Raza y los discursos de la diferencia (1880’s-1940’s)

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Raza y los discursos de la diferencia (1880’s-1940’s)

Florentino Rodao

 

Real Colegio Complutense at Harvard University – Madrid

 

Introducción 1

En las últimas décadas del siglo XIX y las primeras del XX, la expansión colonial europea vivió una etapa de esplendor gracias, en parte, a las nuevas acepciones del concepto de raza. La superioridad militar de las metrópolis europeas resultó potenciada por el progreso de las comunicaciones, de las ciencias, como la medicina, y de otros ámbitos de la vida material, aunque también por el perfeccionamiento de los sistemas de control ejercidos por el imperialismo, que legitimaban la dominación con unos discursos de la diferencia más sofisticados.
Las antiguas jerarquías discursivas, basadas en la llamada escala natural como reflejo de un orden de origen divino, pasaron a expresarse mediante datos cuantificables y materiales, tales como la producción industrial, el desarrollo científico, las poblaciones de los imperios o las extensiones territoriales, en lo que empezó a llamarse la Escalera de la civilización, que hacía uso de un término antiguo, raza, cuyo significado fue remodelado. Hasta entonces, el concepto de raza había sido más bien “una ideología visual”, 2 relacionado con la sangre, que denotaba características somáticas, pero desde el siglo XIX adquirió nuevos matices y, con ello, un rol creciente para la definición, clasificación y esquematización de identidades. Nuevas ramas científicas como la antropología física o la craneología permitieron cuantificar unas diferencias a partir del análisis de huesos y delimitar más nítidamente las fronteras entre las “razas” que, además, parecían innatas y prometían ser inalterables. Así, el racismo se convirtió, según define Michael Foucault, en “ideología científica” y pasó a ser clave para codificar los discursos de la diferencia, ya fuera para redibujar las fronteras interiores entre pobres y clases medias más allá de los discursos nacionalistas, 4 como para delimitar rangos, bien entre colonizados y colonizadores o entre las emergentes naciones-estado. 5

 

Las nuevas jerarquías discursivas, en definitiva, estaban basadas en unas metodologías novedosas, pero también en la adaptación de un término antiguo. Los españoles las afrontaron en condiciones especiales. Aunque poseían un amplio imperio (en el Caribe, en torno a Filipinas y en el África ecuatorial), su pérdida en 1898 les obligó a revaluar su posición en ese nuevo ordenamiento, pero acabaron poniendo en duda las bases de la propia Escalera de la civilización y con ello de la jerarquización discursiva impuesta en las décadas finales del siglo XIX. La principal dificultad durante este período, que coincide básicamente con el régimen de la Restauración, entre 1875 y 1931, estriba en la incomodidad ante esa nueva forma de clasificación, porque los españoles se sentían perjudicados por la posición que ocupaban en ella, pero también porque ni siquiera sus élites conocían ni comprendían esa nueva jerarquía discursiva.
A pesar de ello, no hay un estudio comprehensivo sobre la percepción de los españoles de sí mismos ante la nueva jerarquización en esta etapa. Los estudios sobre el papel de España en el exterior en torno a 1898 siguen centrados en las críticas internas y en las diferencias regionales, y muestran escaso interés hacia las comparaciones con otros países en tesituras parecidas, como Turquía, Portugal o Japón, pero sobre todo hacia los discursos de la diferencia. Este trabajo intenta esbozar, por medio de la intersección con las nociones de nación, imperio, ciencia y religión, los cambios en el discurso sobre la raza, considerándola, de acuerdo con Paul Kramer, algo dinámico, contingente y transnacional. 6 Con el análisis del concepto de raza a través de períodos de paz y de guerra, se pretende además contribuir a profundizar en el conocimiento de la percepción de los españoles sobre su posición en el mundo y, en definitiva, sobre ellos mismos.
Teniendo en cuenta su delicado papel en el espacio público, se argumenta que los españoles desarrollaron ante los nuevos discursos raciales diferentes estrategias centradas en la apropiación del término, que pueden entenderse como una metamorfosis creativa para resituar la posición de España en el mundo y que es comparable a la de otros pueblos. Para analizarla, este trabajo estudia los discursos de la diferencia en relación con la raza a través de tres períodos separados por conflicto bélicos. Primero, en las últimas décadas del siglo XIX, cuando resulta decisivo mantener el imperio; después, tras la derrota de 1898 frente a Estados Unidos, cuando la carencia de imperio (excepto en Guinea Ecuatorial y el resto de territorios asignados a España, como Sidi Ifni y el Sáhara occidental) obliga a los españoles a explorar nuevas opciones para el futuro; y finalmente, desde el final de la I Guerra Mundial, cuando el creciente rechazo a la lógica jerárquica dio paso a la recreación de las tecnologías de poder utilizadas en los orígenes del imperio español.

 

 

1. Racismo en tiempos del imperio

 

 

Ese nuevo concepto de la Escalera de la civilización llegó en mal momento para los españoles. La clasificación estaba basada en datos cuantificables, como la producción de electricidad, los logros en sanidad o en transporte y el resto de avances científicos, que cuantificaban pero también reflejaban los cambios radicales en el planeta, incluidas unas expectativas inusitadas sobre la ciencia, que daban por sentado futuros descubrimientos capaces de cumplir las utopías sociales más diversas, como acabar con la pobreza y las desigualdades sociales. Así, por ejemplo, el biólogo francés Lamark hizo pensar que sus investigaciones en células humanas pondrían al alcance de la mano mejoras sustanciales que podrían aplicarse también a grupos de seres humanos. Y al tiempo que el naturalista Charles Darwin formulaba sus teorías sobre la selección natural, en 1876, el filósofo británico Herbert Spencer aseguraba que en un futuro solo sobrevivirían las sociedades más adaptadas.
Mientras que la carrera imperial se desbocaba cada vez más, el pensamiento racial convergía con el nacional. El darwinismo social de Spencer (aunque el término se acuñó más tarde) sostuvo ideológica y psicológicamente ese clima de polarización al establecer una teoría general que parecía explicar ese mundo cambiante mejor que otras. Al expandir a las sociedades las teorías de la selección natural y de la supervivencia del más apto, Spencer aseguraba que el futuro de las naciones y de las sociedades era equiparable al de los seres vivos, esto es, vivir o morir, ser activas o pasivas o, por expresarlo en un término más actualizado, ser orientales u occidentales. Con esta simplificación, no había términos medios entre conquistar y ser conquistados.
La posición de los españoles fue ambivalente porque asumieron como ciertas las bases conceptuales de esos discursos de la diferencia, aunque rechazaron su posición secundaria. Ciertamente, los españoles pertenecían a esa “raza blanca” o caucásica, “superior” en parte porque sus cráneos no estaban “degenerados”, al contrario que los de las demás, esto es, la “roja” de los nativos americanos, la “amarilla” de los mongoloides, la “marrón” de los malayos y la “negra” de los africanos o etíopes, según había establecido años atrás Johann F. Blumenbach. Pero muchas otras categorizaciones eran poco favorables a esa “raza” de los españoles. Por ejemplo, la derrota francesa contra Prusia en 1870 popularizó la idea de la inferioridad congénita de las “razas latinas” (que engoblaban a españoles con italianos, franceses y portugueses) frente a las “anglosajonas”.
El primer libro que se refirió expresamente a la superioridad de la “raza blanca”, el Ensayo sobre la desigualdad de las razas humanas, del marqués de Gobineau (1853), recordaba los siete siglos que España había permanecido bajo dominio árabe. De hecho, se preguntaba “¿Pero España está muerta?”, y, aunque Gobineau lo negaba porque era “uno de los Estados modernos con el sentimiento de nacionalidad más intenso”, 8 quedaba claro que el futuro de los españoles estaba abierto a la especulación. La pérdida de la mayoría del imperio americano malogró también la percepción de esa “raza”, y a ello le siguieron las revueltas políticas recurrentes en la península. La España finisecular, en definitiva, sentía la necesidad de mejorar su autopercepción frente a otros pueblos, ya fuera a través de una “referencia estereotipada”9 de tiempos pasados, los de la expansión imperial, como a través de categorizaciones más recientes como la “vitalidad”, de la que eran ejemplo las “razas” anglosajona o eslava. 10  Esta mejora debía hacerse patente en distintos ámbitos, políticos e ideológicos, pero también ante públicos diferentes, en el exterior y en el interior, tal como vamos a analizar más adelante. En esos años hubo un tercer escenario, el de los súbditos en las colonias de Filipinas, Puerto Rico y Cuba, que no podemos tratar por falta de espacio.

