La soledad del país vulnerable

Japón desde 1945. Una obra imprescindible para conocer Japón en el cambio de era

Nº de páginas: 448
Editorial: CRITICA
Idioma: CASTELLANO
Encuadernación: Tapa dura
ISBN: 9788491990697
Año de edición: 2019
Plaza de edición: BARCELONA

Una obra imprescindible para conocer Japón en el cambio de era.

Japón inicia una nueva etapa en un mundo incierto. Misiles sobrevolando su territorio, su rival tradicional, China, cada vez más desafiante, su alianza estratégica marcada por la incertidumbre, desastres crecientes y cambios a velocidad vertiginosa…

En el interior tampoco faltan problemas, a la tradicional deuda masiva y a las consecuencias del Triple Desastre del 11 de marzo de 2011, se una población cada vez más anciana en la que predominan los mayores de 75 años.

Índice

Presentación

Reseñas

06/04/2019 Vulnerable y Mítico Japón / Cultura / El Periódico de Aragón
18/04/2019 Florentino Rodao: “La única empresa que le hace sombra a Zara es japonesa”
30/04/2019 CincoDias / Japón estrena con Naruhito una época de apertura exterior
27/07/2019 Xavier Casals

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entrevista de xavier casals a florentino rodao libro la soledad de un país vulnerable

He mirado ya tu libro, que me ha parecido muy completo y muy interesante. Como mi blog está dedicado a extremismo y democracia, se me ocurren las siguientes preguntas para publicar una entrevista, asociadas sobre todo a “memoria histórica”. Puedes responderlas como te vaya mejor e incluso añadir alguna nueva si la consideras importante. Es importante que al contestarlas hagas como en el libro y pienses que los lectores del blog no tienen conocimientos previos de los temas.  Aquí van las cuestiones:

 



  1.  ¿CUÁL ES HOY EL RECUERDO DE LA SEGUNDA GUERRA MUNDIAL EN JAPÓN? ¿HAY SENSACIÓN DE CULPABILIDAD COMO EN ALEMANIA O LA SITUACIÓN ES OTRA?

 

Por supuesto que hay sentimiento de culpa, y muy intenso, en muchos casos he oído a japoneses sacarlo sin venir a cuento. El recuerdo de la guerra, eso sí, ha estado más politizado y usado por los políticos que en España, yo creo que porque más al juzgar a los presuntos criminales de guerra ha predominado la nacionalidad sobre la posible culpa. Se ha pensado que ser japoneses predominaría sobre la culpa que hubieran cometido. Frente a una Alemania que ha aceptado las peticiones de juzgar alemanes como criminales de guerra en otros países, en el caso japonés ha sido diferente. En parte, por el mal ejemplo que dio el Tribunal de Guerra de Tokio, que ha sido visto como Justicia de los vencedores


  1.  ¿CÓMO SE VIVE HOY EN JAPÓN LA MASACRE DE NANKING, EJECUTADA POR EL EJÉRCITO NIPÓN EN DICIEMBRE DE 1937? [AQUÍ DEBERÍAS EXPLICAR MINIMAMENTE LA MASACRE, SU PERVIVENCIA E INFLUENCIA EN LAS RELACIONES CHINO-JAPONESAS].

 

La masacre de Nanjing es la más conocida de la Guerra Chino-Japonesa, en torno a 70.000 personas, cometida con la intención de acabar con el ejercito nacionalista chino: se buscó en especial a los que tenían botas o vestimenta del ejército nacionalista. Por ello, los comunistas la marginaron inicialmente. A partir de los años ochenta, la multitud de visitas a un museo de esta masacre (que cifra en su entrada 300.000 muertos, en grandes letras) y un libro de Iris Chang, La violación de Nanjing (1997, 2016 en la edición en español) que lo describe con mucha emotividad han ayudado a recordar la masacre. De hecho, el museo  ha sido ampliado recientemente, del éxito que ha tenido. Japón lo vive algo desconcertado, porque al comienzo de los años noventa del siglo XX había una gran expectativa de colaboración conjunta, de hecho Tokio fue el primer país que ayudó a China a aliviar el aislamiento tras la masacre de Tiananmen en 1989. Parece que Japón confió demasiado en el efecto de la cooperación al desarrollo que estuvieron brindando y descuidó las imagenes remanentes del pasado. 




  1.  ¿FUE EL EMPERADOR HIRO-HITO UN CRIMINAL DE GUERRA?

Desde un punto de vista que considere que el Jefe del Estado es el responsable de las maldades cometidas en nombre del estado, si. Desde otros puntos de vista, también, porque se utilizó su figura para militarizar el país e incluso los paquetes de tabaco de los soldados aseguraban que era un regalo del emperador, también. Y Una vez que el país entró en guerra, el emperador también deseaba que ganara su propio país. Ahora bien, otra cosa es si realmente el emperador tenía autoridad para detener la espiral militarista en la que estaba inmerso el país. Un intento de negociación del Primer Ministro Fumimaro Konoe en China con la idea llegar a un acuerdo con el presidente Roosevelt de Estados Unidos, por ejemplo, se fue al garete porque los propios militares detuvieron al mediador al llegar a China. La idea era llegar a un acuerdo con Estados Unidos que fuera aprobado inmediatamente por el emperador, con lo que los militaristas no podrían negarlo. Frente al Pensamiento de Grupo, la capacidad de reacción era limitada, incluso para el emperador japonés.

