Florentino Rodao

Resumen: Cuando ya estaba claro que los aliados serían los vencedores absolutos de la II Guerra Mundial, el gobierno del General Francisco Franco buscó nuevos argumentos para ganar una aceptación internacional para la permanencia del régimen una vez llegada de la paz. Uno de esos, a partir de la llegada del Ministro José Félix de Lequerica a la cartera de Exteriores, llevó a utilizar el enfrentamiento hacia Tokio. Llevó al fin de la representación de los intereses japoneses en el continente americano, a la ruptura de relaciones diplomáticas, e incluso a pensar en la posibilidad de una declaración de guerra.
Palabras claves: Francisco Franco. José Félix de Lequerica. España: Relaciones exteriores. Japón: Relaciones Exteriores. Guerra del Pacífico. II Guerra Mundial. Propaganda.

Abstract: When it was already obvious that the Allies would win decisively the Second World War, the Francisco Franco’s government looked for new arguments to gain international acceptance for its regime after the end of the violence. One of those, after José Félix de Lequerica was appointed as Foreign Minister, was to use the confrontation towards Tokyo. As a consequence, Madrid stopped representing the interests of Japanese nationals in the Americas, severed diplomatic relations and even thought about the possibility of declaring war.
Key Words: Francisco Franco. José Félix de Lequerica. Japan: External Relations 1944-1945. Spain: External Relations 1944-1945. Pacific War. Second World War. Propaganda

Los giros en las relaciones políticas entre Estados son relativamente frecuentes a lo largo de la Historia, pero el realizado por España en relación a Japón durante el período del ministro José Félix de Lequerica (verano de 1944 a la primavera de 1945) ha sido uno de los ejemplos más radicales a lo largo de este siglo[1]. España, desde el decidido apoyo al ataque japonés en Pearl Harbor en diciembre de 1941, pasó a enfriar progresivamente las relaciones mutuas hasta llegar a la ruptura en 1945, e incluso a considerar una declaración de guerra. Buena parte de este giro le correspondió al período Lequerica y en este trabajo se intenta explicar las razones que llevaron a tal deterioro. Para ello, comenzamos con la exposición de los hechos para pasar después a la actitud de los principales actores del conflicto así como las razones para que la tensión no llegara al conflicto bélico.

 

Un nuevo contexto

José Félix de Lequerica llegó el 13 de agosto de 1944 al cargo de Ministro de Asuntos Exteriores tras la muerte de su antecesor, el Conde de Jordana. Su nombramiento fue casual a pesar de que el general Franco tardó poco tiempo en decidirse por él. Aunque había otros candidatos aparentemente más apropiados para el necesario giro hacia los aliados cuando la guerra ya entraba en su último año, Franco le escogió para resolver la embarazosa situación de la Embajada española en Vichy, la capital de la Francia ocupada por los alemanes, pronta a ser liberada, y donde era cada vez más un obstáculo tener un representante de tan alto rango. Lequerica no tenía ninguna credencial de aliadófilo y y nunca había escondido sus opiniones favorables al Eje[2]. En el caso de Japón, incluso, los estadounidenses tenían conocimiento (y se lo recordaron durante bastante años) de una fiesta dada por él en la Embajada en España celebrando el ataque a Pearl Harbor en 1941[3]
En cuanto a la evolución bélica en el verano de 1944, ya se presagiaba que la victoria no quedaría del lado del Eje; se sabían ya definitivas las derrotas alemanas y las dudas que quedaban eran sobre el papel que pudiera jugar Berlín tras la paz. En la Guerra del Pacífico, por su parte, la ofensiva norteamericana había desbaratado una buena proporción de las comunicaciones marítimas entre los territorios de la denominada “Esfera de Co-prosperidad del Gran Asia Oriental”, aunque Japón seguía manteniendo casi todas las conquistas territoriales de principios de la guerra.
El contexto general era, pues, desfavorable al Eje, pero además, pocos días después de la toma de posesión de Lequerica, coincidieron una serie de hechos que marcaron la relación exterior de España, incidiendo especialmente en las relaciones con el Imperio Japonés. Por una parte, las tropas alemanas abandonaron la zona francesa fronteriza con España en los Pirineos, con lo que la amenaza de una invasión nazi o de posibles represalias directas desaparecía completamente[4]. Por otra, y más en relación con Japón, murió el presidente del gobierno filipino en el exilio, Manuel Quezón y el anterior vicepresidente, Sergio Osmeña, formó uno nuevo en el que dejó fuera a los dos miembros más destacados del grupo de mestizos españoles, Andrés Soriano y Joaquín M. Elizalde, antiguos Ministro de Hacienda y Comisario residente en Washington, respectivamente[5]. La relación del gobierno portugués con Japón era, también, cada vez más tensa y había motivos (y rumores) para pensar que Lisboa iba a declarar inmediatamente la guerra a Tokio, tras haber solicitado formalmente el 7 de agosto la retirada de las tropas japonesas de su colonia en Timor Oriental y amenazar con la ruptura de relaciones caso que Tokio rehusara[6]. Lisboa estaba siendo tentado con la posibilidad de enviar un contingente a Timor caso que los aliados lanzaran un ataque allí y ello había facilitado la autorización para utilizar las islas Azores como base naval para las comunicaciones militares entre Estados Unidos y Europa[7]. Por último, desde Lisboa llegó a El Pardo un rumor basado en el testimonio de una persona presuntamente escapada de Filipinas: más de 4.000 españoles habían sido fusilados allí, y se especificaba en el telegrama: “No se trata de una matanza en bloque, tipo Katyn sino de fusilamientos individuales o por grupos pequeños, justificados de muy diversas maneras”[8].
La relación con Japón quedaba fuertemente influida por este contexto cada vez más difícil y, sin duda, fue el motivo para que Lequerica se entrevistara con el representante japonés, Suma Yakichirô al día siguiente de su toma de posesión, precediendo este encuentro en tres días al del embajador alemán[9]. Faltando la versión española, resulta difícil saber con exactitud lo tratado en la reunión, pero parece que los dos se dedicaron principalmente a auscultar las posibles reacciones del otro. A diferencia de las referencias a las entrevistas con su antecesor, Jordana, Suma no informó a Tokio sobre las discrepancias mutuas; según este Ministro japonés, predominaron los saludos cordiales propios de una primera toma de contacto, señalando Lequerica que tanto él como el Jefe de Estado “estaban ansiosos de avanzar en las relaciones amistosas con Japón” y que él mismo no tenía “intención de disminuir las relaciones íntimas existentes durante el período de Jordana”. Suma, por su parte, expresó el “cordial agradecimiento” de su gobierno por la representación de los intereses por los españoles, solicitando “la cooperación de Lequerica para mantener la duradera amistad entre los dos países”[10].
La falta de contactos previos y la rapidez del momento hubo de evitar llegar a conclusiones más elaboradas, pero también podemos ver que ninguno de los dos funcionarios puede ser calificado precisamente de sincero. Suma informó idílicamente sobre la evolución del conflicto en el Pacífico, soslayando la importancia de la reciente pérdida de Guam y de otras islas de la Micronesia en comparación con los territorios de China. A nadie se le podía escapar que estas islas podían ser una base excelente para atacar Japón, pero Lequerica prefirió no discutir con Suma. Con ello, vemos un primer cambio en la táctica en relación con Jordana: las discrepancias se las callaba y ello nos indica que Lequerica ya no pensaba en una futura mejora de las relaciones, tal como le ocurría a su antecesor, sino que, además del diplomático, había decidido usar otros canales para la relación con Tokio. El objetivo ya no era solucionar sus problemas sino usarlas como trampolín para una posguerra en la que el papel de Estados Unidos sería mucho más importante. Habían dejado de tener un significado bilateral para formar parte esencial de la lucha por la, previsiblemente difícil, supervivencia del régimen franquista en un mundo dominado por los antiguos enemigos.

 