 

 

1.1. Respuesta interna

 

En la España finisecular, la nueva lógica racista, mezclada por supuesto con los viejos argumentos de carácter somático, estuvo presente tanto en el debate científico como en el político. Podría decirse que los españoles se esforzaron por abrazar la modernidad a través de la adopción de esas nuevas taxonomías establecidas por la (pseudo)ciencia, aunque la principal característica de ese debate fue que emuló el existente en el ámbito político entre liberales y conservadores, que abarcaba desde la lucha anticlerical hasta los nacionalismos catalán y vasco. 11
El debate científico muestra la aceptación de las nuevas ideas. En el fermento del sexenio revolucionario predominó el krausismo, cuyo relativo desinterés por la metodología empírica fue compensado con una gran expectativa ante la ciencia como una forma de rechazar los dogmas religiosos pero también de ayudar en el progreso y la democratización de la sociedad. Así lo señalaba el traductor de Ciencia y Naturaleza de L. Buchner: “El fundamento principal […] de la democratización de los pueblos es la democratización de la ciencia para que sea una verdad la revolución en su base principal, la de las ideas”. 12 Después de 1874, durante la Restauración, la filosofía predominante pasó a ser el positivismo, más conservador socialmente pero abierto al krausismo y admirador de otras corrientes del darwinismo, como
la de Ernst Haeckel que, de hecho, fue el “conducto principal”13 para la difusión de las ideas evolucionistas. Junto con estos, Herbert Spencer fue el otro autor más comentado y citado en el último cuarto del siglo XIX español. 14
Los nuevos esquemas realizados por la ciencia europea se fueron incorporando con las únicas reticencias de la sociedad tradicional por lo que define Diego Núñez como la percepción de un riesgo de “desfundamentación del edificio moral”. 15
Las nuevas metodologías científicas calaron en España. No solo se generaron conceptos como la “patología social”16 y movimientos como el higienismo, sino que se crearon organismos como la Comisión de Reformas Sociales en 1883, para proponer reformas legislativas con el fin de arbitrar las relaciones entre capital y trabajo. El nuevo Código Penal en 1887, por ejemplo, reflejó los esfuerzos por vincular criminalidad y determinismo biológico, mientras que los establecimientos penitenciarios, siguiendo los decretos reales de 1892, comenzaron a medir los cráneos de los prisioneros a su llegada. 17 La antropología española, que tuvo un desarrollo equiparable con otros países europeos, 18 se dedicó a la medición de cráneos y rasgos biológicos siguiendo teorías como la de Karl Vogt, que buscaba la esencia de un pasado puro. La única excepción fue Pedro González de Velasco, que refutó uno de los argumentos del viejo libro de Gobineau, la equiparación entre mezcla racial y degradación, declarando no encontrar rastro de ello en los cráneos españoles. 19. En definitiva, halagar la fusión racial en lugar de criticarla fue la forma en que los especialistas españoles asimilaron las nuevas metodologías científicas imbuidas de modernidad, mientras que sus investigaciones se centraron en mejorar su categoría. Reflejaban, pues, lo que buscaban los españoles ante los reproches de ser inferiores: mejorar su posición particular más que demostrar las contradicciones de las teorías raciales.

 

 

1.2. Darwinismo expansivo

 

 

En el exterior, el argumento preferido por los españoles para mejorar su (auto)percepción siguió siendo la expansión territorial. El darwinismo social proporcionaba una doble justificación a esa expansión. Por un lado, la de que ampliar territorios era una forma de recalcar la importancia de los que ya se tenían, puesto que muchos españoles sentían que no recibían el reconocimiento merecido. Por el otro, la de la guerra como forma de llevar la modernización, que debía tener también un carácter científico, y de conseguir una “selección natural” entre los pueblos superiores, tal como consideraba el líder conservador de esos años, Antonio Cánovas del Castillo.
Las expediciones de expansión imperial, de esta forma, tuvieron un significado adicional durante la Restauración. En África, utilizando su presencia en la isla de Bioko (Fernando Poo), España pasó a conquistar Mbini, la franja continental (Río Muni) y formó la casi única colonia que permaneció después de 1898, Guinea Ecuatorial. En Melilla, las protestas por la construcción de un fuerte en una zona fuera del perímetro de la ciudad llevaron a que Madrid concentrara hasta 24.000 soldados y llegara a movilizar a 112.000 reservistas. 20 En Filipinas, España proclamó el dominio casi completo del sur, tanto de la isla de Mindanao como de las fuertemente islamizadas, como Sulu, aunque fue en buena medida gracias a la financiación a sultanes colaboracionistas y a que las nuevas carreteras de tiempos del gobernador general Valeriano Weyler consiguieron separar los dos grupos principales de musulmanes, los maranaos y los sulues. 21 Madrid, además, inició la colonización de las Carolinas, con una expedición a Yap en 1887 con la que tomó posesión formal del archipiélago.
El éxito fue dudoso en muchos casos. En el sur de Filipinas, por ejemplo, las tropas siguieron sufriendo ataques sistemáticos de los bangsamoros. 22 Estas carencias se hicieron patentes al demostrar según las normas establecidas en la Conferencia de Berlín de 1885 que las islas Carolinas, en el Pacífico, eran territorio español, pues Alemania hizo lo mismo cuatro días más tarde a través de una fragata alemana que también reclamó la soberanía. Ante la disputa, hubo unas protestas furibundas contra los consulados del Reich alemán en Madrid y Barcelona, que no tenían mucha base práctica, puesto que ninguna empresa española podía comercializar la copra, el único recurso de esas islas en estos años y, de hecho, ni siquiera se pudo acabar la conquista militar de los grupos de islas más alejados (como Pohnpei o Ponapé), porque hubo rebeliones que nunca pudieron ser sofocadas. En 1893, una opinión pública desbocada también llevó a la precipitación en Melilla: “se dieron alas al humor guerrero tan propio de nuestra raza”, como expresó Luis Morote. 23 Esa aparente necesidad por mostrar la vitalidad requerida por el darwinismo social parece una de las ideas recurrentes que llevaron a que la expansión imperial fuera “sentida y asumida popularmente, sobre todo, por las clases medias”, 24 según Bernabé López. La precipitación y el carácter reactivo de algunas actuaciones, basadas en frustrar planes foráneos más que en seguir estrategias propias, agravaron el principal problema del imperio español en esos años, como era mantener las comunicaciones, en definitiva, su sostenibilidad.

 

 

1.3. Perplejidad, ansias e ingenuidad

 

 

Con los nuevos discursos de la diferencia en torno a la ciencia y la raza, los deseos de los españoles de convencer al mundo y a ellos mismos de que merecían un puesto mejor en la sociedad internacional se toparon con varios problemas que se pueden resumir en las tres palabras que encabezan este apartado. Perplejidad, en el primer caso, porque faltaron unas ideas claras sobre el significado concreto de esos discursos, y menos aún un consenso generalizado, ni siquiera entre las élites, sobre cómo mejorar la posición de los españoles en el concierto de las naciones. Más allá de esa fe generalizada en lo que depararía la ciencia en un futuro y la aparición de una terminología novedosa sobre las diferencias raciales, los españoles siguieron funcionando con los esquemas previos, con unas nociones somáticas de las razas y con ideas sencillas de adscripción, como la que expresaba un periódico granadino en 1857 ante el éxito de la expedición a Marruecos: “Tranquilícense, pues, nuestros colegas: el África no comienza en los Pirineos”. 25

 

Ansias, en segundo lugar, porque la premura aparece como la reacción más común ante las nuevas categorizaciones, al sentir que esos nuevos criterios debían ser satisfechos con urgencia, ya fuera adaptando los progresos científicos o enviando las expediciones expansivas. Esta “angustia nacional” aparece en reacciones extemporáneas, ya fueran de alegría furibunda en 1893 cuando la prensa celebró con exceso lo que parecía una inminente victoria en Marruecos, de xenofobia, perceptible en las manifestaciones masivas contra Alemania en 1887 por la Micronesia, o incluso de chovinismo, como fueron las reacciones antes las dudas en el extranjero sobre la originalidad de las invenciones de Isaac Peral. Fue una reacción que reveló múltiples carencias, como unas expectativas poco conectadas con la realidad.

 

Ingenuidad, por último, por la confianza tan absoluta en los avances de la ciencia, que revela la escasa capacidad para la evaluación propia en la sociedad ante esa nueva lógica jerárquica. Las críticas fueron muy escasas, incluso entre una izquierda demasiado ilusionada con el concepto de progreso. La visión del colonialismo británico en la India como acicate para la mejora de una sociedad “anquilosada”, tal como expresó Karl Mark, explica parcialmente su incapacidad de ofrecer una visión alternativa, como es posible comprobar en las suaves críticas iniciales en El Socialista al colonialismo español en Marruecos. 26 La lógica racial de fines del siglo XIX era novedosa, pero tan injusta y sesgada como las anteriores.

 

 

2. Regeneración para una raza desposeída

 

 

