Asia: una introducción histórica

Florentino Rodao

Centro Pignatelli (ed.), Asia: Escenario de los desequilibrios mundiales (Zaragoza: Diputación General de Aragón, 2000), pp. 15 a 32 y debate sobre Evolución histórica y situación política de Asia, en pp. 57-68.

 

Resumir la historia de un país en unas pocas páginas supone una empresa difícilmente alcanzable, pero la de toda una región es una gran temeridad, más aún cuando esa región de la que hablamos, Asia, abarca no sólo la mitad aproximada de la humanidad sino, además, la que más historia ha disfrutado. Es la primera vez que me atrevo por escrito a semejante aventura macrohistórica, por lo que espero se me perdone con benevolencia el atrevimiento.

Al contrario que la civilización occidental, la culturas china y del subcontinente indio sobrepasan ampliamente los dos mil años de la Era Cristiana. No sólo eso, su grado de civilización era ya muy avanzado cuando en Europa se empezaban a conocer los primeros instrumentos de cobre. Si China se precia de los famosos cinco mil años de Historia, la civilización India puede mostrar hay ciudades, comoMohenjo Daro y Harappa (en Pakistán), en las que mil años antes del nacimiento de Jesucristo ya había canalizaciones de agua. Son datos que siempre serán discutible, en parte porque esos orígenes históricos en Asia tienen una buena parte que son mezcla de mitología y de relatos históricos, pero que muestran la materia tan extensa sobre la que trata este escrito, que comienza con una pequeña síntesis de las tendencias históricas comunes, para dividir la evolución en cuatro fases principales.

La geografía es en Asia, como en todo el mundo, el condicionante principal de la actividad humana, pero si es posible señalar una peculiaridad dentro de esta influencia es el aislamiento impuesto a los dos grandes polos de civilización, la India y la China. Tanto el subcontinente Indio como el Impeiro Chino han sido constreñidos por una geografía que los ha  delimitado en un marco muy definido. Cordilleras montañosas como los Himalaya, los montes Altai, Xiongnu o Kuen-lun al Oeste y norte de China, y desiertos como el de Gobi o Takla Makan, también bordeando a China, han limitado fuertemente los contactos con el exterior. Ambos polos sólo han contado con unos contactos más o menos continuos con el sudeste de Asia, una zona donde predominó la influencia cultural india hasta el último milenio, aunque también ha sido necesario cruzar montañas escarpadas.

Esta escasa posibilidad de contacto con el exterior ha provocado consecuencias obvias, por un lado, ha impulsado el desarrollo hacia el interior y la búsqueda de soluciones dentro del territorio ya conocido, por otro, la despreocupación por las amenazas militares. Estar volcados en la propia cultura y la confianza en los impedimentos físicos para alejar a los pueblos no conocedores de su civilización o bárbaros ha facilitado la escasa preocupación y desconsideración hacia los estamentos de la sociedad dedicados a la defensa o al ataque. Las consecuencias positivas están a la vista, por toda las aportaciones que han hecho ambas culturas al resto del mundo, pero las negativas (al menos, a corto plazo) también, porque a través de esas montañas o esos desiertos han conseguido pasar ejércitos invasores que han sido la fuente de los mayores debacles en sus civilizaciones. Así, Mongoles o Musulmanes han invadido estas civilizaciones y han provocado lo que es considerado una de sus características principales, los ciclos: ascensión, declive tras esas invasiones, y nuevos períodos de ascensión tras la asimilación de los invasores.

La diferencia con la cultura occidental en este aspecto es crucial, porque las llanuras europeas nunca han dado un sentimiento de protección ante las invasiones foráneas y no sólo han permitido grandes movimientos migratorios, tal como pueden ser denominadas las invasiones bárbaras, sino también una mayor consideración del papel de los militares dentro de la sociedad.

Para comprender la evolución histórica de Asia y, sobre todo, las relaciones entre los diferentes pueblos que lo habitaban, conviene resaltar cuatro momentos claves, que podríamos dividir en el Sistema sínico tradicional, la época que se ha dado en llamar del comercio, coincidente con el Renacimiento en Europa, la de la expansión occidental en el siglo XIX y la II Guerra Mundial, precedente directo de la situación actual de Estados en la región.

 

