Semanarios

INTERNATIONAL PRESS

2002. ¿Por qué se distanció España de Filipinas? _International Press 2002 Filipinas (1)_

2003. “Soñar no cuesta nada en ningún sitio”
2003. “El largo brazo de Edward Said”

TIEMPO

2005. “Una historia de humillación”

La historia y la emoción

Los chinos tienen razones para quejarse de las humillaciones del pasado. Occidente desgajaba regiones de la influencia de Beijing, mientras en las ciudades bajo dominio extranjero los propios chinos pasaban a ser ciudadanos de segunda categoría. Japón también les provocó calamidades, al concentrar en China sus ambiciones de poder, con el resultado de más de diez millones de muertos en una guerra de siete años (1937 – 1945) y algunos capítulos de los más tristes entre los horrores de la humanidad. Por ejemplo, la aniquilación premeditada de un ejercito derrotado y en desbandada tras la toma de su capital, Nanjing, o la guerra biológica propagando tifoideas y cólera en un esfuerzo por ganar un enemigo que se les resistía por lo métodos convencionales, como España hiciera años antes en el Rif con las armas químicas. Los experimentos de guerra biológica, a cargo de la Unidad 731 en Harbin, al norte de China, llevaron a la inoculación de enfermedades, a la congelación y descongelación de miembros, a enterramientos de vivos o inyecciones letales sobre personas – cobayas que los médicos, en uno de los tantos ejemplos para disminuir su culpa, llamaban “maruta”: madero. Tras acabar la guerra, además, el tiempo no ha dado carpetazo a tantos odios e incluso los ha reverberado. Libros como el de la Masacre de Nanjing, escrito con tanta emotividad por Iris Chang -quien se suicidó el noviembre pasado-; las periódicas visitas de primeros ministros japoneses al santuario Yasukuni, dedicado a venerar los muertos en combate; las protestas de las llamadas “ianfu” o Esclavas del Placer, obligadas a prostituirse para militares japoneses,  o esos libros de texto japoneses con referencias edulcoradas al pasado les han puesto el dedo en la llaga.

 

            Es un sufrimiento alimentado con datos, pero vivido con una pasión notable. La tremenda importancia que el pasado ejerce sobre los chinos (lo que algunos han llamado “la tiranía de la historia”)  es crucial para entender estas reacciones más allá de lo racional. Sus milenios viéndose como centro del mundo y ostentadores de lo que ellos entendían como LA **Victoria, mayúsculas, por favor*** civilización marcan a los chinos de ahora, ricos y pobres, provincianos y capitalinos, de la costa o del interior, como también la división y las humillaciones tan continuas sobre su país desde que en la década de 1840 Hong Kong pasase a manos británicas. Las disculpas oficiales japonesas, que esos libros de texto no vayan a ser de uso mayoritario o que los americanos ayudaron a ocultar los experimentos de la Unidad 731 apaciguan poco esa ira. Pero, por encima de todo apuntan los intereses políticos. Porque los últimos acontecimientos sugieren que Hu Jintao puede estar interesado en ganarse una credibilidad nacionalista y asentarse en el poder atacando a Japón, como Deng XiaoPing hiciera en 1979 al declarar la guerra a Vietnam o Jiang Zemin más tarde, al amenazar a Taiwán y programar medidas navales junto a sus costas. Políticamente no tiene porque ser una estrategia equivocada, porque Japón ya no es la ayuda tan vital para el desarrollo que fue años antes y tiene tanto que perder como China en una posible ruptura. Pero siendo un tema tan pasional, es difícil prever  lo que va a desencadenar. Revueltas xenófobas en el pasado, como la de los Bóxer en el año 1900, han acabado volviéndose contra los propios gobernantes. Y nadie sabe cómo acabaran las actuales. Los manifestantes podrían, incluso, exigir también democracia dentro del país.

 

Florentino Rodao enseña en la Facultad de Periodismo de la UCM y es autor de “Franco y el imperio japonés” (Plaza & Janes, 2002)

 

GESTIÓN 21

2008 “Japón, también sin dirección económica”

ABC Cultural

2001. Tras las Filipinas, la Península Indochina

Tras las Filipinas, la Península Indochina

 