La derrota militar de 1898 y la pérdida de casi todo el imperio colonial confirmaron muchos temores, que suscitaron la pregunta de hasta dónde llegaría esa decadencia de la raza española, un término que aparece cada vez más en el discurso político. Muchos pensaron que España desaparecería como nación, incluidos personajes significativos como el ministro británico de Colonias, Joseph Chamberlain, quien en 1895 acuñó un término, Finis Hispaniae. Lo superó el propio primer ministro (y ministro de exteriores) británico, Lord Salisbury al evocar a España como “nación moribunda” el 4 de mayo de 1898, a los pocos días del estallido de la Guerra Hispano-estadounidense: “los estados débiles se están debilitando y los estados fuertes se están fortaleciendo… Las naciones vitales se entrometerán en los territorios de las moribundas, y las semillas y las causas de los conflictos entre las naciones civilizadas desparecerán gradualmente”. 27  Sin esperar al resultado de la contienda, las nociones deterministas del darwinismo social hicieron pensar a muchos que España podía darse por finiquitada.
Muchos españoles reconocieron errores presentes y pasados, y compartieron en la esfera pública algunas de las ideas de ese discurso de Salisbury, 28 pero no podían aceptar que los problemas de esa raza española fueran irremisibles: preferían referirse, en todo caso, a la “caída y resurrección de España”, 29 como Luis Morote. Centraron sus expectativas en el regeneracionismo, que se puede entender como el rechazo a la debilidad intrínseca de los españoles que preconizaba el degeneracionismo30, puesto que más allá de esta negación los postulados regeneracionistas eran tan amplios que abarcaban desde los partidos dinásticos hasta los regionalistas y los institucionalistas.
El contexto internacional también favoreció su reacción anti-degeneracionista, porque los planteamientos deterministas como el darwinismo social iban siendo superados por otros que tenían en cuenta la importancia de la actividad humana. La eugenesia fue una de las corrientes más secundada, como rama científica que no solo defendía la pro-actividad humana, sino que compendiaba disciplinas muy diversas, tales como la biología, la medicina, la sociología, el derecho o la antropología. Había sido proclamada décadas antes por Sir Francis Galton con el objetivo de mejorar las condiciones hereditarias para reducir enfermedades o conseguir una población más sana, pero su utilidad llegó a ser acuciante por la pobreza extrema de la población hacinada en ciudades en rápida expansión. 31
En definitiva, con el nuevo siglo, la eterna búsqueda de los españoles para ascender en la (auto)consideración nacional partía de su umbral más bajo, aunque se comenzaron a contemplar otras opciones en la lógica jerárquica. En el ámbito interior, junto a antiguas opciones para mejorar la percepción nacional como la educación, la ciencia tuvo un papel creciente, asociada a la raza, mientras evolucionaba hacia conceptos menos deterministas y albergaba crecientes suspicacias hacia la coherencia de las clasificaciones raciales. En el ámbito exterior, por su parte, ante la inconveniencia del argumento imperial, surgieron nuevos dinamismos que pronto se revelaron útiles para dinamizar la autopercepción nacional, tales como las relaciones con las antiguas colonias y con las comunidades de emigrantes españoles, que compensaban de paso la obcecación de algunos grupos por los caminos ya trillados de la expansión colonial.

 

 

2.1. Consenso por la ciencia pro-activa

 

 

Dentro del país, el término raza mantuvo el significado adquirido en el período anterior, por la influencia del momento regeneracionista, por la continuidad con las ideas previas y por los planteamientos novedosos. La profundidad de la derrota de 1898, en primer lugar, impedía la búsqueda de soluciones a corto plazo; no se podía acusar a un gobierno determinado y, de hecho, no hubo ni tentativas de golpe de estado ni culpas excesivas a la Restauración monárquica de 1875, en parte porque la próxima mayoría de edad del príncipe generó unas expectativas imposibles de eludir. Era necesario buscar soluciones a medio y largo plazo y con ello la ciencia recibió una “mayor atención de los poderes públicos”32, como señala Luis Enrique Otero. En 1900, de hecho, se creó el Ministerio de Instrucción Pública y Bellas Artes y, en 1907, la Junta de Ampliación de Estudios, dedicada a la creación de nuevas instituciones de investigación y al envío de pensionados o becarios al extranjero, en línea con la célebre frase del premio Nobel de Medicina en 1906, Santiago Ramón y Cajal: “A patria chica, alma grande”. 33 Impulsar la ciencia era también mejorar la (auto)percepción de la raza. En segundo lugar, las ideas impulsadas primero por el darwinismo y después por la eugenesia se fueron plasmando en hechos concretos. La necesidad de investigar más sobre la vinculación biológica de lo que se sintió como “decadencia nacional” fue expresada por especialistas y generalistas, desde el médico barcelonés Nicolás Amador, que confiaba en su resolución a través de las “investigaciones genéticas y eugénicas, que la moderna biología pone a nuestro alcance”, 34 o Diego Enrique Madrazo, que llegó a proponer un Centro para la Promoción de la Raza para remediar el declive biológico sufrido por los españoles, 35 hasta Luis Morote, que culpó al individualismo y a la indisciplina de los españoles en La Moral de la Derrota (1900). 36

 

 

Estas ideas se plasmaron en un libro escrito parcialmente por el propio Morote, que sería clave para la transformación de la antigua Comisión de 1883 en el Instituto de Reformas Sociales37. Además, el creciente interés por vincular la medicina legal, el derecho penal y la antropología social y criminal, del que participaba también Morote, llevó a la fundación en 1906 de la Escuela de Criminología en Madrid, dirigida por Rafael Salillas, donde se podía calificar a los delincuentes como verdaderos “enemigos biológicos”. 38 Francisco Vázquez, de hecho, vincula esta plasmación de propuestas con la creciente presencia estatal y se refiere a una “biopolítica interventora” que tendría como características el paso a una política de previsión, sustituyendo a la beneficencia; el desarrollo de la medicina social, que tendría en cuenta los factores medioambientales en la salud, y la búsqueda de la optimización de la herencia, que daría lugar al “homo hygienicus”. 39 El estado también debía tener un papel para mejorar la raza.
En tercer lugar, los cambios en el contexto internacional sobre el papel de la ciencia también se reflejaron en España. Por un lado, el tiempo transcurrido erosionó por sí mismo la confianza en ideas como el darwinismo social, como reflejó Miguel de Unamuno, que de traductor de Spencer cuando era profesor en Salamanca pasó a arrepentirse y acabó mofándose de “los darwinistas más darwinistas que Darwin”, 40 o el socialista Jaime Vera, al quejarse de los muchos que achacaban un declive irreversible al cráneo y al
cerebro de los españoles. 41 Por otro, España también participó del creciente seguimiento de los “intelectuales específicos” como reflejo de una sociedad que demandaba actos cada vez más concretos, y que en lugar de anhelar un tipo de “hombre de justicia” opuesto al poder, o lo que Foucault denomina intelectual “universal”, tendía a buscar uno que hablara más “en nombre de una verdad científica ‘local’”. 42
Aun predominando las propuestas educativas y sin ser un término frecuente, raza aparece principalmente como ese cuerpo humano-nacional donde se plasman las expectativas de la ciencia. 43 Enrique Diego Madrazo es un ejemplo de esa confianza en la ciencia: “Ni la esencialidad de nuestro funcionamiento ni la rapidez del mismo la obtendremos por la educación […] es la selección científica la que se encargará de salvar a la humana especie”, 44, mientras que José María Escuder, un famoso doctor en aquellos años, sentenció que “el código del porvenir tendrán que hacerlo médicos”. 45 La vinculación de las patologías humanas con las sociales la llevaron a cabo personajes como Macías Picavea, que habló de las “tendencias parasitarias del caciquismo reinante”,46 o el miembro de la Real Academia de Ciencias Morales, Damián Isern, que utilizó con frecuencia “gérmenes” para referirse a los problemas del país en su Del desastre nacional y sus causas. 47 Joaquín Costa veía también en el cuerpo humano las causas del declive y, además de pensar en cómo seleccionar la parte del cerebro correspondiente al “homo europeus”, se refirió a las “patologías” de España y a la necesidad de una “una verdadera política quirúrgica (énfasis en original)” que solo podría aplicar un “Cirujano de hierro” para acometer las reformas de urgencia en España. 48
Muchos proyectos de reforma se centraron en el cuerpo humano. El discurso valedor del homo hygienicus impregnó los alegatos de políticos, los planes de los arquitectos, las informaciones de los periodistas, o el diseño de la llamada “Ciudad Lineal,” en Madrid, una utopía en la que cada grupo de renta tenía asignadas sus propias viviendas. 49 Los numerosos textos con referencias al amor por la naturaleza, al excursionismo, al deporte y a la educación física 50 muestran que uno de los caminos de la Regeneración pasó por el cuerpo de los españoles.
La nueva metodología científica, en definitiva, sirvió de “respaldo científico más o menos coherente a los movimientos de reforma social, independientemente muchas veces de la validez científica de sus resultados”, 51 y suscitó una amplio consenso sobre su futura efectividad. Así, mientras la revista de tono conservador Medicina Social Española propuso un Ministerio de Sanidad, 52 el Instituto de Medicina Social tenía un “espíritu progresivo” 53 y en numerosas revistas anarquistas de Cataluña y Valencia, como Salud y Fuerza, Generación Consciente y Estudios, 54 aparecían propuestas equiparables. Además, los nuevos planes de estudio fueron influidos por las expectativas en la ciencia; en el caso de la Institución Libre de Enseñanza, su preocupación pasó a centrarse principalmente en proveer a la sociedad de obreros especializados en lugar de ofrecer títulos generalistas para entrar en la burocracia. 55 Como en el período anterior, en definitiva, el concepto de raza siguió sirviendo para los españoles como un trampolín para la mejora de la autopercepción asociada a la ciencia, aunque su propia evolución la asoció más con los esfuerzos de reforma y con la pro-actividad humana.