1.- EL SISTEMA SÍNICO TRADICIONAL

Asia Oriental giró hasta mediado el siglo XIX alrededor del mayor desarrollo de estas dos civilizaciones sobre las demás, aunque nos vamos a centrar más en la India porque desde hace un milenio pasó a ser la predominante en esa área de confluencia mutua, el Sudeste de Asia. Según el sistema sínico, las relaciones entre los pueblos se basaban en un esquema piramidal donde el rango de los distintos pueblos se medía según aspectos como el nivel de sinización o de cercanía a la fuente de legitimidad que eran los dioses. El Emperador chino ocupaba la cúspide de esa pirámide como representante de los dioses en la tierra, después le seguía el pueblo chino y debajo estaban otros pueblos, clasificados según la cercanía a los dioses y a ese asumir la civilización que se consideraba superior. Por ello, en un estrato superior estaban los que habían aprendido las enseñanzas “superiores”, tales como la escritura o los escritos chinos clásico, después seguían los que, sin haber asimilado esa civilización aceptaban expresamente la supremacía del emperador chino y por ultimo los que ni lo aceptaban e incluso ni la conocían. Así, se consideraba principalmente la fuente de conocimientos y la disposición a aceptar expresamente esa superioridad china, que se expresaba por medio de embajadas periódicas a la corte Imperial portando, entre otras obligaciones, regalos. En consecuencia, el pueblo chino era el que estaba debajo del emperador, a quien los dioses le habían encargado el gobierno de los humanos, y el rango inmediatamente inferior lo ocupaban pueblos como el vietnamita, el japonés o el coreano, mientras que otros como Siam, un pueblo sin haber adoptado la civilización sínica pero que enviaba periódicamente embajadas estaba más abajo, seguidos por los ignorantes de esa representación divina de los emperadores chinos, que incluso lo llegaban a rechazar, como los occidentales.

Esta era la visión oficial del mundo desde la capital imperial, pero desde los pueblos situados en rangos inferiores la sumisión al emperador chino se veía de una forma diferente. Ellos tenían sus propias leyendas o creencias desafiando, si no la divinidad del emperador chino, al menos que su potestad abarcara también a su propio territorio, porque todos estos territorios tenían también dinastías reales. Pero al contrario que en muchos otros casos, bajo el sistema tradicional sínico predominaba un lenguaje dual: ante China, se aceptaba esa superioridad, pero internamente se funcionaba sin asumirla. La razón era clara: aceptar esa superioridad china, siquiera formalmente, permitiría evitar posibles invasiones, pero sobre todo mantener el comercio. Más aún, los gobernantes de estos pueblos en rangos inferiores no sólo gozaban de una cierta legitimación cuando eran reconocidas por la corte China, sino también recibían beneficios materiales, puesto que el comercio sólo era permitido para aquellos que tenían relaciones con  el Imperio por medio del sistema del sello rojo que concedía la corte.

 

2. LA ERA DEL COMERCIO

El sistema tradicional sufrió cambios a lo largo de los siglos, dependiendo en buena parte del poderío de las dinastías gobernantes en China, y correspondiendo su máximo esplendor al período de la dinastía Tang, entre los siglo VII-X. Fue entre mediados de los siglos XV a XVII cuando el sistema general tres embates importantes, dos de ellos provenientes del exterior y el otro del interior que, si no le tumbaron definitivamente, afectaron gravemente a su validez a lo largo de la región.

1.- La primera de estas amenazas al sistema tradicional fue la llegada de los europeos. Su importancia no ha de ser sobrevalorada porque el nivel de desarrollo era semejante entre unos y otros, los occidentales más avanzados en el plano militar, por ejemplo, y los orientales en otros. Debido a su escaso número y a sus limitados recursos, los Europeos  participaron como cualquier otro pueblo dentro de las luchas por el poder y por el comercio en Asia, y sus asentamientos pueden ser equiparados con los de otros pueblos dentro de la región, locales o no. Las luchas entre ciudades-estado o centros de poder, en consecuencia, se complicaron, porque a las ciudades chinas, y al comercio y rivalidades entre Hainan, Patani, Ayudhya o Jambi, se sumaron nuevos contendientes, como Macao, Manila, Malaca o Batavia.

En estos períodos de lucha, rivalidad y comercio entre unos y otros, los asentamientos europeos dependían para su supervivencia de la alianza con unos pueblos en contra de otros: podían ser tanto derrotados como derrotar ellos y su mayor capacidad militar era un tanto a favor, pero no era suficiente. Los europeos, de hecho, se vendieron a ellos mismos y a sus técnicas para ser utilizados en las luchas internas entre asiáticos; fueron mercenarios para las luchas entre reyes, enseñaron tecnología armamentística y diseñaron fortificaciones. Y, al igual que con otros muchos ejemplos, al principio fueron enormemente útiles a sus jefes para perder esa ventaja con el tiempo, una vez que las armas se iban conociendo y que los otros contendientes también los iban contratando. Lo militar, por decirlo en términos militares, fue un nicho de mercado importante para los europeos en Asia, existiendo incluso barcos piratas de europeos que, al igual que los asiáticos, asaltaban a las poblaciones costeras, según algunas fuentes asiáticas.