            Los castellanos ocuparon Manila, el mejor puerto de Asia, como un primer paso. Pensaron en  saltar a China, soñaron con cristianizar Japón y ambicionaron el comercio de las especias en las Molucas, pero el poder de los emperadores de Beijing, las suspicacias de los shogunes y las prevenciones portuguesas fueron obstáculos importantes. Frente a ello, la península Indochina fue una alternativa atractiva: Siam, Camboya, Champa, Vietnam, Arakam, Pegu, Patani o Johor eran territorio cercanos, sus gobernantes demandaban luchadores diestros en técnicas militares modernas, la situación política era tremendamente inestable y, además, los aventureros podían cooperar sin importar su procedencia. Las expediciones más intrépidas, de hecho, fueron obra conjunta de ibéricos, liderados por el portugués, Diogo Veloso y el castellano Blas Ruiz de Hernán González. Miembros de la guardia personal de Paramaraja II, rey de Camboya,  que entonces ocupaba todo el delta del Mekong, Veloso y Ruiz aprovecharon sus deseos camboyanos de buscar aliados contra Siam para tentar a portugueses en Malaca y a castellanos en Manila con promesas de expansión. Fracasaron al principio, pero tras la muerte del gobernador Gómez Pérez Dasmariñas su hijo, Luis, impulsó dos expediciones a Phnom Pehn, en 1590 y 1593, con el objetivo de medrar en río revuelto y conseguir nuevos territorios y riquezas, tal como se hizo tantas veces en América. No lo consiguieron. Antes al contrario, los demás se unieron contra ellos, e incluso la última expedición acabó en un reguero de sangre. Años más tarde ocurrió algo parecido en la Baja Birmania, cuando  un grupo de aventureros comandados por Filipe de Brito Nicote lo dominaron desde su fortaleza de Syriam, hasta que los demás se unieron para derrotarles. Asia no era América.

 

Después, en el siglo XIX, las expediciones siguieron. La muerte de un dominico español en 1857 y los deseos de expandirse en el territorio más cercano a Filipinas desencadenaron la expedición de Cochinchina, junto con Francia. Militarmente, fue un éxito; los occidentales ya no precisaban alianzas con locales como antaño. Pero Indochina acabó en protectorado francés. La suerte de las expansiones ya no estaba en manos de los aventureros.

2002. Entrevista Jonathan Spence “Se abre un nuevo camino para la Historia de China” _ABCD 2002 Spence – Entrevista_

Spence-Entrevista

 

 

Se abre un nuevo camino para la Historia china

 

 

Jonathan Spence (Inglaterra, 1936) es para muchos el mejor especialista en la Historia de China. Profesor de la Universidad de Yale, ha escrito libros esenciales para entender el llamado País Central. Tanto ensayos como La Muerte de la Mujer Wang, El Continente del Gran Khano manuales pensados para universitarios, como The Search of Modern China, quizás el más utilizado actualmente, que ha revisado en 1999.

 

Spence ha visitado España para pronunciar en Valladolid la conferencia inaugural del VI Congreso de la Asociación Española de Estudios del Pacífico, en colaboración con la Casa Asia de Barcelona. En compañía de su mujer, la historiadora Ahnping Chin, de quien esta enamorado como el primer día, pasó primero por Londres, en donde fue condecorado por el príncipe Carlos de Inglaterra para la Orden de San Miguel y San Jorge por sus “contribuciones a la Historia de China” y después visitó la familia de una alumna suya en Escocia. Su relación con sus alumnos de doctorado es muy intensa, como muchos de sus colegas, que no sólo hacen visitas de este tipo sino también dejar a sus alumnos en sus casas cuando se van de viaje. Conviene a todos; los alumnos disfrutan de sus bibliotecas y de unas residencias mejores, mientras los profesores prefieren dejar sus casas cuidadas.

 

La visita coincide con la aparición de su tercer libro traducido al castellano, El Palacio de la Memoria de Matteo Ricci (Tusquets), sobre los esfuerzos de este misionero jesuita por cristianizar China a partir de lo que entonces se percibía como un avance científico de primer magnitud, las construcciones mnemotécnicas para aumentar prodigiosamente la capacidad memoristica. Siendo Ricci el misionero que simboliza mejor los esfuerzos cristianos por asimilarse a la cultura china, el libro es un fascinante recorrido por el contacto cultural entre Occidente y China. Para algunos, incluida su mujer, es su mejor libro, aunque él se limita a asegurar que ha cuidado cada frase. Mimado, diríamos otros. Y con esta combinación, con tan buenos resultados, de sus facetas como investigador y como escritor empezamos la conversación.