Los beneficios de la enemistidad con Japón

Dos días después de esta entrevista, Lequerica mostró más claramente cuál sería su táctica hacia Japón, al remitir una primera nota circular desde la Delegación Nacional de Prensa a los medios de comunicación, en la que se buscaba sacar las diferencias mutuas a la luz. El título de la nota circular no deja lugar a dudas sobre las intenciones: “Orden sobre el criterio abiertamente favorable a los Estados Unidos en la guerra contra el Japón. Y muy concretamente en las operaciones que tendrán lugar en Filipinas”. La segunda, dos días después, iba también enfocada hacia Asia: “Orden y orientaciones sobre la situación de la guerra y la conducta española, con especial referencia a la lucha en el Pacífico. Contra la política japonesa de signo anticristiano y antioccidental”. En otra tercera, a los tres días, se entregaban las nuevas orientaciones en relación con la guerra en Europa: “Orden y orientaciones sobre la actual situación de la guerra en Europa y el tono de información en el frente oriental y el frente occidental, con los matices oportunos dentro de los debidos límites de la neutralidad española. Sobre la expansión del comunismo. Criterio sobre la política interior de las zonas liberadas. Concretamente Francia. Conducta española hacia la paz internacional”[11].
No consideramos necesario reflejar totalmente el texto de las notas, pero sí resulta interesante destacar el hecho de ser anteriores las notas en relación con Japón a las del frente occidental, puesto que parecen mostrar que fue el giro de postura en ante el conflicto en el Océano Pacífico el que llevó a reordenar la posición ante la Guerra en Europa. Se apostó por intentar utilizar propagandísticamente la guerra en Asia y ciertamente el objetivo principal de ese cambio era Estados Unidos tal como demuestran las sugerencias que tanto el general Franco como Lequerica hicieron al Embajador estadounidense, Carlton J.H. Hayes, sobre la posibilidad de romper relaciones con Tokio “en el momento idóneo”[12]. Franco no dejó de aprovechar para explayarse sobre la oportunidad de atacar a Japón, afirmando que en dos ocasiones había estado ya a punto de la ruptura[13].
Suma, el Ministro nipón, comprendió pronto las nuevas inclinaciones españolas y en dos semanas ya consideraba la relación mutua irremisiblemente deteriorada, afirmando: “ahora tenemos suficientes datos para comprender la política diplomática del ministro Lequerica”. Como es previsible, culpó a Estados Unidos de ese deterioro y supuso que Washington, aprovechando el regreso del Embajador Hayes, pediría a España la ruptura de relaciones con Japón[14]. Quizás ya tenía conocimiento de las entrevistas en Hayes y no rechazó la posibilidad de que Madrid aceptara[15]. Pero independientemente de lo que le hubiera dicho a la cara Lequerica o de la información confidencial que hubiera recibido, la retórica anti-japonesa era creciente en España y el propio hecho de utilizar las tensiones propagandísticamente demuestra que habían llegado a un punto en que eran irreversibles. Con Jordana, las relaciones mutuas también habían estado caracterizadas por la tensión; aunque cada vez más eran un obstáculo en el trazado de las relaciones exteriores de España, predominó el deseo de mejorarlas. Lequerica, por su parte, desechó la esperanza: las antiguas diferencias pasaron a ser un argumento para aprovechar. Siendo cada vez más difícil seguir atacando a la Unión Soviética en el aspecto propagandístico, al régimen franquista le iba quedando Japón como única arma arrojadiza entre sus enemistades; otra nota a los medios de comunicación de 13 de septiembre nos muestra la creciente imposibilidad de criticar a los enemigos de siempre, al ordenar que se tuviera en cuenta la “distinción fundamental” entre “Rusia” como entidad nacional y el “comunismo de exportación”[16].
Pero el giro español hacia Japón acabó limitándose al aspecto propagandístico y no fue tan rápido como algunos pensaron más tarde que debía haber sido. La ruptura no llegó y tres razones principales pueden ser el motivo: la situación en Portugal, la propia personalidad del Caudillo y el temor a las represalias. En primer lugar, la no materialización de un desembarco aliado en Timor, tal como estaban esperando los portugueses, enfrió sus deseos de declarar la guerra a Tokio. Por otro lado, la personalidad del General Franco le llevaba a evitar tomar decisiones rápidamente; en septiembre de 1944, el Caudillo tuvo en bandeja tomar alguna medida claramente antijaponesa en su última entrevista con Hayes, cuando éste le pidió la ruptura con Japón, China y Manchukuo y, además, le sugirió la conveniencia del reconocimiento del Gobierno de Osmeña en el exilio, pero no tomó ninguno de estos pasos[17]. Prefirió, como en otras ocasiones, esperar y ver. La última razón, al fin y al cabo, permanecía: el temor a que una postura radical condujese a una represalia entre los españoles en Asia. La Iglesia Católica, la Compañía General de Tabacos y el Comité de la Colonia Hispano-Filipina, entre otros, ya se habían encargado de hacer saber al gobierno su postura vigilante hacia lo que pudiera ocurrir en ese escenario, y el gobierno había de tener muy en cuenta su posible reacción ante desenlaces violentos: la imagen de los japoneses como bárbaros había sido confirmada con ese telegrama venido de Portugal sobre una matanza tipo “Katyn”, en el que se había añadido a mano: “son unos salvajes”.
En septiembre-octubre de 1944, en consecuencia, cuando las relaciones entre Japón y Portugal estaban más tensas, Lequerica prefirió limitarse a insistir en los pasos ya andados antes que a experimentar caminos de resultado aventurado. Así, en octubre se emitieron una orden para la prensa y una nota verbal a la Legación japonesa. Se aprovechó la festividad del 12 de octubre y la próxima lucha en las Filipinas para enviar una nueva orden a los medios de comunicación: “Compartimos con los pueblos americanos su alarma ante el imperialismo japonés, que significa, teniendo en cuenta la indudable amistad y convivencia rusonipona, la ambición del dominio asiático sobre el mundo”[18]. Por su lado, la Nota Verbal protestaba por la falta de respuesta a otra Nota anterior en relación con el ataque a los intereses de España: la toma por el ejército japonés de algunas propiedades de la Compañía General de Tabacos de Filipinas y el fin de la autorización de envío de fondos de Filipinas a España[19], y en el tercer y último punto se insertaba una clara amenaza: “Si las autoridades japonesas siguen mostrando tan poco interés en los deseos españoles, será necesario reexaminarse la política de representar los intereses en el extranjero”[20].
Las amenazas españolas eran cada vez más claras y surtieron su efecto, logrando que los funcionarios japoneses, a última hora, se dieran cuenta de la necesidad de evitar en lo posible las quejas de Madrid. El Ministro Suma, alarmado, se basó en el posible fin de esta representación de los intereses japoneses en América Latina para pedir enfáticamente a Tokio que cesaran los ataques en la prensa a España[21] y una atención especial a estos problemas de la colonia española en Filipinas, ya fuera compensado con dinero por las ventas forzosas de propiedades al ejército japonés o bien por otros medios[22]. El Ministerio de Exteriores japonés o Gaimushô, vivió con preocupación el empeoramiento de estas relaciones con Madrid y actuó con una rapidez inusitada. Se consultó con el Cuartel General del Ejército y con el Ministerio de Finanzas para posibilitar el envío de nuevas remesas y se mandó un telegrama a su embajador en Filipinas (en la práctica, la autoridad real en el país), Murata Shôzo, insistiendo en lo deseosos que estaban de “no irritarle [a España] o darle cualquier pretexto para romper relaciones con el Eje”[23]. La respuesta desde Filipinas, ciertamente, vino de forma inmediata, a pesar de haber comenzado ya la invasión norteamericana y de que poco se podía hacer en esos momentos: Murata explicó la situación de algunas haciendas de la Compañía de Tabacos y afirmó que se renunciaría al control sobre la propiedad “en cuanto cesara su necesidad”; además, anunciaba una compensación apropiada, pero no pudo ir más allá de estas promesas a la colonia en Filipinas[24]. Recibidas estas explicaciones, los españoles percibieron el interés de Japón por evitar un enfriamiento de las relaciones, pero también que el abanico de posibilidades de los diplomáticos nipones era reducido, puesto que primero tenían que convencer a los militares y éstos no solían escuchar con excesiva atención a sus razones. No obstante, cada vez era más difícil influir por medio de la diplomacia; lo que dijera la Legación japonesa cada vez era menos importante.
Las operaciones militares trastocaron más aún los intereses de los países ibéricos ante la guerra en Asia y las antiguas colonias cambiaron las tornas en sus posturas. Lisboa, anteriormente muy tenso con Japón a causa de las tentaciones de Washington, pasó a desinteresarse porque Timor fue descartado como alternativa para un desembarco aliado, mientras que Madrid, por su parte, comenzaba un compás de espera diplomático a la espera del resultado de las operaciones en Filipinas. Por parte de Japón ocurrió algo semejante, pasaron a considerar la posibilidad de devolver Timor a los portugueses antes de que acabara el conflicto, pero frente a los españoles ya no tenía sentido pedirles la mejora de la situación de la colonia española porque dentro de poco, posiblemente, ya no estaría en sus manos.
Este compás de espera del otoño-invierno hizo arreciar las dudas en Madrid sobre cómo sacar el mayor provecho posible a la enemistad con Japón en función de esa difícil posguerra. Turquía, otro país que había mantenido una fuerte amistad con el Eje, rompía relaciones con Tokio en enero al tiempo que se intensificaban las presiones estadounidenses a los países latinoamericanos para dar nuevos pasos en la enemistad hacia Japón, que condujeron a las declaraciones de guerra a Japón de Paraguay, Perú y Ecuador en los primeros días de febrero[25]. Estas dudas sobre qué postura tomar parecen ser el motivo de la cita del ministro Lequerica, el 18 de enero, con el ex-ministro Ramón Serrano Suñer, a instigación de Franco. El antiguo cuñadísimo seguía manteniendo buenas relaciones con la legación nipona y su opinión era importante, tanto por esas relaciones que seguía manteniendo como por representar la opinión de aquellos que pudieran seguir teniendo sentimientos projaponeses[26].
Exteriores consideró las opciones para endurecer la postura ante Japón: limitar el volumen de la representación de Tokio en Madrid (frente a los tres diplomáticos españoles en Tokio, había acreditados 18 funcionarios japoneses en 1943 y se seguía pidiendo nuevas acreditaciones)[27], reconocer el Gobierno de Sergio Osmeña (que ya se había instalado en la parte liberada del Archipiélago Filipino)[28] o sacar de Filipinas al cónsul José del Castaño (falangista radicalmente antiestadounidense y objeto de Notas protestando por sus denuncias de ciudadanos ante los japoneses)[29]. Ambas eran muy complicadas; la limitación del número de diplomáticos porque podía significar un enfrentamiento que no llevara a ningún resultado concreto y el reconocimiento de Osmeña, porque Estados Unidos no lo había hecho aún. Sólo se decidió trasladar a Tokio al cónsul José del Castaño, pero incluso esta decisión tampoco se pudo llevar a cabo; la salida del Cónsul de Filipinas fue desaconsejada fuertemente por el Embajador en Tokio, que preveía no sólo problemas técnicos difíciles, sino también políticos: ordenar el abandono de una colonia justo cuando se acercaba el peligro a Manila indicaba escasa preocupación humanitaria[30].
Madrid, en definitiva, hubo de resignarse a seguir sin tomar medidas nuevas para profundizar en la tensión con Japón y se hubo de limitar a los métodos ya conocidos: una nueva orden a los medios de comunicación, el 18 de enero. En ellas, se relacionaba ya claramente el desarrollo de la Guerra del Pacífico con lo que llamaba el “sentido de amistad” hacia los Estados Unidos de América. Lo utilizaba, además, como compensación frente a las críticas recientes de germanofilia en la prensa española: “Como actualmente se desenvuelven operaciones militares en Filipinas, deberá tenerse extremo cuidado en cumplir las orientaciones señaladas en el orden general y transmitidas en el verano pasado, a fin de que se mantenga el criterio de amistad y de inteligencia con los Estados Unidos”[31].
España, en definitiva, no sabía bien cómo aprovechar esa creciente corriente antijaponesa en ese beneficio propio: ni se decidió dejar de representar los intereses, tal como se había amenazado, ni se tomaron esas posturas que proponía el embajador norteamericano. El sentimiento tan claramente antijaponés dentro de sus fronteras no se supo trasladar al exterior. En ello, hubieron de influir fuertemente dos referencias claves, Argentina y Portugal, más aún que la ya inexistente intermediación alemana en las relaciones con Japón. Además, el temor a posibles represalias entre la comunidad hispana en Filipinas y China, de nuevo, hubo de ser una razón clave para evitar que Madrid diera un paso definitivo. Hubieron de ser acontecimientos venidos de fuera los que provocaran la decisión de actuar.

