1987 Colombia, mi segunda patria… o mi tercera

Japon y Colombia, opuestos pero complementarios con España

Colombia ha sido el viaje más intenso de todos, y a partir de entonces siempre he pensado que si hubiera segundas patrias, Colombia sería la mía. Después he añadido Japón; y es que los dos países son justo lo opuesto: uno es improvisación, el otro es orden y planificar el futuro. Los necesito a los dos.

LP de salsa y cumbias a 200 pesetas: el origen

Me atrajo por una estrofa de esos LP de salsa que vendían a 200 pesetas, poco más de un euro: «Santa Marta, Barranquilla y Cartagena». Con ese tarareo convencí a Juan Ma, aunque el precio del vuelo nos hizo pasar por Venezuela, e incluso estar unas horas en Nueva York. En el vuelo, dijo una de sus frases inolvidables cuando sobrevolábamos las Azores: «¿Dónde está la A con el circulito?». Con tanta tecnología, ahora no, pero antes «el hombre del tiempo» siempre se refería al anticiclón de las Azores.

Con las pilas puestas

La violencia estaba presente. Nos avisaron de que fuéramos «con las pilas puestas» y justo en Cúcuta, en la frontera de entrada, tras dejar San Antonio de Tachira, tuvimos la primera experiencia, con unos chavales que robaron a una señora y escaparon corriendo. Hablamos con toda la gente de forma abierta, unos en contra y otros a favor de la guerrilla, e incluso conocimos a una chica cuyo novio había muerto por haber participado el año anterior en el asalto del M-19 al Palacio de Justicia. Se quedó a dormir, iba con una bolsa y quizás se estaba refugiando. Pero tuvimos la suerte de ser españoles; con distinto acento y supuestamente no metidos problemas. De hecho, aunque cometimos el error de no sellar nuestro pasaporte en la frontera (nadie lo hacía, era zona de paso continuo) y lo hicimos más de cien kilómetros al interior, en un puesto de la DINA, en Bucaramanga de camino a Bogotá, no tuvimos problemas.

Pamplona de los Andes

En Pamplona nos sentimos como tantos emigrantes españoles que decidieron quedarse, con un clima fresco permanente y rodeados de una excelente naturaleza. El taxista que nos llevó era una persona encantadora, a Juan Ma le recordaba a su abuelo. Nos pidió de recuerdo una moneda española, y al ver la efigie de rey Juan Carlos, preguntó: «¿Es el marido de Lady Di?».

Amigos en Colombia

Bogotá fue muy intenso. Estuvimos en el Hotel de Lujo, que no era tal, pero tenía precios aceptables. Allí me encontré con un antiguo residente en el Colegio de África, Vicente Torrijos, catedrático de Terrorismo Político en la Universidad Javeriana, que nos contó cómo iba a visitar los lugares donde se cometían asesinatos. Desde entonces siempre me he preocupado por él; en una ocasión me comentó que le robaron el coche a punta de metralleta. También pude ver a un antiguo residente en el África, Katsumi, diplomático japonés, y a su encantadora mujer, Sara, con quien tuve mucha relación cuando le secuestraron en la embajada de Lima, que acabó con el asesinato de todos los secuestradores. Como todos cantaban música latina, Katsumi quería cantar Clavelitos y a sugerencia de Sara fui a comprar el cuadernillo a la calle Echegaray al Gran Musical, para enviárselo. Como era uno de los que sacaba la basura diariamente, no fue difícil hacérselo llegar. Las minas de Zipaquirá muy bien, pero lo importante es la gente.

Formas de viajar

Los viajes son punto y aparte. Fuimos como pudimos; los taxis eran la mejor forma de desplazarse, y además conocíamos y charlábamos con la gente, pero también nos montamos en autobuses e incluso en barcas; para ir a la selva, lo mejor fueron los aviones. El más auténtico fue el taxi que tomamos para ir a Maracaibo: tuvimos que ayudar a repararlo, un coche con cristales en el suelo y hecho una birria, y un taxista que insistía en que no le gustaban los franceses porque olían mal. Y siempre, las cruces recordando el lugar donde murieron familiares en accidente.