 

  1. Usted es de los pocos académicos que consigue tiradas masivas en sus libros, ¿cómo lo ha conseguido?
  2. Mi primer libro fue con una editorial universitaria, que suelen tener tiradas pequeñas, pero el resto ha sido con editoriales comerciales. Incluso como joven profesor no podía comprender cómo porqué otros hacían su forma de escribir tan difícil, porque los aspectos más técnicos también pueden hacerse accesibles al público.
  3. Hasta qué punto se ha preparado.
  4. Edité una revista en Cambridge cuando era estudiante y eso me ayudo mucho a ser más conciso. También he trabajado duro y utilizo técnicas narrativas, como introducir el capítulo siguiente en los últimos párrafos del anterior. Por último, he explorado temas a través de los cuales un lector tipo pueda aprender sobre China.
  5. ¿Quien es para usted ese lector tipo?
  6. Una persona que desea leer en serio
  7. ¿Y cuando encuentra tiempo para escribir?
  8. Sólo lo hago durante lo semestres sabáticos. La Universidad permite un semestre sin enseñar por cada tres años; durante el resto del tiempo leo mucho, pero no escribo libros. Por otro lado, odio escribir directamente en ordenador, primero lo hago a mano porque pienso mejor antes de escribir.
  9. Ha habido una polémica sobre si Marco Polo realmente visitó China, ¿qué cree sobre ello?
  10. Marco Polo probablemente estuvo en China, pero no se puede asegurar. El que no creo estuviera allí es Fernão Mendes Pinto [el autor de la famosa obra Peregrinaçoes, en 1613]
  11. No obstante, al contrario que Juan de Mandavila, de quien se pueden rastrear los textos que copió para su Libro de las Maravillas del Mundo, no se puede hacer lo mismo con Polo.
  12. Si, este es el mejor argumento a favor de la veracidad de su estancia, pero también es verdad que su familia tenía una casa en el Mar Negro, por donde pasaban los comerciantes que venían de Asia. Allí pudo haber aprendido las cosas que luego contó. La verdad que, para los 17 años que vivió allí, debió haber aprendido más sobre China.
  13. Los ibéricos fueron los primeros occidentales que llegaron a China, ¿fue importante ese encuentro por medio de Macao?.
  14. La contribución en general fue muy limitada y sólo se puede considerar importante en el caso de las armas de fuego. Los esclavos fugitivos de Macao, posiblemente en colaboración con piratas, sí que tuvieron un efecto militar importante en el ejército chino, al que ofrecieron también una visión más amplia del mundo. Se les llamaba la gente negra.
  15. ¿Y con Manila?
  16. La masacre de chinos de 1603 allí fue la primera que han vivido los chinos en el exterior, y eso creó una imagen muy negativa. Se vio como un ejemplo muy peligroso para otros emigrantes.
  17. ¿Hay ahora algún campo en la investigación histórica que sea especialmente candente ante los cambios que se avecinan en China?
  18. Si, los abogados. El Partido Comunista Chino no los acepta oficialmente porque no quiere interferencias al aplicar el código penal y el resto de leyes. Para ello se basaba también en la aparente ausencia de abogados en la Historia de China. Pero ahora que los abogados empiezan a ser reconocidos de una forma muy vaga, también se está descubriendo que, si bien los textos clásicos chinos no los mencionan explícitamente, existían. Todo ello supone plantearse una reelaboración de la forma de ejercer la Justicia.
  19. ¿Qué ejemplos se observan?

Por supuesto, la experiencia del resto de países, el estudio comparado de las leyes es fundamental. La Universidad de Yale está ayudando, con un centro dedicado a ello y programas de formación legal para abogados chinos. Pero también se intenta buscar cómo funcionaba la justicia en el período Ching (1644-1911), que está ofreciendo referencias cada vez más clara sobre cómo se buscaban mediadores que ayudaban a defender los derechos de cada uno ante las autoridades. Las mujeres los utilizaban mucho, sobretodo las viudas para defender sus propiedades.

  1. ¿Y que se está aprendiendo de otros territorios chinos?
  2. Singapur y Hong Kong son ejemplos importantes, pero también Taiwán, que ha sido muy útil para poner en marcha avances de carácter económicos, como las zonas económicas especiales o las inversiones exteriores.
  3. Excavaciones recientes sugieren que existió realmente una de las dinastías chinas que antes se creían imaginarias.¿Qué opina?
  4. Parece que la Dinastía Xia (hacia el año 2000 a.C.) podría ser el período más temprano en que se puede identificar una “sociedad china”, pero la evidencia es aún muy vaga. Además, esta muy mezclado con el nacionalismo y es muy controvertido.
  5. Quizás otras ciencias podrían ayudar.
  6. El descubrimiento reciente que más nos fascina ahora son los cientos de tablillas de bambú del siglo III d.C., encontradas en tumbas y mantenidas en su estado original gracias a unas inundaciones que las sellaron al vacío. Sus textos hablan de todo, son filosóficos, legales, etc, y están escritos en una escritura china temprana que no se conoce en su totalidad. Esos textos tienen que ser descifrados con la ayuda de la Filología y de otras ciencias, y serán claves para conocer la China anterior a esa fecha. Es de suponer que, también, sobre la dinastía Xia.
  7. ¿Y sobre algo más cercano pero cuya documentación es también muy escasa, como es la historia del partido Comunista Chino?
  8. Esta aún prohibido el acceso a sus archivos, pero hay gente que lo está consiguiendo por diversos medios. De ahí y de otros archivos que están siendo accesibles se está conociendo la cantidad de revolucionarios y modernizadores que optaron por no seguir los mandatos de la dirección comunista, como en la Larga Marcha (1934-35), y que han quedado marginadas de la Historia.
  9. ¿Se sigue considerando el estallido de la Revolución Cultural en 1966 como una lucha de poder?.
  10. Básicamente, sí, pero hay más matizaciones. Se esta viendo que hubo obreros en fábricas que, en sus intentos de conseguir mejores salarios, se proclamaban revolucionarios, lo que hizo creer a la dirección en Beijing que había una fuerte agitación.