 

Masacres en Manila

Desde los primeros días de marzo, apremió como nunca la necesidad de actuar contra Japón. Varias razones tuvieron que ver con ello y todas pasaban por Washington: un nuevo embajador norteamericano llegaba a Madrid, Norman Armour y Manila era tomada por los norteamericanos. Por primera vez, los propios españoles en Filipinas podían enviar mensajes contando su situación y se pudieron confirmar las noticias sobre su sufrimiento y la gran cantidad de muertos[32].
Además de los nuevos factores políticos, tales como el menor temor a las represalias japonesas (aunque quedaban comunidades de misioneros en Japón o China), o la idea de satisfacer a las autoridades americanas, un factor relativamente imprevisto había venido a reforzar la necesidad de tomar una medida antijaponesa: los asesinatos masivos de españoles en Manila. España podía utilizar propagandísticamente y de forma fehaciente el hecho de estar también sufriendo en carne propia la “barbarie” japonesa.
En Exteriores, la primera reacción al conocer esas noticias sobre la Batalla de Manila fue ordenar al Embajador en Washington, Cárdenas, pedir una entrevista con el Secretario de Estado. El objetivo era estudiar las posibilidades de aliviar los problemas de la colonia hispana en Filipinas y así consta en la documentación. Pero además de este deseo humanitario, Lequerica hubo de buscar también evitar críticas a España solicitando facilidades para la salida del cónsul Castaño de Manila; no hay mención a ello en la documentación, pero en el expediente de Castaño se puede ver que el mismo día de esa entrevista, el 10 de marzo, era nombrado consejero en Lima[33]. El coro de voces contra el Cónsul de España (y, en consecuencia, contra España) era creciente y, mientras que en Manila los nuevos ocupantes aliados le detuvieron en su domicilio por unos días, en Washington el diputado demócrata Coffee, recordaba sus actos anti-norteamericanos durante la ocupación japonesa. Las informaciones sobre la colaboración del funcionario español con el ocupante japonés eran, ciertamente, lo que más podía poner en apuros al gobierno español. El movimiento apresurado de Exteriores no pudo lograr su objetivo; Castaño nunca llegó a tomar posesión en Lima y, lo que es peor, tuvo que soportar una vuelta a España pasando por Estados Unidos entre medidas de seguridad para evitar permanecer en territorio americano más de lo necesario y bajo la atención de la prensa. La campaña de prensa del régimen era atacada en su línea de flotación.
A mediados de marzo, era cada vez más necesario para Madrid contrarrestar la propaganda antifranquista y se profundizó mas a nivel oficial. Además de continuar el goteo de noticias sobre Filipinas en la prensa española, un informe del Ministerio de Exteriores reflejaba los datos presuntamente obtenidos hasta entonces en España: “La colonia española ha quedado diezmada. Las pérdidas, un 90%. Han sido destruidos casi todos los conventos e iglesias españolas …”[34]. Pero hay un detalle llamativo en esta propaganda, porque al contrario que al comienzo de la Guerra del Pacífico, cuando se trataron de disuadir los temores de los familiares de residentes en Filipinas, la propaganda franquista no tuvo reparos en informar de la gravedad de las noticias sobre Filipinas. Ello nos indica que, antes que calmar las aprensiones de los familiares, se buscaba principalmente llamar la atención hacia el exterior. Casualidad o no, el 14 de marzo, el mismo día que se anunciaba la llegada del nuevo Embajador de Washington en España, Norman Armour, comenzó la campaña en la prensa contra Japón. El diario Arriba señaló la pauta, con un artículo en el que, además de describir los daños contra España, se podía percibir una cierta autocrítica por no haberse dado cuenta a tiempo del peligro de “guerra de principios” que había supuesto el conflicto contra Japón: “España ha padecido en esta guerra la obsesión del peligro comunista”[35].
Al día siguiente, 15 de marzo, las noticias de Manila obligaron al Ministro Lequerica a interrumpir, precipitadamente y sin dar cuenta de ello la prensa, una visita con los embajadores americanos a los lugares colombinos[36]. Vuelto a Madrid, no tenemos constancia exacta de sus actividades durante estos días, pero parece que se dedicó principalmente a recoger información. De nuevo, las frustraciones se expresaron por medio de una orden a la prensa “sobre la información de la Guerra Chino-japonesa, en el sentido de destacar las victorias de la China de Chiang Kai-shek” y además, se prohibió toda noticia de fuente japonesa, e incluso cualquier información que mostrara simpatía por Japón, aunque fuera “muy velada”[37].
Lo más significativo de esta campaña de prensa a mediados de marzo contra Japón fue la referencia a un artículo de la revista norteamericana Newsweek, procedente de un corresponsal de la agencia Efe en Washington, Manuel Casares, que señalaba que las atrocidades reveladas sobre Manila venían justo en un momento en que el gobierno español estaba haciendo lo posible para mejorar las relaciones con los aliados. Estas podrían ser muy bien un motivo para España para declarar la guerra a Japón, aseguraba Casares, y además, acababa señalando que ello convertiría a España, automáticamente, en aliado de los Estados Unidos e Inglaterra[38]. El hecho de haber permitido la publicación de este texto indica claramente el deseo de tantear la reacción aliada, al tiempo que se radicalizaban los argumentos antijaponeses siguió en alza, llegándose a afirmar que los asesinatos de españoles habían sido ordenados desde Tokio[39].
Y siguiendo con el desarrollo de los acontecimientos en Madrid, el 20 de marzo fue la primera visita, de carácter oficioso, del Embajador Armour al Ministro de Exteriores, Lequerica, con quien habló de la indignación causada en España por las atrocidades japonesas. No se refirió a la posibilidad de romper relaciones o de declarar la guerra a Japón, pero Armour tenía preparada una respuesta para el caso de que hubiera surgido: la cuestión concernía únicamente al Gobierno español y los Estados Unidos no estaban en absoluto interesados en ello en esa fase última de la Guerra[40]. De haberla oído, habría sido una gran sorpresa puesto que marcaba un giro de 180 grados respecto a las anteriores incitando a la ruptura con Japón, expresadas por Hayes a Franco y a él mismo en el otoño. No sólo el gobierno español manejaba distintas opciones ante Japón, sino también en el americano había diferentes opiniones ante las implicaciones que podría tener esa creciente tensión hispano-japonesa; la más contemporizadora era la expresada por Hayes y en esta otra más radical estaría implicado personalmente Armour.
Para conocer mejor este cambio conviene que retomemos la opinión de Washington ante las relaciones hispano-japonesas desde la última vez que un diplomático suyo, Butterworth, había sugerido a Lequerica romper con Japón, el 23 de febrero de 1945. Este sustituto temporal de Hayes, encontrando al Ministro dispuesto a ello, informó a Washington de su convicción de poder conseguir la ruptura de España con Japón, caso de que se presionara lo suficiente. Por ello, el Departamento de Estado encargó a John Wickerson, de la Oficina de Asuntos Europeos, si tal ruptura sería conveniente o no para los intereses estadounidenses. En el plano militar, Wickerson comprobó pronto que las ventajas para Estados Unidos serían escasas y señaló que esa posible ruptura hispano-japonesa caía totalmente al campo de lo político. En este aspecto, pesaron principalmente las críticas que podría recibir Washington caso de que España pasara a estar en el bando aliado y, por ello, se consideró mejor no tomar ninguna iniciativa, ignorarlo[41]. En consecuencia, la Embajada en Madrid recibió la siguiente instrucción: “Al gobierno español le agradaría recibir alguna sugerencia para que rompan relaciones con Japón… Si algún funcionario español le pregunta sobre su opinión, deberá responder que el Gobierno estadounidense no tiene interés tanto en si el gobierno español mantiene o rompe relaciones con Japón”[42]. El agregado militar de Londres, Windam W. Torr, también recibió sugerencias directas de Lequerica sobre una posible participación de España en la Guerra contra Japón y se mostró reservado, puesto que no acababa de asimilar el giro español hacia Japón, aunque no opuesto. No obstante, la postura de Washington fue la que marcó la pauta; aunque el Foreign Office a este cambio de postura española, difícilmente podía tomar una iniciativa independiente del Departamento de Estado en un aspecto relativo a la Guerra del Pacífico[43].
Japón intentó la ayuda de Berlín para mejorar las relaciones, pero su postura no refleja una preocupación excesiva sobre la tensión entre sus dos antiguos aliados en parte porque ya habían previsto el incremento de la presión aliada sobre España con la llegada de Norman Armour, quien suponían intentaría remover totalmente la influencia que aún les quedaba. El problema entre Madrid y Tokio fue visto por algunos como fundamental para la presencia alemana en España, pero no hay pruebas de que fuera una visión generalizada y aunque Berlín ordenó la mediación a su encargado de negocios en Madrid, von Vibra, no fue por iniciativa propia. La orden fue enviada tras solicitarlo el Embajador nipón en Berlín, Ôshima Hiroshi, tras una orden desde Tokio y su actuación se limitó a dos entrevistas los días 2 y 3 de abril, con Suma y con Lequerica. Este se limitó a asegurarle que el incidente no enturbiaría las amistosas relaciones hispano-alemanas[44]. El papel marginal de Alemania aparece tan obvio como su escasa preocupación por la tensión entre España y Tokio, que llega a sugerir, incluso, un alivio porque la necesidad de tomar medidas para contentar a los aliados se desviaba hacia Japón. Japón se había convertido en el chivo expiatorio.
La campaña propagandística, en definitiva, era una respuesta necesaria al definitivo avance aliado e iba dirigida, principalmente, a tantear la reacción exterior; la falta de autocensura al cuantificar los muertos españoles en Filipinas, o el relajamiento en la censura de prensa sobre los corresponsales extranjeros así parecen indicarlo. Antes de aventurarse a tomar una postura, Madrid buscó que los corresponsales de prensa y sus gobiernos especularan sobre la reacción de Madrid antes las masacres en Manila, desde las predicciones de ruptura diplomática a las de una futura declaración de guerra[45]. Así lo suponía la Embajada estadounidense, y los hechos posteriores sugieren que sus suposiciones eran ciertas.
Y cuanto más se acercó el momento de la decisión ante Japón, más se agudizaron las dudas del gobierno español sobre qué postura tomar. Dos órdenes contradictorias a los funcionarios del Ministerio de Asuntos Exteriores respecto a un cóctel ofrecido por el Ministro Suma las muestran claramente. Mientras que el día 21 fue distribuida una nota en el Ministerio autorizando a asistir (“El Sr. Ministro se ha servido disponer que los funcionarios que están invitados al Cóctel que da el Ministro del Japón el día 22 procuren asistir dando una impresión de completa normalidad”)[46], al día siguiente, la orden fue de signo contrario (“Anulando la consigna anterior de que se asista al cóctel que da hoy el Ministro del Japón, el Sr. Ministro se ha servido considerar que ni los funcionarios de este Ministerio ni sus familias asistan a dicha fiesta”)[47]. La razón de ese cambio hubo de estar en una cena privada ofrecida por Armour a Lequerica la noche que medió entre esas dos notas. No hemos encontrado un informe suficientemente extenso de lo tratado en esa cena, sino sólo la referencia a unas afirmaciones del Ministro en el sentido de que el gobierno español estaba tomando los procedimientos necesarios para declarar la guerra, que Portugal sería consultada de acuerdo con el Pacto Ibérico y que la actitud de Suma en una entrevista en su despacho había sido bastante insatisfactoria[48]. La preparación para una acción de algún tipo contra Japón seguía y una tentativa al agregado militar británico, Windam W. Torr, el día 17, a la que ya nos hemos referido ligeramente, había sido un prolegómeno de lo que haría ante Estados Unidos. Solo había habido una idea clara: era necesario hacer algo inmediatamente.

