II. LA IMAGEN EN LA HISTORIA. ESPAÑA Y JAPÓN: DE VUELCO EN VUELCO

Florentino Rodao

Los contactos entre España y Japón se remontan a 1549. Son muy tempranos para un país asiático y otro europeo, pero las relaciones no han sido especialmente relevantes: dos países distintos y distantes, con muy poco en común, un comercio escaso y una distancia que ha sido tanto geográfica como cultural. No ha ocurrido lo mismo con las imágenes respectivas, que siempre han estado presentes: a pesar de la lejanía, los unos siempre han identificado a los otros. Con las obvias asociaciones, filtros y matices y con todas las diferencias entre la autopercepción y la imagen del otro, así como con los esfuerzos y deseos naturales por adaptar las imágenes a las necesidades del momento, las representaciones han formado parte de la relación mutua, siempre vigentes. Y han cumplido un papel crucial, además, rellenando el vacío dejado por esa carencia de contactos y por una distancia tanto física como mental. Verdaderas o no, superficiales o penetrantes, filtradas u orientalizadas, las representaciones han cumplido un papel en los contactos anormalmente importante para unos contactos bilaterales. Este trabajo introductorio trata de esos contactos mutuos a lo largo de la historia y de las cambiantes imágenes a lo largo de su devenir, pero también busca indagar en esa importancia y determinar hasta qué punto lo han moldeado.

 

LOS BÁRBAROS QUE NO ERAN TAN DIFERENTES

En 1549, Francisco Javier desembarcó en Kagoshima junto a otros dos jesuitas, Cosme de Torres y Juan Fernández. Siguiendo el camino inaugurado sólo seis años antes por los primeros portugueses, que llegaron a la pequeña isla sureña de Tanegashima a bordo de un junco chino desviado de su ruta por una tormenta, inauguraron la era de contactos. Lo hicieron de forma confusa: a bordo de un barco portugués y embarcados en una empresa lusa, la evangelización de Asia, encargada por el rey de Portugal a la Compañía de Jesús. Era una orden misionera fundada por un navarro que no distinguía a sus miembros por su lugar de nacimiento y esa empresa estaba dirigida por otro navarro que llegó a escribir después que los tres jesuitas de esa delegación eran portugueses; pero simplemente reflejaban las circunstancias de esos años.

Siendo el primer encuentro entre dos culturas hasta entonces desconocidas, tanto los portugueses como sus interlocutores nipones recurrieron a su bagaje cultural y a sus experiencias previas para clasificar a los recién encontrados. En el caso de los ibéricos, se sirvieron de toda la imaginería medieval sobre el mundo desconocido y de la experiencia de los pueblos conocidos en su camino a Japón. Las creencias religiosas se mezclaron con ideas de signo opuesto, unas temerosas, advirtiendo del temor a perecer entre fuerzas desconocidas y otras favorables, incitando a imaginar en positivo lo maravilloso, ya fuera el Paraíso Terrenal o riquezas inmensas. En el caso de los nipones, también utilizaron las experiencias con extranjeros y los esquemas previos del mundo ignoto. La semejanza física más factible era con los mercaderes provenientes del subcontinente indio, que habían de llegar a Japón por medio de las rutas marítimas bordeando las costas del sudeste de Asia. Además, se utilizó el esquema general chino para clasificar a los pueblos del mundo conocido, que establecía un rango de pueblos basado en la asimilación de la cultura china y en otros parámetros de desarrollo, tales como algún tipo de religión budista conocida, sometimiento al emperador o estructuras de gobierno más sofisticadas. El resultado fue diferente, porque unos se fijaron en la faceta positiva y otros en la negativa.

En el caso europeo, predominó la visión maravillosa, muestra de la codicia incitada. Por un lado, por identificarlo con el Cipango al que se había referido Marco Polo, algo que no ocurriría con China hasta casi medio siglo después, tras descartar que al norte del imperio Chino estuviera el famoso Cathay. Por el otro, por pensar que sería un caldo de cultivo para la cristianización. La tez de piel más clara que los otros pueblos encontrados en Asia, su mayor desarrollo tecnológico o social y el sistema feudal con unas relaciones señor-vasallo asimilables a las europeas, llevaron a pensar, incluso antes de arribar a sus costas, que los japoneses eran especialmente proclives a la cristianización.

En el caso nipón, llamó más la atención, aparentemente, el olor corporal nauseabundo y el desconocimiento de todo lo que se consideraba relativo a la civilización, tal como la escritura con ideogramas, la función de los emperadores con lo sobrenatural y las filosofías relacionadas con el budismo, a pesar del camino por donde llegaban. Así, les fue asignado el término “Bárbaros del Sur” (nambanjin) por no tener ni asimilada la superior civilización sínica ni tampoco reconocer esa superioridad: estaban en el escalafón más bajo de los pueblos conocidos. Observando más en profundidad, no obstante, la diferencia no aparece tan significativa. En el caso ibérico, la impresión tan positiva refleja más bien los intereses particulares de los misioneros, los creadores de las imágenes de esos momentos, que se esforzaron tanto por transmitir una ideas que favorecieran su misión como por conseguir los mayores resortes frente a sus principales competidores, los comerciantes. Los beneficios del tráfico China-Japón eran inmensos, gracias a un monopolio de facto del comercio por la prohibición china a los barcos japoneses, harta de los ataques piráticos (los wakô) a sus costas, pero los mercaderes nunca recibieron atención prioritaria. El celo misionero, ayudado por la excelente organización de los jesuitas para difundir las visiones más convenientes a sus intereses se mantuvo entre ese floreciente tráfico. Consiguió financiación adicional para su empresa al tener una cuota en las bodegas de los barcos para sus bienes e incluso, con los años, al llegar a dominar también las estrategias comerciales. Las mercancías de los barcos fueron desembarcadas, así, en los puertos con señor feudal o daimyo cristiano: las expectativas de evangelización dominaron.

En el caso japonés, las representaciones no han sido tan negativas como el término bárbaros sugiere. No fueron tan negativas como en China y las pinturas de los biombos de la época muestran que llamaron la atención, sobre todo, sus aspectos más exóticos. La función de los pintores de biombos de Kioto y Osaka como mediadores ante el resto de la sociedad también fue crucial, mostrando una visión más acorde con sus preferencias. Bebiendo de una tradición cultural nacional con menos espacio para los sentimientos religiosos, balancearon la oferta religiosa con la material en sus representaciones, donde bulle de alguna manera lo maravilloso. Aparecen señores de negro, con coronillas en la cabellera y prominentes narices adorando retratos de vírgenes, pero también los Barcos del tesoro, llenos de las ansiadas mercancías chinas, y muchos negros y mujeres, más que en su proporción real. El contacto continuado comienza a partir de 1565. Una vez que Miguel López de Legazpi consiguiera establecer en Filipinas un asentamiento definitivo, la relación pasó a ser continua. Esa presencia permitió la llegada a Japón de nuevas órdenes religiosas, como los franciscanos desde 1593 o los dominicos desde 1603, con un diferente enfoque sobre la evangelización, más apegado a  las normas europeas, e implantándose en zonas alejadas de la capital. Además, Manila se convirtió en un centro mundial para la distribución de la plata americana, principalmente hacia China, el gran mercado comprador de plata en esos años.

