Florentino Rodao Yubero, 1925-2020

Era una buena persona y para muchos nos basta, pero además era un gran luchador, y eso ha sido una inspiración. Como tantos en España, miembro de una de las familias más pobres de su pueblo, Armuña (Segovia), mi padre no se conformaba con su incierto futuro como descendiente de un emigrante portugués llegado a trabajar durante la cosecha y casado con una local. Prefirió marginar esa parte de sus orígenes. Como tantos descendientes de emigrantes de zonas pobres, insistía que su apellido era aragonés, por la terminación, y solo visitó Vila Velha de Ródão de mayor, cuando los hijos le llevamos con sus nietos, y por supuesto a las Portas de Ródão, donde el Tajo entra en Portugal. Flores, como le llamaban en el pueblo, consiguió ganar al destino luchando. Aprovechó la mili para aprender de salud —nunca olvidaré sus inyecciones en el «pompis», presumía de hacerlo mejor que nadie— y tras haber trabajado en Segovia de oficinista se preciaba de su velocidad con la Olivetti. Después se casó con una mujer de clase media, entre demostraciones de beatería y gracias a su buena pinta, como siempre señaló mi madre.

Segovia se le quedó corta a Flores y, aunque su primer hijo nació allí, para la siguiente la familia ya residía en Madrid. Ya había aprobado las oposiciones para enseñar como maestro de escuela en la capital, y pudo traer a la familia, pero siguió sin bastarle. Hizo dos carreras, Pedagogía y Psicología, y siempre me recordaba haber estudiado conmigo encima de sus piernas. De eso no me acuerdo, pero sí de su conversación amistosa con el conductor y el revisor del F, el autobús que tomaba —y se sigue tomando— para ir a la Facultad de Pedagogía de la Complutense: su edad estaba muy por encima de la media. Tenía miles de fichas, quizás pensando en una tesis, y no sé muy bien por qué no entró en la Universidad. Imagino que con tanto hijo no podía dar clases gratis durante años, la forma en la que entraron muchos durante el franquismo: no había recursos. Se presentó a las oposiciones de inspector, que no sacó, impartió clases particulares con mi madre en casa —gracias a ellas viví mis primeros escarceos amorosos— y puso una consulta y una placa que aún queda en la puerta de su casa: «Psicopedagogo». Maestro de escuela siguió sin bastarle, continuó dale que te pego.

Enseñar en Ginebra a hijos de emigrantes

En Ginebra, en 1972, comenzó uno de los hitos de su vida como profesor para hijos de emigrantes. En esos años, los emigrantes españoles invadían Europa, con parecidas humillaciones a las que sufren los que llegan ahora, y el Ministerio de Educación enviaba profesores para que los hijos mantuvieran su identidad y, de paso, evitar tanta oposición: los Primeros de Mayo y demás días proclives a protestar contra el franquismo debían organizar excursiones con los alumnos y sus familias. Como tantos españolitos, mi padre quedó anonadado de la Suiza de entonces: tras un accidente de trenes, replicó que el conductor debía ser español. La colección de coches que me trajo entre viaje y viaje fue decisiva para los años finales de mi infancia, pasé cientos de horas entre carreras de Ferraris, Mustang y demás. Su trabajo también influyó en nuestra vida de otras muchas formas, por los veranos en el Pirineo, en Sarvisé (Huesca), gracias a un programa de la Renfe para hijos de empleados que incluía cursos y test psicotécnicos para ayudarles a decidir sobre su futuro.

De entonces, recuerdo la pandilla con los chicos del pueblo y de alrededores y, por supuesto, otros nuevos escarceos amorosos inolvidables, como Nuria o Blanca, todas de Zaragoza. Esos años fueron cuando amplió su biblioteca, no solo con libros revolucionarios (de la distribuidora XYZ, eran pequeñitos pero antifranquistas a tope), sino también otros que también me atraían. El más morboso, uno de Enrico Altavilla, Suecia, infierno y paraíso (1970), con una rubia despampanante en la portada, que me leí de extranjis en una sola noche. Y La guerra civil (1976), de Hugh Thomas, ese texto que hacía de la historia una forma amena de entender mejor el mundo, que ya sí leí sin esconderme.

Libros de texto con Edelvives

Su salto económico lo dio a comienzos de la década de los setenta, con Nosotros y los números y Observo y experimento (ambos, 1971-1980), los libros de texto y ejercicios con los que tantos escolares estudiaron Matemáticas y Naturaleza y Sociedad, entre primero y tercero de EGB. Intentaron que los hijos apareciéramos en una portada, pero no coló y la foto apenas valió para el boletín del colegio donde enseñaba, actualmente el Jaime Vera, aunque para mí siempre será El Zuma.

Todos los autores de la editorial Edelvives vivieron el maná de los derechos de autor comprando o cambiando de coche, y nosotros pasamos del Seat 600 a un R-8, que al menos nos permitía poner la espalda en el asiento a los cuatro hermanos al tiempo y no parar bajo los puentes a que el agua del radiador bajara de temperatura. Y con esa mejora económica, incluso alquilaron una casa de verano en Guadarrama, en la urbanización La Jarosa de la Sierra, con Jaime Blanch de vecino, donde fuimos tras las vacaciones por la muerte de Franco. Aquí el recuerdo de unos escarceos amorosos ya había subido de nivel, en La Brisa y esperando los bloques de bailar agarrado, como ya había hecho en las fiestas de San Bartolomé en Armuña, pero sin estar rodeado de la familia.

