Foto: Mi boda en el santuario Aoi Aso, celebrada en la ciudad de Hitobashi, en el centro de la isla de Shikoku, en agosto del año 2000. Rodeándonos, el matrimonio Mizoguchi, que acababa de regresar del Colegio Japonés en Madrid, Lydia, la hija de Teresa, el presidente de la asociación Teresa-Kai para preparar los detalles de la boda, y los familiares y amigos, que se hicieron amigos nuestros también. Pertenecer al shinto no es preciso para casarse siguiendo sus rituales. Y además es barato; el santuario apenas cobró algo más de cien euros por la ceremonia, que incluyó varios regalos como una puerta que se abre para leer un precepto.

 

Para casarse con los rituales shinto basta con desear hacerlo, no exige ser feligrés. La única obligación moral del shinto, que comenzó como un compendio de rituales y costumbres locales, es la sinceridad. La gente entendió que sus kami, divinidades que no pueden ser vistas, les podían servir como mediadores con las fuerzas de la naturaleza, como con tantas otras religiones primitivas. Después, esa misma gente recibió las enseñanzas budistas y en lugar de rechazarlas las vio como complementarias, una más para la vida y otras más para la muerte; los templos que juntaban estatuas y rituales shinto, budistas y toda espiritualidad que dijera algo interesante. 

 

Las tres enseñanzas o sankyō「三教」ha sido el concepto más usado en los últimos siglos:  Budismo, bukkyō「仏教」; confucianismo, jukyō「儒教」, y shinto «camino de las deidades», con distinto significado en China y Japón. Los ideogramas de religión nos ayudan a comprender su significado: shūkyō「宗教」. El primer ideograma, shū「宗」, significa «linaje o escuela» y las ramas de cada una de esas escuelas se denominan shūha「宗派」, «facción de una escuela», por lo que llamarlas «sectas», por adoptar la traducción al inglés del primer ideograma resulta excesivamente sesgado. El segundo, kyō「教」, significa «aprendizaje o estudio». Se utiliza para denominar a todo tipo de profesores, o a un aula, kyōshitsu「教室」, y se añade tanto a lo que en Occidente se considera religiones como doctrinas.

 

Los poderes terrenales, además, también apostaron por la idea de la suma: los militares de la zona de Tokio mandaban, pero permitieron que la Corte y el emperador siguieran en Kioto, con sus ceremoniales propios y demás. Nadie ha tenido nunca en Japón un poder absoluto, ni político ni religioso. No han faltado ni guerras de religión ni las alianzas con el poder político, pero ningún religioso ha pretendido el poder político absoluto. Y aunque en el último siglo y medio las religiones participaron en la barbarie bélica, lo que hay ahora es competencia, con multitud  de nuevas escuelas que serían tratadas como herejías en el catolicismo. Nadie proclama ostentar la verdad las 24 horas del día, como nadie lo ha hecho a lo largo de la historia. Y eso se nota en cómo se enfrentan las religiones al recién llegado: dando la bienvenida y sin pedir exclusividad.

 

Esta competencia entre religiones filosóficas explica la diferente respuesta al Covid en Asia. Frente a las religiones que pretenden abarcar todo, incluido entrometerse en cómo un organismo actúa sobre un cuerpo humano, ningún líder religioso asiático ha rechazado las aportaciones científicas para tratar con la pandemia. Ni siquiera políticos parecidos a Donald Trump, como el filipino Rodrigo Duterte. Aunque se comporta como tantos otros dictadores y tiene un púbico favorable que le acepta sin rechistar sus ocurrencias, nunca ha puesto en duda el papel de la ciencia. Los filipinos han sufrido confinamientos incluso más severos que en España y, de hecho, Duterte ordena “disparar a matar” a los que violen las restricciones por el coronavirus y ha anunciado un premio para quien consiga una vacuna contra el coronavirus. La ciencia no está en duda en Asia, no pertenece al ámbito de la religión, ni de la política.

 

 

 

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