El mercado de Nueva España quedaba al alcance de la mano de los comerciantes nipones y además, tras inventarse la técnica de la amalgama para obtener más plata por medio del mercurio, Japón invitó a trabajar a ingenieros de minas. Las expectativas mutuas para el futuro eran prometedoras y se establecieron relaciones oficiales desde 1592, pero los españoles nunca tuvieron una imagen claramente diferenciada de los portugueses. Los contactos mutuos fueron importantes y dieron lugar a numerosa documentación, incluido un relato de un comerciante japonés sobre la vida y costumbres de los españoles en Manila, Ruson Oboegaki (“Memorial sobre Luzón”, el nombre de la isla Filipina donde se sitúa Manila), pero las imágenes apenas cambiaron con la nueva adaptación. Sea porque se había perdido el elemento sorpresa con los años, porque el marco cognitivo ya estaba creado, y modificarlo resulta más complicado por causa de la satisfacción perceptual, o por la dificultad de diferenciar físicamente a portugueses y a castellanos, las representaciones de ibéricos apenas distinguen a los castellanos. El papel de los intermediarios jesuitas aparece como crucial en este desdibujamiento entre los ibéricos. Construir una imagen separada de unos y otros iba en contra de sus objetivos misionales, más aún a partir de la Unión Ibérica de 1580. Los jesuitas, antes bien, se esforzaron por recalcar a los japoneses la fortaleza de sus ejércitos y sus esfuerzos de lucha contra el enemigo musulmán, tal como muestran las obras de sus escuelas de pintura en Japón, que no sólo dibujaron madonnas con niños en sus brazos, sino también caballeros ecuestres armados y otras representaciones especialmente apreciadas por los japoneses, las de los combates entre ejércitos, tanto navales como terrestres.

 

DE LA CURIOSIDAD A LA SOSPECHA

A fines del siglo XVI y comienzo del XVII, las imágenes mutuas mudaron. Este giro no significó una observación más detallada, sino que llevó a una perspectiva opuesta, y provino de los cambios internos dentro de cada sociedad, antes que de las fricciones mutuas. En el caso de Japón, la culminación de los procesos de unificación y centralización fueron los que trastocaron completamente la forma de ver a los misioneros. Ya que los monasterios budistas habían sido un reducto casi independiente, Oda Nobunaga veía a los religiosos católicos como una ayuda para cercenar ese poder autónomo de los bonzos, pero después, Hideyoshi Toyotomi y sus sucesores cambiaron radicalmente esta visión, porque los templos budistas pasaron a estar bajo el dominio shogunal. Los católicos fueron los que pasaron a ser vistos como agentes de potencias extranjeras, erosionando el proceso de centralización bajo la familia Tokugawa. Entre los españoles en Filipinas, la mudanza fue parecida. Si las visiones positivas predominaban durante el siglo XVI, en la época de las ambiciones expansionistas al continente asiático, los progresivos fracasos llevaron a que los españoles de Manila temieran, sobre todo, ser expulsados por sus enemigos y dieran mayor prioridad a su fortificación dentro de las murallas, en el barrio actualmente llamado Intramuros. Los holandeses lo intentaron y los chinos, tanto por medio de ataques navales como de rebeliones internas, lucharon contra ellos. Además, los daños de la competencia de los bienes asiáticos para las exportaciones de Sevilla a los virreinatos en América llevaron a limitar el comercio a través del Pacífico, permitiéndose un solo barco anual de transporte de mercancías, la Nao de Acapulco o Galeón de Manila, que condenaba a esta ciudad al papel de simple intermediario en el intercambio de plata por seda.

Los japoneses y los españoles pasaron a verse de forma diferente, y en algunos casos opuesta. De la curiosidad se pasó a la sospecha. Si la visión abierta había predominado e incluso en el continente asiático se dieron muchos casos de colaboración entre ibéricos y japoneses, los temores de conquista pasaron a predominar. Las declaraciones de un marino del galeón San Felipe sobre unos presuntos planes para la conquista de Japón desde Filipinas no sólo fueron aceptadas, sino que pesaron para decidir la ejecución de 26 cristianos en Nagasaki en 1597. Lo mismo ocurrió con Manila en los mismos años, en donde estas noticias sobre las ejecuciones parecían confirmar las amenazas del shogun Hideyoshi de atacar las islas, sopesadas con excesiva aprensión incluso después de su muerte en 1598. Del interés se pasó a la prohibición. Los debates entre misioneros católicos y bonzos en presencia de Oda Nobunaga se trastocaron con los años en la decisión de prohibir su práctica y expulsar a esos misioneros como propagandistas de una idea foránea, empezando en 1587, aunque sin implementar las leyes durante años. De la colaboración se pasó a la embestida. Hubo dos misiones de japoneses a Europa y, en 1609, la obligada estancia de un gobernador interino de Manila en viaje de regreso a México, Sebastián Vizcaíno, provocó una nueva petición del shogun Tokugawa Ieyasu de ingenieros de minas para poder sacar más rendimiento a sus minas de plata, mientras comerciantes japoneses cruzaban el océano Pacífico en busca de nuevas vías comerciales Pero si esta expedición salió en 1613, al año siguiente comenzó la persecución generalizada contra los cristianos. El contexto cambió radicalmente el tono de los contactos. A partir de la tercera década del siglo XVII, esa espiral de sospechas, prohibiciones y embestidas fue imparable. Las noticias más alarmantes pasaron a recibir mayor credibilidad a pesar de los esfuerzos desde ambos lados en pro de la mejora de relaciones. La isla de Luzón llegó a ser el segundo destino para los buques salidos de Japón, tal como indica el registro de autorizaciones shogunales, y de estos comerciantes partió la última propuesta española para mejorar las relaciones, pero en 1624 fue rechazada por el shogun Tokugawa Iemitsu, quien después prohibió la entrada a los españoles, seguro de que los misioneros aprovecharían cualquier resquicio para crearle nuevos problemas.

La llegada de holandeses e ingleses, además, perjudicó las posibilidades de entendimiento. Aunque en territorio japonés no hubo altercados entre sur- y norte-europeos, y estos también recibieron un apelativo denigrante (Diablos Rojos), sus críticas, con argumentos hechos creíbles por los recurrentes descubrimientos de misioneros infiltrados, hicieron mella en una imagen ibérica ya predispuesta a la rectificación. Con los oídos del shogun bien atentos a sus argumentos, así, la compañía holandesa de las Indias Orientales, VOC, y su empleado, el inglés William Adams, consiguieron el monopolio holandés en el comercio del cobre. La expulsión de todos los españoles del suelo japonés no calmó los odios y arrastró a los portugueses. Los temores se reavivaron a partir de 1637 tras estallar una rebelión en la península de Shimabara, una zona de Kyushu cercana a Nagasaki con fuerte implantación cristiana, donde los líderes rebeldes exhibieron pendones con frases tales como “LOVVADº SEIA O SÃCTISSIMº SACRAMENTO”1 . Fue la excusa final para exacerbar el odio, utilizada por los gobernantes nipones para expulsaron a todos los ibéricos y para tomar medidas drásticas que arrancaran de cuajo toda huella de cristianismo.

