La Lengua Española en Filipinas durante la primera mitad del siglo XX

en Estudios de Asia y África. México, Estudios de Asia y África. Vol. XXXI, 1:157-175.

Florentino Rodao

La noción mas comúnmente aceptada sobre el español en las Filipinas es su declive gradual al tiempo que la población educada durante este período iba desapareciendo. Sin embargo, creemos que conviene reevaluar esta idea, en cuanto este proceso de declive no es tan gradual como se suponía y, de hecho, la lengua de Cervantes se mantuvo relativamente bien durante cuatro décadas después de la salida del último gobernador español, entre 1898 y la II Guerra Mundial.

 

EL CONTEXTO TRAS LA SALIDA DE LOS ESPAÑOLES

Con el objeto de tener una idea clara del tema, es conveniente analizar los primeros años del siglo XX. Tras la guerra filipino-norteamericana, parecía obvio que los Estados Unidos no sabían muy bien qué hacer con las Filipinas, en parte debido a lo relativamente imprevisto que fue su toma. A finales del siglo XIX, se sabía que, cuando desapareciera el “moribundo” Imperio Español de Ultramar, Cuba caería bajo el tutelaje estadounidense; sin embargo, sobre Filipinas no había un candidato claro para suceder a Madrid. Alemania y Japón eran los dos candidatos más deseosos, posibilidad que hacía temer a Gran Bretaña el declive de su papel predominante en la región, lo que provocó una cauta política para implicar a Washington en lo que era entonces una “colonia económica” inglesa, según afirma Ian Brown.

En España, por otro lado, se sintió la salida del Océano Pacífico como una liberación más que como una pérdida. Al contrario que con Cuba, la Joya del Imperio y continua fuente de ingresos, las Filipinas y la Micronesia habían sido siempre un constante drenaje de recursos. Las posibilidades de convertir a las Filipinas en una colonia económica y políticamente viable, en el siglo XIX, acabaron con el fracaso político de la Expedición a Cochinchina (1857-1863), en cuanto España no consiguió ninguna base territorial. En este siglo de expansión colonial, los únicos territorios añadidos al Imperio Español en el Pacífico fueron en Micronesia, unos archipiélagos que no estaban en el camino entre Filipinas y España, como habría sido más conveniente, sino más lejos aún. Así, cuando España, tras perder la guerra contra los Estados Unidos y saber que éstos deseaban la soberanía de las Filipinas y de Guam, no mostró ningún deseo de mantener el resto de su antiguo Imperio del Pacífico en Micronesia y pronto lo vendió, todo entero, a Alemania, que en un principio solo deseaba quedarse con algunas de las islas. Las negociaciones acabaron inmediatamente, incluso antes de que se firmara el Tratado de Paz en París con Washington, por lo que hubo que mantenerlo en secreto. Desde entonces, España decidió embarcarse en aventuras coloniales más cercanas: Marruecos y Guinea Ecuatorial.

 

EL IDIOMA ESPAÑOL DURANTE EL PERÍODO AMERICANO

Desde el comienzo del siglo, los contactos con las Filipinas sólo fueron mantenidos gracias a algunos grupos privados ‑principalmente las Ordenes Religiosas‑ y empresas, como la Compañía General de Tabacos de Filipinas, propiedad de españoles pero cuyo volumen de negocios era en su mayoría con la potencia colonial, Estados Unidos.

Los Filipinos, por su parte, tuvieron un actitud ambivalente respecto a su relación con España, al igual que en el resto de los países latinoamericanos durante sus procesos de independencia: España podía ser odiada y se podía resistir lo más posible a su dominación, no obstante, frente a la lengua no había oposición, puesto que estaba asimilada como propia, en cuanto la mayoría de los sublevados eran criollos descendientes de inmigrantes. Así, ante la casi separación total con la península y el desinterés de la nueva potencia colonial, el español en Filipinas se puso a caminar con su propio pie.