 

Seguro que habrá nuevas aportaciones para conocer un país que siempre ha causado seducido a Occidente, mucho más que la India. Es difícil de saber porqué, pero libros como los de Spence nos ayudan a penetrar en este país, en buena parte porque son tan fascinantes como el país que describen.

2002: Entrevista a Donald Keene. “Conocer otras culturas ayuda a saborear la propia”

Entrevista Keene

2-9-2002

 

            Pearl Harbor le marcó la vida. Al poco del ataque japonés en Hawai’i, Donald Keene se alistó en la Marina estadounidense, comenzando al poco un curso intensivo de japonés. Pero ese odio se transmutó con el tiempo en admiración y esos ardores guerreros son ya imposibles de trazar tras esa mirada de una persona que, antes bien, se ha convertido en autoridad máxima en la cultura japonesa, especialmente en su literatura. De la trascripción de telegramas secretos interceptados para ganar la guerra, Keene ha pasado a traducir obras y a escribir libros esenciales para entender Japón, adquiriendo un prestigio que comparten tanto japoneses como japonesistas extranjeros, que ha llevado a la Universidad de Columbia, donde es catedrático emérito, a fundar en su honor el Donald Keene Center for Japanese Studies en 1986.

 

En una lengua con tanta evolución como el japonés, no es fácil, ciertamente, traducir obras como el Cuento del Cortador de Bambu (Taketori Monogatari, siglo VIII), los Ensayos sobre la Ociosidad de YOSHIDA Kenkô (Tsurezuregusa, siglo XIV)  o autores contemporáneos como MISHIMA Yukio o DAZAI Osamu y satisfacer a la audiencia. Así, ocurrió la anécdota de una profesora calígrafa que siempre desdeñaba a su alumna los comentarios de extranjeros sobre Japón, aduciendo que sólo los japoneses pueden llegar a comprender realmente la cultura japonesa. Por ello, cuando la calígrafa hablaba de un tal Donarudo Kiin, su alumna no podía encontrar ese autor, hasta descubrir que no era japonés. Donald Keene, ciertamente, es la excepción a la regla de la idea reinante entre una gran mayoría de los nipones sobre que los extranjeros no les pueden entender sus más profundos sentimientos, la llamada “Nihonjinron.”

 

Así, antes de tratar sobre su libro reciente sobre el emperador Meiji, quizás la obra sobre Japón más importante aparecida en el presente año, comenzamos preguntándole sobre esa presunta impenetrabilidad, a la que contesta con un expresivo “sin comentarios,” seguido por una sonrisa cómplice y sobre porqué cree que tiene esta consideración tan especial entre los japoneses, a la que responde quizás también de una forma muy japonesa: “A los japoneses no les gusta oír cosas desagradables y a mí no me gusta criticar mucho porque me siento como un invitado.” Tras más de 20 años de residencia en Japón reconoce que es difícil considerarle como tal, e incluso se ríe recordando que ha pagado impuestos, como cualquiera, aventurándose a asegurar que ese aprecio quizás es por estar más entregado que los propios japoneses a entender y divulgar su literatura, acabando “Así, cuando les hago alguna crítica saben que estoy de su lado”.        

P.: ¿Qué significa estar de su lado?.

R.: Siento admiración hacia Japón, es una sociedad donde cada uno tiene qué comer, un trabajo etc, y además, los japoneses apoyan la cultura de una forma extraordinaria.

P.: Y usted cree que es tan difícil de entender la cultura japonesa?