Japón siguió comerciando con el exterior tanto por medio de holandeses, instalados en la isla artificial diseñada en un principio para los portugueses, como de comerciantes chinos o coreanos que llegaban a sus costas, pero se instaló en un confortable aislamiento, próspero económicamente, que le permitía olvidar el mundo exterior. De esta forma acabó casi un siglo de contacto directo entre españoles y japoneses. Con la excepción del comercio, los resultados directos fueron poco importantes. Apenas unos millares de españoles pasando por tierra nipona, escasos centenares de japoneses que hicieron el camino inverso -bien hacia México o  (Cit. en Ellison, G., Deus Destroyed. The image of Christianity in Early Modern Japan (Cambridge: Harvard University Press, 1973), p. 3. hacia la península-, y unos intercambios tecnológicos interesantes, pero normalmente sin continuación posterior. Así ocurrió con los mosquetes de Tanegashima y el resto de armas de fuego copiados por los japoneses a los primeros náufragos, junto con las nuevas técnicas de fortificación y ataque traídas por los extranjeros; después, simplemente, pasaron a ser obsoletos. Pero los resultados indirectos de la relación fueron realmente importantes para Japón.

La introducción de esas armas y de las nuevas técnicas bélicas europeas obligó a una concentración de recursos que, al menos, aceleró el final de la guerra civil interna y ayudó a la centralización de poder en manos de la familia Tokugawa Y la obsesión anticristiana tuvo efectos aún más importantes, porque la obsesión por la infiltración misionera y por el peligro potencial del cristianismo para ese nuevo poder centralizado llegó a tal punto que pasó a autoalimentarse sin necesidad de nuevos misioneros, generando una mentalidad que se mantuvo durante los siguientes dos siglos y medio de relativo aislamiento, determinantes para entender el Japón actual. Los decretos contra el cristianismo y los españoles nunca tuvieron la intención de aislar permanentemente el país, pero mantener la llama viva de la amenaza foránea del cristianismo tuvo réditos políticos muy beneficiosos para el poder central.

En España, la influencia de Japón fue menos intensa. El contacto se vivió desde la distancia y los resultados se limitaron a algunas obras de teatro, a ocasionales identificaciones entre hidalgos y samuráis o a un sentimiento ocasional de identidad que resumió Baltasar Gracián, al asegurar que los “japones son los españoles de Asia”. Pero al fracasar, la atención hacia Japón se desvaneció y desapareció, quedando simplemente el recuerdo del fiasco de una ambición. Del regodeo por las conversiones al cristianismo se pasó a minimizarlo y a culpar a los déspotas japoneses del fracaso de la aventura misional. El impacto de los relatos sobre Japón o las visitas de los emisarios no había pasado de lo exótico. Las misiones Tenshô y Keichô a Europa llamaron poderosamente la atención y recordaron la existencia de otras gentes y otras culturas, pero su repercusión parece haberse limitado a los contactos directos. Actos ceremoniosos donde llamaban la atención, expectativas para las órdenes misioneras a cargo de la infraestructura (jesuitas y franciscanos) y apenas una estancia prolongada en una localidad que permite suponer unos contactos personales más allá de la ceremonia y el protocolo. Los miembros de la cohorte de Date Masamune, durante la misión Keichô, tuvieron tiempo de confraternizar en la localidad sevillana de Coria del Río y dejar una progenie que continua hasta la actualidad. La función de esos representantes en Europa no fue enseñar sobre su país o dar a conocer sus opiniones, simplemente porque fueron enviados como elemento propagandístico de las órdenes religiosas. Su función parece semejante al elefante que llevaron los portugueses a Madrid a raíz de la Unión Ibérica para recalcar la importancia de Asia dentro de un imperio que veían excesivamente escorado hacia el continente americano. Fueron expediciones que, aún siendo llamativas, pueden ser comparadas con las recepciones de los altos funcionarios a holandeses durante los el período de aislamiento o sakoku en Japón, cuando se les pedía sentarse en una silla, hablar en su lengua o comer con cuchara y tenedor. Las autoridades niponas utilizaban estos encuentros con los representantes holandeses con el término goran, o mirar, que se aplica a los animales, pero no a las personas. Estuvieron limitados al ámbito de lo exótico.

 

EL AISLAMIENTO PARALELO

Las prohibiciones en Japón, aunque en buena parte se concibieron como temporales, perduraron más de dos siglos y los contactos mutuos pasaron a ser casi inexistentes. Los momentos posteriores a la decisión nipona de prescindir de los ibéricos, mediados del siglo XVII, vivieron un declive general de los intercambios entre Asia y Europa que dificultaron la posibilidad de reactivar las relaciones. Fue un proceso general que tuvo varias razones; la saturación del mercado de plata en la China, unas temperaturas medias algo más bajas y una disminución en la importancia de los intercambios marítimos, con capitales tendiendo a instalarse en el interior y a ser más dependientes de la agricultura que del comercio.

La situación propia de Japón y de España en Filipinas también contribuyó. Los shogunes reorganizaron el país, reforzando el mercado interior y deteniendo los antiguamente numerosos intercambios con el exterior, incluidas las numerosas colonias niponas en el sudeste de Asia, mientras que los virreyes de México, en los últimos compases del conflicto con las Provincias Neerlandesas, disminuyeron drásticamente el Situado, o la plata enviada desde México para el gobierno de Filipinas, en algunos años hasta casi la mitad de las cantidades previas. En medio de esa carencia de contactos, las imágenes negativas se mantuvieron asombrosamente dinámicas. Las autoridades japonesas, conscientes de los réditos políticos que suponía la amenaza cristiana, siguieron actuando como si la amenaza de los criptocristianos estuviera vigente, obligando anualmente a aquellos en contacto con esa perversión a demostrar su rechazo por medio de ceremonias consistentes en pisar imágenes cristianas, o fumie. Como es fácil imaginar, unas islas Filipinas dominadas por los misioneros eran el origen de esa amenaza tan magnificada por el poder shogunal. El olvido de los españoles, por su parte, acabó siendo casi absoluto.

Durante décadas se mantuvo la esperanza de un retorno a la situación anterior, alimentada por la presencia en Manila de algunos prominentes exiliados cristianos, como el daimyo Takayama Ukon, pero el tiempo borró las huellas. Los fracasos de los intentos, legales e ilegales, obligaron a redirigir la mirada hacia otros objetivos y la administración española en Filipinas a compensar la frustración en Japón (y, en general, en Asia Oriental) con la penetración dentro del propio archipiélago o en otros objetivos más factibles, tales como la evangelización de las islas Marianas. La coincidencia del fin de la Unión Ibérica con la expulsión de los portugueses, además, permitió desentenderse de la angustiosa situación económica de Macao, de donde siguieron partiendo hasta 1685 desesperados intentos por restablecer el intercambio comercial. Con la Nao de Acapulco como único lazo umbilical propio con el exterior, la administración en Filipinas, dominada por los intereses misionales, parecía no necesitar más. Las imágenes, sin incentivo para modificarlas, también se estabilizaron. Los impulsos propios, así, ya no fueron capaces de reactivar ni las relaciones ni las imágenes, y la reactivación vino de la mano de la expansión europea del siglo XIX.