 

 

2.2. Inesperados éxitos en el exterior

 

 

La desaparición casi completa del imperio y el enfoque hacia lo interior redujeron drásticamente la consideración de los escenarios exteriores para la autopercepción de la “raza española”. Por un lado, se buscaron propuestas que solo podían ser parciales, en Europa (aunque Ortega y Gasset magnificara su papel en 1914, al señalar que era “la solución”) y en otros continentes, como Estados Unidos (por su capacidad industrial) o Japón (para la educación). Por otro lado, algunos discursos de vinculación con el exterior recibieron un impulso renovado, tales como elevar la categoría de los lazos con Iberoamérica y la pro-actividad de las comunidades emigrantes en el exterior, mientras que la idea de un imperio volvió a ser factible en Marruecos a raíz de lo que parecieron unos éxitos diplomáticos.
El primero de esos discursos fue de identificación con Iberoamérica. Al dejar de ser una potencia imperial, España pudo ofrecer a sus antiguas colonias una relación equilibrada, que además compensaba la política en dirección opuesta de Estados Unidos, que incumplía promesas en Cuba y Puerto Rico e incluso que entró en guerra con la República Filipina de Malolos. El vuelco del poeta Rubén Darío, que de crítico pasó a convertirse en hispanista convencido en pocos meses, es un ejemplo de la rapidez y la extensión del cambio de la percepción de España. Esta nueva necesidad de compensar el sajonismo americano facilitó una nueva mirada a los españoles, que desde años antes ya buscaban defenderse frente a la pretensión francesa de hegemonía de la latinidad. 56 El concepto que resumió la nueva relación fue el hispanoamericanismo, propuesto por un profesor liberal de la Universidad de Santander, Rafael Altamira, tras haber escrito un libro sobre las cualidades autóctonas, titulado Psicología del Pueblo español (1902). Altamira señaló la identidad cultural con el Nuevo Mundo como un recurso ineludible para evitar un abismo nacional: “la última carta que nos queda por jugar en la dudosa partida de nuestro porvenir como grupo humano; y ese juego no admite espera”. 57
El hispanoamericanismo, así, renovó los discursos de la diferencia y de la semejanza en el hemisferio occidental buscando semejanzas. Tenía un contenido políticamente más aceptable, porque hacía referencia a temas con proyección de futuro, como la base espiritual común y la necesidad de relaciones basadas en la proximidad cultural y en los intereses compartidos. Además, se presentó como un movimiento idealista y apolítico representado por intelectuales deseosos de realzar los lazos comunes por la “fuerza irresistible del idioma”58 y la historia común, pero también con una perspectiva progresista que le mostraba dispuesto a revisar el pasado e identificar los errores de España. De este modo, Altamira triunfó y además arrastró a los medios oficiales, que profundizaron en los intercambios intelectuales, tal como ocurrió con la visita de José Ortega y Gasset al continente, un éxito rotundo que le convirtió en Argentina, según Isidro Sepúlveda, como “quizás el autor español más influyente”. 59 Con su propuesta de una “modalidad hispánica” de civilización con un fondo espiritual común, en definitiva, Altamira ayudó a revaluar la manida “decadencia natural” de los españoles.
Las comunidades en el exterior fueron el segundo discurso de identificación vigorizado. Las oleadas masivas de emigrantes del sur de Europa desde las últimas décadas del siglo XIX, fruto de la revolución demográfica, ayudaron cada vez más a argumentar la presunta “vitalidad” de la raza española y se convirtieron en motor, desde el exterior, de la imagen exterior de España. Primero crecieron numéricamente en la época álgida de las olas migratorias y después se sucedieron los casos de éxito económico. A ello le siguió una creciente presencia pública en la sociedad gracias a que se constituyeron en general en lo que se puede denominar como comunidades organizadas, 60 creando numerosos lazos internos a través de sociedades de ayuda mutua, casinos, clubes regionales, alianzas comerciales y periódicos. Su impulso, además, repercutió en la península, porque sus individuos más dinámicos no solo ocuparon puestos destacados en las ciudades de acogida sino que impulsaron las relaciones con España, algunos de ellos incluso como representantes en las Cortes.
En las islas perdidas en 1898, las comunidades españolas siguieron la misma pauta. En Cuba, la hegemonía estadounidense generó una prosperidad entre los principales terratenientes al abrirse el mercado del azúcar, tabaco o café, un hecho que repercutió en unas crecientes relaciones económicas con España y que, además, generó llegadas adicionales de emigrantes. 61  De hecho, gracias a los grandes recursos económicos, sus líderes desarrollaron “herramientas efectivas para reemplazar la protección que antiguamente podía proveer la metrópoli”, 62 y además contaron con apoyos importantes entre las elites, deseosas de incrementar la presencia de emigrantes españoles como el mejor método para darle prevalencia a la raza blanca dentro de la composición racial del país. Así, su impacto sobrepasó sus límites de la comunidad española, porque desafió las políticas de la memoria norteamericanas y representó el pasado colonial español acorde con sus necesidades, llegando incluso a mitificarlo y calificarlo de esplendoroso. 63 Provocó tensiones con las autoridades norteamericanas de las que salió vencedor Estados Unidos, como ocurrió en el caso de las conmemoraciones de la explosión en el Maine y el proyecto de erigir un monumento. 64  Así, John-Marshall Klein resume esta influencia asegurando que aunque España perdió la guerra, los residentes españoles “ganaron la paz en buena parte, a pesar de complicaciones ocasionales”. 65 En Filipinas, aunque la comunidad era más reducida, tuvo también un papel significativo en la nueva etapa. Ya en 1898, durante el Tratado de París, esta comunidad impuso un período de gracia de diez años para las importaciones españolas, pero después se supo adaptar al nuevo dominio porque con la apertura del mercado americano a Filipinas sus negocios vivieron un auge adicional, precisamente por su dedicación a los productos de exportación. La Cámara Española de Comercio fue el primer defensor abierto del libre comercio total con Estados Unidos, tal como reflejó el cónsul español: “La Colonia española es favorable a la continuación de los Americanos”66. Además supo interactuar con empresarios extranjeros 67 y aprovechar las oportunidades que ofrecieron las nuevas políticas americanas, para las cuales la capitalización de las empresas españolas suponía la seguridad de llevar a cabo los objetivos. El cónsul español en Manila aseguraba: “nuestros comerciantes, hoy por hoy, son los que representan más capital en el país”. 68 Los emigrantes, en definitiva, promovieron el mensaje de una España que, pese a las apariencias, albergaba energías sobradas para ocupar un puesto de privilegio en el mundo. 69
La cesión de una parte de Marruecos fue la última e inesperada vía para la mejora de la percepción colectiva. El norte de África ya había sido escenario de la penetración española. En 1894, a raíz de la crisis sucesoria tras la muerte del sultán Muley Hassan, España había debilitado al majzen o poder central al dificultar los esfuerzos de modernización de su sucesor Muley Abd al-Aziz ben Hassan. Por otro lado, algunas expediciones científicas ya habían recorrido Marruecos, y líderes como Joaquín Costa lo habían señalado como posible receptor de emigración. 70 En Guinea Ecuatorial, según el Real Decreto de 1904, España buscaba desarrollar una “colonia de explotación mercantil”. 71
Además, los juegos de la política internacional llevaron a que las grandes potencias reconocieran en la Conferencia de Algeciras de 1906 unos derechos coloniales a España principalmente para evitar a Alemania, pero sin obligaciones ulteriores. Madrid parecía que había aprendido de errores previos y que deseaba limitar su presencia a una zona bien delimitada en la zona del Rif, encuadrada por estas montañas y por las dos ciudades de soberanía en la costa, Ceuta y Melilla, que finalmente podrían enlazarse por tierra, pero sin objetivos adicionales. Antonio Niño deja claro que la intervención española “no obedeció a un impulso propio ni a ninguna presión interior”. 72 El camino parecía expedito para el éxito y solo a partir de entonces se formó un “grupo de presión colonialista”, que vería a Marruecos como el recambio de 1898, tanto para recuperar el prestigio internacional como el del ejército. 73
A pesar de comenzar el siglo obsesionada hacia el interior, en conclusión, los relativos éxitos forzaron cada vez más a España a mirar al exterior. Las comunidades españolas fueron un nuevo motor en la relación exterior (en parte por su propia necesidad de reivindicarse a través del apoyo al país de proveniencia y al que quizás regresarían), los países americanos buscaron en la hispanidad respuestas a su identidad (lo que llevó a las celebraciones del día de la Hispanidad desde 1909) y Marruecos proyectaba éxitos futuros. Se podía especular de nuevo con la vieja ilusión de ascender en el rango de las naciones a través de la extensión del imperio.

 

 

2.3. Consenso continuado

 

 