Pero los europeos tuvieron otro nicho de mercado importante, el comercial, de nuevo gracias a otra ventaja tecnológica: las técnicas de navegación. Los beneficios fueron importantes, gracias a poder aprovecharse de varios factores. El primero de ellos fue la ventaja de no ser primerizos y gozar de una inicial buena recepción. El caso más claro fue el del comercio entre China y Japón, porque la prohibición china al comercio de los japoneses (a causa de la gran cantidad de piratas nipones o wakô que atacaban las aldeas costeras chinas) permitió un monopolio de hecho del tráfico entre los dos territorios y con el unos beneficios impresionantes para los primeros habitantes de Macao. El segundo motivo fue, de nuevo, la superioridad tecnológica. Los occidentales podían construir barcos con un tonelaje y una capacidad de maniobra  mucho mayor que ningún otro pueblo en Asia oriental en esos momentos, lo que permitió unos costes menores para las travesías largas que permitió dominar una buena parte del comercio intraasiático a gran escala. Un ejemplo fueron los calicóes, las telas de la costas de Surat y Coromandel, en India, que eran vendidas a lo largo de Asia, transportadas por occidentales por muchos años hasta China, Japón, e incluso a la costa americana del Pacífico. El tercer motivo, por último, fue la posibilidad de trasladar productos fuera de la región, gracias a esa capacidad de cruzar océanos y al dominio político que ejercían. El ejemplo  primero fueron las especias, pero el más importante en valor a lo largo de los años, con gran diferencia, fue la plata, porque China funcionó como una bomba succionadora de una buena parte de la plata producida en el mundo desde que a mediados del siglo XVI, se pasó a exigir el pago de impuestos en este metal. China no tuvo suficiente con la plata elaborada en Japón o en las mians cercanas y provocó una subida de su precio en relación con el oro que atrajo cantidades importantes desde todo el mundo.

Por esta razón, la llegada de los españoles puede ser considerada importante para la historia de la región, porque a la importancia de la fundación de Manila y del progresivo asentamiento en el archipiélago filipino, hay que añadir su papel como puente y paso necesario de ese flujo de metales preciosos procedentes de América hacia el continente asiático, en una proporción aparentemente mucho mayor que holandeses o portugueses por medio del Océano Indico. El mundo se hizo mundial, por decirlo de alguna manera, tras la fundación de Manila, porque desde entonces pasaron a ser intercambiadas cantidades realmente importantes de productos. Seda por plata, esencialmente, tal como afirman Dennys Flynn y Arturo Giráldez.

2.- El segundo desafío importante a la hegemonía de ese sistema sínico tradicional fue la expansión de las llamadas “religiones del libro”. El islam y el cristianismo fueron los que satisficieron las crecientes necesidades de profundización de la vida religiosa entre los pueblos animistas de Asia, tras haberse expandido el budismo unos siglos antes desde la India por el Asia continental, aunque de una forma diferente, porque fue aceptado y modificado por las propia civilización sínica. Esas dos religiones “del libro”  entraron con menos beneplácitos del país hegemónico en la cultura de la región en esos momentos, China, pero no por ello dejaron de imponerse en territorios importantes.

Es interesante recalcar que las características de ambas expansiones fueron  diferentes. La expansión del islamismo fue más lenta, se basaba principalmente en comerciantes que se iban moviendo de un lado a otro y usaba a gentes convertidas nativas para estructurarse y para ganar nuevos adeptos. Sin embargo, la del cristianismo necesitaba de los occidentales para su estabilización y para poder arraigar. Si bien una conversión de un territorio al Islam fue duradera, los casos de reyes, daymios japoneses, o jefes tribales que se convirtieron al cristianismo no consiguieron que continuara tras su perdida de poder. Los gobernantes convencidos promovieron la conversión de los que estaban bajo su soberanía, pero no hubo casos de continuidad en esas conversiones y los únicos territorios que permanecieron cristianos en esta región fueron gracias  a permanecer bajo el mando de ibéricos, ya fueran Macao,  Manila, Malaca como una serie de puntos menores que acabaron quedando aislados. El rango siempre superior de los misioneros occidentales frente a aquellos nativos dedicados a la religión fue una de las principales causas de la fragilidad de esas conversiones: fue visto como algo de fuera. No pudo desarrollarse bajo gobernantes paganos porque los cristianos, y sobre todo esos misioneros europeos, tendieron a ser vistos cada vez más como quintacolumnistas de intereses extranjeros.

3.- El principal desafío que sufrió ese sistema sínico tradicional, no obstante, vino desde dentro, Japón, porque éste país pasó a crear su propia esfera de relaciones con otros pueblos al margen de China y se desgajo de su autoridad. Japón pasó a proclamar lo que otros pueblos nunca se habían atrevido: que su emperador, y no el chino, era el descendiente de los dioses. Proclamar tal aserción fue un proceso largo, desde que había sido enviada la última embajada, en el siglo XIII, en el momento álgido de la última ola de sinización, tras la cual Japón había rechazado las dos invasiones mogolas en 1274 y 1281, en una victoria militar de clave para la generación de la idea del país de los dioses, el kami no kuni shisô, precisamente porque se atribuyó a los vientos divinos okamikaze la destrucción de la flota enemiga. Después, a principios del siglo XVII, este país pasó a proclamarlo cada vez más abiertamente y, con el tiempo pasó a asumir las consecuencias de desafiar abiertamente esa superioridad cultural, dentro de un complejo proceso interno de unidad nacional y de centralización de poder. Fue un proceso que vino de la mano del progresivo control del territorio japonés bajo un poder unificado, el de los Tokugawa, y demuestra que las circunstancias internas predominaron sobre las internas: una vez esta familia ya no pudo legitimar su hegemonía por medio de la exclusiva de las relaciones con China, pasó a obstruir los contactos con este Imperio. Al fracasar los intentos de establecer un comercio mutuo, los Tokugawa impidieron una buena parte de los contactos de Japón con el exterior, en buena parte porque a ellos no les interesaba.  Así, se decretaron unas prohibiciones temporales para viajar más allá de las islas Ryûkyû al sur, se prohibió la presencia de los españoles por empeñarse en mantener el celo misional y lo mismo ocurrió después con los portugueses tras unas revueltas en el sur, en Shimabara, en las que se advirtió la influencia cristiana. Pero aún, la vuelta en China desde 1644 a una dinastía mongol, la Ch’ing, aumentó los temores a un nuevo ataque y también se pusieron trabas a los barcos provenientes de este país, aunque se apoyó a los derrotados.