La política puesta en marcha por los Estados Unidos, instituyendo el idioma inglés como la lengua de instrucción en las escuelas públicas, fue con un objetivo a largo plazo. Mientras tanto, el español se mantuvo fuerte dentro del sistema educativo, principalmente a causa de la gran cantidad de instituciones educacionales de carácter privado (Ordenes Religiosas en buena medida, pero también instituciones laicas) que persistieron en el uso del español como lengua de enseñanza y que por tanto mantuvieron un buen número de jóvenes cuya primera lengua seguía siendo el español.

Fue a partir de la I Guerra Mundial cuando las autoridades americanas comenzaron a presionar más y más a esas escuelas privadas a que enseñaran en inglés. Hubo problemas y el uso de este idioma fue controvertido, pero la aceptación fue gradual y finalmente siguieron el camino las Universidades, comenzado con la de los Jesuitas, Ateneo de Manila y concluyendo con el baluarte del español en el archipiélago, la Universidad de Santo Tomás.

 

ANALIZANDO EL CENSO

Los Censos de las Filipinas muestran claramente el gradual declive en el número de hispanohablantes en las Filipinas a raíz de la ya mencionada política norteamericana en las escuelas. En 1918 constaban 757.463 capaces de hablar español con mas de diez años mientras que en el de 1939 ese número había bajado a casi la mitad: 417.375, incluyendo además a personas de todas la edades. En este último año, con una población cercana a los 16 millones, los hispanohablantes habían bajado a simplemente un 2,6% de la población y en el propio estudio introductorio en el Censo se afirmaba: “En otra generación, a menos que haya un decidido incremento en el uso del español, las personas capaces de hablarlo caerán aproximadamente al uno por ciento de la población”.

El panorama para el español parecía sombrío; no obstante, sería conveniente analizar los datos del Censo más en profundidad. En primer lugar, hay algunos aspectos sobre la realización técnica del censo que convendría señalar. No consta un ejemplo de la hoja que se rellenaba, pero parece que no había la posibilidad de escribir más que una lengua extranjera (aparte de las autóctonas) en la que se era capaz de comunicarse, aunque en las Filipinas hay y había una gran cantidad de población que habla dos y tres idiomas y, sobre todo en la clase mestiza en esos tiempos, era muy normal hablar inglés, español y la lengua autóctona de donde se provenía. En la tabla referente a “Personas capaces de hablar lenguas extranjeras” figuran 4.831.465 personas, uno de cada tres filipinos, pero para sacar esta cifra simplemente se limitaron a sumar los que hablaban inglés, español, chino, etc, sin contar los casos de solapamiento. Por otro lado, resulta extraño que el número de súbditos de algunos países extranjeros coincidiera con el de conocedores del idioma; el número de francoparlantes o de germanohablantes coincidía (1.129 y 197, respectivamente) con el de súbditos de estas naciones, aunque debería de haber más personas que lo pudieran hablar, como doctores o científicos, o incluso el personal de servicio. En consecuencia, es posible imaginar que sólo había un casillero para indicar qué lengua se hablaba y que debería de haber un número mayor de hablantes de cada lengua extranjera y quizás la mayor proporción de ausencias fue en lenguas como el español, el francés o el alemán. Por otro lado, entre las preguntas realizadas, una de ellas era específicamente si se hablaba español y solamente un 2.6% respondieron aparentemente que no.

Otros datos, aunque menos fiables, también sugieren una mayor proporción de gente hablando español en las islas, incluso algunas cifras suben al millón de personas. Esta cantidad era la aportada por el diario The Times justo después de comenzar la Guerra del Pacífico, aunque diluyendo la calificación a “personas con algún conocimiento del español”. El número de hispanohablantes, de cualquier forma, se compara muy bien en relación con las dos colonias europeas más cercanas y se puede afirmar que hoy se habla en mayor proporción el español en Filipinas que las lenguas colonizadoras en los países más cercanos. El francés, después de casi cuatro décadas del comienzo de la retirada con la derrota en Dien-biem-phu, casi ha desaparecido, aunque pudo haberse mantenido como lingua franca entre vietnamitas, camboyanos y laosianos y el holandés, en Indonesia, ya no es usado más que por los historiadores.