En los primeros años del siglo XX, en definitiva, el concepto de raza sufrió nuevos cambios en su papel para la autopercepción de los españoles. Sus élites se siguieron reflejando en la jerarquía racial basada en la (pseudo)ciencia que había sido implantada el siglo pasado, pero rechazaron uno de lo que parecían sus axiomas principales, esto es, que sus problemas temporales llevaran a la desaparición definitiva del país. La demostración de la vitalidad de la “raza española” adoptó las metodologías científicas como la eugenesia y, en general, se centró en el cuidado del cuerpo humano.
En el exterior, Marruecos señaló las contradicciones de una nueva ambición imperial. Fuera por el recuerdo reciente del fracaso en las últimas campañas en Cuba y Filipinas, por la pérdida de la función nacionalizadora que el ejército había detentado antaño, o por las muertes (por tifus, paludismo y peste, además de las tenidas en combate), las campañas militares no suscitaron las expectativas ni la popularidad de antaño. 74 Además, dos grupos se opusieron abiertamente, los socialistas y la sociedad catalana. La Internacional Socialista ya hizo campaña desde 1904 contra el recrudecimiento de la penetración imperialista en África, y franceses y españoles se movilizaron conjuntamente contra la penetración en Marruecos, con proclamas del Partido Socialista Obrero Español ya desde 1908 contra “tal locura”, exigiendo que no fueran reclutados “nuestros soldados”. 75 La sociedad catalana tenía otros motivos. Aunque podía apoyar medidas imperiales, como había ocurrido en el pasado 76, las suspicacias de su burguesía hacia el éxito militar de la expedición y hacia los presuntos beneficios económicos en una zona tan montañosa y escasa de recursos se mezclaron con la oposición obrera a la expansión, por la incoherencia de mandar de nuevo a Marruecos tropas recién licenciadas, y por un contexto ya difícil por problemas que se arrastraban de antiguo, como la crisis económica y el anticlericalismo. La Semana Trágica de 1909 fue el resultado de ese fervor, porque los conventos religiosos y las casetas de consumos (donde se cobraban los impuestos para la carne y demás productos de consumo diario) fueron los principales perjudicados. El envío de tropas a Marruecos solo fue la chispa incendiaria de un problema más profundo, pero la Semana Trágica conduce a pensar que la guerra había desaparecido como elemento del imaginario popular para unificar el país.
El primer ministro Eduardo Dato era consciente de ello y así se lo hizo saber al rey Alfonso XIII cuando se estaba contemplando la posibilidad de entrar en la I Guerra Mundial: “con solo intentarla arruinaríamos a la nación, encenderíamos la guerra civil y pondríamos en evidencia nuestra falta de recursos y de fuerzas para toda la campaña. Si la de Marruecos está representando un gran esfuerzo y no logra llegar al alma del pueblo, ¿cómo íbamos a emprender otra de mayores riesgos y de gastos iniciales para nosotros fabulosos?”. 77 Si el imaginario colonial había recreado unas expectativas excesivas en el siglo XIX, después de 1898 la sociedad era más reticente. La presencia en Marruecos mostró las incoherencias de buscar un objetivo con métodos obsoletos, mientras que los bríos del hispanismo y de las comunidades expatriadas eran demasiado novedosos. La ciencia podía ser el mejor vehículo para mejorar la “raza” pero, sin imperio que mediara la percepción, su uso disminuyó radicalmente: los españoles buscaban reflejarse en escenarios diferentes a los imperiales para mejorar su percepción colectiva.

 

 

3. Viejo concepto, nuevo significado

 

 

La maleabilidad del concepto de raza permitió que siguiera siendo una referencia para la visión de los españoles tras los vuelcos de la I Guerra Mundial. Este conflicto mostró continuidades, como la capacidad de las naciones- estado para movilizar a la población, pero sobre todo provocó rupturas, al dar comienzo a una polarización ideológica que recalcó la necesidad de premura en los cambios, favoreció el papel del estado y trastocó totalmente el papel de la ciencia y la aceptación de las lógicas raciales. La I Guerra Mundial obligó a repensar las anteriores expectativas en un futuro mejor basadas en la ciencia, porque demostró que también sirvió para magnificar los daños y el sufrimiento del conflicto. Las lógicas raciales resultaron afectadas por la pérdida de legitimidad de la ciencia, por las primeras dudas sobre la veracidad de los discursos de la diferencia racial. Ya se había empezado a dudar de su vigencia antes de la guerra, en 1911, con el First Universal Races Congress celebrado en la Universidad de Londres, organizado para debatir “a la luz de la ciencia y la consciencia actual” las relaciones entre los “denominados blancos” y los “denominados coloreados”. 78  Y después del conflicto, los presupuestos de categorización racial basados en estudios biométricos y presuntas características innatas quedaron desacreditados. Principalmente, por el antropólogo Franz Boas en 1928, cuyo masivo estudio realizado con hijos de emigrantes de distintas procedencias llegados a Nueva York demostró que las formas óseas eran inestables y que no tenía sentido alguno augurar la desaparición de “razas no apropiadas”. En tanto estos descubrimientos se iban conociendo, la antigua Escalera de la civilización empezó a ser algo del pasado y la genética cogió el relevo metodológico sobre el análisis del cuerpo humano. Pero la lógica racial continuó, porque su maleabilidad le permitió argumentar desde la realización de una limpieza racial, como ocurriera en Alemania, hasta la necesidad de expandir la religión, como ocurriera en España. Los españoles vivieron una evolución semejante a los que sufrieron directamente el conflicto mundial.

 

 

Tras las tensiones revolucionarias al acabar la Guerra, el régimen de Alfonso XIII se alejó de los guiños liberales de los primeros años del siglo acentuando su conservadurismo, en un giro que supuso un retorno a los valores religiosos, que cada vez eran más beligerantes contra las aportaciones de la ciencia. Biólogos, médicos, ingenieros, arquitectos e investigadores, que “miraban a Europa como fuente de conocimientos y soluciones para los males de España”, 79 seguían teniendo un importante predicamento pero, como ocurrió en tantos otros países, las visiones conservadoras rechazaban cada vez más la lógica racial instalada a finales del siglo XIX, hasta el punto de que el antipositivismo fue uno de los rasgos ideológicos de la dictadura de Primo de Rivera. 80 La nueva beligerancia conservadora se plasmó en las nuevas respuestas para mejorar la autopercepción, tanto desde el interior como en el exterior, que trata el
siguiente apartado.

 

 

3.1. Apropiación de conceptos

En España, como en tantos otros países, el concepto de raza se desvinculó de la ciencia. Hubo continuidades con la etapa anterior, porque continuó el enfoque en el cuerpo humano y durante la dictadura de Primo de Rivera se promovieron la higiene y en la educación física, buscando la cooperación de maestros, médicos y sacerdotes como encargados de despertar el “alma de la raza”. 81 En educación, como ocurrió con la reforma educativa de 1926, se siguió enfatizando la importancia de la educación técnico-científica, permitiendo la especialización en ciencias. 82 Pero los argumentos sobre las superioridades congénitas de grupos raciales se pusieron en duda también en España. Después de décadas trabajando en la medición de cráneos, por ejemplo, Federico Olóriz puso en duda que la superioridad e inferioridad de las razas pudieran definirse únicamente por la capacidad craneal o por el ángulo particular de la cara, y que estos parámetros pudieran servir para evidenciar la cualidad y cantidad de la mezcla racial. Y aunque aseguraba que los españoles representaban la vanguardia racial de Europa porque su índice cefálico medio estaba situado en un punto medio, Olóriz disfrutó del reconocimiento de sus colegas europeos. 83
Libre de la asociación científica, el concepto de raza pasó a tener multitud de significados. Los pensadores conservadores prefirieron contemplarla con vida y con alma. Menéndez Pidal la entendía mejor a través del ejemplo de las culturas, como organismos que nacen y mueren: “Una raza, o mejor dicho un pueblo (que es mezcla de razas, que es convivencia, tradición común), renace cada día, se hereda a sí mismo en cada generación, entre azarosas ondas de fortuna e infortunio”. 84 José María Pemán, por su parte, tras insistir en que se fomentara “el sentimiento exterior de la Raza”, definió la “soberanía de la raza” como un grado superior en el desarrollo de las soberanías, con “religión, idioma, espíritu y cultura”. 85 En el ámbito político, el término se modificaba dependiendo del público al que iba dirigida. Frente a los latinoamericanos raza se utilizó más como “amalgama”, como hizo el rey Alfonso XIII en 1920 al referirse a la “suma de razas diversas unidas por una fe, conquistadora de tierras y cielo, con sus soldados y sus santos, sus doctores y sus artistas, donación todo ello de un pueblo que sabía elevar su espíritu sobre la pesadumbre de los días y la cerrazón de lo presente hacia un porvenir justiciero”. 86 Sin embargo,  el general Miguel Primo de Rivera, ante españoles, lo utilizaba con un sentido semejante a patria, en sustitución de pueblo. 87 Así, cuando se estaba esforzando por explicar con ideas actualizadas los postulados de su partido, Unión Patriótica, el dictador aseguró: “Un pueblo respetado por su amor a la paz y al progreso, de humanitarios sentimientos y pensando siempre con orgullo en un futuro que le haga digno de su pasado glorioso”, en el cual serían “conocidas las virtudes de la raza y los alientos de regeneración”. 88
No por casualidad, raza perdió el significado biológico de antaño. La Revista de la Raza (1914-1928) o Raza Española (1919-1931) fueron un ejemplo de ello, ambas revistas intentaron promocionar a España como potencia colonial y dejaban claro su alejamiento de lo que la directora de la segunda revista, Blanca de los Ríos, calificaba como “el concepto biológico y, para muchos, materialista y determinista de la raza”. 89 La apropiación del concepto llegó hasta su modificación en el diccionario de la Real Academia Española, donde quedó definido el término como: “Grupos de seres humanos que por su piel y otros caracteres y en donde se distinguen en raza blanca, amarilla, cobriza y negra”. Esto es, desapareció una de las categorías (la “oscura o morena”) para que no hubiera dudas sobre los españoles. El nuevo período, con apoyo del poder político, daba patente de corso. El propio dictador Miguel Primo de Rivera también recalcó la independencia de criterio de su gobierno (“No debemos temer el examen y estudio de nadie”) ante la “obra de purificación, de costumbres públicas y privadas” emprendida, sobre la que invocó la autoridad divina por encima de las decisiones humanas, que no podía ser entorpecida ni con “votaciones ni escrutinio”. 90 La España de Primo rechazaba los conceptos impuestos desde el exterior como forma de mejorar su autopercepción.

