Las Relaciones Históricas entre España y Japón

Florentino Rodao

 

 

Diálogos Hispano-Japoneses, Nº 5 (1995), p. 14.

Traducido al japonés por Atsuko Maruyama

 

Desde que en el siglo XVI San Francisco Javier abriera las relaciones hispanojaponesas, se han alternado períodos de estrechas relaciones con otros de mayor pobreza, pero en todos ellos el desconocimiento entre ambas culturas ha sido la nota dominante… y determinante.

En 1549, San Francisco Javier daba el primer paso en las relaciones entre Japón y España arribando a la ciudad de Kagoshima; con ello comenzó unos contactos prometedores para dos países que pueden ser complementarios, pero cuyas relaciones han estado tan accidentadas como la propia estancia de dos años del santo. Ha habido períodos de muy buenas y otros de muy malas relaciones, algo que es normal, pero llama la atención lo rápido que se han sucedido los unos a los otros.

Estos cambios bruscos se han sucedido desde el comienzo; la inicial colaboración de algunos señores feudales japoneses o daimyo con los jesuítas y con los gobernadores españoles en Manila se tornó pronto en suspicacia y luego en persecución contra aquellos venidos de Ruson (Luzón, nombre con el que se denominaba a las Filipinas). Después, cuando mediado el siglo XIX Japón volvió a abrirse a los contactos con el exterior, las relaciones fueron salpicadas por los mismos cambios, en unos momentos en que ya peligraba la colonización española en Filipinas. Esta apertura de Japón a los contactos exteriores, tras doscientos años encerrado en sí mismo, fue una ocasión única para salvar a Filipinas del marasmo, y así fue vista por algunos funcionarios españoles en Manila, que promovieron la amistad pensando en los beneficios que podrían traer los inmigrantes nipones. Después, prevaleció el temor de que fueran los propios japoneses los que trataran de arrebatar la colonia a España y de nuevo se tensó la relación para, finalmente, una vez comenzada la revolución filipina en 1896, reaparecer las buenas relaciones.

Desde 1898 los imperios español y japonés dejaron de ser fronterizos en el estrecho entre Taiwan y las islas Batanes, y los intereses estratégicos desaparecieron. Pero la salida de España de Filipinas fue algo más, quizás incluso una liberación del mal sueño de la difícil experiencia en Filipinas, que acabó provocando el rechazo a todo lo que venía de la zona. El Extremo Oriente dejó de merecer la mínima atención en España y de ello sufrimos las consecuencias incluso ahora porque la región sigue sin tener interés político alguno para Madrid. Incluso cuando Filipinas era colonia española se afirmaba que el único interés en la zona era el económico y hasta la fecha, un siglo mas tarde, parece que sigue la misma situación. La apatía post‑Filipinas no supuso el fin de los bruscos virajes en las relaciones; en los primeros años del gobierno de Franco, por ejemplo, se pasó de la alianza mutua bajo los ideales anticomunistas, con una época de pro‑niponismo exacerbado, a la ruptura de relaciones en 1945. Madrid tentó una declaración de guerra a Japón e incluso hubo quien propuso el envío de una nueva División Azul.

El desconocimiento mutuo ha sido el único hilo conductor que puede explicar de alguna forma esos giros tan bruscos. Como consecuencia, las imágenes tópicas han determinado las relaciones mutuas, tanto entre la gente normal como entre los gobernantes; los namban o bárbaros del sur, tal como éramos denominados los europeos del sur, la señorita crisantemo, ideal popularizado en las novelas de romances del siglo pasado o, mas recientemente, el japonés multimillonario ansioso de deshacerse de su dinero.

A un círculo cerrado de desconocimiento e indiferencia se le siguen achacando los escasos contactos mutuos. Pero hay que diferenciar, porque si Japón sigue siendo desconocido en España, no ocurre lo mismo en un sentido contrario. Desde hace algunas décadas han surgido en Japón especialistas sobre cualquier tema relacionado con España; más de mil licenciados anuales en estudios hispánicos hacen que España sea algo mas que la pandereta y el flamenco. Hay cerca de veinte asociaciones relacionadas de laguna forma con España, tratando sobre temas como la guitarra o establecidas en lugares como Hokkaido. No hay solo folclor, también se nos conoce a fondo, la Sociedad de Historia de España, por ejemplo, tiene alrededor de 120 profesores miembros y celebra congresos anuales en los que se discuten temas como los Almorávides, el Camino de Santiago o el Trienio Liberal de Fernando VII.

En España no se puede decir lo mismo; para la mayoría siguen siendo esas “ínsulas extrañas” a las que se refería san Juan de la Cruz. Nadie se matricula en estudios japoneses porque no hay ninguna Universidad donde se enseñen, y sin haber especialistas las imágenes tópicas siguen dominando. El hecho de que no haya estudios japoneses en España no deja de extrañar, porque los hay en cualquier ciudad europea importante (en Italia, por ejemplo, hay más de 50 profesores universitarios dedicados a Japón). No hay otra explicación para ello sino esa tendencia histórica a encasillar lo que viene del Oriente en el capítulo de lo exótico, porque aprender japonés es tan difícil para un alemán o un griego como para un español. La falta de una labor paciente y continuada en las universidades ha influido a la larga en la poca importancia que Japón ha tenido para España y viceversa.

A este desconocimiento del idioma ‑y por tanto, de su cultura‑ puede achacarse parte de la baja tasa de cubrimiento de las exportaciones españolas a Japón (un 16% de las japonesas), porque sin poder moverse libremente por el país se puede pensar en mantener una empresa, pero no en expandirla: en la Bolsa de Tokio, por ejemplo, los nombres de las empresas están escritos en Kanji. No obstante, aún siguen siendo mayoría los que van a trabajar en Japón sin hablar japonés, igual que lo hiciera Francisco Javier hace más de cuatro siglos. Al camino que emprendió el santo le falta mucho por recorrer.

 

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