 


  1.  ¿SE PRODUJO UNA “DESFASCISTIZACIÓN” DE LA ADMINISTRACIÓN Y DE LAS ÉLITES JAPONESAS EN 1945?

 

Se produjo una democratización en cuanto se permitieron de forma inmediata los sindicatos, partidos políticos y se puso en marcha una constitución democrática, muy avanzada para su época incluso en los derechos de las mujeres más que en Estados Unidos. El militarismo y todo lo que oliera a fascismo fueron asociados con las tres lustros bélicos y la democracia pasó a ser vista como la palanca para la modernización. En definitiva, se produjo una desmilitarización total y absoluta. Y se acabaron una buena parte de las razones que llevaron al militarismo, como una reforma agraria radical que igualó las rentas en el país. Pero cuidado, no confundamos eso con el autoritarismo y el control social, que ha seguido vigente.


  1.  ¿CUÁL HA SIDO EL LEGADO DEL MILITARISMO DERROTADO EN 1945? ¿HASTA QUÉ PUNTO PERSISTE EN LA ACTUALIDAD?

 

Más allá de personajes curiosos como Yukio Mishima, un participante asiduo en las manifestaciones de izquierda que creía en la divinidad imperial, poca cosa. Los militares son pocos y no están muy entusiasmados en entrar en guerra. Además, cada vez están más identificados con las actividades humanitarias, como en tantos otros países, desde que ayudaran a la democratización de Camboya, en los años noventa. Ahora hacen campañas de afiliación porque la vida del ejército no atrae mucho a la juventud, como en tantos otros países


  1.  ¿LA EXTREMA DERECHA POLÍTICA E INTELECTUAL TIENE PESO EN EL PAÍS ACTUALMENTE?

Tiene una característica parecida a la italiana, su vinculación con la mafia, la yakuza. Desde comienzo del siglo XX, el lumpen ha sido utilizado para minar las campañas de protesta, bien portando palos, espadas, porras e incluso pistolas para reventar mítines o intimidad oponentes políticos, en parte porque el uso de fuerza física era aceptado tácitamente. Después de la guerra, la violencia es mucho menor, pero están comprobados los planes para utilizar a la mafia con el fin socavar las manifestaciones previstas ante la visita del presidente Dwight Eisenhower a Japón en 1960 para firmar el Tratado de Seguridad, Anpo. A través de Yoshio Kodama, la mafia ofreció 18.000 gánsteres para contrarrestar los cientos de miles de manifestantes opositores que se preveían, aunque la visita se canceló. Después, ha aparecido de forma recurrente en escándalos de tipo político: pueden dar mítines contra determinados políticos y pueden dejar de darlos contra otros

23/10/2019 La Vanguardia / Historia y Vida nº 620 / ENTRELIBROS
Abril 2020 Salvador Rodríguez Artacho

Rodao020 SVP por Rodriguez Artacho020

Mirai. Estudios Japoneses ISSN-e: 2531-145X http://dx.doi.org/10.5209/mira.69945

Rodao, Florentino (2019): La soledad del país vulnerable. Japón desde 1945. Barcelona: Planeta [ISBN: 9788491990697]

Me identifico plenamente con la frase “sólo quise salir de España”, aunque por aquel entonces (en mi caso, 1994-1995) ya se había despertado en mí el interés por Japón. El autor de este libro, el profesor Florentino Rodao, reconoce que no tenía ningún interés particular por Japón. Para ser así, nos congratulamos por haber logrado tan magna obra, cuya ejecución sólo se alcanza sobre la base de un evidente, fino y asentado incuestionable interés por Japón. 

 

En aquel tiempo puede que no lo tuviera. Ahora es imposible que Rodao pueda ocultar su irresistible interés por Japón. “Aún hace falta mucho por cambiar la imagen de Japón”, se lamentaba Rodao con desasosiego y cierta dosis de amargura y frustración cuando se refería a una de las reseñas sobre la publicación que esos días recogía el Periódico de Aragón. De nuevo se había recurrido al tópico de enfrentar tradición y modernidad con una de esas mezclas de imágenes del castillo de Osaka, de un lado, y rascacielos por otros. Como si del oxímoron “tradición moderna” se tratara, el ejemplo servía de hilo argumental al autor de la obra para estimular a los presentes hacia un ejercicio de autoexigencia más allá del tópico. “No se queden en lo superficial” parecía estar diciéndonos. Aprovechaba el tópico Umbraliano “yo he venido aquí a hablar de mi libro” no tanto para hablar de su obra –que también, pues llegó a reconocer que era “precioso” lo que aprovechamos para felicitar a la editorial, en especial por el grandísimo acierto, aunque haya supuesto un esfuerzo adicional, de regalarnos esas impactantes imágenes de gran simbología histórica que centran –nunca mejor dicho– el tomo– sino a poner los puntos sobre las íes en los numerosos desaciertos y errores que arrastrábamos como sociedad y como nación en promover entre nosotros mismos la importancia de las relaciones bilaterales entre España y Asia/ Japón. “Creemos llevar las luces largas y apenas llevamos las de posición”, decía el profesor Rodao. Desde el Plan Asia, pasando por las conmemoraciones del 150 aniversario de relaciones, o en 2012 cuarto centenario de relaciones hispano-japonesas, hasta permitir que los japoneses crean equivocadamente –justificadísimas celebraciones lusas mediante– que Francisco Javier era portugués. 