 

 

3.2. La inflexión ideológica en el exterior

 

 

La nueva etapa en la lógica racial invitó al retorno a esquemas antiguos. La idea de mejorar la percepción a través de la expansión imperial permanecía, tal como quedaba visible en África, mientras que los discursos de la identificación se adaptaron al nuevo contexto. Pero sobretodo, los gobiernos españoles recuperaron las viejas iniciativas centradas en la expansión religiosa para mejorar la autopercepción, además de iniciativas ocurrentes, como ofrecer la nacionalidad española a los sefardíes. Las resonancias imperiales tenían distinta música, más adaptada a la interpretación propia del sistema internacional, tal como se puede comprobar analizando tanto la adaptación del término como la utilización de la vieja referencia imperial.
El hispanoamericanismo vivió una “inflexión ideológica progresiva” hacia el hispanismo. En América Latina incluía cada vez más una aprensión hacia la modernidad, en línea con el espíritu pro-hispanista-espiritualista, que percibía en Estados Unidos un materialismo que hacía peligrar su propia supervivencia. La reinterpretación del concepto de raza formó parte de esta evolución, y el 12 de octubre de 1918 la fiesta de la Hispanidad, tras haberse celebrado por primera vez una década antes, fue reacuñada como Fiesta de la Raza. El gobierno conservador de Maura lo decidió contando con el apoyo de varios estamentos conservadores, como la iglesia (“Cruz, Patria, Monarquía y Raza”) y el ejército, que utilizó el viaje del Plus Ultra para glosar las virtudes de la raza. 91 Pero, sobretodo, con un importante apoyo popular. 92 El giro fue posible a la coincidencia de una evolución global.
En el caso de los emigrantes españoles en América Latina y Filipinas, su creciente prosperidad fortaleció el giro conservador del concepto de raza, puesto que las élites lo supieron inclinar a favor de sus intereses. Los círculos y mutualidades, casi siempre de carácter regional o local, ya habían sido fundamentales para recalcar la vitalidad nacional 93. Pero con el tiempo, el poderío económico (y por tanto medios para viajar a España) impulsó que las élites conservadoras ostentaran un papel cada vez más relevante, en especial para la intermediación con la península y sobre todo en las relaciones con la Corte.
Los emigrantes más adinerados, por tanto, ya no sólo provocaron campañas para acallar las críticas locales contra España 94 sino en favor de unas comunidades más supeditadas a sus intereses, y algunas de las más derechizadas, como la de Filipinas, rechazaron la implantación de la II República.
En el ámbito imperial, España trató de adaptar los nuevos discursos de la diferencia a su posición internacional. Así, aunque Primo de Rivera trató de homogeneizar las posesiones imperiales (se habían expandido, al ocupar primero la franja de Ifni y después el Sahara) con las de otros países, creando la Dirección General de Marruecos y Colonias. También presentó argumentos renovados, utilizando iconos de la Reconquista y de la lucha contra el Islam que se remontaban a los tiempos previos al darwinismo social. 95 El Rey Alfonso XIII aseguró en el mismo discurso antes mencionado, por ejemplo, que España nunca había buscado en África “la posesión de materiales territorios” mientras que el gobierno de Primo de Rivera se esforzaba en recalcar que usaba el camino cristiano. Además, España propagó la idea de un desarrollo científico equiparable al de los países más desarrollados a través de las hazañas aéreas con escuadrones españoles cruzando océanos y continentes, por ejemplo, que mostraban que el país también se sentía en la vía hacia la modernidad. La importancia de la equiparación con Europa quedaba relegada con este nuevo contexto.
En el caso de Marruecos, los argumentos darwinistas de la vitalidad tuvieron prioridad sobre los cristianos. Los escándalos estuvieron a punto de hundir el régimen de la Restauración, en especial con la aparente implicación de Alfonso XIII en el desastre de Annual, pero el tema prioritario para la opinión pública acabó siendo la situación personal de los soldados. Desde las ayudas a los prisioneros hasta las cuestaciones, los argumentos cristianos pudieron haber suavizado el impacto negativo del fracaso colonizador en la autopercepción nacional, hasta que la colaboración con Francia y el desembarco en Alhucemas durante la dictadura de Primo de Rivera conjuraron el declive e impulsaron las visiones orientalistas. 96 En el exterior, la raza tuvo un uso en un sentido acorde con los tiempos, aunque con un discurso menos diversificado y manteniendo ocasionales asociaciones con la ciencia.

 

 

3.3. División y reelaboración

 

 

Al igual que con la ciencia, el término raza también participó en la división ideológica. Los temas divisivos fueron cada vez más extensos. Por ejemplo, en torno a cómo entender la ciencia, tal como quedó patente con incidentes como el rechazo estudiantil a la inauguración oficial de un monumento racionalista a Ramón y Cajal en 1926, realizado por el escultor Victorio Macho. 97 Las críticas a la presencia en Marruecos, además, fueron a la base del problema: “Las colonias ya no dan prestigio”, 98 aseguró el socialista Marcelino Domingo, mientras que el manifiesto electoral del PSOE en 1918 ya apuntaba a Marruecos como la principal de las causas  del empobrecimiento, concluyendo: “Abandonemos Marruecos repatriando aquellas tropas, reduciendo nuestro cupo militar y obteniendo de las potencias que quieran encargarse del Rif no solo compensaciones, si se pueden obtener, sino la garantía de una igualdad de derechos para los súbditos e intereses españoles en Marruecos, en relación con los que disfrutasen las naciones encargadas del protectorado”. 99 En la década de 1920, ciertamente, había dos visiones netamente diferenciadas en torno a los términos en torno a raza.
La gran beneficiada del nuevo contexto en España fue la iglesia católica, que adaptando sus discursos y estrategias a los nuevos tiempos, se dotó de una estructura central reforzada, mostró una mayor preocupación por las comunidades de base, reelaboró sus vínculos con la nación y, con un renovado dinamismo, llevó a su mayor expansión a las misiones españolas en el mundo. Frente a la ciencia y la eugenesia, la iglesia católica se plantó para evitar las intromisiones a lo que entendía era su ámbito de influencia, puesto que se centraba más en temas específicos, tales como la procreación, la vida sexual o, en especial, la maternidad, y cada vez con mayor predicamento. Por primera vez en varias décadas, la jerarquía eclesiástica reafirmaba la superioridad de su doctrina frente a las ideas novedosas, siquiera estuvieran basadas en descubrimientos científicos. Para ello, fue crucial que hubiera apropiado conceptos como raza.

 

4. Eclipse y adaptación en tiempos de paz

Las guerras y las paces provocaron una cronología extraña del imperio español y de su adaptación a la lógica racial. Cuando los otros imperios europeos alcanzaron su mayor extensión, España perdió casi todo el suyo. Después de la guerra de 1898, intentó recuperar su (auto)percepción a través de una nueva aventura imperial, pero lo consiguió en mayor medida a través de las antiguas colonias y por medio de instrumentos novedosos. Revitalizó la identidad cultural, bien acuñando la idea de la comunidad cultural, bien por medio de las comunidades de emigrantes. Y tras la I Guerra Mundial, la religión se apropió de conceptos, desde el de raza o hispanidad hasta el de imperio. Mientras tanto, refutar las acusaciones de degeneración racial fue un esfuerzo al que se dedicaron tanto militares como científicos y desde los emigrantes agrupados en el exterior hasta los políticos que buscaron modernizar las colonias antes de 1898.
La reelaboración discursiva fue una especie de metamorfosis creativa. La religión había conseguido adaptarse a los nuevos tiempos y había salido fortalecida del envite con nuevos bríos propagandísticos que invitaban a España a proclamarse uno de los países líderes de la cristiandad y de una “raza hispana” en la que creían tanto españoles como latinoamericanos. La victoria del bando rebelde tras la Guerra Civil fue la culminación de la obra de la dictadura de Primo de Rivera. Por un lado, se revivían esas ansias imperiales a través de la enésima apropiación del concepto de raza en la famosa película con guión escrito por el propio Francisco Franco (Raza. El espíritu de una raza) y por otra se subordinaba a la iglesia el organismo científico por excelencia, el CSIC, que según su decreto de fundación había de cimentarse “en la restauración de la clásica y cristiana unidad de las ciencias destruida en el siglo XVIII”. 100
Fue una transformación en línea con una evolución en otros países que Bayly denomina una “continuidad deformada”. 101 En América Latina, por ejemplo, los mestizos perdieron el estigma impuesto en el siglo XIX y volvieron a ganar una preeminencia que les convirtió en un poderoso factor de cohesión nacional, tal como hicieron José Vasconcelos o Ricardo Rojas. 102 El nuevo concepto de raza también aglutinó en América Latina sentimientos parecidos a los españoles, con movimientos como el “modernismo”, que clamaba contra el “utilitarismo positivista” de los países sajones y contra las teorías del darwinismo social, al tiempo que realizaba continuas invocaciones de carácter chovinista hacia la patria103, o en Cuba, donde las llamadas a crear un estado fuerte, como Emilio Gaspar Rodríguez en Hércules en Yolcos (1923), fueron en nombre de la “tradición” y de la “raza”. En Asia, las reacciones también pueden ser comparables a la españolas, en India se proclamó “la supervivencia del ‘más espiritual’”104 y en Indonesia también se suprimió el criterio de raza de la constitución colonial de 1920. 105 La aceptación y/o rechazo de la posición de España y su “raza” (es decir, blanca, latina, española…) en el mundo sirve para entender un proceso de resistencia que, como se encarga de recordar Foucault, es también un proceso de creación: “la resistencia no es únicamente una negación: es un proceso de creación; crear y recrear, transformar la situación, participar activamente en el proceso, eso es resistir”. 106
La particularidad de la respuesta española reside en los contextos tan diferentes en los que se ha enfrentado a las nuevas lógicas raciales, pero también en la importancia de la relación con América Latina y la emigración en la formulación de esa respuesta a la Escalera de la civilización. También resultan particulares cierta obsesión por exorcizar las acusaciones, aunque no se haya reflejado en el espacio público, y la victoria completa de la religión desde la década de 1920. Ello no debe hacer olvidar, por un lado, que la II República representaba a un grupo de población descontento con la apropiación del término raza por el catolicismo que buscaba la mejora de la autopercepción nacional a través de la integración en Europa. El racismo también pasó en España de ser científico a ser ideológico y, como en tantos otros países, dividió a la sociedad, aunque el barniz religioso lo ha ocultado.