 

TEMORES Y AMBICIONES EN LA ERA DEL COLONIALISMO

El sistema tradicional en Asia se desmoronó definitivamente con la derrota china frente a Gran Bretaña y Francia en las guerras del Opio. Y aunque no dependían del imperio Chino, también Japón y las Filipinas sufrieron esos cambios transcendentales. El shogunado estaba desestabilizado, tanto por razones externas como internas, cada vez más nervioso ante esa derrota sin paliativos de su vecino chino, ante la violación cada vez más frecuente de las normas prohibiendo extranjeros a sus costas y ante un nivel de vida de la población que bajaba por el anquilosamiento del sistema de gobierno. En Filipinas, la crisis llegó a comienzos de siglo, con la independencia de México y del resto de colonias hispanas, que acabaron abruptamente con la Nao de Acapulco, ese único cordón umbilical con el exterior. Así, aunque su relación directa con España se solucionó con la ruta a través del cabo de Buena Esperanza y después por el canal de Suez, las islas Filipinas siguieron teniendo un papel secundario en el nuevo imperio menoscabado. La década de 1850 aceleró la crisis de ambos, los japoneses forzados a abrirse a los cambios y los españoles lanzados a buscar nuevas tierras coloniales. Los primeros, tras la llegada del Comodoro Perry en 1853, se dividieron entre los que defendían hostigar sin descanso a los invasores y los partidarios de aprender las técnicas militares occidentales como la mejor opción para defender el país.

Las opciones eran muy diversas y el resultado incierto hasta que los aperturistas comenzaron a ganar la partida desde 1864, precisamente a partir de los devastadores bombardeos de Shimonoseki y Kagoshima a cargo de las naciones occidentales. Los españoles, por su parte, se embarcaron ellos mismos en el tren de la expansión colonial. Con el relativo progreso vivido durante algunos años del gobierno de Isabel II y, en especial, el período de estabilidad durante los años de la Unión Liberal, Madrid se embarcó en varias expediciones coloniales, incluida una en Indochina llamada a revitalizar las Filipinas. Cuando acabó el período transitorio en el año 1868, los resultados eran muy distintos de los esperados. Mientras los japoneses, con la Renovación Meiji, habían tomado una decisión crucial y se embarcaban en un difícil pero exitoso período de cambios, los españoles tomaron otra, acabar con monarquía isabelina, pero el nuevo período fue de inestabilidad y las aventuras imperiales perdieron su razón de ser.

Las imágenes mutuas se trastocaron al son de los acontecimientos y de los nuevos conceptos y estructuras mentales. Las ideas del desarrollo racial y, después, el llamado darwinismo social hicieron surgir conceptos nuevos que vendrían a demostrar una superioridad innata de unos sobre otros. La asignación de “amarillos” a los asiáticos fue uno de esos nuevos patrones, porque este color nunca había sido mencionado por los viajeros ibéricos de la Edad moderna e incluso había ocurrido lo contrario en el caso de los japoneses. El visitador jesuita Alessandro Valignano, por ejemplo, recalcó precisamente la tez blanca de los nipones para mostrar su disposición a recibir las enseñanzas cristianas. Los japoneses, por su parte, vieron pronto que los países ibéricos del siglo XIX ya no representaban esa amenaza tan reiterada. Tokio mantuvo los antiguos recelos hacia el cristianismo, prohibido durante un buen número de años hasta la derogación, por las presiones extranjeras, pero para entonces los abanderados del militantismo católicos eran los franceses: España había mermado en importancia.

El reflejo más patente del cambio perceptivo nipón es con la misión Iwakura, el principal esfuerzo japonés de aprender los adelantos occidentales, con decenas de japoneses viajando por Occidente durante años. Aunque esta delegación planeaba visitar la península, su viaje coincidió con los momentos más álgidos del Sexenio Revolucionario y las revueltas cantonalistas, y Tokio decidió cancelar la etapa ibérica al completo, incluido Portugal. Sin nada que temer de la España decimonónica, Japón comenzó a desarrollar una curiosa imagen exótica, tal como se muestra en una de las obras más famosas de la última década del siglo XIX, Kajin no kigû (“Extraños encuentros con elegantes señoritas”), de Shiba Shirô (nombre verdadero, Tôkai Sanchi). Bebiendo de la tradición de las seiji shosetsu, novelas basadas en historias presuntamente verídicas, y adaptando el entramado típico de las novelas coloniales europeas, Kajin no kigû relataba la vida de un japonés viajero encontrándose ocasionalmente en los lugares donde viajaba con dos bellas mujeres, una irlandesa y la otra española. Las dos, mientras proclaman las bondades de la expansión colonial japonesa en Asia como forma de detener la rapiña occidental, acababan perdidamente enamoradas del protagonista. El argumento era arquetípico de las novelas de entonces, pero no los personajes puesto que el Japón de fines de siglo XIX era, antes al contrario, el escenario exótico de algunas de las más famosas de esas novelas coloniales europeas, como la Madame Chrysanthème de Pierre Loti, continuada por la opera Madame Butterfly de Giacomo Puccini. Mientras los occidentales imaginaban a las niponas enamorándose de ellos, los nipones hacían lo propio con las españolas y las irlandesas. Ello denota el especial papel de España dentro de las propias ambiciones y auto-percepciones niponas puesto que, si el enamoramiento de una mujer asiática, africana o latinoamericana no parecía bastante atractivo para el público, una mujer francesa o inglesa en esos mismos brazos nipones parecía poco creíble, siquiera de forma novelesca.

El caso de España e Irlanda (y Portugal, es de suponer) era diferente porque caían dentro del ámbito de la occidentalo-elegancia conquistada o ambicionada por los nipones, siquiera en su imaginario colectivo. Los españoles fueron quienes tomaron el testigo de la visión recelosa de los tiempos de la seclusión. Aunque en un principio vieron con expectativas favorables su apertura, pronto se dieron cuenta que, en lugar de buscar oportunidades, debían protegerse frente a las que los nipones buscaran en Filipinas.

Estas desfavorables perspectivas probaron ser realidad cuando se vio que los nipones se adelantaban al impulsar los contactos, con la primera línea de vapores entre Manila y Yokohama, por ejemplo, puesta en marcha por una naviera japonesa. Además, una importante corriente migratoria de trabajadores se dirigió tanto hacia las Filipinas como hacia las posesiones de Micronesia. El “peligro amarillo” fue el recurso utilizado por los españoles, aprovechando las nuevas ideas colonialistas. La inmigración nipona tenía un obvio efecto positivo a medio-largo plazo para su colonización en el archipiélago filipino; tanto en el plano económico, por la necesidad de mano de obra y por su implantación primordial en el campo, como en el político, por compensar la excesiva proporción de inmigrantes chinos y porque, al emigrar solos, se suponía que acabarían casándose con nativas e integrándose en la población. A pesar de ello, Madrid y Manila prefirieron considerar los aspectos negativos de la migración, pensando que podrían favorecer una futura invasión de este país. Los marinos españoles estuvieron muy interesados por conocer las capacidades militares reales de sus colegas nipones, tal como demuestran la multitud de estudios publicados. Así, cuando Japón pasó a ocupar Taiwán y ser fronteriza de España, al ceder China la isla tras su derrota en la guerra de 1894-95, el paroxismo español llegó al extremo. La apertura de la época colonial, así, permitió actualizar unas relaciones, pero no resucitarlas. Aunque cercanos e incluso temporalmente fronterizos, los contactos mutuos fueron obstaculizados por la carencia de un entramado comercial y administrativo en Filipinas capaz de aprovechar las oportunidades, pero también por unas percepciones difíciles de acoplar. Los nipones sintieron que España ya no les ofrecía lo de antaño, ni como amenaza estratégica ni como fuente de innovaciones tecnológicas y los españoles tampoco vieron en Japón ninguna receta para la mejora de sus males, puesto que esos remedios se buscaban en Europa. Sólo coincidieron en la visión exótica que tenían del otro.