 

La ruptura paulatina

Como colofón de esa nueva postura de dureza, el 22 de marzo de 1945 se decidió el fin de la representación española de los intereses japoneses en países americanos y la Nota Verbal fue enviada con un motorista al finalizar ese cóctel sin asistencia de funcionarios de Exteriores[49]. Esta Nota era una larga relación de los diferentes motivos de queja y los actos de barbarie cometidos por los japoneses, especificando en un capítulo especial el caso de la Compañía General de Tabacos. La nota incluía, además, la visión hispana de la mano directa de Tokio en la sistemática persecución a los españoles y, tras solicitar la designación de una nación sucesora para representar los intereses japoneses en los países donde los hacía España, concluía: “El gobierno considera este problema en todo su alcance y, sin perjuicio de exigir ahora satisfacciones inmediatas, no puede olvidar hasta qué punto tales atropellos, incluso si fueran reparados los reparables, han herido los sentimientos españoles y en especial los de fraternidad con nuestros hermanos filipinos”[50].
Al día siguiente, el 23 de marzo, se intensificaron los ataques a Japón en la prensa a partir de un despacho de United Press (firmado por su corresponsal en Manila y citando al Padre Tomás Tascón, Rector de la Universidad de Santo Tomás) que los diarios Ya, ABC y Arriba publicaron en primera página. Toda la prensa nacional trató sobre el tema ese día, incluido El Alcázar, un periódico que había evitado las críticas a Japón[51]. Pueblo titulaba su editorial “La barbarie amarilla”, Madrid “La furia amarilla contra lo hispánico” e Informaciones se remontaba al pasado y recordaba el mal efecto producido en España por un discurso del ex-presidente pro-japonés, Laurel, en tagalo. El fin de la representación de los intereses japoneses, aparentemente, fue un nuevo paso en esos intentos de tentar la reacción exterior mientras se preparaba el camino para medidas más duras.
Las reacciones al fin de la representación hispana de los intereses japoneses en América fueron dispares y por ello es conveniente nos detengamos brevemente en ellas. Los aliados acordaron, siguiendo con la política decidida en Washington, ignorar la postura española; el Departamento de Estado norteamericano declaró: “Es indiferente para nosotros”[52] y Londres calificó la decisión española de “puro oportunismo”, aunque señalaba que “sería distinto una declaración de guerra a Alemania”[53]. Washington, además, añadió: “Caso de que España declare la Guerra a Japón, al régimen de Franco no se le concedería ningún crédito por este hecho”[54]. En los círculos gubernamentales de los países del Cono Sur que habían podido mantener una neutralidad, por su parte, la reacción fue positiva. Ambos lo vieron como un camino paralelo al que ellos también debería de andar, presionados como estaban por Washington: Chile declararía la guerra a Japón el 12 de abril, el mismo día que España rompería relaciones, y Argentina se alegró de la decisión española como un camino previo para una declaración de guerra suya a Japón, puesto que ya era tarde para declararla a Alemania[55]. La reacción de Portugal, no obstante, era la más esperada por Madrid. La muerte de 13 portugueses en Filipinas había producido también una condena del régimen japonés por Lisboa, y su prensa fue autorizada a recoger la información proveniente de los periódicos hispanos. No obstante, aunque aparecieron algunos artículos críticos hacia Japón, no hubo una campaña propagandística en busca de unos fines políticos, como en España. Madrid no pudo sentirse apoyada por Lisboa en esa creciente tensión con Japón.
La reacción japonesa, por su parte, aparece como ingenua. Teniendo como objetivo simplemente mantener el statu quo, Suma intentó atemperar las quejas hispanas por medio de dinero. Habló con Lequerica el mismo día del fin de la representación de intereses y después, de forma muy optimista, aseguró a su gobierno que con una indemnización se podía prevenir que la situación empeorara. Este aparente optimismo le llevó a afirmar que quizás se podría conseguir que España volviera a asumir la protección de los intereses japoneses, mientras que el Agregado Militar, Sakurai Keizô, se expresó en términos parecidos y descartaba que fueran a darse pronto “pasos finales” contra Japón. El gobierno de Tokio, por su parte, intentó evitar mayores fricciones con Madrid, por lo que la noticia del fin de la representación de intereses por España fue publicada sin comentarios, mientras que se ordenó a su Legación en Madrid una mayor cautela en la recogida de información confidencial[56]. Suma elaboró inmediatamente un plan tendente a la vuelta al status anterior basado en el pago de indemnizaciones urgentes, presentándolo al gobierno español el 2 de abril, antes aún de haber recibido la autorización desde Tokio. Propuso una investigación independiente para el estudio de los crímenes en Manila junto con una aportación espontánea al “fondo de socorro de las víctimas necesitadas”, dentro de un acuerdo que permanecería secreto[57]. El Gaimushô no tenía otra opción que agarrarse a un clavo ardiendo. Por último, y como ejemplo de los diplomáticos españoles en Asia, Santiago Méndez de Vigo, el embajador español en Tokio, también intentó en lo posible desactivar la tensión, algo natural pensando en su propio problema personal: si España entrara en guerra con Japón era previsible que empeoraran sus ya largas privaciones en el pueblo montañoso de Karuizawa. Así, además de dejar de informar sobre la detención del hermano de la canciller de la Legación (acusado de pasarle información del puerto de Yokohama), informó del inminente cambio de gobierno y se refirió muy positivamente a una entrevista con el Viceministro del Gaimushô, Sawada, en la que se había concluido con la voluntad de encontrar una solución: “Por tono y manera recibirme mi impresión no es pesimista, aunque habrá que esperar hechos que la confirmen”[58]. Pero poco podía hacer Méndez de Vigo, que se había enterado del fin de la representación por la prensa[59].
Madrid podía esperar poco en esos momentos de las gestiones diplomáticas, cuando los beneficios por medio de la propaganda podían ser mayores. No parece que influyeran ni las indemnizaciones prometidas por Suma ni las sugerencias del Embajador en Tokio; el subsecretario de Exteriores llegó a afirmar a los representantes aliados que Japón no podría pagar las reparaciones demandadas y, por ello, España “tendría que tomar el paso lógico de romper las relaciones, y posiblemente de declarar la guerra”[60]. La tensión hispano-japonesa había ya dejado de ser bilateral y la campaña de prensa subía de tono progresivamente, insistiendo en la idea de que los españoles habían sido los principales objetivos del Imperio Japonés[61].
Efectivamente, se dio ese nuevo paso. El Consejo de Ministros se reunió el día 11 de abril y decidió la ruptura de relaciones diplomáticas con Japón. La decisión se comunicó en una Nota Verbal entregada por el Director de Asuntos Generales a Suma que recordaba la nota anterior de 22 de marzo. Señalaba la penosa impresión producida en el gobierno español por los sucesos de Manila: “Los mencionados hechos son tanto más lamentables cuanto que interrumpen una larga tradición de amistad entre España y Japón, de la que España ha dado constantes pruebas, algunas de ellas muy recientes” y comunicaba que las conductas en Manila “en especial por lo que se refiere al Consulado de España y edificios y personalidades oficiales … son incompatibles con el mantenimiento de una normalidad amistosa entre los dos países. En consecuencia el gobierno no considera posible el seguir manteniendo relaciones diplomáticas … sin perjuicio de mantener la reclamación de indemnización que ha sido presentada a este último por las pérdidas de vidas”[62].
Es imposible saber exactamente si lo que acabó decidiendo el gobierno fue tomar una postura definitiva o bien seguir tanteando la reacción ante una posible declaración de guerra; sin actas de ese Consejo de Ministros ni estando abiertos a la consulta los archivos militares, es difícil saber las intenciones de Franco. La documentación sugiere que la ruptura se hizo con la intención de poner punto final a la tensión; la Nota Verbal es menos beligerante que en la ocasión anterior y la amenaza se limita a la reclamación de indemnizaciones, mientras que los periódicos no parecen concederlo especial atención, sin indicar nada especial sobre las perspectivas futuras del gobierno[63]. Los rumores, por su lado, eran más alarmantes, y el embajador norteamericano oyó que el Gobierno español intentaba declarar la guerra a Japón en dos ó tres semanas y durante ese tiempo se intentaría arreglar la evacuación de los súbditos en Japón[64].
Caso de ser cierta esta información, nos indicaría que el gobierno de Franco seguía la política de tantear la reacción exterior y, por tanto, la ruptura de relaciones sería un nuevo paso tentando un aprovechamiento más a fondo de la enemistad con Japón. Pero, después del 12 de abril, no volvemos a encontrar ningún nuevo hecho que indique una agudización de la tensión con Japón. Las medidas que se tomaron a partir de entonces se limitaron a la galería, tales como la obligación del personal de la Embajada de concentrarse en unos edificios de los que pronto se les permitió salir, inclusive para disfrutar de las vacaciones de verano. Y el 11 de mayo, finalmente, podemos ver que la ruptura paulatina con Japón no llegaría a una declaración bélica. Un artículo de Arriba traía un matiz diferente dentro de la ya decaída campaña antijaponesa; repetía la imposibilidad española de mantenerse neutral en el conflicto con Japón, puesto que en Filipinas “el Japón … se dedicó a la caza del español”, añadiendo que “pocas veces ha sido nuestra patria objeto de una actitud tan villana y de una desconsideración tan criminal”. Pero entre esta retórica ya conocida, aparecía por primera vez el rechazo expreso a cualquier aventura militar y se señalaba: “La inhibición militar en el drama del mundo sigue siendo el eje de nuestra política internacional”[65]. Por primera vez, aparecen pruebas de que Madrid había renunciado a la guerra. Madrid hubo de darse cuenta pronto que no era conveniente seguir la escalada de la tensión y, en consecuencia, ésta se detuvo en la ruptura de relaciones. El gobierno de Franco, finalmente, no pasó el Rubicón de la declaración de guerra, a pesar de las sugerencias que desde mediados del mes de marzo les hicieron a los aliados. No se dieron más vueltas de tuerca.

 