Viaje al Amazonas

El viaje en avión a Leticia fue punto y aparte. Es una localidad de Colombia, pero tienes que cruzar la frontera porque está totalmente separada del país y su conexión principal se produce a través del paso brasileño de Tabatinga. En la Residencia Marina, el encargado nos dijo abiertamente que el propietario era un narco y lo tenía para blanquear dinero, y por esa conversación me enteré de por qué teníamos en la habitación una pastilla grande de jabón Palmolive nueva, pero partida en dos: le agradecía que hiciera ahorros, aunque fueran pequeños. Por la noche, fuimos a la discoteca, y nos decían: «¿Ves a ese? Pues en Bogotá va con veinte escoltas, pero aquí va solo. Ese otro, lo mismo». Eso sí, intenté dar un paseo por la noche al aire libre, a disfrutar del buen tiempo, pero vi que me salieron varios hombres armados de algunas casas y regresé al hotel. El ataque de esa noche fue diferente: había una pequeña apertura en la malla de la ventana y los mosquitos me frieron. Estaba vacunado de fiebre amarilla y algo más desde hacía varios años y recuerdo la frase para tranquilizarme: «Pues eso que tenemos ganado». En el viaje conocimos a una mujer que nos presentó a su hermano para que nos hiciera de guía; nos contó que en Leticia se comía carne de mono y que estaba rica, pero que la parte de la cabeza les causaba repulsión. No le pregunté por el cerebro, que tanto gusta en Asia.

Turistadas y amistad

Esa excursión fue con un guía con el que acabamos teniendo amistad amigo, Joel. Hablamos más tranquilamente que con los dos británicos con los pagamos la excursión, pero además Joel nos acabó contando su vida. Le vi que tenía el estómago destrozado, le pregunté y como teníamos buena relación me contó la verdad: parece ser que uno iba borracho y casi le deja sin vida. Y le pregunté, «¿Y no te ha compensado ni nada?». Y me dijo, en esta confianza de «lo que se hace en la selva se queda en la selva», que fueron a matarlo, pero que no lo encontraron y que como allí vieron a unos niños jugando, al final no hizo nada. También nos contó («¿No seréis periodistas, verdad?») que en Brasil quemaron con napalm a una tribu porque habían matado a un visitante. En ese viaje por la selva estuvimos varios días, hicimos las típicas turistadas, como balancearnos con palos colgando, e incluso hubo un momento en que me hicieron pensar que me había perdido en la selva (estrategia: bajar aguas abajo).  Visitamos un poblado yagua (Atacuari, Arara, Nazaret o Santa Sofía; no se bien cuál), nos acompañó un indígena vestido con una falda de plantas, pero con pantalón corto por detrás, y hubo momentos en que nos dijeron que parecíamos guerrilleros, cubiertos apenas con unas ramas para protegernos de la lluvia. Me caí incontables veces tras esa lluvia: iba con chanclas.

Pescando cocodrilos y pirañas

Lo más excitante, cazar cocodrilos con linterna, ya que no reaccionan si les mantienes la luz; se nos escaparon algunos. Al día siguiente nos hicimos una foto con uno de ellos. Me decían que le apretara bien y me daba pena, pero era o el cocodrilito o yo. Joel lo tiró al agua después. Y otro día pescamos pirañas, por supuesto tras haber comprobado que no teníamos nada de sangre; nos contó que el año anterior, de un niño que se tiró a bañarse y apenas sacaron los huesos al día siguiente.