La consecuencia más evidente de la respuesta Tokugawa a esa mezcla de desafíos y a esa unificación interna fue su separación definitiva de ese sistema sínico tradicional y la creación de un sistema propio con el pueblo japonés y su emperador como cénit. Japón no se quiso aislar, no obstante, sino que buscó compensar esa falta de relaciones con China y con el Sudeste asiático por medio de la intensificación de las relaciones con los territorios que aceptaron, ficticiamente también, esa supremacía japonesa. De esta forma, formó un sistema que fue una réplica del chino, con ese mismo sistema piramidal y esas mismas premisas culturales, pero con un ámbito menor, porque debajo de los japoneses sólo estaban situados los coreanos, las islas Ryûkyû y los holandeses y chinos que visitaban el país para comerciar. Los coreanos participaron para evitar problemas, enviando varias embajadas sin el objetivo de reconocer la supremacía del emperador nipón pero permitiendo que los japoneses lo entendieran como quisieran mientras que ellos también mantenían relaciones con China; las Ryûkyû no tuvieron otra opción por su escasa entidad, razón por la que presentaban sus embajadas a un señor feudal, pero no a la Corte, y los particulares, ya fueran comerciantes chinos como holandeses, hacían lo que se les decía porque no buscaban poder sino beneficios.

Dos anécdotas nos pueden explicar hasta qué punto se mantuvo la lógica heredada de la civilización china. Una, la orden de destrucción de un edificio en Dejima, la isla asignada a los holandeses, a causa de la inscripción “Anno 1644”; la otra, la obligación para los comerciantes chinos de fechar los documentos según la era japonesa y no según la china. No eran errores baladíes, porque Japón consideraba que clasificar el tiempo según el acceso al trono de sus emperadores era una demostración fehaciente de la validez de sus creencias. Y si no tenían poder para que no se usase, no podían negar la validez dentro del territorio japonés. Era una muestra clara de cómo se necesitaba legitimar el sistema.

Así nos muestran también los fracasos en establecer un comercio mutuo oficial con China: no es que se despreciara (parece que las dos expediciones de conquista a Corea del segundo de los grandes unificadores japoneses, Ieyasu Tokugawa, fueron para ser admitidos en el sistema Chino, porque la ruptura de relaciones había sido impulsada por la corte coreana), sino que fue imposible acoplar los deseos de todos. Fueron fracasos por aparentes defectos de forma que, no obstante, también implicaban una concepción fundamental de qué gobernante era más poderoso. Así, Japón solicitó oficialmente a comienzos del siglo XVII establecer relaciones con China utilizando razonamientos confucianos para conseguir la autorización del emperador chino: el país había sido unificado (la unificación era uno de los criterios de legitimidad según los escritos chinos clásicos), la administración se había rectificado y el país había prosperado, y la nueva dinastía había llegado a su tercera generación. No lo consiguió, no obstante, por la resistencia japonesa a admitir esa superioridad china, siquiera de forma aparente, tal como se puede comprobar en diferentes detalles de la carta que se envió: era entre personajes secundarios, puesto que ni iba dirigida al Emperador chino ni iba firmada por el shogun, tampoco se usaba el calendario chino y, por último, la denominación del Emperador Ming negaba el carácter universal que los chinos le concedían, al referirse a él simplemente como “Hijo del Gran Ming”.

Tras la época del Comercio, en consecuencia, Asia Oriental pasó a tener una nueva configuración, con un mismo esquema básico de funcionamiento donde el Imperio chino seguía siendo el eje de la región, pero en el que los desafíos a su hegemonía política eran cada vez mayores. En el sudeste asiático, o las llamadas tierras bajo los vientos, los gobernantes se fueron aislando cada vez más, producto por un lado de su autoritarismo (las normas para comerciar permitieron cada vez menos beneficios porque el rey se reservaba el derecho a comprar la proporción de carga que quisiera y al precio que él mismo decidía) y por otro lado de esa expansión de las nuevas religiones islamista y cristiana, que no favorecieron precisamente la subordinación a China.

Japón, además, se había separado de ese sistema tradicional. Mientras ensamblaba su propio Imperio, también con pretensiones de universalidad pero con una extensión más limitada que el Chino, la aventura le fue mejor de lo que la historiografía ha asegurado. Esta se ha enfocado en el aislamiento del exterior y de ahí ha buscado aspectos negativos, pero no parece que ese período haya sido tal porque, si bien el aislamiento no era buscado cuando se proclamaron esas medidas, vino progresivamente, producto de la lógica propia del discurso Tokugawa. Japón supo llevar a cabo un proceso ejemplar de sustitución de importaciones por medio de hacerlas relativamente innecesarias tras haberlas igualado en calidad, tal como ocurrió con la seda china. Por tanto, aunque alejado del exterior, la calidad material de vida no parece que sufriera excesivamente, porque se consiguió un mercado interno en paz y cada vez más prospero.