 

Todo sucedía el pasado 24 de abril de 2019 en uno de los muchos actos de presentación de este libro. Fue en Casa Asia (Madrid), presentado por el Ministro Josep Piqué –quien tuvo una brillante intervención, elogiosa hacia el autor y la obra–, el Embajador Antonio de Oyarzabal –quien mostró su cercanía al autor y rompió una lanza en favor de su trayectoria académica– y por David Navarro, Director General de Casa Asia. Y se refería a dicha idea –nuestro autor– después de haber recordado con gran respeto, admiración y sinceridad, al tiempo que modestia y plena conciencia de privilegio, qué buenas dotes para nuestra lengua tenía (y aún tiene) su más destacado alumno de español, el, antaño autor de The Thames and I –A memoir of two years at Oxford– y hoy la más digna persona a quien Japón entero y la dinastía asocian su nueva era imperial Reiwa. Anécdotas desde la proximidad –allá por el año 1992, Expo se Sevilla, JJOO de Barcelona…– de la que extrae tener conciencia de su bonhomía y de su interés por aprender, lo que le lleva a concluir que Japón quedaba en buenas manos. De Palacio imperial a crítica de tópicos, no estamos ante uno más de los más reputados especialistas de Japón, sino ante quién se ha atrevido a contarlo todo de una vez. Es una de esas obras equilibradas y completas que a todos nos hubiera gustado escribir. Su vasta experiencia, agudeza sensorial –Japón no basta verlo, hay que olerlo, masticarlo, escucharlo –que no sólo oírlo– y sobre todo tocarlo– y con su profundo conocimiento se pone al servicio de un único objetivo, a saber, ser capaz de sintetizar en apenas 530 páginas todo lo esencial, incluido lo que aparenta no serlo.

 Nadie que diga que tiene interés en Japón –por inicial que sea– puede dejar de leerlo. Pero tampoco pueden evitar este libro los especialistas y expertos. El libro tiene –a mi modesto entender– la cualidad de libro irremplazable: cualquier experto o especialista en cualesquiera de las materias y contenidos que aborda el autor aprende o descubre algo. Y teniendo en cuenta el abanico de materias que abarca, el mérito se explica por sí solo. 

 

Así, a los expertos en Derecho Japonés les proporcionará varios datos, varias ideas, y/o varias obras que desconocía. Igual le sucederá al experto en economía, en cultura, en arte, en política, en sociología, en historia, en relaciones internacionales, antropología o en vida cotidiana. Si esta conclusión es dable respecto de cualquier experto, todos los especialistas son también sus naturales destinatarios, sin que ello signifique que al tratarse de una obra general –pero rigurosa– no incurra en carencias y hasta en algún error. Sólo a quien hace la tortilla se le rompen los huevos. De lo contrario, la obra habría sido una enciclopedia. De nuevo será cada especialista quien esté llamado a encontrarle carencias y de paso, hará bien en participárselas al autor, pues otra característica de la obra es el generoso plantel de especialistas y expertos con quienes ha departido, compartido y discutido hasta en los más 

Mirai. Estudios Japoneses ISSN-e: 2531-145X http://dx.doi.org/10.5209/mira.69945 RESEÑAS 168 Reseñas. Mirai. Estud. Japon. 4, 2020: 167-171 

 

aparentemente insignificantes detalles de la obra. El objetivo del contraste del dato no era sólo asegurarse el acierto y rigor científico, sino con vistas a reconocer los límites, lo que honra doblemente tanto al autor –un apasionado de su trabajo– cuanto a su obra. Por lo tanto, no dejaré de apuntar alguna que otra sugerencia de comprobación. 

 

Apenas un día después de aquella presentación en Casa Asia Madrid, Agustín Rivera desde “El Confidencial” (Málaga) se hacía eco de la obra del “experto nipólogo” elogiando encontrarnos ante “una guía imprescindible para profundizar en la atractiva sociedad japonesa”. Y en agosto de ese año, un especial de Guillermo Altares “Fascinación por Japón” en Babelia,1 bajo el título “Obsesión por la perfección” se hacía eco de una explicación del autor de esta obra: “nos atrae mucho la diferencia porque además se trata de una diferencia que nos muestra que es un país que tiene muchas cosas que enseñarnos” y atribuía al libro servir de “amena e instructiva guía de la historia, pero también de la cultura, la política o la sociedad de este país”. Corto se queda. La obra es mucho más. Va por su segunda edición. El 18 de mayo de 2020 se organizaba un webinar en Casa Asia –aún sufriendo los rigores de cierto confinamiento– que agotó las 400 inscripciones telemáticas. 