Volviendo a los datos ofrecidos por el Censo de 1939, también hemos de notar que la base de los anglohablantes, que se concentraban casi exclusivamente entre las edades de 10 y 54 años, era poco sólida. El declive en la proporción de gente mayor de esta edad muestra aquellos que estudiaron durante el período español, pero la cifra más interesante es el escaso 1% de niños menores de cinco años que hablaban inglés, hecho que indica que era una lengua aprendida en las escuelas, no en las casas. Y hay otro hecho importante que también ha de ser notado, que aunque hay constan 10 anglohablantes por cada hispanoparlante en los Censos (4.259.549 frente a 417.375) hay una franja de población en la que los últimos superan a los primeros; no en la franja de los más mayores, como uno pudiera pensarse, sino en la de los niños menores de 5 años (10.000 frente a 14.000). Este hecho es claramente señalado en el Censo, señalándose que “El Español tiene todavía una base más estable que el inglés, particularmente si la enseñanza del inglés en las escuelas se interrumpiera(…) El Español es aún una lengua mas usada que el inglés en casa”.

 

PUNTOS FUERTES DEL ESPAÑOL

El Censo de población muestra el principal número de hispano-hablantes en Manila y otras cinco provincias, Zamboanga, Rizal, Ilo-ilo, Negros Occidental y Davao, sin embargo sería conveniente ver qué comunidades lo usaban y en qué funciones.

1) Comunidad Española. Es un dato obvio, pero es necesario señalar también que esta comunidad era de carácter expansivo. El numero de súbditos españoles a finales de la década de 1930 estaba entre los 3.000 y los 4.000, dependiendo de las fuentes, pero lo más importante era como esta comunidad estaba totalmente integrada en la sociedad filipina y lo difícil de distinguir a un español de un mestizo español. De alguna forma, cualquier filipino con alguna proporción de sangre española (incluso aquellos que habían nacido fuera del lecho matrimonial o de una unión con un fraile, como el mismo presidente Quezón) estaban orgullosos de ello y se sentían ligados cultural y sentimentalmente a lo español. Quizá uno de los principales sitios que queden hoy reducto de esas comunidades sea en la ciudad de Bais, Negros Oriental, donde hay una Central Azucarera fundada por la Tabacalera; allí, de alrededor cien personas que aún siguen usando el español como medio de comunicación -incluso jóvenes-, sólo dos de ellos son ciudadanos españoles.

A partir de la Guerra Mundial ese sentimiento cambió, pero hasta entonces acontecimientos de la península como la proclamación de la República o la Guerra Civil fueron vividos con intensidad en las islas, tanto entre los españoles con pasaporte como entre los mestizos, que también participaban en las discusiones y en las actividades políticas. Un informe estadounidense sobre la colonia española realizado en 1939 señala “La Comunidad Española en Filipinas incluye españoles, muchos mestizos españoles y ciudadanos filipinos de origen español. Los mestizos y los filipinos de origen español, socialmente y por afinidad de sentimientos, son miembros de este grupo, se consideran ellos mismos como españoles y participan activamente de todos los asuntos de la comunidad”

Por otro lado, dentro de ese orgullo cultural por lo español, no faltaba un cierto desdén hacia lo norteamericano como algo nuevo e inferior. La impronta clásica de la cultura europea, el lazo histórico con España y demás, hacían que estos mestizos de alguna manera miraran con desdén a lo proveniente de los colonialistas americanos. El número total de mestizos, cuarterones (una cuarta parte de nativo y tres cuartos de español) y otros tipos con ascendencia hispana era cuantificado poco después de la Guerra del Pacífico en medio millón de personas.

2) Comunidades Extranjeras. De alguna manera estas comunidades compartían o deseaban compartir la distinción que ofrecía el español como lengua de prestigio; europeos, norteamericanos u otros necesitaban comunicarse con gente que hablaba español. En el caso de los mestizos chinos, la razón era histórica, porque en el período español se les había autorizado a hablar la lengua colonizadora por no ser naturales. Sirios, libaneses o miembros de otras comunidades también lo hablaban por ser una lengua usada ampliamente en los negocios.