R.: Japón es fácilmente inteligible si se da una oportunidad, además las diferencias en religión no son importantes. Su literatura, además, es de gente con civilización, y cualquier civilización se puede entender Por ejemplo, nadie me ha dicho que no la haya podido entender el Chûshingura, una obra de marionetas o “Bunraku”  que he traducido [sobre la venganza de los 47 Samurais sin dueño o ronin]. Yo creo que el problema no es la distancia, sino el estado mental porque además conocer otras culturas ayuda a saborear mejor la propia.

P.: ¿Eso incluye la literatura de la época Heian, en el medioevo, de una Corte sin apenas relación con el mundo exterior?

R.: Sí, porque fue escrita por mujeres, más interesadas en los sentimientos o la sensibilidad, y menos por cuestiones más temporales como los ascensos en la Corte o los asuntos políticos.

P.: Del Romance de Genji [Genji Monogatari] de Murasaki Shikibu, acaba de aparecer una nueva traducción, de Royall Tyler, la tercera después de la de Edward G. Seidensticker (1976) y la de Arthur Waley (1933). De nuevo vuelve a estar sobre el tapete si es mejor la fidelidad al texto original o la creación del traductor, ¿que opina de sus resultados?

R.: Tyler  fue alumno mío, conoce muy bien el japonés y yo mismo he revisado la traducción, mientras que Seidensticker mostró claramente las liberalidades que se tomó Waley para su traducción, pero aún así prefiero ésta última. Waley recrea mejor la magia con la que Murasaki Shikibu describe la atmósfera del Genji.

 

  1. Pasando al libro sobre el emperador Meiji (r.1867-1912), cuál ha sido su objetivo al escribirlo.
  2. Hacer un libro simple e inteligible sobre un tema que hasta ahora ha sido poco estudiado por los historiadores japoneses.

 P.: Su libro muestra cómo el sistema feudal Tokugawa cayó casi por su propio peso.

  1. La conciencia de que el shogunato era inadaptable a los nuevos tiempos era generalizada. Aunque se vivía en teoría sin contacto con el extranjero, los japoneses sabían mucho de lo que ocurría en el exterior y conocían incluso los nombres de islas en las Antillas, algo que no ocurría en otros países asiáticos aparentemente más abiertos, como China o Vietnam.

P.: La Renovación Meiji parece un ejemplo claro de Invención de la Tradición

R.: Ciertamente fue así. Había una situación nueva, era necesario responder ante ello y no había ejemplos previos a seguir. Por ejemplo, Meiji fue el primer emperador que visitó el Santuario Ise, donde se veneran los antepasados de la dinastía imperial.

P.: A través de su libro también es posible comprobar que las malas relaciones entre Japón y Corea anteceden a su colonización, así como que algunos de los principales problemas domésticos en el Japón Meiji se originaron allí. ¿A cuando habría que remontar las tensiones?

R.: A la invasión de Hideyoshi a fines del siglo XVI. En el período Meiji, estuvieron fascinados con Corea, porque ellos habían vivido allí una situación semejante a la de los holandeses en Japón, aislados en una pequeña isla cerca de Pusan durante más de dos siglos donde se les trataba muy mal y sin poder protestar. Al igual que los holandeses en Dejima, aguantaron porque el comercio era muy rentable. Luego, al abrirse a Occidente, los japoneses reprendieron a los coreanos y les impulsaron a modernizarse como antes les habían hecho a ellos.

P.: ¿Las maniobras políticas de la época Meiji explican porqué los coreanos recuerdan con tanto encono la ocupación japonesa?

R.: Es un tema más complicado de lo que parece, porque Corea fue ocupada por el ejército de Tierra y la Marina ocupó Taiwán, en donde se recuerda la ocupación japonesa como un período de prosperidad. Quizás, también, entre los japoneses persistía un respeto por la cultura china que no había frente a los coreanos.

P.: ¿Cual es la característica principal a destacar del Emperador Meiji?

R.: Su sentido del deber. Asistió a ceremonias en sus últimos meses en las que ni hablaba ni le convenía a su salud, como las ceremonias de graduación de la Universidad Imperial de Tokio, pero sabía que su presencia realzaba los actos y que los graduados se sintieran respaldados.

P.: ¿Y su preocupación por ahorrar, incluida la Corte, en momentos de dificultades financieras?

R.: Si, es admirable, aunque eso era algo generalizado también entre la nobleza. En Japón nunca ha estado bien vista la ostentación de bienes. Durante el período Edo [1616-1868], por ejemplo, la gente rica llevaban las joyas y los bienes más preciados en la parte interior de los haori [gabanes para colocar por encima del kimono], mientras que por fuera eran negros, como los del resto de la gente.

P.: ¿Y cómo considera que ha sido la respuesta?