 

Al leerlo, notas que le deberás mucho. Será, además, libro de consulta recurrente. El título es toda una declaración de intenciones, no necesariamente desconsiderado o descortés, o con ánimo descalificador. Pero si provocador, muy en línea con un autor que se siente cómodo cuando no está cómodo. Rodao es uno de esos investigadores y académicos que en cuanto nota que el zapato sienta como un guante se apresura a introducir dentro esa piedrecita –o grupo de piedrecitas– que necesita todo buen zapato para que sintamos una leve molestia al andar. Es la vacuna contra el conformismo, a modo de acicate que nos saque de la zona de confort. Ya lo demostró con otros títulos como Franco y el Imperio Japonés, el profesor Rodao no está aquí para escribir cualquier libro, sino para hacerlo desde el inconformismo, la rebeldía y la crítica a conciencia. Al pan, pan, y al vino, vino. 

 

A vueltas con el título, La soledad del país vulnerable no es lo mismo que “La vulnerabilidad del país solitario”, aunque el contenido hubiera soportado, con probablemente el mismo acierto, ambas opciones. Con el profesor Florentino Rodao, que –como digo– gusta de llamar a las cosas por su nombre –más aún si da una clase o una conferencia que tal vez escribiendo, y digo bien, solo tal vez, pues cabe leer entre líneas– el lector sabe que el tema objeto de estudio va a ser escudriñado con manos y mente de orfebre. Seria indagación que aplicará con esmero y sumo cuidado a las fuentes primarias y secundarias. El título lo debe todo –o casi todo– al contexto internacional. Pareciera que Japón destina tantos esfuerzos para encontrar su lugar de influencia y poder, como para justo lo contrario, esto es, encerrarse en sí mismo para evitar esa vulnerabilidad que la internacionalización está desenmascarando. No deja de buscar con ahínco su lugar en el nuevo [des]orden internacional. Pero tal vez no deberíamos olvidar que la vulnerabilidad es un vehículo necesario para demostrar la resiliencia. Buena cuenta de ello deja traslucirse de varios pasajes de la obra, pero señaladamente, del capítulo 4 dedicado a “Fukushima y la cultura del desastre”. 

 

El título no huye del intencionado juego de palabras – el propio autor reconoce que generó un acalorado debate en redes sociales– que arroja la duda de si el énfasis pretende ponerlo en el carácter solitario del país asiático o en su vulnerabilidad, en un contexto geopolítico que no vaticina ni augura imagen de debilidad, y por tanto vulnerabilidad, sino un marcado anhelo por fortalecerse. Pero no siempre querer es poder. 

 

Regresando al cambio en el orden de los factores, seguramente que “la vulnerabilidad del país solitario” no habría afectado el producto. Una pena –si acaso– que solo se ocupa de un Japón muy moderno (el libro arranca en 1945) tal como recoge el subtítulo Japón desde 1945. Volviendo al contenido, pudiera aparentar una concatenación de temas desconexos, en el que pueden identificarse argumentos que, por sí solos, podrían haber constituido libros independientes. Hay una clara cronología ordenada en capítulos 1, 2, 3, 4 y 5. En esta parte, brilla con luz propia el texto que a modo de paréntesis dedica todo el extraordinario capítulo 4, antes mencionado –que tal vez podría ser el central de la obra– sobre la cultura del desastre y la catástrofe de 2011 de Fukushima. A partir de ahí, se abandona la referencia cronológica del índice para ir abordando la cultura, la vida cotidiana, el Estado y la sociedad, los capítulos sobre nación e identidad o el peso de la memoria (cap. 10 y 11) y volver a la cuestión siempre recurrente de la vida y la muerte en la sociedad japonesa. En realidad, no se abandona del todo la perspectiva cronológica, pues cada uno de estos temas es abordado desde una óptica siempre histórica, de modo que las explicaciones sobre el Japón actual vienen precedidas, acompañadas o contextualizadas de una evolución temporal, incluso aventurándose, en ocasiones, a adivinar hacia dónde irá la historia. 

 

No elude los temas más espinosos, en los que se adentra sin miramientos. La responsabilidad imperial en la Guerra, la masacre de Nanjin, la discriminación de la mujer en el ámbito político, económico o social, la corrupción política, el amakudari, las tasas de suicidio, la discriminación racial o de minorías, el nacionalismo, los hikikomori o las extravagancias –que son muchas y variadas– que admiten por regla general rechazo o admiración según el color del prisma con el que se miren.