3) Sistema Judicial y la Iglesia Católica. Eran dos importantes instituciones en las Filipinas donde el español era todavía mas usado, al final de la Mancomunidad (1935-1941) que el inglés. En el primer caso, la herencia del Código Español hizo obligatorio que cada persona que estudiara ley tuviera que aprender también español; The Philippine Legislature and the Law Courts (***) eran escritas en español, con traducciones al inglés, y probablemente era más fácil encontrar un abogado que no hablara inglés que uno que no hablara español. En la religión católica, los frailes españoles aún tenían una considerable cantidad de poder dentro de la iglesia y en la educación de los nuevos frailes, como se puede ver actualmente con el Cardenal Sin. Hasta la guerra del Pacífico, el arzobispo de Manila fue Michael O’Doherty, un irlandés que, después de haber estudiado en Salamanca, conocía el castellano perfectamente. No es necesario referirse a los Dominicos o a la Universidad de Santo Tomás por ser ampliamente conocida, sí señalar que la tarea de muchas monjas españolas en las escuelas privadas era importante, puesto que sus alumnas eran de las clases elevadas.

4) Capitales de Provincia. Las elites de las pequeñas capitales parece también que tendían a usar el español, en parte para asimilarse a Manila y en parte para diferenciarse del resto de Filipinos. No hay estadísticas sobre ello, pero por las referencias encontradas parece que era tan usado el español como el inglés en este tipo de ciudades medias.

5) Administración y Negocios. El español era también muy usado, aunque el inglés ya le había sobrepasado. En el primer caso, el predominio de los mestizos españoles parecía ser la causa, mientras que en el segundo el predominio de los españoles en algunos campos como en el azúcar o el tabaco le hacía competir con el inglés por ser la lingua franca.

6) Lectura. No quedaban solamente los libros escritos por Rizal o el resto de los revolucionarios, o la literatura escrita en la década de los 1920 por Balmorí, Recto y otros, sino que se vendían diariamente 80.000 periódicos impresos en español. Las dos principales compañías editoras tenían diarios en las tres más importantes lenguas de las Filipinas: inglés, tagalo y español. En la Manila anterior a la guerra, el más popular era The Philippines Herald y el siguiente era Mabuhay, en tagalo, con una circulación de entre 23 y 21.000 ejemplares, respectivamente. Tercero y cuarto, sin embargo, eran dos periódicos editados en español, La Vanguardia y El Debate, que vendían del orden de 18 y 13.000 copias diarias. Quizás lo más importante de esa prensa hispana no sea solamente el número de copias, sino su punto de vista; mientras que los periódicos en tagalo y el resto de lenguas vernáculas tenían unas opiniones más nacionalistas y los editados en inglés tendían más a la perspectiva norteamericana, los periódicos en español mostraban un término medio, proponiendo un tipo de moderación quizás como resultado de las nuevos necesidades de la sociedad filipina en su conjunto.

7) “Filipinismo”. Innegablemente, España y lo español tenía un papel en la sociedad filipina como defensor de la nación filipina, de hecho un país “inventado” como tal por la administración española. La identidad española tenía que ser, por tanto, un defensor de esa identidad nacional frente a las fuerzas que la amenazaban de alguna manera, tanto desde dentro como desde fuera. Por tanto, tenía una función dentro de la sociedad como tal -y no solo en una parte- precisamente como abanderado de esa nación o grupo mas allá de las ambiciones locales. Vicente Rafael, autor del libro Contracting Colonialism, afirma que las élites filipinas tenían la tendencia a conversar en las lenguas vernaculares con la gente de sus ciudades, en inglés con los funcionarios americanos y en español entre ellos. Español, por tanto, era la lingua franca de la élite filipina y la lengua que impulsaba su solidaridad (y sus privilegios, no olvidemos).