R.: Diferente según los lectores. Las reseñas en inglés han enfatizado la dificultad de llegar a comprenderle realmente por la inexistencia de documentos explícitos como un diario, etc. Pero las escritas en japonés se centran en que por primera vez han llegado a comprender al emperador. A través de mi libro, dicen, se puede sentir aquello en lo que Meiji creía.

 

2005: “La guerra del resultado inesperado” _ABCD 2005 Guerra Ruso Japonesa_

La guerra del resultado inesperado

 

            Hace cien años se plasmó la mayor sorpresa militar de comienzos del siglo XX. Japón derrotaba a Rusia. Y quedaba plasmado en el Tratado de Paz firmado el 5 de septiembre de 1905 en Portsmouth, bajo la mediación del presidente Teodoro Roosevelt. El resultado fue especialmente humillante para el Zar y sus súbditos, henchidos de autosuficiencia y mofándose de los “macacos” nipones hasta que los hechos demostraron de lo que era capaz esa “raza amarilla”. Los japoneses, simplemente, utilizaron al máximo todos los recursos, bien conscientes de la dificultad de triunfar ante una de las grandes potencias de entonces: sus militares más optimistas apenas se concedían un 50% de posibilidades de victoria. La audacia fue la primer arma nipona: un ataque sorpresa al puerto de Seúl y, después, al llamado Gibraltar del Extremo Oriente, Port Arthur (Lushun), que cayó tras siete meses. Las vidas humanas fueron la segunda, porque esa toma de Port Arthur supuso decenas de miles de víctimas, superadas después por la por la toma de Mukden, la mayor batalla de la historia hasta entonces, en donde murieron 165.000 soldados del total de 650.000. Tokio sólo consiguió una victoria clara en la última batalla naval, en los estrechos de Tsushima, al derrotar sin paliativos al grueso de la flota rusa, la del Báltico, que había realizado un viaje agotador alrededor del mundo, sin poder carbonear ni conseguir provisiones fácilmente, acosada por el Reino Unido, aliado de Tokio. Los japoneses, además, tuvieron la suerte de la desmembración interna rusa desde el verano, a raíz del motín del acorazado Potemkin, con la extensión de las huelgas y los soviets. La sorpresa fue también de los vencedores.

 

Pero tampoco fue una “espléndida guerrecita”, como años antes el presidente norteamericano definió la guerra contra España de 1898. Los beneficios para Japón fueron pocos, incluso descontando esos centenares de miles de muertos del fiel de la balanza. Porque si la Revolución de 1905 bloqueó a Rusia, Japón estaba tan exhausto o más: había movilizado movilizó cinco veces más soldados que en la guerra contra China de 1894-95, había sufrió seis veces más muertes y el gasto se había multiplicado por nueve. No tuvo más remedio que firmar el Tratado de Paz en los términos dictados por los negociadores rusos y, más allá de una porción de la isla Sajalín, los beneficios fueron nimios. Tokio ni siquiera cobró una indemnización.

 

Peor aún, el ejemplo de tantas carnicerías humanas tampoco le sirvieron al resto de la humanidad, porque aunque la Guerra Ruso-japonesa fue el escenario del comienzo del fotoperiodismo, los soldados siguieron muriendo como chinches en el siguiente conflicto. Las ametralladoras y el resto de armas nuevas fueron letales al máximo en las praderas de Manchuria, pero las tácticas militares durante la I Guerra Mundial siguieron centradas en los ataques a las trincheras enemigas  y los recursos se siguieron gastando en cuerpos ya redundantes, como la caballería. El historiador militar Richard Connaughton asegura, de hecho, que la Guerra Ruso-japonesa tuvo más efecto sobre la Segunda Guerra Mundial que sobre la Primera, por el ejemplo de la compenetración entre la Armada y el Ejército. El primer portaviones de la flota que atacó Pearl Harbor por sorpresa, enarboló la misma bandera del almirante Heihachirō Tōgō al dirigir el ataque a Port Arthur.

 

La admiración por Japón fue el único resultado palpable de la contienda. España es un ejemplo. Además de vivir la guerra de forma directa por el tiempo que la flota del Báltico estuvo detenida en Vigo, tal como ha estudiado Víctor Calderón de la Barca, se interesó por las batallas. El gobierno de Madrid envió una misión militar, dirigida por Luis Fernández de Córdova, y durante el conflicto fueron editados desde un pequeño libro, Rusos y Japoneses, hasta los fascículos La Guerra Ruso-Japonesa,editados en Barcelona. La demanda y la oferta se mantuvieron tras la llegada de la paz. Los fascículos se reconvirtieron en tres volúmenes y la misión militar publicó en 1908 una extensa Memoria, pero además salieron a la luz libros para explicar porqué Japón había llegado tan alto. Los periodistas-escritores tomaron el relevo a los cronistas militares y escribieron sobre Japón el guatemalteco Enrique Gómez Carrillo, marido de la cupletista Raquel Meller y quizás el gran amor de Matahari; Luis de Oteyza, el hermano del escultor, o Vicente Blasco Ibáñez, mientras que en España el socialista Julián Besteiro lanzaba eslóganes de “Japonizar España” y tradujo en 1907 la obra principal de Lafcadio Hearn, Kokoro, Impresiones de la vida íntima del Japón.