 

 Especialmente bien enfocado y presentado me parece la exposición en torno al fenómeno de los hafu (acertada cita 64 de capítulo 10 al documental de Megumi Nishikura y Lara Pérez Takagi “hafufilm” en el que vaticinan un “Japan is changing” a tenor de unos 20.000 nacimientos anuales de niños mixtos, uno de cuyos mejores exponentes es la atleta femenina que ha roto el récord de facturación (34,2 M€) en un solo año, mitad haitiana, mitad japonesa Naomi Osaka (El País, 30.5.2020). Y en el ámbito político el hafu que logra llegar a Gobernador de Okinawa, Denny 1 El País, nº 1.447 17/8/2019. Reseñas. Mirai. Estud. Japon. 4, 2020: 167-171 169 Tamaki, víctima en su infancia –como casi todos– de ijime (en sus vertientes de castigo, escarmiento o tiranizar, oprimir, o simplemente bullying) de quien se cuenta que la explicación que solía ofrecerle su madre sobre aceptar la diversidad y así sobreponerse al acoso que sufría era que se fijara en los dedos de la mano para comprobar cómo todos miden distinto. 

 

De cara a la lectura, hubiera preferido que el índice de contenidos hubiera estado al principio…. y no al final, al igual que resulta menos cómodo la distribución de citas en las últimas páginas, por capítulos, frente a manejarlas en la parte inferior. Esta es una cuestión menor. 

 

Un índice de contenidos que engaña. Pues en cada epígrafe en que se divide cada uno de los 12 capítulos se contiene, a su vez, una variada pero muy cuidada –no se dan puntadas sin hilo– incorporación de subepígrafes que vienen a guiar al lector hacia el contenido adecuado, al relato más amplio y conexo de los contenidos de mayor espectro organizativo, predisponiendo acertadamente y sin distracciones el disfrute de la lectura, aunque a veces puedan aparecer dobles interpretaciones. Así, el meteorológico “Bombardeos en la canícula” (p. 22), el enigmático “En busca de una economía autosuficiente” (p. 32) o el equívoco “la maleable percepción de occidente” (p. 47). “La complementariedad” (p. 67) define un beneficio mutuo de la relación EE.UU, estando Japón dentro del “auge inestable” del periodo 1952-1964, inmediato a la firma del Tratado de Paz.

 

 Hay otros buenos ejemplos, de los que –para no cansar– destacaría estos, desperdigados por la obra: “La política adaptada y la política perpleja” (p. 92); “Burbujas que anulan sensateces” (p. 110); “El cambio político inacabado” (p. 135); “La cultura del desastre” –este es un título de capítulo– (p. 181); “El samurái ceremonioso” (p. 220); “La lectura y la libido” (p. 223); “Los desfavorecidos, espejo propio” (p. 271); “Sexo, armario y desinterés” (p. 293); “Buena mujer, madre sabia” (dicho popular) (p. 299); “Persuasión moral por obligación” (p. 308); “El pincel y el país” (p. 346); “Unicidad y no tanta unicidad” –este es, asimismo, un título de capítulo– (p. 361); “La fatiga de las disculpas” (p. 381); “Predisposición al perdón” (p. 384); “La historia como arma” (p. 389); “Hegemonías en desafío” (p. 397); o “espacios por rellenar” (p. 425). 

 

En uno de los pasajes sobre gestión empresarial bajo el subepígrafe “Idas y venidas de la gestión japonesa” (Vida cotidiana y sociedad) se refiere a cómo el kaizen es elevado a la categoría de filosofía y añade “Quizá el apelativo japonés pueda sustituirse simplemente por “sentido común” si significa pensar a largo plazo cuidando el bienestar de los trabajadores” (p. 288). El libro en ese pasaje aborda el interesantísimo caso de Carlos Ghosn. Su fuga es digna del mejor guión de Hollywood y confío en que acabe en manos de un buen director. Debió caer como un verdadero mazazo en los responsables policiales y políticos de la vigilancia y custodia del arresto domiciliario, así como en el departamento de fronteras japonés en el aeropuerto de Ôsaka, por no elevarlo a la categoría de sonrojo. Me hizo recordar la desazón que a los hombres de bien provocó la huída de Carles Puigdemont, declarado “procesado rebelde” por auto de 9 de julio de 2018 (Sentencia 459/2019 del Tribunal Supremo de 14.10.2019, popularmente conocida como Sentencia del Procés). El libro es anterior a la fuga, pero contrapone sus éxitos empresariales con un “más allá de una detención provocada por un cierto descontrol del cuál no fue el único culpable”. Los cargos contra Mr. Ghosn no son menores: fraude fiscal e irregularidades financiera, que se amplió a abuso de confianza, a lo que se añadió fugarse de la justicia y, como prófugo, es objeto de una orden de captura en Líbano, aunque al no existir tratado de extradición, es harto improbable que sea devuelto a Japón. Los esfuerzos diplomáticos que viene realizando Japón desde entonces son extraordinarios. A buen seguro que el caso Ghosn será estudiado en futuras revisiones del libro, en especial, por las acusaciones de falta de garantías y nula confianza en el sistema judicial japonés en el que no prima, precisamente, la presunción de inocencia –siempre según las manifestaciones del propio Ghosn– y la contundente y firme defensa de su sistema de procedimiento criminal que realizó la mismísima Ministra de Justicia Masako Mori, pues la credibilidad del sistema fue puesta en entredicho. No es una cuestión menor y Japón lo sabe. En el asunto de Nissan, no creo haber visto cita a Turnaround –How Carlos Ghosn Rescued Nissan (2003), del periodista David Magee, quien ensalza la carrera directiva de Mr. Ghosn a su paso por Michelin, Renault y finalmente Nissan, empresa a la que se incorpora en la primavera de 1999 y en el que se describen al detalle las claves de la lucha intercultural en el seno de una multinacional japonesa con su máximo ejecutivo brasileño-libanés. No sólo impuso el inglés como idioma en la compañía, sino que llegó a circular un diccionario interno con 47 vocablos clave….todos en inglés, con el que debían familiarizarse todos los directivos y mandos japoneses. Todo se basaba en “hablar claro”. Justo todo lo contrario de como hablan los japoneses. Otra sugerencia, si se me permite. 