No es necesario señalar que este papel, de alguna forma nacionalista, que conllevaba el español implicaba un cierto anticolonialismo. A saber, la no adopción del inglés como lingua franca, a pesar de conocerlo, era una cierta forma de resistencia hacia el poder colonial. El español, de esta forma, adquirió un papel extraño, en cuanto que era la lengua de una potencia colonial usada como “instrumento anticolonial”; citando de nuevo a Rafael, “El español, como complejo cultural, becomes invested as a site de (a.) resistencia anticolonial entre la inteligencia filipina después del período de colonización española”

Además, su significado actual como lengua de las clases más elevadas no estaba tan marcado antes de la Guerra Mundial y de hecho era tan reivindicado por la derecha como por la izquierda, por hacer una semejanza clarificadora. La primera generación de líderes radicales filipinos había sido mas influida por el progresismo español que por otros y después, la denominada “Asociación de Filipinos” agrupó a una gran cantidad de prominentes filipinos en literatura y en política que apoyaron a la República española; entre ellos podemos apuntar a los dos principales líderes nacionalistas, el obispo Gregorio Aglipay y líder de la Iglesia Filipina Independiente, quien rehusó aprender el inglés como cuestión de principio y Elimino Aguinaldo, primer presidente de la efímera República Filipina en 1900, quien parece que aprendió español después de haber sido depuesto, pero que también rehusó a aprender inglés.

El español, no obstante, no tenía un futuro brillante en las Islas. El inglés tenía la misma atracción que el español había tenido hasta 1898: la posibilidad de ascender socialmente gracias a la habilidad de manejar la lengua de la autoridad colonial. Por otro lado, tanto lo español en general como su lengua era acosada de alguna forma por la nueva potencia colonial, en parte para ocupar el inglés los huecos que este dejaría si desapareciera y en parte para legitimizar su propia hegemonía política. La consecuencia de este acoso, normal por otra parte, era una imagen más y más asociada con la decadencia y con los viejos valores que incluso fue usada en ocasiones, como en los intentos de conversión de filipinos al protestantismo.

La idea del español como algo cada vez menos útil se basaba, por ejemplo, en que para algunas profesiones como medicina, química y otras carreras científicas, era mas conveniente escoger francés o alemán en la Universidad, en cuanto estos países eran tecnológicamente más avanzados. No faltaba algo de razón, pero lo cierto es que el único argumento en contra usado por los “hispanistas” era el recuerdo de la cultura filipina, con su historia, su espíritu y corazón tan semejantes a lo español. Lo importante no es la veracidad o no de tales afirmaciones, sino la lógica que conllevaban, en cuanto que a un argumento de futuro se le respondía con uno de pasado (los valores mutuos compartidos, los libros antiguos filipinos escritos en español, etc) y pocos nuevos adherentes podía ganar fuera del círculo de hispanistas ya convencidos. El único argumento de futuro esgrimido por estos era la creciente importancia de las repúblicas latinoamericanas, lo cual, dicho sea de paso, no dejaba de tener un cierto contenido político de alcance, en cuanto necesariamente había de significar una menor relación con Estados Unidos.

 

MANCOMUNIDAD

La Mancomunidad de Filipinas o Commonwealth fue un período clave en el que el futuro había de ser definido. En relación con el lenguaje, la nueva Constitución señalaba que el futuro “Lenguaje Nacional Filipino” debía ser uno de las islas y fue el Presidente Quezón en 1937 quien dio lo primeros pasos para hacer que se basara principalmente en el Tagalo.

A pesar de ello, parece que había un renovado optimismo en algunos círculos hispanistas durante esta Mancomunidad sobre las perspectivas para el español después de 1946, la fecha prevista para la largamente deseada independencia. Hay algunas referencias sobre una resurgimiento del español durante este período, como que era más hablado que antes, que había más estudiantes, etc; no obstante, hay que tomarlo con un cierto escepticismo al ser producto de opiniones personales en muchos casos, como la afirmación del Cónsul español en Manila en 1940, Alvaro de Maldonado: “Creo firmemente que si las Filipinas consiguen su independencia en 1946, el castellano prevalecerá sobre el inglés en muy pocos años”. No obstante, el hecho de que hubiera tales muestras de optimismo pudiera significar una oportunidad de revertir la tendencia de esos años en el declive paulatino del español.