Madrid, ante una declaración de guerra

Ese artículo en el órgano falangista muestra que había finalizado el giro de la política española hacia Japón a lo largo del período del Ministro Lequerica. En este punto, es conveniente una reflexión sobre éstas tensiones con el fin de entender mejor la relación de Madrid hacia el exterior durante el régimen de Franco. Por ello, vamos a estudiar cuáles fueron las razones que evitaron llegar a la declaración de guerra, estudiando primero las influencias moderadoras para intentar vislumbrar después los verdaderos objetivos del gobierno de Madrid.
Hubo cuatro principales influencias moderadoras: los regímenes amigos, los Aliados, las divisiones internas y los acontecimientos internacionales. Dos capitales claves para la política exterior española de entonces, el Vaticano y Lisboa, se mostraron pronto en contra de los planes del gobierno franquista. En el primer caso, sólo hemos podido encontrar rumores, recogidos por la Embajada Británica en Madrid. Hablaban de la intercesión del Vaticano en contra de la guerra a Japón por medio de Manuel Aznar (un personaje de quien se afirmaba tenía fuerte influencia sobre el Ministro Lequerica) y la razón sería el peligro para los misioneros católicos españoles residentes en el territorio chino aún ocupado por los japoneses[66]. En el caso de Lisboa, desde comienzos de año su antigua tensión con Japón había sido superada por la de España. Ya no estaba interesada en un posible conflicto porque pocas ganancias podría obtener y, antes al contrario, la precaria situación de Macao se podría ver alterada. Además, sus daños en Filipinas habían sido menores. Pero la razón principal de esa oposición de Lisboa hubo de ser el recelo a ir políticamente detrás de España, máxime en una región donde desde un principio había ocurrido lo contrario. En el Foreign Office se dieron cuenta del hecho: “… pienso que se puede dar por sentado que, incluso si España declara la guerra a Japón, el Dr. Salazar no accederá a llevar a Portugal simultáneamente. Sería contrario a su idea de la “Dignidad Nacional de Portugal” seguir la estela española de esta forma”[67].
La fría reacción de Estados Unidos y el Reino Unido a la disposición española a romper relaciones fue expresada claramente. Hubo de sorprender a Lequerica y a Franco, puesto que el embajador Hayes les había solicitado repetidamente una postura más dura ante Japón. No obstante, un informe de febrero de 1945 llevó a la decisión de ignorar un posible agravamiento en las relaciones hispano-japonesas. Si la decisión de romper hubiera sido a lo largo del mes de enero o de febrero, Madrid habría encontrado una postura aliada, si no más abierta, sí mas indefinida[68]. El Embajador Cárdenas también se mostró sorprendido por la actitud aliada y recapacitó después sobre este cambio. Rememoró sus impresiones de que el ambiente en Washington era lo suficientemente proclive a la ruptura como para haber promovido el envío de artículos sobre Filipinas como el antes mencionado de Manuel Casares. Habían de “facilitar al gobierno [de Madrid] elementos para preparar la efervescencia española contra el Japón si convenía hacerlo, como desde aquí parecía”[69]. Cuando comenzó a percibir una actitud negativa fue tras la ruptura de intereses, el 23 de marzo: “han llegado a mí rumores de que aquí están alarmados ante nuestra actitud con Japón y ante una posible declaración guerra, llegando algunos a creer que se había encargado al Embajador Estados Unidos en Madrid que tratase de evitar esto último”[70].
En tercer lugar, el propio gobierno español hubo de tener también opiniones encontradas ante la tensión con Japón, aunque Lequerica le dijera a Armour que la decisión de romper las relaciones había sido adoptada por unanimidad[71]. Documentación dispersa muestra que también hubo reacciones desfavorables a las medidas antijaponesas dentro del régimen (inclusive al fin de la representación o a la ruptura), principalmente por la impresión de oportunismo. El Cónsul General de España en Tánger, por ejemplo, mostró ante sus colegas aliados su oposición a una posible declaración de guerra por pensar que supondría “una pérdida de la dignidad nacional” y aseguró que su opinión era la de la mayoría de los españoles[72]. No podemos olvidar la postura contraria de la Iglesia Católica. Si ya hemos visto que llegó a pedir ayuda al Vaticano, también hubo de movilizarse. Ejemplo de ellos serían las preguntas oficiales, por medio del Consejo Superior de Misiones, sobre el estado de los misioneros residentes en Japón y sobre las facilidades para abandonar el país. Tampoco hubo de estar ajena a unos proyectos para organizar un intercambio entre españoles y japoneses[73].
Finalmente, los acontecimientos internacionales, por otro lado, parecen haber influido también en detener la tensión con Japón, por hacerla innecesaria para los intereses españoles. La muerte de Franklin D. Roosevelt, precisamente el día de la ruptura de relaciones con Japón, obligó a un compás de espera. Por otro lado, el III Reich se desmoronó definitivamente y el propio Doussinague señala que, una vez los ejércitos norteamericanos traspasaron el Rhin, “la guerra entró en barrena y no hubo lugar que España pudiese actuar en el Pacífico, como hubiera ocurrido en otro caso”[74].
La necesidad propagandística tuvo un papel prioritario y estuvo planteada de forma selectiva. Es obvio, en primer lugar, que la relación con Japón se pensaba en función de Washington; se sabía muy bien que el odio contra los japoneses era allí mucho mayor que contra los alemanes y era una baza muy importante para aprovechar[75]. La marginación progresiva de Londres no era un secreto para nadie, pero no deja de ser significativa en el conjunto de las relaciones exteriores de España en la posguerra, ya apuntada por los propios británicos en un comunicado en una fecha tan cercana al cenit de la tensión como el 6 de abril[76].
La campaña de propaganda para demostrar a los Estados Unidos que España también era víctima de la barbarie japonesa, por tanto, aparece como elemento clave. Para comprenderla mejor, no obstante, sería conveniente retroceder a hechos anteriores al conocimiento de las matanzas en Manila, porque indican que estaba prevista con antelación, aunque su magnitud la pudo agrandar. El 26 de enero, un artículo en el diario Ya (el primer diario que se había atrevido a alabar al Kuomintang chino, en el año 1943) señaló sobre el próximo fin de la lucha en Filipinas: “liberará la principal amenaza japonesa para los españoles y sus propiedades, puede muy bien quitar un obstáculo importante” para la ruptura de relaciones con Japón[77]. Después, durante los días en que se estaba produciendo la batalla, un funcionario de Exteriores le dijo a un colega suyo estadounidense que la información sobre Filipinas estaba siendo considerada “a los más altos niveles” y que, aunque no podía predecir su naturaleza, “estaba seguro que la acción más enérgica de España estaba más cercana”[78]. Por último, una vez que la prensa comenzó a informar de los asesinatos en Manila e incluso a sugerir una posible declaración de guerra, uno de los comentarios en el Foreign Office británico indica que el uso de la baza antijaponesa estaba ya en marcha: “Esto es el principio de la campaña de prensa antijaponesa que Madrid nos avisó que iba a venir”[79].
Ante el final de la ocupación de Filipinas, Madrid aparentemente tuvo previstas medidas antijaponesas para acercarse a los Aliados y el sangriento fin de la presencia japonesa le vino como anillo al dedo para esa credibilidad Anti-Eje que tanto necesitaba. Estuvo incluso prevista la celebración de un mitin multitudinario para protestar contra la destrucción japonesa de la Universidad de Santo Tomás, presidido por su antiguo rector, el padre Silvestre Sancho[80]. Así, la noticia de las matanzas de españoles en Manila ofrecieron al intimidado régimen franquista una baza política prevista e importante cuando más lo necesitaba. Pero si bien las noticias de Manila justificaron y avivaron la campaña de prensa, otros acontecimientos contribuyeron a detener la tensión. Se había esperado demasiado y la imagen de oportunismo se había hecho demasiado evidente.
El objetivo último hubo de ser la entrada en la Conferencia de San Francisco, que daría lugar a la fundación de las Naciones Unidas. Durante la guerra, cuando los aliados preguntaron la relación que podría tener esa ruptura hispana con la participación en la Conferencia de San Francisco, el Ministerio de Exteriores lo negó rotundamente, alegando que era un asunto puramente bilateral “y que España no estaba intentando por ello obtener ningún puesto en conferencias de guerra o de paz”[81]. Esta respuesta tan falsa demuestra que España no podía reconocer tan abiertamente su necesidad de jugar la baza japonesa. Se pensaba, obviamente, en la posguerra y el telegrama ya citado de Cárdenas, escrito cuando aún no se sabía la postura aliada en contra, nos lo expresa mas sinceramente: “ello [la posible ruptura] podría ser una medida adecuada para contrarrestar la actitud que temo adopte Rusia contra España en San Francisco … La declaración de guerra al Japón haría de España una de las Naciones Unidas. Es posible y aún probable que en virtud de las circunstancias del momento, a pesar de ello, no se nos invite ya a la Conferencia de San Francisco, pero sí creo podría con ello impedirse, tal vez, el veto de Rusia a nuestra entrada en la organización mundial que se va a crear, pues al ser España una aliada de Inglaterra y Estados Unidos en la Guerra contra Japón, ello parece nos debería dar derecho a sentarnos en la mesa de la paz y a entrar desde luego a formar parte de la referida organización”[82].
Esta referencia a Moscú no parece casual, puesto que la URSS había de ser el principal obstáculo para la integración plena de la España de Franco en el concierto de las naciones. Ya en la primera conversación del Embajador Armour con el Subsecretario de Exteriores, Cristóbal del Castillo, éste se había referido a una posible evacuación de la colonia de españoles en Japón pasando por los territorios soviético y sueco. Y puesto que Madrid no tenía relación con la Unión Soviética, Del Castillo aparentemente pensó que los Estados Unidos podrían hacer algo por ayudarles y aprovechó para espetar, a modo de explicación, que él mismo estaba a favor de tener relaciones oficiales con los Soviets y concluía, según escribió el americano: “Si tal procedimiento [establecimiento de relaciones entre Madrid y Moscú] fuera seguido, ello tendría la ventaja añadida de crear una atmósfera más favorable hacia los Soviets y en ese momento él sintió que ésto era un factor importante a tener en cuenta”[83].

 

Conclusión

Es difícil saber si fue efectivo o no el uso de la tensión con Japón para conseguir ese objetivo de acercamiento a Estados Unidos tan buscado por Franco. El Gobierno español había de intentar moderar la oposición soviética a su entrada en la Conferencia de San Francisco. No lo consiguió, y ésta parece la razón por la que estos intentos de romper con Japón quedaran olvidados y guardados: no hubo resultado aparente. No obstante, la iniciativa contra Japón sólo fue una parte de la ofensiva montada pensando en la posguerra mundial y los resultados han de estudiarse de una forma global y en un plano más alargado en el tiempo. Si bien no se consiguió esa deseada participación en la Conferencia de San Francisco, ello no debe reducir su importancia: es necesario conocer tanto lo que pasó como lo que dejó de pasar si queremos conocer y llegar a entender lo que se pensaba en esos momentos. La propaganda, además, puede inculcar unas ideas que no necesariamente han de tener un efecto inmediato. No hemos de olvidar que, en la posguerra, la identidad de objetivos con Estados Unidos en Asia Oriental contribuyó a acabar con el aislamiento del régimen de Franco. Para llegar al final fin de ese aislamiento del régimen fueron necesarias otras crisis en las que también Asia y Japón estuvieron presentes: la victoria del partido Comunista Chino, el auge guerrillero en el sudeste de Asia y, principalmente, la Guerra de Corea[84]. Un conflicto, por cierto, en el que Franco también intentó participar.