 

No obstante, la historiografía y la memoria están relegando esta guerra que acaba de convertirse en centenaria. Sea por el eclipse de las dos guerras mundiales, por el posterior estallido de la Revolución Rusa o porque los desmanes militares japoneses posteriores fueron mucho mayores, los principales estudios no han ido más allá de los historiadores militares, generalmente publicados en editoriales dedicadas a estos temas, como las de Geoffrey Jukes, Dennis y Peggy Warner. Los estudios académicos han sido importantes, pero ninguno ha llegado al nivel de gran obra. El gran especialista británico en la política exterior japonesa, Ian Nish, ha analizado los intereses de Rusia, dominando Manchuria y sopesando involucrarse más en Corea y China, y porqué ninguneó a Japón, siempre dispuesto a negociar. El principal especialista en la prensa japonesa del siglo XIX, James L. Huffman, ha definido como “nuevo chovinismo” al papel de los medios de comunicación nipones, por su información especialmente tergiversada sobre Rusia y por apostar fuertemente por la guerra, pero el papel del magnate Hearst (Pulitzer) prefiere compararlo con el de los intelectuales japoneses que apoyaron la Guerra contra China, una década antes, como Yukichi Fukuzawa o Katsunan Kuga. Las decisiones y los disturbios en Japón en protesta por la paz insatisfactoria han sido interpretados por Shumpei Okamoto como una “competencia de lealtades”, etc. Pero el centenario de la guerra ha pasado sin apenas pena ni gloria y sólo la ciudad de Portsmouth especialmente parece haberse esforzado en este centenario, presta a recordar la historia de la ciudad en su esfuerzo por conseguir que el Pentágono dé marcha atrás en su recomendación de cerrar los astilleros navales. Algunos han acuñado el término World War Zero, pero los libros aparecidos a propósito del centenario han sido pocos, y sigue destacando una reedición de El sol naciente y el oso abatido (Rising sun and tumbling bear), de Richard Connaughton, co-autor de otra obra sobre la Batalla de Manila.

 

Relegada, pero no olvidada.  Porque la Guerra contra Rusia  es, ante todo, un momento crucial inserto en procesos más amplios. Los debates más interesantes sobre el Japón del último siglo, como son el porqué de la deriva militarista que acabó ahora hace precisamente sesenta años y la modernización del sistema imperial tienen en la Guerra de 1904-05 argumentos decisivos. El debate más teñido políticamente es sobre hasta qué punto fue inexorable la deriva ultranacionalista nipona que acabó en la Guerra del Pacífico. Ese militarismo fue considerado durante años como una aberración de la “normalidad” dentro de una historia que veía a Japón como un ejemplo de progreso paulatino y acercamiento a Occidente, centrada en los avances modernizadores de la época Meiji. Akira Iriye, por ejemplo, se limita a ver en el Japón militarista un completo descarrío, y esta línea es seguida de alguna manera con el argumento de un Japón que reaccionó con una cierta paranoia a las amenazas venidas del exterior, tales como el auge del nacionalismo chino, la crisis económica mundial, la imposibilidad de encontrar materias primas o de encontrar espacios para sus emigrantes, tal como vienen a asegurar la serie de libros editados por Myers, Peattie y Duus sobre el imperio japonés. En un libro traducido hace décadas al castellano, Michio Morishima aseguraba que el poderío económico de Japón llegó a ser tan imponente que no fue posible contenerlo. Frente a ellos, están los que se preguntan por los “caminos no tomados.” Japón no era un actor pasivo en el plano internacional, como tienden a reflejar algunos de estos autores, o el famoso libro de Ruth Benedict, El Crisantemo y la Espada, sino un país diseñado y conformado por sus propia elites, como describe Kenneth Pyle en su The Making of Modern Japan, que han buscado conscientemente la expansión imperial. Estos historiadores rupturistas, como Mikiso Hane, recientemente fallecido, John W. Dower o Tetsuo Najitase, plantean que sería también conveniente preguntarse por las implicaciones de las decisiones de los gobiernos en aspectos menos llamativos pero igual de importantes, como el nivel de vida de la población. Frederick R. Dickinson, en su libro sobre Japón ante la I Guerra Mundial, War and National Reinvention, ve sobre todo euforia en los dirigentes japoneses durante la Gran Guerra: buscaron oportunidades por las dificultades del imperio alemán para mantener sus dominios en el Pacífico y manipularon hechos, tanto los interiores como los exteriores, en pos de sus objetivos expansionistas. La apropiación del imperio alemán en Micronesia fue un eslabón en una cadena que dio su salto cualitativo en 1905.