La habilidad de la comunidad hispanista en las Filipinas para presionar al gobierno sobre un asunto en particular disminuyó fuertemente desde 1936. La Guerra Civil española estalló este año y desde entonces las divisiones entre sus partidarios fueron casi tan enfurecidas como en la península. Y aunque la mayoría de estos hispanistas apoyaron a Franco (incluyendo toda la gente de fortuna), su habilidad para actuar como grupo de presión quedó dañada, aunque tanto nacionales como republicanos se esforzaron en impulsar el español.

Y según se desarrollaron los hechos que condujeron a la II Guerra Mundial, esa mezcla o identificación de la comunidad hispana con el resto de la sociedad fue decreciendo. A saber, mientras el régimen español se inclinaba más y más hacia el Eje en los comienzos de la guerra, junto con una parte de los españoles y de la comunidad hispanizada en Filipinas, el gobierno de Manila y la sociedad en general se decantaba más claramente a favor de la colaboración con los Estados Unidos. Leyendo la publicación mas prestigiosa de Filipinas, Philippine Free Press, dirigida por un norteamericano, Theo Rogers, que había apoyado decididamente a los Nacionales durante la Guerra Civil, podemos sentir este hecho porque, desde poco después del comienzo de la guerra en Europa comenzó a disminuir el número de páginas en español dentro de la revista, así como a tratar temas más banales. Durante la década de los 1930 había dedicado entre diez o doce páginas de las 72 normales a la sección española, además de la ilustración y los comentarios de la primera página, que estaban impresos en los dos idiomas. Y fue en noviembre de 1940, cuando hacía poco mas de un año del ataque a Polonia, cuando este semanario se convirtió una publicación editada únicamente en inglés, después de décadas de haber sido una edición bilingüe.

Philippine Free Press declaró como razón para suprimir la Sección Española el decreciente número de lectores y de anunciantes. Esto último podía tener una razón técnica, mostrando que lo español estaba fuera de la corriente general y, en efecto, sufriendo sus consecuencias: era asumido que los anuncios tenían que ser mas leídos en las páginas inglesas que en las españolas en cuanto más público leía las primeras secciones. En cuanto al supuesto decreciente interés por parte de los lectores, parece tienen un carácter político, recalcado por el hecho que el decrecimiento ocurrió en un breve período de tiempo. Esto tenía que estar de alguna manera conectado con la política editorial de la revista que, como queda dicho antes, apoyaba fuertemente a los aliados frente al Eje. Aunque la revista evitó en lo posible hacer referencia a Franco y de hecho le trató con guante de seda, una cierta parte de esta comunidad hispana o hispanista se tenía que sentir molesto por la burla de Hitler y Mussolini, particularmente los falangistas. El desarrollo de la Guerra en Europa, de hecho, amplió el vacío dentro de la comunidad hispanista, no solo entre los antiguos republicanos y nacionales, sino dentro de estos, entre los falangistas pro-eje y los conservadores pro-aliados, entre los que estaban las familias poderosas. Las luchas internas entre estos grupos aceleraron un proceso de renuncia a la nacionalidad española de los más famosos y poderosos líderes, como Andrés Soriano, los Elizaldes o los Roxas, quienes temían la posible entrada de España en la guerra y una posible confiscación de sus propiedades, l igual que ya había ocurrido con los alemanes e italianos en los territorios británicos.