En el subcontinente Indio, mientras tanto, la castas sirvieron para impermeabilizar la influencia exterior y para proteger al sistema de las invasiones militares externas. La identificación primordial era con el clan, con la familia o con la casta o jeti y eso era una excusa para el desdén con el que les observaban los últimos invasores que han conocido, el imperio británico, quienes les calificaban como un pueblo indisciplinado y les criticaban la falta de una lealtad a la patria. No les faltaba razón en ello, porque tanto la palabra lealtad como la palabra patria eran conceptos occidentales que no estaba muy claro porqué los tenían que comprender los indios, mucho menos practicar.

Y entre los occidentales en Asia, finalmente, se estaba operando un cambio de guardia. Las potencias que habían sido líderes en el intercambio con la región durante la época del comercio, como Portugal, España y Holanda, mantenían sus dominios en lo fundamental, pero no su vitalidad. Desde ese subcontinente indio iban avanzando con paso fuerte otras dos nuevas potencias llamadas a tener un gran papel, Francia y Gran Bretaña, asentadas respectivamente en las ciudades de Pondichéry y Madrás. Se avecinaban cambios importantes.

 

3. LA EXPANSIÓN OCCIDENTAL

En el siglo XIX desapareció definitivamente el sistema tradicional sínico imperante en Asia. Si durante los siglos anteriores había sido trastocado por unos cambios producto de una evolución originada principalmente desde dentro, con la expansión de las naciones occidentales a partir de la Revolución Francesa la capacidad de los asiáticos para decidir sobre su propio destino fue bastante cercenada.

No es conveniente exagerar, no obstante, porque su influencia dentro de las sociedades asiáticas siguió siendo limitada. Los europeos siguieron dependiendo principalmente de esa ventaja en los fletes y sus productos siguieron sin tener éxito entre las poblaciones asiáticas y sus beneficios principales siguieron estando basados en el traslado de productos (principalmente, las ropas y el opio de la India) entre unos lugares y otros. Pero si los productos europeos seguían sin tener mucho mercado en Asia, la ventaja tecnológica no sólo se mantuvo, sino que se agrandó. La diferencia en el desarrollo tecnológico se hizo abrumadora y no sólo afectó al coste de los fletes, sino, sobre todo, al armamento. Los europeos, como consecuencia de ello, ya no necesitaron de las alianzas de las que se necesitaban antes para vencer en sus disputas; ya no eran una más de las facciones en lucha, sino que portaban unas armas que permitían asegurarles la victoria. Las alianzas con asiáticos ya no fueron como iguales sino, más bien, entre superiores e inferiores: unos serían la carne de cañón y los otros se llevarían los trofeos.

Un caso muy claro es el último intento español de extenderse en el continente asiático: la expedición de Cochinchina. Fue organizada con un pretexto relativamente frecuente, la muerte de un misionero (dominico español, en este caso), que a los ojos colonizadores de entonces demostraba fehacientemente la incapacidad de los gobernantes locales para castigar a los culpables y, en general, para permitir la propagación de lo que entonces se consideraba como la civilización superior. Al sufrimiento español y el posterior deseo de castigo se unió el de la potencia vecina, Francia, que, si bien le preocupaba menos la pérdida del español, tenía unos intereses ulteriores más definidos. De esta forma se envió una expedición conjunta de castigo, pero la carne de cañón principal fueron los soldados filipinos, quienes fueron los que sufrieron en los combates y en la jungla. Los europeos tenían el dominio absoluto y podían sustituir a las tropas indígenas por cualquier otra, e incluso podían aportar tropas propias si la campaña se revelaba difícil. Ya no podía ocurrir al revés, al contrario que antaño. La supremacía europea, en definitiva, ya no necesitaba de nadie más.

Asia quedó dividida en territorios dependientes de las potencias coloniales. El Reino Unido pasó a controlar el subcontinente indio, la joya de la corona, Hong Kong y Singapur y, más en el interior, lo que se llamó los territorios de los Estrechos, en lo que luego se convertiría Malasia. Junto con ello, llegó a ser la principal potencia en la región, no solo gracias a esas posesiones, sino a la hegemonía marítima, producto también de la gran cantidad de consulados, compañías y buques de guerra en los que se apoyaba su expansión. Francia basó su presencia en Asia en la península Indochina, en lo que hoy son Vietnam, Camboya y Laos, además de algunos puntos como Pondichéry en la India, mientras que las antiguas potencias mantuvieron sus posesiones de antaño: Portugal en Macao, Timor, Goa y otros puntos pequeños, Holanda en un conjunto variopinto de islas llamadas las Indias Orientales y España en otro archipiélago cuyo entidad como tal había tenido el origen en su propia presencia: Filipinas.

