Foto: La entrada a un onsen, o baño termal, junto con un cartel prohibiendo el paso a tatuados,  siguiendo la decisión de la asociación nacional de onsen para evitar mafiosos entre su clientela.

 

Una forma de reconocer a los miembros de la yakuza es a través de los tatuajes. Lo comenzaron las propias autoridades de la Edad Moderna, en el período Edo, al marcar a los bandidos con un anillo negro alrededor el brazo cada vez que se les arrestaba cometiendo un delito. Estos bandidos, a su vez, se hicieron nuevos tatuajes para disimular las condenas y los tatuajes pasaron a formar parte de la cultura “underground”, en especial de aquellos que trabajaban sin ropa. Por otro lado, el dedo meñique izquierdo rebanado hacía más dependiente al yakuza; perder fuerza al empuñar la katana o espada, era un castigo impuesto por los mismos jefes por delitos menores.  

 

La lucha contra la mafia ha sido diferente en Japón, en parte porque son legales y se sabe oficialmente donde están. La yakuza puede dañar los negocios de un local regañando entre ellos en el momento de mayor asistencia de público, lo que es un delito menor que en otras latitudes, pero eso no impide que un negocio puede llamar a la policía a que les expulse. La legislación también prohíbe muchas actividades a personas con tatuajes; un joven con un tatuaje por el hombro fue obligado a borrarse su propio tatuaje si quería competir legalmente, a pesar de la carne viva que se queda tras quitar un tatuaje es más visible. Con tanto acoso, el ámbito de los mafiosos se ha limitado y se centran en productos menos peligrosos, como las frutas, aunque siguen siendo poderosos en el espectáculo.

 

Los baños termales están decididos a evitarles la entrada y desde hace muchos años hay carteles prohibiendo la entrada a los mafiosos. Pero ahora es más difícil prohibirles la entrada, porque con tanta gente con tatuaje, las casas de baño están perdiendo mucha clientela. Para las mujeres que tienen pequeños tatuajes, se hace la vista gorda o se les ponen unos pequeños apósitos, pero no es suficiente si el país quiere adaptarse a los tiempos. El turismo es creciente y tanto hombres como mujeres con tatuaje pueden ser una buena clientela. El declive generalizado de clientela les obliga a adaptarse. Por ejemplo, la situación es especialmente grave en los baños mixtos. Ahora las mujeres jóvenes están recelosas con los “cocodrilos,” o wani, los que están parados en esos baños, simplemente observando. Van sin tatuaje y su meñique está completo, pero la mirada les delata.

 

He tenido suerte de ver las dos cosas. En una ocasión, estaba sentado en un metro medio vació y me extrañó que los dos hombres mayores enfrente mía hubieran puesto los pies en el asiento mientras charlaban, aunque los zapatos seguían en el suelo. Pensé que tenían algo de pinta de yakuza, me fijé y vi que les faltaba la falange final del meñique. También me bañé en una ocasión en un baño mixto, como han sido históricamente en Japón. Fue en 1990, durante un congreso de historiadores que, algo muy normal en Japón, se celebró en un ryokan, un hotel japonés con aguas termales. Compartí el momento de asueto con unas señoras que habían perdido a sus maridos (aviadores, nos dijeron) en la II Guerra Mundial. Fue extraño para mí, a ellas no les preocupaba en absoluto, hablando con el resto de historiadores que fueron al congreso, yo estaba todo colorado. 

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