 

GUERRA EN EL PACÍFICO

Fueron finalmente las Filipinas, no España, quien entró en guerra, y la ocupación japonesa el período en que la lengua española sufrió el principal daño, aunque no estaba deseado por los invasores directamente. El Ejército japonés declaró que el tagalo y el japonés serían los idiomas oficiales de las Filipinas y ello iba dirigido principalmente contra el uso del inglés, pero éste fue autorizado temporalmente, ya era la única forma de comunicarse hasta que los filipinos aprendieran japonés. Con ello, el español quedó en una posición difícil, en cuanto que no estaba exactamente prohibido (en parte debido a las buenas relaciones existentes entre Tokio y Madrid) pero tampoco era recomendable su uso en parte por ser una lengua occidental. La prohibición del español en los juzgados fue motivo de una inmediata queja desde Madrid que hizo revocar la medida, pero parece difícil que se pudiera hablar o escribir en español como antes de la guerra cuando los ocupantes japoneses eran tan suspicaces ante cualquier actividad que no podían controlar, como podían ser las conversaciones o los documentos en español.

La situación política también influyó en cierta medida. El Patronato Escolar Español, una institución dedicada a enseñar gratis el español, bajo su número de alumnos a un tercio, tuvo que cambiarse a un local mas barato y, además, cambiar a colegio para niños españoles. También perdió algo de papel en la sociedad en beneficio de la Lengua Nacional Filipinas y, por ejemplo, el primer discurso que podemos oír de un hispanista como Claro M. Recto fue realizado en 1943, durante una Semana de Hablar Tagalo. Los acontecimientos bélicos, por su parte, significaron una pérdida cualitativamente importante de vidas. La famosa Batalla de Manila, en febrero de 1945, se dio principalmente en los barrios del sur donde la gente hispanizada vivía y ello hace que una buena parte de las memorias estén escritas en español, tal como afirma Alfonso Aluit, autor del libro sobre esta batalla, “A Fuego y Espada”, Después de la guerra, también, las condiciones de pobreza en que quedaron muchos españoles hizo que emigraran definitivamente a España.

Durante este período japonés, el español mantuvo de alguna manera ese papel “nacionalista” de antes de la guerra. Los encuentros entre la élite filipina para decidir si colaborar o no con el nuevo ocupante japonés fueron en español, en parte porque era su lenguaje normal de comunicación y en parte para evitar el control japonés y, por otro lado, un grupo de autores idealizó el período español en estos años.

 

LAS FILIPINAS DE POSGUERRA

El cambio más importante, sin embargo, fue dentro de la sociedad filipina como tal. La ola de pro-americanismo que sacudió el archipiélago filipino destruyó toda clase de balance entre sus identidades americana, española y local, hasta el punto que fueron más patriotas americanos que los propios estadounidenses. En este contexto, el papel de la lengua española o de lo español como complejo cultural fue arrinconado; el antiguo papel del español o del hispanismo como balance para el filipinismo no tenía mas lugar en la sociedad de postguerra. El significado anterior del español como oposición a lo colonial americano quedó reducido a niveles mínimos y alejado totalmente de la corriente general de pensamiento; un profesor contemporáneo de Hong Kong afirmaba: “El antiamericanismo, en las Filipinas, ha sido dejado para los hispanistas filipinos”.

El resultado de este papel olvidado del español en las Filipinas puede verse en el declive de los diarios en esta lengua: 10.000 en lugar de los 80.000 de hacía un lustro. Voz de Manila fue el único periódico editado en español en los primeros años antes de la guerra, pero ya no podía competir con los demás por su mala calidad y, sobretodo, por sus noticias ya pasadas, con lo que quedó vendiendo una media de 3000 ejemplares. Ello quedaba reflejado en la nueva generación de líderes de postguerra, además, había sido educada en escuelas públicas y su dominio del inglés era mayor que del español. Manuel Roxas, por ejemplo, fue el primer presidente que había sido educado en Universidad de las Filipinas, en inglés, aunque hablaba un español muy fluido.