Su dominio, además, no fue sólo en el plano político o militar, sino también en la forma de pensar. La estratificación de pueblos que se había dado durante el período sínico ya no valía porque ahora importaba el número de kilómetros cuadrados bajo la bandera propia, e incluso los propios occidentales decidían qué cultivos les eran más convenientes para ellos: los embajadores fueron sustituidos por productos en las bodegas de los barcos, porque no había nada que negociar. Infinidad de consecuencias tuvo esta nueva forma imperante de pensamiento: se hicieron mapas a vista de pájaro, se delimitaron fronteras, se diseñaron banderas y se inventaron himnos. Antes no había habido tales mapas porque en muchos casos se señalaban únicamente las distancias entre unos lugares y otros por los días de camino. Tampoco había habido necesidad de fronteras porque la idea principal era la cercanía o lejanía a los centros de poder y no se pensaba que la división hubiera que hacerse por medio de una línea de puntos tan concreta, porque un mismo pueblo podía depender al mismo tiempo de dos gobernantes enfrentados: las casas sustentadas sobre pilares pagando impuestos a uno y las que lo estaban directamente sobre el suelo siendo súbditos del otro, por ejemplo.

Hubo tres excepciones a esta regla de dominio colonial universal. La más sorprenderte es la de Siam, la actual Thailandia, porque sin poder recurrir a la fuerza supo mantener su independencia. Por medio del desgajamiento de parte de su territorio, que fue a parar a manos francesas y británicas, de una política fiscal y monetaria estricta que impedía a otros países aprovecharse de sus posibles debilidades y de un balanceo de la presencia extranjera aumentando las naciones interesadas en mantener su independencia, la monarquía siamesa consiguió mantener la independencia del país.

China mantuvo su independencia, pero su territorio fue progresivamente dividido entre las potencias extranjeras. Siendo imposible el dominio colonial de su territorio, lo que las potencias occidentales impusieron en el llamado Imperio Celeste fue controlar que sus gobernantes tomaran las decisiones que les interesaban. La llamada Diplomacia de la Cañonera fue la forma más usada para conseguir estos objetivos: mientras los mandarines actuaban coaccionados para no perjudicar los intereses de Occidente o de sus comerciantes, sus tropas no tenían sino que visitar los puertos cada cierto tiempo para mostrar sus argumentos. El territorio chino se fue desgajando en áreas de influencia de cada vez más países y una de las etapas de este proceso fue la caída del Imperio. Pasó a ser una república, pero siguió sin tener un poder capaz de decidir sobre el futuro del país.

Otro caso muy ilustrativo es el de Japón porque, en buena medida, fue para Occidente la excepción que confirmaba la regla de la conveniencia de la expansión colonial. Aunque no faltaron designios para dominarlo, Occidente clasificó pronto a Japón como el país donde no hacía falta colonizar porque los propios japoneses habían comprendido la necesidad de aprender de ellos. Cómo y cuando se llegó a esta conclusión merece una explicación aparte que obliga a remontarnos unos años.

El Japón Tokugawa ya estaba notando desde comienzos del siglo XIX que el aislamiento del que gozaba podría tener los días contados. Además de desastres naturales y el agotamiento político propio del sistema, el número de extranjeros en sus costas aumentaba hasta el punto que en 1825 el shôgun decretó que todo barco que se acercase sería bombardeado con sólo ser visto. La medida no solucionó la aprensión, sino que empeoró cuando se supo que China había sido derrotado y en 1854, cuando llegó la primera embajada solicitando la apertura de los puertos, no fue sino la confirmación de los temores. El gobierno shôgunal no pudo sino acceder a las demandas y tras el asentamiento de los primeros europeos los ataques de radicales se sucedieron, pero la protesta pronto se tornó hacia el gobierno shogunal por su incapacidad de mantenerles fuera del país. Peor aún, tras unas demostraciones de fuerza occidentales surgió una idea que siempre fue minoritaria, o con una duración breve, en otros países: para poder defender la independencia del país será necesario aprenderles su tecnología antes de enfrentarse de forma inútil. Si esas demostraciones fueron en el año 1864, en cuatro años escasos, los que tardó en resolverse la pequeña guerra civil entre los que apoyaban  a los Tokugawa y los que apoyaban la renovación, pasó a ser la predominante, apoyada precisamente por los territorios que habían sufrido directamente los ataques occidentales: Satsuma y Chôsa. Así,  en el año 1868 el nuevo emperador fue trasladado de Kioto a Tokio, se comenzó la era Meiji y el país pasó a andar bajo la máxima de que si no puedes luchar contra ellos, alíate.