 

Akihito no pasará a llamarse emperador Heisei….hasta que fallezca (p. 431). Ha cambiado la era y al estar vivo el Emperador abdicado, se le dota del honorífico propio de su condición, de conformidad con la ley ad-hoc que hubo de promulgar la Dieta para regular la abdicación, al no preverla ni la Constitución japonesa ni la vigente Ley de la Casa Imperial de 16 de enero de 1947 [皇室典範(こうしつてん ぱん、昭和22年法律第3]. Así, de conformidad con la Ley Especial de la Casa Imperial sobre la Abdicación del Tennô de 9 de junio de 2017 [天皇の退位等に関する皇室典範特例法]2 el emperador abdicado recibe el tratamiento de Jōkō (上皇) que el Kunaicho ha traducido como “emperador emérito”, equivalente al tratamiento de nuestra Ley Orgánica 3/2014, de 18 de junio, por la que se hace efectiva la abdicación de Su Majestad el Rey Don Juan Carlos I de Borbón (B.O.E. 19 de junio de 2014). 2 

El texto original de la norma puede consultarse en https://www.kunaicho.go.jp/about/seido/seido11.html 170 Reseñas. Mirai. Estud. Japon. 4, 2020: 167-171 

Otra puntualización que me atrevería a señalar tiene que ver con el orden de acontecimientos en los actos en torno a la sucesión al Trono. La ceremonia de proclamación/entronización (22 de octubre de 2019) es anterior al Daijôsai, (14-15 noviembre de 2019) ritual en el que “finalmente accederá a la divinidad” (p. 431), afirmación que no se ajusta a su condición constitucional ni casa con la Ningen sengen (人間宣言 o Declaración de Humanidad) radiada a toda la nación el 1 de enero de 1946. No obstante, acierta de pleno en que si hay un acto en el que poder asociar la divinidad al tennô es, sin duda, al que se refiere el profesor Rodao, por lo que –tecnicismos jurídicos aparte– nuevamente –y hay numerosos ejemplos más– acierta a poner el dedo en la llaga. 

 

Teniendo en cuenta el periodo que aspira a cubrir, la obra resulta acertadamente equilibrada. De hecho no es del todo riguroso –y lo digo como elogio, que no como crítica– en mostrar un Japón única y exclusivamente a partir de 1945, pues no puede sustraerse a la conveniencia, oportunidad –cuando no simple necesidad– de abordar momentos anteriores para justificar éste o aquél acontecimiento. Baste citar algunos de la restauración Meiji de 1868 y siguientes (con algún baile –esporádico– en el año de la Constitución Meiji, que es de 1889) u otros de comienzos de siglo o, sobre todo, el periodo de la propia Guerra Mundial, previos a la rendición incondicional de 2 de septiembre de 1945. De hecho, incluye un subapartado específico para comparar 1868 y 1945, dos momentos históricos muy distintos, pero cuyo contraste ofrece opciones de sacar interesantes puntos en común. Es una confrontación muy acertada que aborda con una muy destacable habilidad expositiva y una estructura de subapartados que es, en sí misma, un ejemplo de acierto, coherencia y reclamo, que engancha al lector, concatenando cada apartado, erigiéndose –una vez más, como en otras ocasiones a lo largo de la obra– en un nuevo estímulo para profundizar. Y todo ello en apenas 10 páginas. 

 

Me atraen, particularmente, las frases contundentes –ideas fuerza– que lejos de estar desperdigadas por la obra sin ton ni son, encajan con precisión en el momento adecuado de cada capítulo. A veces con su punto idóneo de precisión, como cuando con su “fueron apenas dos puntadas pero con mucho hilo” se refiere a los acontecimientos “nimios” de 1868 de cambiar la capital y atribuir la condición de taikun al Tennô (p. 435). O el muy acertado ejemplo del camaleonismo que se le atribuye a Kioto, la ciudad que parecía condenada a todo tipo de adversidades y que, haciendo de la necesidad virtud “(…) tomó el camino de la modernización sin amilanarse” (p. 436) de suerte que “Japón nos enseña que los cambios pacíficos pueden ser tan radicales como los violentos o revolucionarios; solo hace falta que seas perseverantes” (íbidem). O esta otra en la que afirma “Quizá Japón es un vagabundo errante, quizá un galápago temerario” (p. 437). Da que pensar. 

