegado a ser una gran potencia, aunque la realidad social del país dejaba mucho que desear. Su éxito era inigualable.

El Japón previo a la guerra del Pacífico, al contrario que el anterior a la llegada del Comodoro Perry, no sólo podía recordar tiempos pasados sino también regodearse en los éxitos contemporáneos. El Imperio era una realidad, y si su pasado se veía como un ejemplo de constancia, de luchar por objetivos agotadores y de empeño en aventuras imposibles, el presente se veía como la confirmación de esos denodados esfuerzos desde que en la época Meiji decidiera abrirse al exterior. A pesar de que las naciones occidentales se habían convertido en las dueñas del mundo, los japoneses no sólo habían conseguido adaptarse a los nuevos tiempos y a las nuevas formas de pensar, sino incluso habían logrado también edificar su propio imperio. Ningún otro país no- [80] occidental había llegado tan lejos en esos años, y sorprendiendo a propios y extraños Japón había salido tan favorecido del empuje occidental. Desde el estadio inicial de aislamiento, a mediados del siglo XIX, hasta la ratificación de su categoría de potencia mundial en la década de 1930. Las ambiciones imperiales habían tenido un papel clave, pero a cambio del nivel de vida de la población: si el proceso de toma de decisiones no hubiera estado en manos de la misma clase dirigente, la evolución del país hubiera sido diferente.

Florentino Rodao.

ISBN: 978-84-608-5104-2.   Depósito Legal: 91.7208911/18.

 

 

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