 

            En el caso de la modernización de Japón, no comenzó en los años de la guerra con Rusia, pero los cambios que desencadenó sí la llevaron a un punto de inflexión.  Carol Gluck ha escrito el libro quizás más innovador sobre los últimos años del período Meiji (1868-1912), describiendo la renovación del sistema imperial tradicional en uno nuevo y moderno que justificó y dio alas al militarismo, actualizando sus contribuciones y su simbología, el llamado Kokutai, un término compuesto de dos ideogramas, país y cuerpo, que suelen definirse como “la esencia de la nación”. Las “tradiciones inventadas” de Japón, siguiendo a Hobsbawn y Ranger, han sido estudiadas en un libro editado por Stephen Vlastos, Mirror of Modernity,y las aplicaciones teóricas de Edward Said para mostrar cómo Japón creó su Orienteparticular, siguiendo el ejemplo colonial europeo, han sido estudiadas por  Stephan Tanaka a través de los escritos del profesor de la Universidad de Tokio Kurakichi Shiratori. Si la victoria sobre Rusia de 1905 fue sorprendente, el  Kokutaipermitió explicarla en términos nipones, puesto que definió lo que significaba ser japonés como lo propio, como opuesto a lo “otro.” Las implicaciones de esta reinterpretación de lo japonés en un sentido exclusivista fueron cruciales, porque crearon una conciencia entre los japoneses de ser exclusivos, únicos, no entendidos por nadie más. Estas interpretaciones se plasman en algunos de los resultados de ese fervor por destacar las diferencias con el resto de naciones del mundo, como la publicación de El libro del Té, de Okakura Kakuzō, el nuevo Bushido, de Inazō Nitobe, o la primera representación de Madame Butterfly de Puccini, coincidentes con los años de la Guerra con Rusia. Y al localizar en Asia Oriental su Oriente particular, pudieron justificar su presencia en Asia Oriental, en lo que Tetsuo Najita y Harry D. Harootunian han acuñado como una “revuelta contra Occidente,” que tuvo otros significados adicionales, como asociar los problemas de Asia con la revitalización de Asia en el mundo.

 

Japón contó con dos facciones principales entre sus dirigentes. Una estaba encarnada por el ejemplo de Gran Bretaña y su imperio, era más proclive a desarrollar la armada y contó con líderes como Takaaki Katō o Shigeru Yoshida, que participó en las negociaciones de Paz con Rusia en Portsmouth, en los comienzos de su carrera diplomática. La otra facción miraba en el ejemplo alemán, con líderes como Aritomo Yamagata, Yōsuke Matsuoka o tantos jóvenes militaristas de la década de 1930, obsesionados con la conquista de China y Asia. Eran dos opciones diferentes aun sin mucha definición, en parte por las alternativas, como el modelo estadounidense, tras la I Guerra Mundial, y en parte porque las facciones políticas eran volubles y, desde luego, no eran dos polos opuestos ni compartimentos estancos. Porque todos los dirigentes apoyaron la expansión y su principal diferencia fueron los métodos. John W. Dower lo mostró claramente en Empire and Aftermath, la biografía de Yoshida, el gran líder de la reconciliación con Estados Unidos y el hacedor del sistema político de posguerra en Japón. Porque en 1936 Yoshida pudo haber ocupado el cargo de Ministro de Exteriores que, finalmente, quedó en manos de Hirota Kôki, un personaje con el que mantenía escasas diferencias en sus planteamientos. Hirota, durante su mandato, firmó el Pacto Antikomintern con la Alemania  Nazi de 1936, lo que durante la ocupación americana, en los Tribunales de Tokio, le convirtió en cabeza de turco. Fue necesario culpar a alguien de fuera del estamento militar y Hirota fue el único civil condenado a muerte mientras que, por el contrario, Yoshida se convirtió en el paladín del Japón democrático, gracias a un encarcelamiento de unas semanas al final de la guerra.

            La ideología del Japón militarista, la deriva propagandística contra Occidente o la decisión de expandirse por encima de cualquier otra consideración (como, por ejemplo, un nivel de vida más elevado para la población), en definitiva, fueron producto de una guerra que tuvo lugar hace cien años. Aunque sea menos visible.

 

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