Asistí a una fascinante conferencia de Shigehisa Kuriyama (Harvard) cuando estaba en Berkeley, en 2016, sobre la aportación de la medicina a la autopercepción en Japón. Empezó con una representación nipona de 1850 sobre el interior del cuerpo humano que, en teoría, refleja la continuidad de la influencia china sobre el entendimiento del interior del cuerpo humano. Obviamente, muy diferente de la occidental.

Lo más importante vino al final, con las figuras de ricos defecando monedas de oro para contribuir a la reconstrucción de Edo tras un terremoto. Explicó su lógica. El dinero existe más allá de lo que nosotros necesitamos para mantenernos en vida, y comiendo más estamos adquiriendo alguna forma de muerte, la cual se evita con el trabajo, considerado como forma de devolver ese exceso. Había una obligación moral de trabajar. El dinero vive solo si circula, y había una ligazón muy fuerte entre el ki (vigor, energía) y el dinero que circulaba en la sociedad; ambos estaban movidos por el trabajo y de ahí comenzó la importancia de los masajistas profesionales. Los ricos eran los que podían comer de sobra, y por tanto en momentos difíciles eran los que debían contribuir. Interesante forma de entender la cultura japonesa, que se mantiene en la actualidad, por ejemplo, en su menor ostentación de riqueza.

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