La portada del número de agosto de 1936 de Modern Sketch (时代漫画,Shih-tai Man-hua), una de las muchas revistas satíricas de Shanghai en los años treinta que cubría también asuntos internacionales. “Victoria olímpica de los pueblos coloreados”

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Los Juegos Olímpicos de Beijing de 2008 señalan la definitiva implantación del movimiento olímpico en Asia. Pese a que el continente asiático había abrazado desde un principio el movimiento olímpico y convirtió ese crecimiento de los espectáculos deportivos en un fenómeno cultural mundial, como recuerda William Kirby, la implantación del olimpismo en Asia fue un proceso largo y desigual. Los Juegos de Tokio’64 supusieron un simple mojón; los de Seul’88 carecieron de importancia, como el país que los acogía; los de Sidney’00, poco asiáticos, por celebrarse en un territorio de blancos, y por fin llegó Beijing.

El interés asiático se remonta a los Juegos de 1904, en Louisiana, donde la dinastía Manchú organizó una exhibición para reivindicarse como la dinastía que había sabido mantener la cultura china. Después, en 1913, comenzaron los Juegos del Lejano Oriente (después, Juegos Asiáticos), impulsados desde la YMCA y otras organizaciones protestantes en Filipinas, como una forma de inculcar los valores occidentales a través del sacrificio y de la disciplina, como se decía entonces. Desde que gobernó, en 1927, el Partido Nacionalista Chino mandó atletas a los juegos, primero en 1932 y después en 1936, para los que mandaron una delegación de 69 personas, planificando después incluso construir un estadio de tamaño olímpico. El deporte ya significaba modernidad entre unas elites imbuidas todavía de las ideas del darwinismo social y de la eugenesia. Este cartel es un ejemplo, porque entonces se utilizaba mucho el término “pueblos coloreados” frente a los “blancos” y las esperanzas de los chinos, más que en esos representantes suyos, se enfocaron en los atletas afroamericanos Eran conscientes del plus que añadían el deporte y las victorias a la conciencia nacional, aunque para ello les bastaba con que no fueran blancos. El nacionalismo y el internacionalismo se mezclaban en los Juegos y en el deporte de una forma diferente, pero con una menor carga política que se agradecía.

La lista de problemas políticos chinos en torno a las Olimpiadas es interminable. Desde que enviase un único atleta en 1932, por temor a que representara al Manchukuo pro-japones, China en su relación con los juegos ha estado envuelta en problemas, que culminaron con la apuesta fallida por ganar la nominación de los juegos de 2000, que finalmente recayó en Sídney.

 Y una vez conseguidos en 2008, no cesaron los problemas, como la obligación de los residentes en Taiwán de denominarse Chinese Taipei para poder participar, y, sobre todo, las numerosas protestas lideradas por monjes tibetanos, que recibieron una atención prioritaria por sus reivindicaciones para conseguir la libertad religiosa o la independencia. Esas protestas se volvieron violentas, y los tibetanos también acosaron y atacaron a otros grupos étnicos, y en el enfrentamiento hubo más de una decena de muertos. Después, la represión de la policía china desencadenó solicitudes en muchos países para utilizar a los Juegos como forma de presionar a Beijing. No sirvieron de mucho y la situación del pueblo tibetano ha mejorado poco. En los juegos de 2020, tras haber doblegado las manifestaciones en otra zona de población minoritaria, Xinjiang, el problema está candente en Hong Kong. Los Juegos son recordatorio del creciente poder de Beijing. 

Las posibilidades de que China avanzara hacia el camino democrático en 2008 se desvanecieron, porque el régimen lo presentó como una continuación de las pasadas misiones tributarias de cuando China era el centro del mundo.

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