Notas
[1] Abreviaturas utilizadas: ABE: Archivo del Banco de España, Madrid; AMAE: Archivo del Ministerio de Asuntos Exteriores. Archivo Renovado, Madrid; GSK: Gaimu Shiryô Kan (Archivo del Ministerio de Exteriores japonés), Tokio; APG-JE: Archivo de Presidencia de Gobierno. Sección Jefatura de Estado, Madrid; ARE: Archive du Ministère français des Affairs Étrangères, París; MS: Magic Summaries; PRO-FO: Public Record Office, Foreign Office, Londres y WWII: Department of State Decimal File relating to World War II, 1939-1945.
[2].- Javier Tusell lo califica como “político fascistizado”, en Franco, España y la II Guerra Mundial. Entre el Eje y la Neutralidad. Madrid, Temas de Hoy, 1995. p. 51.
[3].- Hugues, John, Report from Spain, New York, 1972 (1ª ed., 1947), p. 100.
[4].- Dato suministrado en una entrevista con el Embajador alemán Dieckhoff, Telegrama de Suma a Shigemitsu, Madrid, 23 de agosto de 1944 en MS de 27-VIII-1944.
[5].- Cárdenas a Lequerica, Washington, 13 de marzo de de 1944. AMAE, Leg. 1736, exp. 39. El nuevo gobierno fue congratulado en la prensa española, pero ciertamente no de forma excesiva. Ver Lequerica a Cárdenas, Madrid, 19 de agosto de 1944. AMAE, leg. 1844, exp. 5. En Mundo, en “Noticiario”, núm. 226 de 4 de septiembre de 1944 y en núm. 232, 8 de octubre de 1944. En Arriba, 20 de agosto de 1944. Sobre la necesidad de España de apoyar a este gobierno, Suma a Shigemitsu, Madrid, 14 de septiembre de 1944.GSK, Honta Kiroku.
[6].- Ver MS de 7, 8, 14 y 21 de julio y 10 de agosto de 1944.
[7].- Telegrama de Morishima a Shigemitsu, Lisboa, 9 de agosto de 1944, en MS de 16 de agosto de 1944. Ver también Marquina Barrio, Antonio, España en la Política de Seguridad Occidental. Col. Ediciones Ejército. Madrid, Estado Mayor del Ejército, 1986, pp. 97-106.
[8].- Javier M. de Bedoya, Agregado de Prensa de la Legación de Lisboa, al Vicesecretario de Educación Popular, Lisboa, 2-VI-1944. APG-JE, 4-2.
[9].- España representaba los intereses japoneses en la mayoría de los países americanos desde el comienzo de la guerra. Véase mi artículo “Difícil y sin apoyos políticos. La Representación por España de los intereses japoneses durante la Guerra del Pacífico”, en Espacio, Tiempo y Forma, Serie V, Historia Contemporánea. vol. 8 (Madrid, 1995), pp. 179-194.
[10].- Suma a Shigemitsu, Madrid, 14 de agosto de 1944, en MS de 30 de agosto de 1944.
[11].- Río Cisneros, Agustín del, Viraje Política Español de la II Guerra Mundial, 1942-45 y Réplica al Cerco Internacional, 1945-46. Madrid, Ediciones del Movimiento, 1965, p. 326.
[12].- Nota en MS de 25 de septiembre de 1944 basada en información proporcionada por la Embajada norteamericana en Madrid. Hayes se había entrevistado con Lequerica el 29 de agosto y con Franco el 1 de septiembre.
[13].- Entrevista celebrada el 9 de septiembre de 1944. En HAYES, J.H. Carlton, Misión de Guerra en España, Madrid, Ediciones y Publicaciones Españolas, 1946, pp. 332-333.
[14].- En MS de 1 de septiembre de 1944, probablemente censurado y referencia a ello en MS de 25 de septiembre de 1944.
[15].- Ello, a propósito de una presunta sugerencia de Lequerica a Hayes en el sentido de que, si Portugal rompía relaciones con Japón a causa de Timor, España debería seguirla teniendo en cuenta el Pacto Ibérico. Suma se entera, aparentemente, porque el Consejero de la Embajada de los Estados Unidos se lo había dicho a una “persona en contacto con su Legación”. En MS de 25 de septiembre de 1944.
[16].- Carlton, o. c., p. 329.
[17].- Sobre ello su pueden ver las memorias de Hayes, ya mencionadas, y el comentario del representante provisional del gobierno francés en Madrid.Telegrama de Jacques Truelle a Georges Bidault, Argel, 25 de septiembre de 1944. ARE. Europe 1944-49. Espagne Núm. 80. exp. 813. Espagne-Etats Unis.
[18].- Instrucciones a la prensa de 2 de octubre de 1944. Río Cisneros, o. c., pp. 365-366.
[19].- No se recibían desde diciembre de 1943. Sobre este tema véase ABE. Secretaría Instituto Español de Moneda Extranjera. Caja 27.
[20].- Nota de 6 de noviembre de 1944.
[21].- MS 27-IX-1944. Véase también el telegrama de Suma a Shigemitsu, Madrid, 23 de septiembre de 1944, sobre conversación con el consejero alemán Kempe en MS 1de octubre de 1944. Otras informaciones de Suma sobre el proceso de acercamiento a los aliados en GSK. Honta Kiroku.
[22].- MS de 21 de noviembre de 1944.
[23].- MS de 24 de noviembre de 1944.
[24].- MS de 10 de diciembre de 1944.