 

 

 

1 El presente trabajo es resultado del estudio realizado dentro del Group of Advanced Research “From Empire to Nations. The Making of Modern Nations in the Crisis of Atlantic Empires (17th to 20th Centuries)”. Juan Francisco Fuentes (dir.). Real Colegio Complutense at Harvard University, verano de 2010.
2 Stoler, Ann L. “Sexual Affronts and Racial Frontiers. European Identities and the Cultural Politics of Exclusion in Colonial Southeast Asia”, en Cooper, Frederick y Stoler, Ann, Tensions of Empire. Colonial Cultures in a Bourgeois World, Berkeley y Los Ángeles, California, University of California Press, 1997, pág. 203.

3 Foucault, Michael. Power/Knowledge: selected interviews and other writings 1972-1977. Colin Gordon (ed.). New York, Panteon Books, 1980, pág. 223.
4 Stoler, Ann y Cooper, Frederick. “Between Metropol and Colony: Rethinking a Research Agenda”, en Tensions of Empire…, pág. 7.
5 Bayly, Charles A. The Birth of the Modern World, 1780-1914. Global connections and comparisons. Oxford, Blackwell Publishing, 2004, págs. 228-234.
6 Kramer, Paul A. The Blood of Government. Race, Empire, the united States & the Philippines. Quezon City: Ateneo de Manila University Press, 2006, pág. 4.

7 Stoler, “Sexual Affronts…”, pág. 203.

8 Gobineau, Le Comte de. Essai sur l’inégalité des Races Humaines. París, Librairie de Firmin-Didot, 1884, págs. 20-21.
9 Baumgart, Winfried. Imperialism. The Idea and Reality of British and French Colonial expansion, 1880-1914. Oxford, Oxford University Press, 1982, pág. 72.

10 Mallada. Los males de la patria y la futura revolución española, Madrid, Tipografía de Manuel Ginés Hernández, 1890, pág. 28.
11 Storm, Eric. La perspectiva del progreso. Pensamiento político en la España del cambio de siglo (1890- 1914). Madrid, Biblioteca Nueva, 2001, págs. 107-108; ver también Glick, Thomas F. “Spain”, en The Comparative Reception of Darwinism, ed. T. F. Glick, Austin and London, University of Texas Press, 1972, pág. 307 y Blázquez Paniagua, Francisco. “Notas sobre el debate evolucionista en España (1900- 1936)”, Revista de Hispanismo Filosófico, 2007, nº 12, pág. 24.

12 Texto del doctor Gaspar Sentiñón en el preámbulo a la traducción de Ciencia y Naturaleza. Ensayo de Filosofía y de Ciencia Natural, Málaga, Ed. Hijos de J.G. Taboadela, 1873, Vol. 1, pág. V, cit. en Núñez, D. La mentalidad positiva en España. 2ª. Madrid, Ediciones de la Universidad Autónoma de Madrid, 1987, pág. 26.
13 Glick, “Spain”…, págs. 311-12.
14 Núñez, ibídem, pág. 108; Glick, ibídem, pág. 307.
15 Núñez, ibídem, pág. 27.
16 Morata Marco, Eva María. “La respuesta del higienismo a la ‘cuestión social’”, en Ruiz-Manjón, Octavio y Langa, Alicia (eds.). Los significados del 98. La sociedad española en la génesis del siglo XX. Madrid, Biblioteca Nueva, 1999, pág. 405.
17 Goode, Joshua. “Corrupting a Good Mix: Race and Crime in Late Nineteenth- and Early Twentieth-century Spain”. European History Quarterly 35,2005, nº 2, págs. 245-247.
18 Goode, Joshua. Impurity of Blood. Defining Race in Spain, 1870-1930. Baton Rouge, Lousiana State University, 2009, pág. 40.
19 Goode, ibídem, pág. 49.

20 Madariaga, María Rosa de. En el barranco del lobo. Las guerras de Marruecos. Madrid, Alianza Editorial, 2005, pág. 33.
21 Majul, César. Muslims in the Philippines. Quezon City: Asia Center. University of the Philippines, 1973, pág. 294.
22 Los ingleses y holandeses en las islas vecinas lo observaban con nerviosismo, al contrario que los oficiales alemanes. Majul, Ibídem, pág. 313.

23 Morote, Luis. La moral de la derrota, Madrid, G. Juste, 1900, pág. 9.
24 López García, Bernabé. Marruecos y España, una historia contra toda lógica. Sevilla, rd editores, 2007, pág. 140.
25 Cit. en Ibídem, pág. 140.

26 Ante las carencias del ejército para organizar planes logísticos en Melilla, apenas se limitó a señalar que ponían “al patriotismo en caricatura”. López, Marruecos y España…, pág. 146.
27 The Times, 5/V/1898, cit. en Baumgart…, pág. 72.
28 De la Torre, Rosario. Inglaterra y España en 1898. Madrid, Eudema, 1988, págs. 198-203. El ingeniero de minas Lucas Mallada, por ejemplo, también escribía en 1890: “¿No veis avanzar rápidamente y fomentar con raudo vuelo su riqueza otros países en que las razas primitivas han sido desalojadas por otra raza privilegiada, por esa raza inteligente y llena de espíritu práctico que se llama anglo-sajona?”. Los males de la patria y la futura revolución española, Madrid, Tipografía de Manuel Ginés Hernández, 1890, pág. 27.
29 Morote, La moral…, pág. v.

30 Campos Marín, Ricardo. “El movimiento higienista español ante el 98”, en Los significados del 98…, pág. 400.
31 Bayly, The Birth…, pág. 190.
32 Otero Carvajal, Luis Enrique. “La ciencia en España. Un balance del siglo XX”, Cuadernos de Historia Contemporánea, 2000, nº 22, pág 187.

33 Albarracín, Agustín. “Las ciencias biomédicas en España, de 1800 a 1936”, en Ciencia y Sociedad…, pág. 152.
34 “La eugénica y sus relaciones con la sociología y la economía política. El factor biológico”, en Estudio, tomo VII, 1914, págs. 1-9 y 167-199, cit. en Álvarez Peláez, Raquel. “Origen y desarrollo de la eugenesia en España”, en Ciencia y Sociedad en España, editado por Jose M. Sánchez Ron, 179-204, Madrid, El arquero-CSIC, 1988, pág. 185.
35 Diego Madrazo, Enrique, Cultivo de la especie humana. Herencia y eugenesia. Santander, Blanchard y Arce, 1904, págs. 342-343, ref. en Vázquez, La invención…, pág. 212. Ver también su Estudios sobre ciencia y sociedad. Est. Prelim. Manuel Suárez Cortina, Santander, Universidad de Cantabria, 1998.
36 Morote, La moral…; reimpreso con introducción de Juan Sisinio Pérez Garzón, Madrid, Biblioteca Nueva, 1997.
37 Escrito con Adolfo Buylla y Adolfo Posada, El Instituto del Trabajo: datos para la Historia de la Reforma Social en España; con un discurso preliminar de José Canalejas y Méndez. Madrid,  establecimiento Tipográfico de Ricardo Fé, 1902.
38 Vázquez García, Francisco. La invención del racismo. Nacimiento de la biopolítica en España, 1600- 1940. Madrid, Akal, 2009, pág. 213; Sala Catalá, “Ciencia biológica”…, pág. 174.
39 Vázquez, La invención…, pág. 203-4.

40 Unamuno, Miguel de. “Epílogo”, en La vida y escritos del Dr. José Rizal, de Wenceslao E. Retana. Madrid, Victoriano Suárez, 1907, pág. 492.
41 El Socialista, 1900, cit. en Álvarez Peláez, “Origen y desarrollo”…, pág. 185.
42 Foucault, Power/Knowledge…, pág. 129
43 La idea y un buen número de los ejemplos provienen originalmente de Francisco Vázquez, La invención…, pág. 212.
44 Diego Madrazo, Cultivo…, pág. 9, cit. en Álvarez Peláez, “Origen y desarrollo”…, pág. 184.
45 Maristany, Luis. El gabinete del doctor Lombroso (Delincuencia y fin de siglo en España). Barcelona, Anagrama, 1973, pág. 29.
46 Macías Picavea, Ricardo. El problema nacional. Madrid, Instituto de Estudios de Administración Local, 1979 (1ª ed. 1899), pág. 119. También, pág. 195.
47 Madrid, Viuda de M. Minuesa. 1899, esp. Cap. I “De los gérmenes de la evolución actual”, págs. 3-23.
48 Sobre el “homo europeus”, Prólogo a Ramón Sánchez Díaz, Juan Corazón. Si puede España ser una nación moderna. Madrid, Vda., Fons, 1906, cit. En Sala Catalá, “Ciencia biológica”…, págs. 176-77.