 

ALAS AL FLIRTEO ESTÉTICO

Después de la derrota de 1898 y del fin de la presencia española en Filipinas, los contactos mutuos se adaptaron reforzando los aspectos etéreos. Japón seguía ascendiendo en el concierto de las naciones gracias a sus éxitos militares y a una alianza con el Reino Unido, mientras que España proseguía con mayor ahínco esa prolongada búsqueda de las causas de su presunto declive. Así, durante el primer tercio del siglo XX, las relaciones mutuas fueron poco más que insignificantes. Dominando una relación generalmente amistosa, plasmada en la representación española de los intereses japoneses en las potencias centrales durante la I Guerra Mundial, el protocolo tuvo una relativa importancia como resultado del escaso contacto político y de un comercio directo muy limitado, aunque el territorio marroquí fuera utilizado como trampolín de sus mercancías en Europa. Durante la II República, la única llamada que recibió en varios años el representante español en Tokio del ministro japonés de Exteriores, por ejemplo, fue para inquirir sobre los aranceles de los cepillos de dientes. Fue una etapa carente de tensión mutua que dio vuelos a las imágenes más etéreas.

Los nipones continuaron con la visión exótica de las “elegantes señoritas”, mientras que adquirían conocimientos de España como parte de esa cultura europea. Numerosas referencias de textos japoneses indican el extenso conocimiento de España, tanto del pasado árabe español como de los iconos que España ha aportado a Europa, aunque muchas de esas visiones niponas pasaban por el filtro anglosajón y especialmente norteamericano, tal como muestra la traducción al Quijote desde el inglés o la asociación de España con los países latinoamericanos, especialmente México. España, por su lado, puso a dormitar la imagen del “peligro amarillo”, consciente de lo poco que se jugaba en el llamado Extremo Oriente. El “japonismo” importado de Francia se desarrolló sin cortapisas, precisamente por la falta de anclajes con una realidad nipona que se sabía real, pero de la que predominaban las imágenes estéticas.

Mientras los poetas modernistas glosaron la belleza del país y de sus mujeres, esta imagen exótica se reflejó a nivel popular en la demanda por la multitud de perfumes y objetos decorativos japoneses, que entonces eran el ejemplo más elevado de lo mejor del reclamo “oriental”. Del flirteo estético se pasó, incluso, a una admiración con implicaciones políticas, puesto que su éxito militar en la guerra contra Rusia de 1904-05 tuvo repercusiones importantes. Derrotar a una de las grandes potencias militares de entonces obligó a muchos occidentales a recomponer los esquemas mentales que consideraban incapaces por naturaleza a todas las razas no-blancas de poder gobernarse, menos aún de lograr una victoria militar a un país tan poderoso. Japón, que había sido uno de los parias del mundo, se había convertido en una gran potencia y esta ascensión provocaba la obvia envidia en el exterior, particularmente de los países entonces más alicaídos, como Turquía o España. Esta pregunta de “porqué ellos sí y nosotros no”, además, abarcaba un amplio espectro de la sociedad, incluyendo socialistas moderados como Julián Besteiro, que proclamaban la necesidad de imitar el ejemplo y “japonizar España”. Era la excepción a imitar.

La imagen de Japón se “militarizó” progresivamente por varias razones. Sus éxitos militares fueron un obvio incentivo. Para muchas promociones de militares españoles, la actuación nipona en la guerra contra Rusia fue motivo de estudio y de admiración profunda, tal como se puede comprobar tanto en los escritos del almirante Luis Carrero Blanco como los recuerdos del ministro Ramón Serrano Súñer. Pero también, esa imagen militarizada es producto de lo que el propio Japón quiso ofrecer de sí mismo. Bushido, El alma de Japón, una obra escrita a fines del siglo XIX relatando unos presuntos códigos inmemoriales y una lealtad a muerte de la casta guerrera, resulta uno de los ejemplos más claros de invención de la tradición: los suicidios rituales, por ejemplo, fueron más frecuentes en Japón porque algunas leyes permitían traspasar a la familia los bienes en estos casos, pero no después de un ajusticiamiento. No faltaron los momentos de tensión. Las relaciones mutuas se enrarecieron tras el estallido del Incidente de Manchuria en 1931 porque la nueva diplomacia de la España Republicana pasó a ser la abanderada de la dureza frente a Japón y la defensa de la integridad territorial de China. Salvador de Madariaga, representante español, fue apodado “Don Quijote de la Manchuria” por su acendrada defensa de los intereses fundacionales de la Sociedad de Naciones, más pensados en los intereses de los países pequeños, frente a los intereses inmediatos que centraban las discusiones diarias sobre los sucesos de Manchuria. Madariaga y el gobierno republicano de centroizquierda eran grandes convencidos de estas ideas, pero también eran conscientes de no perjudicar ningún interés económico importante al tensar la relación con Tokio.

El fin de los motivos de fricción remodeló las imágenes. Lo hizo de una forma más acorde a los intereses propios y dejando dormitar las visiones potencialmente más conflictivas. Pero esa favorable disposición entre los dos países solo pudo ocultar parcialmente las diferencias, que apenas necesitaron un hecho ajeno, como el Incidente de Manchuria, para reventar. Fueron unas relaciones amistosas con unas imágenes igualmente favorables, pero frágiles y permeables a cualquier tipo de vaivén. Más aún, ante los conflictos bélicos.

 

PROPAGANDA EN TIEMPOS DE GUERRA

Esta fragilidad se mostró en toda su extensión durante el período bélico en el que se embarcaron los dos países a partir de 1936. El 17 de julio de ese año estalló la Guerra Civil española, para ser seguida un año después por la guerra Chino-Japonesa, extendida temporalmente a la Unión Soviética en dos sangrientos incidentes en Chankuofeng y Nomonhan, y de forma definitiva para toda la región tras el ataque a Pearl Harbor. España acabó su guerra en 1939 pero vivió de cerca la Guerra Europea, iniciada apenas seis meses después y no sólo sufrió las consecuencias económicas del conflicto, sino también en varios momentos pareció inminente su entrada en la guerra. Estos momentos de guerra necesitaron de todo tipo de productos utilizables para el conflicto, tanto los materiales como los inmateriales y España y Japón, tal como había ocurrido a lo largo de las relaciones, apenas proporcionaron al otro (o a sus enemigos) esa ayuda bélica material. Pero ayudaron, y mucho, en el plano propagandístico. La Guerra Civil en España fue vista con interés por el Japón militarista.