[25].- El Embajador Cárdenas llegaba a pensar que incluso Argentina, el país que había tenido una postura más cercana a España, podía también declarar la guerra. Telegrama de Cárdenas a Lequerica, Washington, 8-II-1945. APG-JE, leg. 5 exp. 3.
[26].- En MS de 2 de febrero de 1945. Esta nueva enemistad con Japón que estaba plenamente asumida en España, con muy escasos personajes dentro del régimen franquista que siguieran mostrando una postura pro-japonesa. Además del cuñado de Franco, sólo hemos encontrado una felicitación de Agustín Muñoz Grandes, el antiguo General en Jefe de la División Azul y en esos momentos principal ayuda de Campo del General Franco, en octubre de 1944, por una presunta victoria de Japón al este de Formosa. Telegrama de Suma a Shigemitsu, Madrid, 18 de octubre de 1944, en MS de 22 de octubre de 1944.
[27].- Telegrama de Lequerica a Méndez de Vigo, Embajador de España en Japón, Madrid, 23 de abril de 1944 y Méndez Vigo a Lequerica, Tokio, 3 de diciembre de 1944. AMAE, 1738-3 y Telegrama de Méndez Vigo a Lequerica, Tokio, 26 de diciembre de 1944. APG-JE, leg. 4, exp. 12.
[28].- MS de 5 y 28 de febrero de 1945.
[29].- Sobre su papel a lo largo de la guerra en Manila, véase mi “Falange en Extremo Oriente, 1936-1945”, en Revista Española del Pacífico, vol. III (Madrid, 1993) pp. 85-111 y concentrado en el caso filipino, “Spanish Falange in the Philippines, 1936-1945”, Philippine Studies, vol. 43 (1995), pp. 3-26.
[30].- Méndez de Vigo escribía de forma premonitoria: “Si hechos sangrientos se produjesen en Filipinas … la colonia española consideraría que una parte de la culpa sería de los que le privaron de su protector legal”. Méndez de Vigo a Lequerica, Tokio, 27 de enero de 1945. AGA-AE, Caja 5121.
[31].- Río Cisneros, o. c., p. 367. Queja estadounidense en Memorándum “personal, oficioso y confidencial” al Ministerio de Asuntos Exteriores, Madrid, 8 de enero de 1945. AMAE, 1373, exp. 23a.
[32].- Las primeras noticias sobre la Batalla de Manila llegaron a España, al parecer, por medio de la Orden de Predicadores y a los pocos días, cuando aún se libraba la batalla, Madrid ordenó al Embajador en Estados Unidos, Francisco José de Cárdenas, solicitar información oficial sobre la destrucción de la Universidad de Santo Tomás y sobre la colonia española. Cárdenas a James C. Dunn, Assistant Secretary en el Departamento de Estado, Washington, 20 de febrero de 1945. El 27 de febrero, Cárdenas confirmó por primera vez las noticias sobre una masacre de misioneros agustinos cometida con inusitada crueldad.Cárdenas a Lequerica, Washington, 27 de febrero de 1945. Después de algo más de una semana llegaron a Madrid las primeros telegramas del representante de España en Manila, el cónsul Castaño, a través de las autoridades norteamericanas. Cárdenas a Lequerica, Washington, 7 y 8 de marzo de 1945. AMAE, 2910-12.
[33].- Lequerica a Cárdenas, Madrid, 10 de marzo de 1945. AMAE-P. Castaño. No aparece por escrito ninguna relación entre la entrevista sobre la ayuda a los españoles y la salida de Castaño.
[34].- Se propuso enfocar la tarea de reconstrucción en la Universidad de Santo Tomás. Informe de Alvaro Seminario, con conforme de Cristóbal del Castillo y Lequerica, a Francisco Franco, Madrid, 13 de marzo de 1945. APG-JE, leg. 3 exp. 2.
[35].- Arriba, 14 de marzo de 1945. Comentario sobre ello en Embajada Británica en Washington al Departamento de Estado, Washington, 21 de marzo de 1945. WWII, rollo 752. Para un artículo anterior a la campaña antijaponesa, ver Arriba, 19 de marzo de 1945: “Los aliados se preparan para asestar el golpe mortal al Japón. A pesar de ello se piensa que los nipones pueden alargar su defensa indefinidamente. Cuanto más se acerca su asfixia es más dura la resistencia japonesa”. Para otra narración de los sucesos de Manila, Doussinague, José Mª., España tenía razón (1939-1945). Madrid, Espasa Calpe, 1949, p. 348.
[36].- La prensa no informó de ello. Doussinague, o. c., p. 348.
[37].- Río Cisneros, o. c., p. 401.
[38].- En Madrid también circuló el rumor de que España rompería relaciones con Japón, si no declaraba la guerra, antes de la Conferencia de San Francisco. Sobre ello Bowker a Foreign Office, Madrid, 18 de marzo de 1945. PRO-FO, Serie 371, exp. 49635 y Butterworth a Departamento de Estado, Madrid, 17 y 22 de marzo de 1945. WWII, rollo 248.
[39].- Telegrama de Cárdenas a Lequerica retransmitiendo uno del Cónsul Castaño. 19 de marzo de 1945. APG-JE, 5-3. Para un comentario norteamericano sobre la prensa de estos días, Butterworth a Secretario de Estado, Madrid, 20 de marzo de 1945.WWII, Rollo 248.
[40].- Conversación de Armour con el diplomático británico Bowker de la que informa a Londres. Bowker a Foreign Office, Madrid, 20 de marzo de 1945. PRO-FO, Serie 371, exp. 49635.
[41].- Memorándum de John Wickerson, Washington, 1 de marzo de 1945. WWII. Rollo 247.
[42].- Departamento de Estado a Norman Armour, Washington, 2 de marzo de 1945. Ibidem. Sus comentarios al representante francés en Truelle a Ministére des Affaires Etrangeres, Madrid, 21 de marzo de 1945. ARE, Europe 1944-49. Espagne núm. 80. Carpeta 813: Espagne-Etats Unis.
[43].- Bowker a Foreign Office, Madrid, 19 de marzo de 1945. PRO-FO, Serie 371, exp. 49635.
[44].- MS de 11 y 13 de abril de 1945.
[45].- Así opinaban en la Embajada de Estados Unidos. Butterworth a Secretario de Estado, Madrid, 24 de marzo de 1945. WWII. Rollo 248.
[46].- Nota firmada por Doussinague, Madrid, 21 de marzo de 1945. AMAE, leg. 3195, exp. 23.
[47].- Nota firmada por Doussinague, Madrid, 22 de marzo de 1945. Ibidem.
[48].- Las declaraciones las hace a un agregado militar, pero no queda claro en el texto si es al británico o al norteamericano. Bowker a Foreign Office y Lisboa, Madrid, 23 de marzo de 1945. PRO-FO, Serie 371, exp. 49635.
[49].- Entrevista con Hayashiya Eikichi, entonces agregado a la Legación. Tokio, 6 de febrero de 1992.