Cali y la escultora de la rotonda

Después de Bogotá fuimos a Cali, qué gran ciudad. Estuvimos en la Plaza Mayor, con los tinterillos junto a los juzgados para ayudar a la gente a escribir sus cartas. Conocimos a la escultora que hizo la estatua de unas manos con un engranaje que estaba colocada en una rotonda en la autovía a Jumbo. Encantadora, nos llevó a Buenaventura, y en el viaje entramos en un bar y al pedir al mesero, tras decir lo que él y yo queríamos tomar, y Juan Ma la miró: «¿Y para la señorita?». Uff, qué metedura de pata: allí una señorita es una mujer virgen. La zona es uno de los lugares más preciosos, y no solo por haber sido donde llegaban los negros. Por supuesto, fuimos al puente de Juanchito, aunque de tanto que me lo pusieron por las nubes resultó un poco decepcionante.

 

Cruzar los Andes en taxi por puestos

El viaje a la frontera de Ecuador fue precioso, puros Andes en Pasto, la laguna de la Cocha, preciosa, llegando a la frontera de Ipiales. De esos momentos me acuerdo los taxis por puestos; una de las cosas que me enamoró de Colombia.  

Los taxis por puestos fueron el gran descubrimiento y uno de los placeres que siempre recordaré es viajar por los Andes lloviendo y escuchando cumbias a todo volumen. En uno de estos trayectos, al levantarse tras varias horas de viaje, Juan Ma dijo: «Cómo me duele el culo», y provocó la hilaridad general: allí se dice «cucu».

Santa Marta, Barranquilla y Cartagena

A Cartagena llegamos por avión, evitando Medellín, que en esos momentos sufría lo peor de la lucha contra la guerrilla. Mientras nosotros estuvimos allí, mataron a dos antiguos candidatos a la presidencia de la República. La herencia hispánica deja una ciudad preciosa y, mira, ha sido la primera y única vez en la que me ha rebotado tanta referencia a los malvados españoles. Pero bueno, al fin y al cabo ha servido para canciones excelentes como la de No le pegue a la negra. ¡Cómo la he bailado! Estuvimos también en la Quinta de San Pedro Alejandrino en Santa Marta.

Cantando bachatas con orquesta

La costa del Caribe es otra Colombia. Distinta, como más modernizada; fue la primera vez que escuché música occidental (Madonna) en todo el viaje, pero allí sí que puede bailar en Santa Marta, Barranquilla y Cartagena, y por supuesto fuimos a Aratacama a ver el pueblo del escritor Gabriel García Márquez. Allí están los grupos que cantan canciones. Les pedí las que yo sabía de esos discos LP que compraba a 200 pesetas que eran de las viejas superviejas; solamente se las sabía el más mayor de todos, uno ciego parecido a Stevie Wonder. La gozamos un montón.

Riohacha, ciudad sin ley

Salimos de Colombia por Riohacha, entonces famosa como una ciudad sin ley: al jefe de policía de Maracaibo le habían robado el coche y, aunque supo que estaba en Riohacha, no pudo hacer nada. En la frontera de Maicao tuvimos mala suerte: había problemas políticos entre Colombia y Venezuela por la soberanía del petróleo en las costas. Ya nos avisaron, tendréis problemas con los guajiros.

Tinto con sardinas picantes

Comida y diversión. El tinto, lo que siempre recordaremos. Comer pulpa de coco, la primera vez. Pero eso de salir en una guagua para bailar fue único. Montamos en una chica (autobús) que pensamos que era para turistas para llevarnos a parrandear por nosecuántos locales, pero eran todos colombianos. Desde el primer momento, se pusieron a bailar, pero fue llegar a la segunda fiesta y el camión se rompió, tuvimos que regresar cada uno por nuestro lado. Una última anécdota, allí las chicas jóvenes se llaman coloquialmente «sardinas». Por eso, las siguientes Navidades, le tuve en ascuas diciéndole que tenía de regalo unas chicas calientes; le había comprado una lata de «sardinas picantes»: sabía que había gato encerrado, pero se lo creyó.

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