 

La obra hace un equilibrado uso de datos estadísticos, en el momento discursivo idóneo, sin apabullar con cifras ni porcentajes, sentando cátedra, pues afianza las ideas con cifras que reflejan hechos. 

 

Para un antequerano que recuerda de su infancia la leyenda que da nombre a la Peña de los Enamorados (también conocida como “la cabeza del gigante”, en la línea de horizonte entre Antequera y Archidona – De la tajada peña se arrojaron y en el aire las almas dejaron” (Carvajal y Robles)–) le produce especial fascinación cómo aborda la inquietante a la vez que preocupante tragedia del suicidio, a la que dedica el apartado “Suicidio y sociedad” en el capítulo 12, que se ha venido a llamar, sin circunloquios, “Vida y muerte en la sociedad japonesa”. Japón tiene esa particular forma de mirar de frente a la muerte, incluida la que gira en torno a la estética y belleza del seppuku. De nuevo entraríamos en un encontronazo de perspectivas si pretendiéramos aspirar a entender su complejidad, especialmente la que aplica la justicia. La pena de muerte es otro tema controvertido del que no huye la obra y al que los occidentales –especialmente los católicos– tienen que aprender a aproximarse intentando entender que para un japonés, la aplicación de la pena de muerte está desposeída de cualquier connotación religiosa [católica, habría que añadir], lo que marca una muy significativa diferencia.

 

 ¿Queda, por tanto, el contenido de la obra, irremediablemente lastrado por su título, hasta el punto de que de cada uno de los temas tratados (el mercado laboral, las relaciones interpersonales, incluidas las familiares, el orden geopolítico internacional, la política interna o la idea de nación o la cultura del desastre, además del estudio sociológico y económico) lo descriptivo y sobre todo el análisis nos sitúe más cercanos a la crítica –haciendo honor a la editorial– que hacia el elogio? Sí y no. No creo que el balance del libro sea que es crítico con Japón. Pero sí que hay más crítica constructiva que crítica a secas, lo que se explica por sí mismo para quienes conocen a fondo el país: Japón no deja odiarse. Parece en algunos puntos premonitorio, pues en los comienzos del nuevo año 2020 y aún sin sentirse del todo las consecuencias económicas de la última crisis sanitaria mundial (el brote de la Covid-19) la opinión pública cuestiona los resultados económicos del Abenomics. Daniel Rodríguez dice que Japón camina hacia la “irrelevancia”3 achacable –según el autor– al excesivo intervencionismo. Es el eterno equilibrio entre medidas liberalizadoras y aperturistas frente a las proteccionistas que sin embargo y a pesar del análisis de Rodríguez, chocan con la clara apuesta de Japón en el Tratado de libre comercio con la UE. ¿Japón irrelevante? Disiento. Creo más bien que está haciendo sus deberes. Estamos más bien ante un nuevo “El regreso de Japón” que preconizaba Fernando Delage (Política Exterior, marzo/abril 2014), más en línea con “Japón ha vuelto”, título con el que Shinzo Abe se presentó en el Centro de Estudios Internacionales y Estratégicos (CSIS) de EE.UU. el 22 de febrero de 2013, discurso que entrelazaba preguntas retóricas con cierta dosis de ironía…a la japonesa. Decía esto:

 “(¿Es Japón una nación de segunda fila?) El año pasado Richard Armitage, Joseph Nye, Michael Green, entre otros autores, publicaron un informe sobre Japón. Se preguntaban si Japón terminaría convirtiéndose en una nación de segunda fila. Secretario Armitage, aquí tiene mi respuesta: Japón no es y nunca será un país de segunda fila. Ese es el primer mensaje que quiero lanzar desde aquí. Se lo repito. He vuelto (risas, aplausos)– y así tiene que ser con Japón”. 

Reseñas. Mirai. Estud. Japon. 4, 2020: 167-171 171 

Y añadía el Primer Ministro nipón: “Eso es cuanto he querido decir. Podría parar aquí y someterme a sus preguntas durante los próximos 15 minutos. Sin embargo, percibo que el Embajador Sasae (de Japón en EE.UU.) ha comenzado a sentirse incomodo –(risas)– por lo que seguiré hablando de todas formas. Así tendrán que ser pacientes conmigo otros 20 minutos”. 

Algún Primer Ministro de Japón dirá un día que Japón no es y nunca será un país solitario ni vulnerable. Creo que estamos ante el libro sobre Japón que a fecha de hoy, en cualquier facultad de estudios asiáticos y/o de estudios internacionales en general, debe formar parte de la bibliografía básica, obligatoria e imprescindible para todo estudiante. Y lo seguirá siendo para siempre, independientemente cuantas otras obras vengan detrás que se acerquen a su calidad y rigor o que lo superen.