Tokio calculaba si la guerra podría afectar a la hegemonía británica en el Mediterráneo, tanto por la posible tenaza sobre Gibraltar como por el auge italiano, y percibió la guerra como un nuevo ejemplo de la política subversiva de la Komintern y, como tal, mencionada como uno de los motivos para la firma del pacto Anti-komintern con el III Reich en noviembre de 1936. Pero fue el estallido de la Guerra Chino-japonesa, el 7 de julio de 1937, cuando la importancia mutua subió muchos enteros. De repente, dos guerras tenían lugar de forma simultánea en los dos extremos del continente eurasiático y ni unos ni otros podían entender el conflicto como ocurría el primer año, desde la barrera, puesto que los argumentos propagandísticos se redoblaron con la lucha coetánea en el otro extremo del mundo. Una de las consecuencias de la contemporaneidad fueron las protestas por las violaciones al derecho internacional ante la Sociedad de Naciones, debatidas en ocasiones a pares. Pero la más importante fue, a pesar de ser conflictos difícilmente equiparables, la necesidad de adhesión a uno de los bandos en liza en el otro conflicto. En un mundo donde cada vez se podían simplificar más fácilmente los conflictos en el mundo al reducirlos a términos ideológicos, la comparación fue más beneficiosa para unos que para otros. Los comunistas chinos fueron los más entusiasmados. Con manifestaciones a favor de la II República, incluso con pancartas en español, desde antes de julio de 1937, el Partido Comunista Chino utilizó estrategias basadas en el “No pasarán” madrileño para la defensa de ciudades, como ocurrió con la propuesta al Guomindang nacionalista para la defensa de la capital, Wuhan.

Los Nacionales españoles también utilizaron su maquinaria propagandística a fondo. La lucha en China la interpretaron como un nuevo paso en la batalla mundial contra el comunismo, asemejando a nacionalistas del Guomindang con los comunistas y, de este modo, la defensa de Japón les sirvió para reforzar la justicia universal del Alzamiento contra el gobierno salido de las urnas. Pero los demás se sintieron incómodos con los nuevos aliados. Los militaristas japoneses tenían unas miras excesivamente centradas en China, dentro del gobierno había importantes diferencias y, además, las victorias de los Nacionales españoles les beneficiaron poco en términos de prestigio, precisamente por esa imagen de debilidad española. Sus misiones en España se interesaron principalmente por analizar el armamento moderno soviético, especialmente los tanques T-26 capturados. Los republicanos españoles fueron favorables a China, pero no desgañitaron excesivamente sus fuerzas, en parte por la dificultad de obtener información, en parte porque los chinos estaban llamados a ser los perdedores de la contienda y en parte, también, por el etnocentrismo tan generalizado entre la izquierda española.

La decisión más difícil, no obstante, fue para los nacionalistas del Guomindang, cuyos líderes, como Jiang Jieshi, tenían más simpatía por Hitler y por Mussolini que por Azaña, y una enemistad declarada por los anarquistas o los comunistas. No obstante, se decantaron a favor de la República, arrastrados por el apoyo del partido Comunista Chino y por la situación internacional, pero la lucha de España no fue utilizada por ellos como motivo de propaganda. Fue una división de opiniones que se reflejó también entre los patrocinadores de los Nacionales al mirar al conflicto de Asia Oriental, porque si Mussolini se decantó inmediatamente por Japón, Hitler tardó en hacerlo, consciente de que los lazos y las ventas tan cuantiosas al Guomindang se perderían definitivamente. La idea de compartir un mismo enemigo, el padrinazgo italiano y la sensación de apostar por caballo ganador impulsaron entre los Nacionales españoles una imagen ideal de Japón. Poco a poco, la España Nacional fue desarrollando una imagen de Japón que bebía de las anteriores asociaciones con lo militar, pero adaptada a las circunstancias. Soldados españoles, como Jaime Milans del Bosch, tuvieron Madrinas de Guerra japonesas, novelas de ambiente japonés fueron editadas con añadidos bélicos y multitud de artículos aparecieron en la prensa detallando las conquistas de ciudades chinas por el ejército japonés, queriendo mostrar de esa forma que los anticomunistas españoles también se alegraban de las presuntas derrotas del comunismo en China.

El fin de la Guerra Civil coincidió, precisamente, con el esfuerzo diplomático japonés a más alto nivel en la historia de España. Dentro de los intentos de las naciones del Antikomintern para que el gobierno de Franco se adhiriera, en febrero de 1939 hubo un movimiento diplomá- tico concertado entre alemanes, italianos y japoneses para conseguirlo, entrevistándose por separado con el general Franco y con su ministro de Exteriores. La gestión nipona fue infructuosa, porque los españoles sólo aceptaron adherirse una vez terminada la guerra, pero es significativa, porque expresa hasta qué punto se había elevado la categoría de la diplomacia nipona en la España de la Guerra Civil. España, de hecho, se alió finalmente con Japón al acabar la Guerra Civil por medio del Antikomintern, seguido por la adhesión secreta, en noviembre de 1940, al Pacto Tripartito.

 

La Guerra Europea

Después de abril de 1939, España recobró la paz, mientras Japón seguía envuelta en la espiral bélica. A pesar de ello, la sensación de paralelismo continuó, porque al estallar la guerra de Europa ambos países evitaron involucrarse directamente en el conflicto, aunque estaban claramente al lado del Eje. Españoles y japoneses se ayudaron indirectamente en esa etapa en disputas colaterales, ya fuera obligando a separarse a la flota británica o disputando la hegemonía a EEUU en Hispanoamérica, y como posibles ases dispuestos a ayudar al Eje cuando fuera necesario, en especial para la conquista de Gibraltar y Singapur. En España, las imágenes continuaron la espiral de la Guerra Civil. Siguieron su adaptación a las condiciones militares, con la publicación del Bushido a cargo del general Millán Astray, la representación de los samuráis como los luchadores dispuestos a dar su vida por la lealtad al Estado y devoción al deber, glosándose sus hazañas repetidamente. Pero el resultado más curioso de esa sublimación de lo japonés fue la imagen ideal que se formó de Japón, representado como el paradigma de los valores necesarios para la sociedad española, tales como la devoción al Estado por encima de la propia vida, la preponderancia de lo militar, o la existencia de un orden y un trabajo en común en pos de la consecución de un objetivo nacional. Como en el caso de la URSS, esta visión caló en un segmento importante de la población y se basaba en un contacto directo casi inexistente, que daba más alas a la imaginación. También implicaba algo a lo que Japón estaba poco predispuesto: su subordinación a los intereses del Eje en pos de una presunta victoria mundial del anticomunismo y sus ideas. Por esta razón, la imagen de Japón en la España de posguerra declinó pronto, a raíz del ataque sorpresa alemán a la URSS del verano de 1941. No seguir al Führer diseminó dudas respecto a los verdaderos objetivos nipones, suscitando comentarios de cobardía y levantando los antiguos recelos hacia esos orientales intrigantes, con sugerencias abiertas en la prensa, incluso, sobre su necesidad de decidir en qué bando estaban.

Por parte japonesa, la evolución fue parecida, pero no tan extrema. España también estaba favoreciendo sus intereses nacionales y también aparecieron artículos en la prensa y escritos sobre las similitudes entre españoles y japoneses, alabando virtudes y proclamando actitudes parecidas ante la vida. No obstante, no se llegó al nivel de sublimación de los españoles por dos razones principales. Por un lado, porque aunque había tan poco contacto directo como en la dirección inversa, se conocía mejor España gracias a los estudios que se habían puesto en marcha en las dos universidades de Estudios Extranjeros, las Gaigodai de Kansai y Tokio, culpables de la existencia de importantes grupos de estudiosos. No sólo habían traducido numerosas obras del español, tanto clásicas como contemporáneas (por ejemplo, los hermanos Álvarez Quintero), sino que también los expertos podían ser consultados a la hora de tomar decisiones, además de los diplomáticos con un conocimiento profundo sobre España.