La posición de la comunidad hispanizada también reflejaba la cambiante imagen de España en las Filipinas a partir de estos años. Si antes de la guerra los mestizos españoles desdeñaban la cultura norteamericana como algo nuevo, no-clásico o simplemente “inexistente”, después de la guerra ya no había lugar para tal sentimiento. España, aislada del mundo por los anteriores lazos de Franco con el Eje, era visto más y más como un país atrasado, cuya influencia en las Filipinas había sido negativa. Theodore Friend, en uno de los principales libros sobre este período en Filipinas, señalaba en referencia al momento álgido del movimiento falangista que “planteó dudas sobre el contenido democrático de la herencia hispana en las Filipinas”.[1]

Fue en este contexto que algunas leyes fueron promulgadas encoraginando la enseñanza obligatoria del español en las escuelas y en las universidades. En 1947, la Ley Sotto buscaba que el español fuera enseñado en las escuelas, aunque la redacción final lo hizo sólo opcional. En Mayo de 1952 se promulgó también la Ley Magalona, haciendo obligatoria la enseñanza del español en todas las universidades y escuelas privadas durante dos años consecutivos. En 1957 fue aprobada también la Ley Cuenco, requiriendo 24 crédito de español para enseñanzas como Pedagogía, Derecho, Comercio, Humanidades y Servicio Exterior, aunque una nueva ley posterior lo redujo finalmente a 12 créditos.

Estas leyes fueron, de alguna manera, el Beso de la Muerte del idioma español en las Filipinas; su obligatoriedad provocó el rechazo de la sociedad, e incluso manifestaciones de estudiantes que no querían estudiar una lengua que sentían no les iba a servir a lo largo de su vida. Los compromisos políticos empeoraron la situación: se decidió que, de los 24 créditos a lo largo de los dos años, la mitad de ellos debían de ser dedicados a leer las obras de los filipinos que habían dirigido la revolución contra España. Lo grave no era que estas obras no podían inspirar excesivo amor a la lengua que estaban aprendiendo y a su país, sino que pedagógicamente era un total sinsentido; tras un año dedicados principalmente a las conjugaciones de los verbos, los alumnos pasaban a leer novelas o poemas de los próceres de la patria filipinos, con el lenguaje ampuloso típico del modernismo de principios de siglo, difíciles de entender en ocasiones incluso para un nativo español. La obligación de leer el poema postrero de Rizal antes de ser fusilado, “El Último Adiós”, llevaba a memorizar el texto sin tener idea de su significado más que por las traducciones ya hechas.

Con esta nueva sociedad salida de la Guerra del Pacífico, al español le quedaron dos papeles en la sociedad filipina. Uno de ellos fue la vida social, los “chismis”, precisamente la sección más leída en Voz de Manila al igual que antes de la guerra lo había sido en El Debate y el otro, el prestigio por formar parte de las clases elevadas. Este significado elitista podía tener un aspecto positivo, pero al mismo tiempo conllevaba otro negativo. Esto último es lo que ocurrió; la identificación con la oligarquía llevó a culpar a “lo español” de los males de Filipinas. No es el propósito de este estudio discutir si ello es verdad o no, pero Filipinas es continuamente caracterizado como el país de la peor clase dirigente de toda la región; y si esta clase dirigente se caracteriza por algo es por la identidad hipana: “La oligarquía hispana” es el apelativo más normal. Las novelas de Francisco Sionil José, uno de los escritores más famosos de las islas, son un ejemplo de esa crítica generalizada a esos hispanohablantes, a los que José caracteriza como los principales enemigos. Su posición puede ser un tanto extrema, pero de alguna forma está asumida por una buena parte de la sociedad. Esta identificación de lo español con la oligarquía ha afectado a los potenciales hispanohablantes, bien por ser el idioma hablado en casa o bien porque incluso pudieran entenderlo, puesto que podían ser acusados inquisitorialmente por ser el origen de los males del país. Muy pocos nuevos hablantes de español ha habido después de la guerra.

Este fenómeno era, de hecho, el resultado de identificar el español con algunos aspectos dudosos de la herencia española; el español, ciertamente, ha sido ideologizado, ha sido conectado con el colonialismo, con la esclavitud y la opresión características, desde el punto de vista filipino, del antiguo dominio español. Probablemente ocurra lo mismo con el inglés en un futuro.

Citas

[1] Between Two Empires. The Ordeal of the Philippines, 1929-1946. Manila, 1969, p. 172.

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