[50].- “… Revela la existencia de una orden emanada de las autoridades japonesas, según la cual la destrucción debía realizarse”. Ministerio de Exteriores a Legación del Japón, Madrid, 22 de marzo de 1945. AMAE, leg. 3195, exp. 25.
[51].- “Agresiones inadmisibles”. El Alcázar, 23 de marzo de 1945.
[52].- Memorándum del Departamento de Estado, Washington, 24 de marzo de 1945. WWII. Rollo 248.
[53].- Foreign Office a Embajada en Washington, Londres, 23 de marzo de 1945. PRO-FO, Serie 371, exp. 49346.
[54].- Telelegrama secreto e importante de Halifax a Foreign Office, Washington, 25 de marzo de 1945 y Foreign Office a los gobiernos coloniales, Londres, 26 de marzo de 1945.Ibidem.
[55].- Bulnes a Lequerica sobre una conversación con el Subsecretario de Negocios Extranjeros, Buenos Aires, 20 de marzo de 1945. AMAE, leg. 2910, exp. 7.
[56].- MS de 28 de marzo de 1945.
[57].- “Apunte estrictamente confidencial” de Legación de Japón a Lequerica, Madrid, 31 de marzo de 1945. AMAE, leg. 3195, exp. 25.
[58].- Telegramas nº 37 y 38 de Méndez de Vigo a Lequerica, Tokio, 5 de abril de 1945. Para la nota a Méndez de Vigo véase los telegramas nº 12 a 22 (enviados por Política Exterior) de Lequerica a Méndez de Vigo, Madrid, 22 de marzo de 1945. AMAE, leg. 3195, exp. 34.
[59].- Telegrama nº 33 de Méndez de Vigo a Lequerica, Tokio, 22 de marzo de 1945. AMAE, leg. 3195, exp. 30.
[60].- Bowker a Foreign Office, Madrid, 30 de marzo de 1945. PRO-FO, Serie 371, exp. 49635.
[61].- Arriba, 4 de abril de 1945.
[62].- Nota Verbal a la Legación de Japón, Madrid, 12 de abril de 1945, Lequerica a Méndez de Vigo, Madrid, 13 de abril de 1945 y Telegrama de Méndez Vigo a Lequerica, Tokio, 19 de abril de 1945. APG-JE, leg. 5, exp. 4. Telegrama secreto de Bowker a Foreign Office y Lisboa y también se informa a Shanghai y Pekín. Madrid, 11 y 12 de abril de 1945. PRO-FO, Serie 371. Exp. 49635.
[63].- El único periódico que publicó un editorial el 12 de abril sobre la ruptura fue Arriba.
[64].- Lo supo por medio del Embajador italiano, quien citaba como la fuente al diplomático Sangróniz. Armour a Secretario de Estado, Madrid, 12 de abril de 1945. WWII. Rollo 248.
[65].- “El “harakiri”, Filipinas y otros temas”, Arriba, 11 de mayo de 1945.
[66].- La conversación fue durante una comida el 20 de marzo con el Ministro Francés. Minuta de 26-III-1945, PRO-FO, Serie 371, exp. 49635 (Z3905/2246/G41). Ver también Bramwell a Derich, Madrid, 20-III-1945. Sobre esta colonia, ver mi artículo “Acabando con la prioridad de los lazos privados: Presencia Española en Extremo Oriente alrededor de 1945 / Ending the priority of private links: The Spanish presence in the Far East around 9145”, en Cuadernos de Historia, Vol. 1 (Estudios sobre Filipinas durante el período español / Studies on the Philippines during the Spanish period) Manila, Instituto de Cervantes de Manila, 1998, pp. 69-81 y 177-189. Aunque el tratamiento en el último año de la Guerra Mundial es muy escaso, el libro más apropiado para las relaciones con la Santa Sede es el de Marquina, Antonio, La Diplomacia Vaticana y la España de Franco (1936-1945). Madrid, CSIC, 1983, 710 pp.
[67].- Minuta de 26 de marzo de 1945. PRO-FO, Serie 371, exp. 49635 (Z4091/2246/41).
[68].- Habría sido difícil que le hubiera sorprendido totalmente, de cualquier forma, porque los norteamericanos descodificaban los mensajes diplomáticos españoles. Véase mi artículo “España, espiada por EE. UU. en la II Guerra Mundial” en Historia 16, nº 233 (1995), pp. 17-24.
[69].- Cárdenas a Lequerica, Washington, 28de marzo de 1945. APG-JE, leg. 5 exp. 3.
[70].- Telegrama de Cárdenas a Lequerica, Washington, 28 de marzo de 1945. APG-JE, leg. 5, exp. 3.
[71].- Armour a Secretario de Estado, Madrid, 12 de abril de 1945. WWII. Rollo 248.
[72].- Cónsul en Tánger a Foreign Office, Tangier, 24 de marzo de 1945.PRO-FO, Serie 371, exp. 49346 (Z4512/16/28) y Childs a Secretario de Estado, Tangier, 23 de marzo de 1945. WWII, rollo 248.
[73].- Varela, Jefe de la Sección de Relaciones Culturales, a Director de América, Madrid, 14-IV-1945.AMAE, 3195-25.
[74].- O. c., p. 349.
[75].- Ver MS de 2 de junio de 1943 y Dower, John W., War Without Mercy. Race and Power in the Pacific War, New York, Pantheon, 1986, 386 pp.
[76].- Comunicado interno secreto nº 151/45 del Agregado militar al Encargado de negocios británico, Madrid, 6 de abril de 1945. PRO-FO, Serie 371, exp. 49.629 y Buñuel, L. B., “La génesis del cerco internacional al Régimen de Franco, 1945-1947” en Espacio, Tiempo y Forma, Vol. I. (1988), p. 321.
[77].- Firmado por José Luis Colina y remitido por la Embajada de Estados Unidos a Washington el 30 de enero de 1945. WWII. Rollo 247.
[78].- Walton a Secretario de Estado, Madrid, 14 de febrero de 1945. WWII. Rollo 247.
[79].- Minuta de 20 de marzo de 1945. PRO-FO, Serie 371, exp. 49635 (Z3655/2246/41).
[80].- Se lo comentó el propio Lequerica al Encargado de Negocios de Washington. Walton a Secretario de Estado, Madrid, 23 de febrero de 1945. WWII. Rollo 247.
[81].- Telegrama de Bowker a Foreign Office, Madrid, 30 de marzo de 1945, informando a los gobierno coloniales y telegrama secreto de Foreign Office a gobiernos de Canadá, Australia, Nueva Zelanda y Sudáfrica, Londres, 1 de abril 1945. PRO, FO, Serie 371, exp. 49635.
[82].- Telegrama de Cárdenas a Lequerica , Washington, 28 de marzo de 1945. APG-JE, leg. 5, exp. 3.
[83].- Si la conversación se produjo el 27 de marzo (martes) y el Consejo de Ministros en que se decidió la ruptura fue el 11 de abril (miércoles) no parece que hubiera sido en el próximo Consejo de Ministros. Transmitida en telegrama el 27 de marzo de 1945, del que no hemos encontrado copia. El Memorándum de la conversación se envió a Moscú y Estocolmo el 5 de mayo, tras haber llegado al Departamento el 25 de abril. Norman Armour a Departamento de Estado, Madrid, 29 de marzo 1945. WWII, Rollo 248.
[84].- Sobre este tema véase mi artículo “Japón y Extremo Oriente en el marco de las Relaciones Hispano-Norteamericanas”, en Revista Española del Pacífico, núm. 5, Madrid, 1995, pp. 233-241.

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