 

 En esta ocasión, el reclamo de marketing para atraer lectores que aparece en la portada “una obra imprescindible para conocer Japón en el cambio de era” lo sintetiza a la perfección. Porque, no olvidemos que en el Siglo de China (el XXI) Japón tiene razones para sentirse vulnerable. También tiene razones para sentirse en soledad. En torno a la pregunta “Has China won?” el politólogo Kishore Mahbubani respondía recientemente sobre si los vecinos de China (en referencia a Corea del Sur y a Japón) tenían razones para preocuparse con un “sí”, aunque el miedo no es a que se socave sus democracias. “Temen que restablezca el orden que rigió en Asia durante más de 1000 años. Y el proceso será doloroso, sobre todo para Japón”.4   El libro contiene muy buenas referencias cruzadas al contexto asiático, pues Rodao domina la región, en especial Filipinas, pero también todo el área del Pacífico en su sentido más amplio.

 Tal vez Japón solo tenga que entender quién es su país de referencia geopolítica. A fin de cuentas, en 100 o 200 años el paréntesis del periodo Meiji (1868 en adelante) y el de la Segunda Guerra Mundial y posterior hermanamiento con Occidente y con EE.UU. posiblemente se vean en su conjunto como un periodo en sí mismo, en que Japón logró asumir las bondades de Occidente, pero alejándose de su situación geográfica que le sitúa en Asia y bajo la influencia de China, aunque Japón no se diga a sí mismo ser Asia. O, por ponerlo en palabras del autor –de nuevo bordándolo– “miembro de Occidente con la tensión de Oriente” (p. 95). Un Japón que sigue sin querer (¿o tal vez sea poder?) salirse del paraguas protector o de influencia –o ambas cosas– de los EE.UU. La situación geopolítica de la zona no se lo permite. Mientras el Gobernador de Okinawa abandera una encuesta que logra un 70% de rechazo a las remodelaciones o mejoras de bases americanas, el Gobierno de Abe Shinzō ejecuta las obras. La alianza militar no se debilita. Es imprescindible, se amplía la confianza en la compartición de información, se desarrollan programas conjuntos y Japón –al igual que EE.UU.– ya crea una división de fuerzas de autodefensa espaciales para hacer frente a los nuevos desafíos de seguridad, aunque no estemos sino ante una estrategia más cosmética que funcional. Japón también quiere ir a la luna en 2030, según su Agencia Espacial JAXA. No parece un proyecto para un país de segunda fila. Aunque sea un reto solitario y nacionalista –en el buen sentido– dentro de la actual carrera espacial. El libro adelanta cuestiones que los hechos sólo han venido a corroborar. La llamada de atención a Japón sobre las políticas de igualdad parece haber sido escuchada nada menos que por quien podría estar llamado a ser pronto Primer Ministro, el “joven” –para estándares japoneses– Koizumi Shinjirō, aunque cuenta con no pocos detractores, por faltarle capacidades políticas y atribuírsele un discurso político no excesivamente brillante. The Economist titulaba recientemente “The land of the rising son” un artículo sobre el ascenso político del hijo de Koizumi Junichirō. Las dinastías y sagas de familias de políticos (los asientos heredados en la Dieta) no escapan al análisis político (verbigracia, “El cambio político inacabado” pp. 135 y ss–, entre otros pasajes) del libro.

 

 Siendo Ministro de Medioambiente ha cogido recientemente su baja por paternidad de dos semanas. Ningún padre lo había hecho como miembro del ejecutivo. Y además lo explicó muy clarito ante la opinión pública. Me pregunto si a lo mejor el Sr. Koizumi (hijo de “Lion Heart”, Junichiro Koizumi) habrá leído el libro de Rodao, pues su gesto hace y hará a Japón menos vulnerable y solitario. Shinjirō –estudiante de máster en la Universidad de Columbia, un dato a tener en cuenta si finalmente llega a jefe del ejecutivo en los próximos años– está indicando el camino correcto, encajando en el vocablo ikumen (paternidad activa en la crianza de hijos).

 

 Acabo. Le debo mucho a este libro que he disfrutado de manera pausada, con lápiz y goma, subrayando frases, pasajes y muy especialmente, referencias bibliográficas a cuya lectura prometo abandonarme en el futuro. Pero también le debo perder dinero, lo que nunca perdonaré. El sistema ferroviario japonés funciona como un reloj de precisión de maquinaria suiza. Pareciera disponer de varios cientos de complicaciones, a cuál más compleja, que se prolonga más allá de los trenes y vías a los andenes y medios y métodos de acceso. Pero, a pesar de las dificultades idiomáticas y contrariedades geográficas y físicas, no recuerdo haber perdido jamás un tren en Japón. Tuvo que ser la estación Zaragoza-Delicias. Allí estaba, apaciblemente sentado, tras mi participación en las conferencias del Grupo Japón de la Universidad de Zaragoza, mientras hacía tiempo esperando la hora de salida del AVE que regresaba a Atocha. Perdí la noción del tiempo absorto en la lectura de no recuerdo ahora qué pasaje o capítulo…..y así perdí mi tren. Por culpa de la soledad de un país vulnerable. 

 

Salvador Rodríguez Artacho Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED)

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