La élite japonesa gobernante tuvo muy claro que el sistema anterior estaba caduco y que había que adaptarse a la nueva forma de pensar, tanto en el plano interno como en el externo. No sólo  fue suprimida la clases samurai, por ejemplo, a pesar de que esa élite provino casi de forma exclusiva de los antiguos guerreros, sino que el país también se esforzó por  adaptarse a la nueva situación y a los nuevos conceptos de status imperantes, desde establecer unas fronteras, un himno, una bandera o una constitución, a  organizar una Marina que le garantizara la independencia y la primacía del emperador sobre su propio territorio. Pronto Occidente dejó de estar interesado en colonizar Japón, en parte porque se sabía las dificultades que supondría, pero también porque no hacerlo sería también recompensar aquellos países de razas no blancas que habían reconocido la superioridad de su civilización, según se entendía. El ejemplo más claro es una cita de Rudyard Kipling, el representante por excelencia del pensamiento colonial, quien escribió: “Nos compensaría establecer una soberanía internacional sobre Japón: para acabar con cualquier temor de invasión y anexión y pagar al país lo que quisiera con la condición de que simplemente se quedara quieto y siguiera haciendo cosas hermosas mientras nuestros hombres eruditos aprendieran. Nos merecería poner a todo el Imperio en una caja de cristal y marcarlo Hors Concours [Fuera de Concurso], Exhibición A”[1]. Curiosa idea, pero más aún viniendo de quien venía. Imbuido de esa confianza para hacer y deshacer países y gobiernos según sus propios intereses y sin preocuparse excesivamente de la opinión de los propios nativos, Kipling compensaba los posibles defectos de su idea de propagar universalmente la civilización occidental manteniendo en una caja de cristal la tradicionalidad que a él le gustaba. Abogando por mantener unas reliquias, el colonialismo sosegaba los hipotéticos problemas de conciencia mientras que reafirmaba la validez general de su actuación. Japón era, en definitiva, la excepción que confirmaba la regla.

En definitiva, en el siglo XIX se implantó un nuevo sistema de relación entre naciones en Asia que permaneció hasta la Guerra del Pacífico, con algunas modificaciones menores como la sustitución de España por Estados Unidos. Esta ola de expansión occidental dejó una fuerte impronta en Asia, impuso una forma distinta de relaciones entre pueblos y creó una serie de estados dominados directamente por ellos. Pero esa influencia, sobre todo si se compara con Africa, muy menos destructiva, porque se mantuvieron muchas fronteras producto de los estados precoloniales, y los occidentales no destruyeron el poder de las élites gobernantes anteriores sino que más bien se colocaron por encima de ellos. También hubo territorios importantes donde el dominio colonial se quedó en mera influencia, ya fueran Siam o China, y Japón puede ser considerado, además, como el país que pudo utilizar mejor en beneficio propio ese auge occidental. Era el ejemplo de un país con éxito; deseoso de aprender de Occidente y, además, progresando en la esfera de las naciones.

 

4. INDEPENDENCIAS

Las independencias han sido la última fase en esa evolución general de Asia. En ello, ha jugado un papel clave una potencia de la región, Japón, por lo que conviene volverse a remontar en el análisis de este proceso desde el momento en que Japón deja de temer por su propia independencia, a fines del siglo XIX.

Japón consiguió en unas décadas no sólo la seguridad completa de que ninguna potencia occidental tenía designios coloniales sobre su territorio, sino que era tratada como igual, una vez que la consecuencia más degradante de la expansión colonial en su territorio, los Tratados Desiguales, habían sido totalmente suprimidos. Desde entonces, continuó en un esfuerzo que ha mantenido siempre a lo largo de su Historia: subir su rango dentro del concierto de naciones, de nuevo sin cuestionar la lógica. Si antes Japón había buscado ascender en el sistema tradicional sínico siguiendo la propia lógica del sistema, con el sistema hegemónico occidental intentó lo mismo. Una vez que se libró de esos Tratados que eran una demostración tan palpable de la relación desigual, porque las potencias occidentales exigían el derecho a comerciar con unos aranceles fijos y la extraterritorialidad para sus súbditos, Japón consiguió definitivamente un status de país independiente. Pero después ambicionó más alto: ser una de la principales potencias mundiales.

Para ello, siguiendo la lógica imperante entonces, se lanzó a la conquista colonial. Empezó buscando un dominio sobre Corea y después de la Guerra Chino-Japonesa de 1894-95 consiguió que China le cediera varios territorios (Taiwan y la región norteña del Shandong), por lo que por primera vez se pudo hablar del Imperio Japonés. Después vino un hecho capital en su percepción de Europa, la llamada Triple Intervención, por la que Francia, Rusia y Alemania le aconsejaron que no ocupara el Shandong, a pesar de que había sido reconocido incluso por China. Tokio lo entendió inmediatamente y replegó sus tropas para evitar enfrentarse con esas tres potencias tan importantes, pero a raíz de ese hecho cambió la interpretación de su papel en el mundo porque los nipones ya no pudieron dejar de verse en el mundo bajo el prisma principal de su identidad asiática. Si a otras potencias se les permitía anexionar territorios y a Japón no, era por ser un país asiáticos. O lo que es lo mismo, a pesar de tener las cualificaciones para ser considerada una potencia colonial, los occidentales negaban a Japón ese ranking merecido por su geografía y por su raza.