Por otro lado, porque esa imagen de debilidad española se mantenía y la semejanza de objetivos no podía esconder una cierta altanería por su debilidad colonial, ya fuera en Filipinas o Marruecos. La imagen de las “elegantes señoritas” seguía vigente y los japoneses, al contrario que los españoles, seguían visionando a España como un país femenino y centrándose en las referencias exóticas: las mujeres eran lo más importante y las referencias a los hidalgos como semejantes a los samuráis, muy escasas. Una famosa anécdota de 1940 atribuida al ministro de Exteriores Matsuoka Yosuke ilustra esa imagen sobre España. Cuando se estaba discutiendo sobre cómo responder a las presuntas agresiones estadounidenses, Matsuoka alegó que “Japón no es España” en recuerdo a la incapacidad española de atacar al acoso de Washington en 1898. El ataque a la flota norteamericana en el Pacífico de diciembre de 1941 resituó las relaciones, tanto políticamente como en el plano perceptivo. El paralelismo previo acabó, porque España seguía sin entrar en liza, mientras que Japón disipaba definitivamente los rumores previos sobre indecisión o sobre dobles intenciones, aunque el ataque había sino inconveniente para los intereses del Eje. De hecho, Japón forzó a Hitler y Mussolini a decisiones apresuradas que acelerarían su derrota final, como fue la declaración de guerra a EEUU.

El ejército nipón se extendió como una balsa de aceite por el Océano Pacífico y conquistó ese punto que era tan necesario para la derrota final, Singapur. Al embarcarse en ese esfuerzo de guerra, en tanto llegase esa victoria final, hubo un cambio significativo. Tokio pasó a depender de Madrid más que al revés. En parte por el resultado incierto de todo conflicto, pero también porque Japón pidió a España que se hiciera cargo de las labores principales a desarrollar por un país neutral, como eran la representación de los intereses de los súbditos japoneses en el continente americano o en aquellos lugares donde eran más numerosos, y proveerle de materias primas. Además, una vez que los súbditos japoneses en EEUU fueron realojados en el interior del país y las redes de espionaje niponas desbaratadas, España fue la encargada de poner en marcha una nueva red, bajo la protección del ministro de Exteriores Ramón Serrano Súñer y la dirección de uno de sus hombres de confianza, Ángel Alcázar de Velasco, quien tras su salida sería quien le prestara dinero para poner en marcha su bufete de abogacía. Las imágenes mutuas se readaptaron tras la nueva demostración bélica, pero no excesivamente. Japón agradecía el gesto español, pero eso no hacía cambiar sus imágenes: en parte por el carácter secreto de los asuntos de espionaje, en parte por considerar que el dinero sería la motivación principal y en parte porque era más importante en esos momentos argumentar su conquista de Filipinas criticando a los anteriores colonizadores. La prensa japonesa, de esta forma, aunque se esforzó por evitar críticas a España en general, incluyó las suficientes como para provocar reacciones airadas españolas.

Por parte española, tras Pearl Harbor, los partidarios del Eje volvieron a reiterar los antiguos parabienes hacia el coraje japonés y demás muestra de valentía y decisión. Pero al atacar a EEUU y abrir los cálculos de las expectativas de victoria a la participación de un poderoso contendiente, las predicciones pro-Aliadas también pudieron aparecer en la prensa de una forma mucho más abierta. La ocupación de Filipinas, por ejemplo, supuso un importante varapalo a la política exterior del ministro Serrano Súñer, incapaz de justificarla con algún tipo de beneficio para España. Las críticas florecieron, hasta el punto de que el editorial sobre la caída de Manila en el órgano falangista por excelencia, el diario ¡Arriba!, se centró en las críticas a EEUU, pero evitaba alabanzas a Japón.

 

El cambio de expectativas

Con el tiempo, las quinielas sobre el futuro de la guerra pasaron a dar más probabilidades a los Aliados. La incapacidad de derrotar a la Unión Soviética o de subyugar a los británicos, junto con las progresivas derrotas del Eje en África, levantaron el ánimo de los Aliados, y las expectativas predominantes ya no podían predecir la victoria total del Eje. En el caso de la Guerra del Pacífico, Japón siguió conservando prácticamente todas sus conquistas durante la mayor parte del conflicto, pero pocos esperaban su triunfo por separado. Los gobiernos habían de adaptar sus políticas a la cambiante situación. Pilotado por su ministro de Exteriores, el conde de Jordana, Madrid tomó la senda de la neutralidad. Para tentar las reacciones aliadas y compensar los pro-Eje en el escenario europeo, utilizó precisamente a Tokio y la Guerra del Pacífico contando con el margen de maniobra tan estrecho del Japón en guerra y con las frágiles relaciones mutuas. Las imágenes, así, volvieron a adaptarse a las necesidades políticas y, de nuevo, resulta más notorio el caso español por su mayor capacidad de mudar. Japón pasó de la imagen tan positiva de los momentos de auge del Eje a ostentar las características negativas que habían permanecido dormitadas.

Si los españoles habían buscado antes las características positivas, pasaron a darse cuenta de las negativas, en un completo vuelco que cambió radicalmente el sentido de la imaginería anterior. Si antes se había admirado su capacidad tecnológica y de desarrollo económico, se pasó a achacar como producto de la imitación. El previo anticomunismo nipón pasó a interpretarse como resultado de la doblez del pensamiento de los orientales, llamando la atención de no haber declarado la guerra a la URSS y calificándolo de inteligencia asiática. La admiración por el soldado nipón y el samurái se tornaron en un temor inusitado por su crueldad y su presunta capacidad de cometer unos desmanes que no se suponían a los soldados occidentales. La admiración previa por sus logros civilizacionales pasó a interpretarse como un engaño, producto de una capa meramente superficial tras la que se había ocultado la verdadera identidad salvaje de los amarillos. Si antes se prescindía de su localización asiática y se le percibía a Japón como un intermediario con los países para ayudarles a desarrollarse, las derrotas militares hicieron que se enfatizara como nunca esa identidad asiática de los nipones. A la imagen de la geisha preocupada por la estética le sustituyó el soldado oriental traicionero que había permanecido agazapado tras ella para atraer a los incautos. Las anotaciones a los telegramas referentes a la Guerra del Pacífico muestran que, a partir del año 1944, los responsables de la política exterior española temieron también las noticias de crueldades japonesas y de masacres cometidas por sus tropas.