49 Vázquez, La invención…, pág. 220; Moreno Luzón, “Alfonso XIII”… pág. 411.
50 Villares, Ramón. Restauración y Regencia, en Restauración y Dictadura,…, pág. 207.
51 Álvarez Peláez, Raquel. “Características y desarrollo de la eugenesia española”, en Glick, Thomas; Ruiz, Rosaura y Puig-Samper, Miguel Ángel (eds.), El darwinismo en España e Iberoamérica, Madrid, Doce Calles, 1999, pág. 222.
52 Álvarez Peláez, “Origen y desarrollo”…, pág. 189.
53 Ibídem, pág. 190.
54 Ver también Cleminson, Richard. Anarchism, science and sex: eugenics in Eastern Spain, 1900- 1937, Berna, Lang, 2000, pág. 12.
55 Moreno Luzón, Javier. Alfonso XIII, 1902-1931. Villares, Ramón y Moreno Luzón, Javier (autores), Restauración y Democracia. Vol. VII. Historia de España editada por Josep Fontana y Ramón Villares. Marcial Pons, 2009, pág. 330.

56 Sepúlveda, Isidro, El sueño de la Madre Patria. Hispanoamericanismo y nacionalismo, Madrid, Marcial Pons, 2005, pág. 190.

57 Altamira, Rafael. España en América. Valencia, F. Sempere y Cía., 1908, pág. 39.
58 Ibídem, pág. 76.
59 Sepúlveda, El sueño…, pág. 194; Moreno Luzón, “Alfonso XIII”…, pág. 407. La revista Quinto Centenario dedicó su número 6 (1983) a la relación de Ortega y Gasset con América. Ver también el trabajo reciente de Marcilhacy, David. Raza Hispana. Hispanoamericanismo e imaginario colonial en la España de la Restauración. Madrid, Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, 2010, pág. 45.

60 Moya, José C. Cousins and strangers. Spanish Inmigrants in Buenos Aires, 1850-1930. Berkeley- Los Angeles-London, University of California Press, 1998, pág. 282.
61 Villares, “Restauración”…, pág. 295.
62 Klein, John-Marshall. Spaniards and the Politics of Memory in Cuba, 1898-1934. The University of Texas at Austin: Ph. Dissertation, 2002, pág. 84.
63 Rojas, Rafael. Motivos de Anteo. Patria y nación en la historia intelectual de Cuba. Madrid, Colibrí, 2009, pág. 110.

64 Klein, Spaniards…, págs. 364-365.

65 Ibídem, pág. 7.

66 AMAE-H-1953. Baldasano a Ministro de Estado, Manila, 8/VII/1907. Ver también Salamanca, Bonifacio, The Filipino Reaction to American Rule, Manila, New Day, 1968, pág. 212.
67 Un ejemplo de ellos son las diferentes ediciones, a principios del siglo XX, del Rosenstock Dictionary de Manila. Ver también, por ejemplo, Powell, Ifor B. “The British in the Philippines in the American Era”, Bulletin of the Historical American Collection, II, vol. IX, nº 3(36), Julio-septiembre 1981, pág. 45.
68 AMAE-H-1953. Camilo Bargiela a Ministro de Estado, Manila, 19/III/1906 También Giesecke, Leonard F., History of American economic policy in the Philippines during the American colonial period, 1900- 1935. New York, Garland Pub., 1987, pág. 113.
69 Moreno Luzón, “Alfonso XIII”…, pág. 406.
70 Joaquín Costa señaló la cordillera del Atlas como la frontera de los pueblos latinos, limitando la importancia del estrecho de Gibraltar. Costa, Joaquín. “Los intereses de España en Marruecos son armónicos. Discurso pronunciado por Joaquín Costa. Suplemento al número 9 de la Revista España en África, correspondiente al 15 de enero de 1906. Madrid-Barcelona: Imprenta de España en África, 1906, pág. 7. http://www.fundaciongimenezabad.es/juristas/es/corpus/unidad.cmd?idUnidad=29155&idCor
pus=10689&posicion=1 [25/V/2012]
71 Gaceta de Madrid, 12 de julio de 1904, tomo III, pág. 132.

72 “Política de alianzas y compromisos coloniales para la ’regeneración’ internacional de España, 1898-1914”, en Javier Tusell, Juan Avilés y Rosa Pardo, eds. La política exterior de España en el siglo XX, Madrid, Biblioteca Nueva-UNED, 2000, pág. 92.
73 Niño, Idem.; María Rosa de Madariaga se refiere a la “actitud cautelosa” y al impulso tardío en favor de la intervención, Madariaga, En el barranco…, pág., 52, mientras que Moreno Luzón recuerda la ventaja de la falta de contraprestaciones, “sin adquirir obligaciones de cara a una posible guerra internacional”. “Alfonso XIII”…, pág. 425.
74 Moreno Luzón, “Alfonso XIII”…, pág. 399.

75 López, Marruecos y España…, pág. 149.
76 Martín Corrales, Eloy. “El nacionalismo catalán y la expansión colonial española e Marruecos: de la guerra de África a la entrada en vigor del Protectorado (1860-1912)”, en Martín Corrales, E. (ed.), Marruecos y el colonialismo español [1859-1912]. De la guerra de África a la “penetración pacífica”, Barcelona, Bellaterra, 2002, págs. 181-182.
77 Cit. en Moreno Luzón, “Alfonso XIII”, … pág. 426.

78 Spiller, G. Papers on Inter-racial problems. London-Boston: P.S. King & Son – The World’s Peace Foundation, 1911, pág. v.
79 Moreno Luzón, “Alfonso XIII”, … pág. 417.
80 González Calleja, Eduardo. La España de Primo de Rivera. La modernización autoritaria, 1923-30. Madrid, Alianza, 2005, pág. 182.

81 Ibídem, págs. 71-72.
82 Díaz de la Guardia, Emilio. Evolución y desarrollo de la enseñanza media en España 1875-1930: Un conflicto político-pedagógico. Madrid, CIDE, 1988, pág. 382.
83 Goode, Impurity…, pág. 57.
84 Menéndez Pidal, Ramón. El imperio romano y su provincia. Vol. II, España Romana, Historia de España. Barcelona, Espasa Calpe, 1935, pág. XL.
85 Pemán, José Mª. “Valor del hispanoamericanismo en el proceso total humano hacia la unificación y la paz”, Conferencia pronunciada en la Real Sociedad Geográfica el 21 de abril de 1927. Boletín de la Sociedad Geográfica Española, Tomo LXVII (3. Trimestre) 1927: 218, 230.
86 Palabras pronunciadas el 30/I/1925. Real Academia Española: Banco de datos (CORDE) [en línea]. Corpus diacrónico del español. <http://www.rae.es> [15/IX/2010].

87 Marcilhacy, Raza Hispana…, pág. 73.
88 Discurso de Miguel Primo de Rivera, jefe del gobierno español, explicando los postulados del partido Unión Patriótica, fundado por él en 1924. 30/I/1925. Real Academia Española: Banco de datos (CORDE) [en línea]. Corpus diacrónico del español. <http://www.rae.es> [15/IX/2010]
89 Ríos de Lampérez, Blanca de los. “Nuestra Raza”, Raza Española, 1 (1919): 7. González López, Mª Antonieta. “Índice de la revista Raza Española (1919-1030), Revista de Literatura, LXIII, 126 (2001): pág. 536.
90 Discurso de Miguel Primo. Ibídem.

91 Para Pemán fue la encarnación de la Raza “en algo agudo, viril”, “Valor del hispanoamericanismo”…, pág. 219; Marcilhacy, Raza…, pág. 101.
92 Moreno Luzón, “Alfonso XIII”…, pág. 480.
93 Ibídem, pág. 406.
94 Klein, Spaniards…, págs. 185-186.
95 Moreno Luzón, “Alfonso XIII”…, pág. 480.

96 Martín Corrales, Eloy. La imagen del magrebí en España. una perspectiva histórica siglos XVI-XX, Barcelona, Bellaterra, 2002, pág. 147.
97 En ABC aparece que quería representar la “espiritualidad de la raza”, pero parece un nuevo acto de apropiación del término. Francos Rodríguez, J. “El primero”, ABC, 24/IV/1926, pág. 3. A las pocas semanas de la proclamación de la II República se “contra-inauguró” otro monumento a Cajal en la Facultad de Medicina de San Carlos, con la asistencia de José Ortega y Gasset y personalidades políticas. Rodríguez Enriqueta L., Santiago Ramón y Cajal: el Hombre, el Sabio y el Pensador, Madrid, CSIC, 1987, págs. 146-147. La dictadura de Primo de Rivera también canceló unas conferencias eugenésicas, al calificarlas como “pornográficas” Barrachina, Marie-Aline. “Maternidad, feminidad, sexualidad. Algunos aspectos de las Primeras jornadas eugénicas españolas (Madrid, 1928-Madrid, 1933), Hispania LXIV, 3 (2004), pág. 1007.
98 Vida Nueva, portavoz de las izquierdas españolas, México DF, cit. en López, Marruecos y España…, pág. 155.
99 El Liberal, 22/II/1918, cit. en Ibídem, pág. 152.

100 Ley de 24 de noviembre de 1939, BOE de 28/XI/1939.

101 Bayly, The Birth…, pág. 398.
102 Marcilhazy, Raza hispana…, págs. 318-319.
103 Ibídem, pág. 130n.
104 Bayly, The Birth… pág. 485.
105 Stoler, “Between Metropol”…, págs. 10-11.
106 Esta frase no es original, sino que tras ser expresada por el entrevistador, Foucault la responde afirmativamente. Foucault, Michel. Dits et Ecrits, vol. IV, 1980-1988. Paris, Quarto Gallimard, 1994, pág. 741.

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