Ello le llevó a centrarse en una característica propia de su imperialismo: su identidad asiática y su antioccidentalismo. Al igual que Alemania hablaba del “colonialismo científico” o que Francia se refería insistentemente a la “misión civilizadora”, Japón se centró en propagar la necesidad de liberar a la región del yugo occidental. Este “nicho de mercado” le hizo centrarse en la región asiático y, mientras usaba unos métodos modernos y otros tradicionales en su relación con China y con Corea, radicalizó su discurso antioccidental según iba engrandeciendo su poder en Asia, ya fuera por medio de la Guerra con Rusia de 1904-05, como en la invasión de Manchuria en 1931. Con la Guerra Chino-japonesa ocurrió algo semejante, aunque provocó en un año una situación en la que ya no tenía otro remedio que enfrentarse directamente con intereses vitales de Occidente. Ello ocurrió en un momento, además, en que el Reino Unido o Francia podían oponer escasa hacia su avance, producto del conflicto contemporáneo que sufrían sus adversarios británicos o franceses frente a alemanes o italianos. Con la  II Guerra Mundial, la debilidad de los países democráticos se percibió como definitiva y tuvo un efecto directo sobre Asia cuando permitió a Japón acelerar su expansión, azuzado también por el deseo de evitar que Alemania pudiera tener deseos de implantarse en Asia, tal como ocurrió con la penetración en la Indochina francesa en 1940. Japón vio una oportunidad única para asegurar  su hegemonía definitivamente y no pudo detener su avance cuando quedó claro que Estados Unidos estaba dispuesto a enfrentarse para defender los restos de las Imperios coloniales en Asia.

La consecuencia de ello fue Pearl Harbor y, tras los primeros éxitos iniciales, la extensión de sus ejércitos sobre todos los territorios que antiguamente habían estado sometidos de alguna manera al Emperador Chino, desde Corea hasta Siam y Birmania e incluso la mayoría de la propia China. Japón creó después la llamada Esfera de Co-prosperidad del Gran Asia Oriental y en un tiempo, como consecuencia de esa propaganda tan repetida sobre los pueblos que presuntamente liberaba del yugo colonial, comenzó a proclamar la independencia de algunos territorios, tales como Birmania, China o Filipinas. Esta acciones eran una contradicción clara obvia con la propaganda, porque Japón más que liberar a los pueblos buscaba sustituir a las potencias occidentales, y esa independencia no fue más que nominal.

A pesar de ello, los pueblos asiáticos volvieron a reelaborar las intenciones de los dominadores porque, de tanto escucharlo, pasaron a sentir que ellos merecían esa independencia. Desde la llegada de los japoneses el blanco perdió no sólo el aura de la invencibilidad, sino también la consideración de superior, de tal forma que cuando acabó la guerra ya no pudieron volver a la pax colonial anterior: el “Asia para los Asiáticos” declarado por los japoneses se transformó en una queja contra el colonialismo que levantó a los asiáticos contra el regreso de los países coloniales. Siquiera hubieran sido derrotados e incluso odiados más que sus predecesores, esas expectativas creadas por los ejércitos japoneses fueron imposibles de olvidar. Los levantamientos nacionales se prodigaron e Indonesia, tras una guerra contra los holandeses consiguió el reconocimiento de su soberanía en 1949. India y Pakistán lo consiguieron en 1948, mientras que Filipinas la recibió en 1946. Otros países que no la obtuvieron en los primeros años siguieron luchando hasta conseguirla finalmente, como fue el caso de los vietnamitas, que en 1954 consiguieron infringir una fuerte derrota al ejército francés en Dien-biem-phu en 1954, provocando la entrada de Estados Unidos en el país, o Malasia, donde las guerrillas comunistas fueron derrotadas solamente después de una política de reasentamiento masivo de la población rural en las áreas donde era especialmente fuerte. Otras guerrillas comunistas también fueron derrotadas, como en Thailandia o Filipinas, pero no faltaron las que salieron victoriosas de los enfrentamientos y pasaron a dominar sus respectivos territorios, como fue en Corea del Norte, donde su avance hacia el sur sólo fue frenado por la intervención directa de los Estados Unidos bajo el manto de las Naciones Unidas, o en China, en donde Mao Ze-dong triunfó en 1949.

Así, Asia puede decirse que ha vuelto en buena medida a la situación precolonial, en la que los países asiáticos son dueños de su propio destino. Tras haber desatado los japoneses unas fuerzas que luego siguieron andando por su propio pie, los asiáticos siguen demostrando que lo extranjero se superpuso en Asia de forma temporal, pero que nunca llegó a predominar sobre lo asiático, excepto en algunos casos. Actualmente, los problemas que vive Asia se parecen más a los tradicionales vividos bajo el sistema sínico que a los vividos durante esa pax colonial, porque vemos que muchas tensiones actuales son continuidades de las que se puede encontrar multitud de caso a lo largo de la Historia. Así, hay un enfrentamiento intenso entre China y Japón por la supremacía regional, al igual que vietnamitas y thais se siguen enfrentando por el dominio de la península Indochina por medio de Camboya y al igual que los chinos en el exterior, los europeos se siguen extendiendo por la región y dominando buena parte del comercio. Volvemos a la Historia.

No han sido un proceso fácil, pero si lo comparamos con otros territorios la característica principal es haber sido consecuencia de procesos propios y no de concesiones hechas por las potencias coloniales: las sociedades asiáticas han acabado percibiendo la expansión europea como un paréntesis dentro de su propia evolución, más que como un antes y un después.

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