Llegaron telegramas de presuntas matanzas “tipo katyn” de españoles en Filipinas, aunque en pequeños grupos, y se hicieron oídos a los peores rumores sobre los comportamientos de las tropas niponas. Se formó un nuevo marco cognitivo donde predominaban los aspectos que hasta entonces habían adormecido. Además, tuvo una importancia crucial cuando el gobierno franquista necesitaba asegurarse un puesto en el concierto mundial tras una paz con un resultado favorable a los Aliados, es decir, imprevisto para el régimen franquista. Desde el otoño de 1944, Madrid estuvo tentando cómo utilizar su enemistad hacia los japoneses para mostrar credenciales suficientes con las que congraciarse ante los Aliados. Tras muchas dudas en medio de comentarios proclives del embajador estadounidense hacia un paso abierto y decidido al campo anti-nipón, Madrid inició una espiral de acusaciones a Japón tras saberse que habían perdido Manila. Primero, renunciando a la representación de intereses japoneses, el 17 de marzo de 1945 y después, rompiendo relaciones diplomáticas, el 12 de abril. La idea era declarar la guerra a Japón como estaban haciendo muchos otros países de América Latina, e incluso hubo conversaciones para mandar una División Azul, esta vez Marina y dentro del bando Aliado. Pero el rubicón bélico no se dio y España se mantuvo neutral. Al igual que ocurrió en los primeros compases de la guerra, el régimen deseó participar, pero no recibió una respuesta positiva de británicos o estadounidenses. Si al principio de la Guerra Mundial, el III Reich se mostró reacio a las intenciones bélicas españolas por la futura complicación en un acuerdo de paz, en 1945 el régimen franquista vivió una situación parecida, porque fueron aquellos a los que pretendía ayudar los que rehusaron tal colaboración. Caso de que Madrid hubiera roto las relaciones antes, posiblemente hubiera conseguido algún resultado, pero la espera a la derrota final de los japoneses en Filipinas no sólo retrasó, sino casi anuló esos réditos políticos.

La brusquedad en el paso de la amistad y la imagen ideal a los intentos de declarar la guerra y a la animadversión más radical sugiere interpretaciones interesantes sobre la diferente visión de Japón y sobre sus resultados en las decisiones políticas. Porqué se produjo el giro político tan brusco con Japón, pero no con Italia o con Alemania, a pesar de sus situaciones militares aún más desesperadas, indica una ausencia de sectores y grupos intermedios que ayuden a amortiguar los vuelcos en las políticas. La aparente aceptación popular española del vuelco político hacia Japón, a excepción de algunos comentarios críticos sobre la pérdida de prestigio que suponía tal brusquedad, sugiere el rasero orientalista con el que se observaba Japón. El significado de guerra racial que tuvo la Guerra del Pacífico, según apunta John Dower en su libro War Without Mercy (“Guerra sin cuartel”) sugiere el porqué Madrid rechazó a declarar la guerra a Alemania en Marzo de 1945, cuando los británicos se lo sugirieron, mientras tentaba hacerlo a Tokio: con unos se cometería una traición, con los orientales, no. Quizá porque ellos eran, tal como señalaban los tópicos predominantes, insidiosos por naturaleza.

 

VUELTA AL OLVIDO

Tras la derrota final del Eje, la Unión Soviética y los EEUU quedaron como los dueños del mundo. España y Japón salieron malparados del conflicto, unos físicamente, con bombas atómicas sobre su territorio seguidos de un ejército de ocupación, y los otros indirectamente, con los nuevos mandamases coincidiendo en el odio al régimen franquista. Sin interés propagandístico, España y Japón volvieron a la ignorancia mutua y a estar unidos, en todo caso, por terceros países. Así ocurrió durante unos años, cuando volvieron a ser vistos con una cierta simetría por EEUU, esta vez como baluartes seguros frente a una agresión soviética. Así, a comienzos de la década de 1950, la diplomacia española sintió un repentino interés en Asia, como una puerta trasera para acercarse a Washington, lo que llevó al único esfuerzo importante del régimen franquista por la región, en lo que podría denominarse como otra de las “políticas de sustitución” tal como definió Fernando Morán a los esfuerzos franquistas en relación con el mundo árabe e iberoamericano. Mas allá del interés político, las escasas referencias a lo que pensaba el general Franco sobre Japón y Asia indican el mantenimiento de su imagen orientalista de Asia. Con su experiencia marroquí como base, parece que Franco interpretó la derrota final japonesa como la prueba de la irremisible orientalidad, o esa incapacidad de los pueblos no-occidentales por alcanzar una civilización que, según él, había de pasar necesariamente por las características de la propia.

Su conversación, a fines de la década de 1950 con un corresponsal de prensa que cubrió la boda del príncipe heredero Akihito, muestra esas ideas. Sin darle tiempo al corresponsal y “en densos párrafos”, Franco recordó sus consejos al general Perón de prohibir la emigración “amarilla, sentenciando “el mestizaje con lo oriental es cosa muy mala”. Y, además, influido por las ideas que había difundido el superior de los jesuitas, el P. Arrupe, enfatizó el excelente porvenir que le esperaba al catolicismo allí, soñando en conversiones masivas. Franco le contó al corresponsal cómo era Japón sin atender siquiera su opinión disconforme. Las esperanzas de una conversión masiva nipona cuando ya hacía casi tres lustros de la derrota japonesa, muestra no sólo la pervivencia de la influencia religiosa al conocer Asia Oriental, sino también el anquilosamiento de su visión de los pueblos no-occidentales, una visión característica de la visión orientalista. Pero ello no debe hacer olvidar su admiración hacia Japón en sus momentos de auge, porque el general Franco, como muchos otros, recibió muy diversos inputs que sacó a relucir según el momento y los intereses propios. Como muchos otros y en muchos otros países, pero siendo un país donde faltaban los expertos, los enterados se tenían que fiar para sus decisiones de esa imaginería tan presente, pero también tan deformante. O de los expertos con intereses particulares, como el superior de los jesuitas, el P. Arrupe.

 

TRAS LAS IMÁGENES, LOS HECHOS

La historia de los contactos está, ciertamente, descompensada. A pesar de la proximidad y de incluso haber compartido frontera, el comercio directo ha sido escaso y ha habido más contactos diplomático-protocolarios que de carácter político. Pero las imágenes han sido especialmente significativas, y por ello resulta más necesario estudiar su origen, su entorno, su desarrollo y su pervivencia actual. Es crucial entender la identidad de los intermediarios a la hora de conformar el marco cognitivo. Porque aunque la visita de Francisco Javier a Japón fue relativamente breve, los religiosos han sido los principales creadores de imágenes, casi hegemónicos en el caso de España pero también influyendo poderosamente entre los japoneses. Pero es necesario también tener en cuenta la continuidad de esas normas en tiempos de paz. Esas imágenes de cara y cruz, esa alternancia entre las positivas y las negativas y, sobre todo, esa fragilidad que la imaginería imprime a unos contactos cuando son tan cruciales y, especialmente, cuando el proceso de toma decisiones es superficial por la carencia de expertos. Sigue vigente, a pesar de la década en crisis, la imagen del país opulento y, aunque ahora predomina la del honorable Último Samurái, conviene recordar que hace sólo algunos años sobresalía la del traicionero ataque a Pearl Harbor. Y en el conflicto de Suzuki en Linares en 1994 hubo un problema importante de percepciones. Por ambos lados.

 

Enlace al libro:

La Imagen de España en Japón
Instituto Cervantes ICEX SEEI, Real Instituto Elcano, Mayo 2004
JAVIER NOYA
ESTUDIO HISTÓRICO INTRODUCTORIO: FLORENTINO RODAO
Editor: Real Instituto Elcano
Coordinador: Pilar Tena
Depósito Legal: M-26052-2004 Pág.

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