Academia COE

Siguió combatiendo, y tras comprar un piso en la calle Fuencarral, mi padre puso la academia COE (Centro de Orientación Educativa), que me llevó a mí a buzonear cursos de preparación de oposiciones, graduado escolar e idiomas por medio Madrid. Y a aprender cómo convencer a las porteras para que me dejaran pasar cuando acababan de fregar el piso. Por supuesto, sin pagármelo, aunque sí empecé a disfrutar de los bares cuando llevaba a un amigo: invitaba a dos cañas y unas bravas. Y gracias a una cooperativa del Ministerio de Educación que tardó siglos en concluir su objetivo —las calles tienen los nombres de La Odisea—, mi padre alcanzó la cúspide: fue dueño de un chalet adosado en la carretera de Majadahonda a Pozuelo, un Peugeot 7 (o 9 o algo así) y una madre vestida de negro que se ponía a la puerta de la casa a ver pasar a la gente, como si la urbanización El Pinar del Plantío fuera su pueblo. Yo ya estaba en la universidad y empecé a ganar un dinerillo cuidando perros y regando jardines, aunque de ese chalet recuerdo el frío que me hizo pasar por ahorrar fuel; me sentía una momia, enrollado en varias mantas.

La democracia la recibió con alegría (votaba a Suárez), pero la ley del divorcio menos. Mi madre, entre que empezaron a vivir separados, uno en Majadahonda y otro en Madrid, y que ella tenía su propio sueldo como maestra, pidió la separación. Era cuando en España ni siquiera se había inventado eso de pagar una pensión por mantener a los hijos y cuando todavía se escuchaba eso de «el divorcio no es para los españoles». Muchas otras envidiaron esa decisión, en especial amas de casa, pero mi padre nunca se recuperó: cuando yo me separé, le bastó medio minuto para evocar su desgracia. Sobrellevó su nueva vida trabajando sus últimos años en Segovia en el SOEV, el Servicio de Orientación Escolar y Vocacional, haciendo test y aconsejando sobre cualidades, y en su despacho siguen los miles de dibujos que le hicieron estudiantes segovianos. Mi padre me ha servido de ejemplo: escribió Nuevo método para el aprendizaje de la ortografía (1976, 3 vols.), Test de matrices progresivas de Raven. Manual de aplicación y baremación española en preescolar y EGB  (1982) y, con Faustino Cuenca, publicó Cómo superar la psicomotricidad del niño (1984) y Niños diferentes (1986, traducido al portugués).

Centro de Meditación Transcendental

Su gran placer fue el CMT, el Centro de Mediación Transcendental, un lugar precioso junto a un denso pinar cruzado por el río Eresma, en donde plantó cientos de árboles frutales que a veces sufrieron heladas, pero que nunca le mellaron el ánimo. Con la mula mecánica era feliz, aunque no dejó de desear encontrar una nueva pareja. Pensó en irse a vivir a América Latina e incluso andaba comentando la belleza de las geishas a raíz de mi primera postal desde Tokio. Pero tras su neurinoma del acústico, su vida cambió. No lo olvidaré, era mi treinta cumpleaños, el 15 de septiembre, fiesta de la tercera edad en Japón, cuando me llamaron para felicitarme, y «de paso» informarme de que tenía un tumor benigno cerebral que llevó a que le abrieran la tapa de los sesos, enfundado en un yukata que le había traído de Tokio. Salió milagrosamente bien, y solo le quedó un problema aparentemente secundario, no poder cerrar bien el párpado del lado izquierdo. Esto le trajo por el camino de la amargura y molestias continuas; tuvo a mis hermanas yendo a su casa durante años a echarle gotas y hubo de dejar de pensar en rehacer su vida. El CMT siguió siendo su amor y allí aproveché a presentarle a la que entonces era el mío, la madre de mi hijo, a quien le dio la bienvenida a la familia a su manera, con un grillo entre las manos rodeado de niños expectantes ante el seguro sobresalto.

Declive paulatino

Su vida se fue apagando poco a poco, empezando por la cabeza. Su última pasión era ir al Auditorio los viernes, tuvo el abono por muchos años y con ello pudimos darnos cuenta de su empeoramiento: nos llamaron varias veces para que le recogiéramos de un bar o de alguna tienda. Llegaba a Cuatro Caminos, pero se perdía al salir del metro, y no admitía usar un taxi, por supuesto. Lo más grave fue cuando un día se dejó el gas encendido: menos mal que los vecinos notaron el olor, abrieron su casa, llegaron a tientas hasta la cocina y lo apagaron. Tomás y Ana tenían la llave y salvaron la vivienda de una explosión mientras mi padre dormía plácidamente. Desde entonces, mi padre pasó a vivir acompañado por Elida Rivera, una guatemalteca que es puro amor y que, después de casi ocho años, es parte de su familia: «Siempre va a estar en mi corazón», me acaba de escribir. Elida le acostumbró a todo tipo de comida, en especial las arepas, mientras que mi padre se empeñó cientos de veces en salir a Segovia a ver a sus padres o a Armuña, o al CMT. El resto del tiempo lo pasó leyendo y releyendo continuamente en su mesa de toda la vida; era un fan total de Osho y siempre tenía en su mesa a Kierkegaard (no lo confundía con Schopenhauer) y a Hesse, y entre que se enteraba y se dejaba de enterar se pasaba todas las mañanas y buena parte de la tarde en su despacho.

Finalmente le volvimos a juntar con su ex, a la que nunca ha dejado de echar piropos y mostrar que ha sido la mujer de su vida. Desde el cielo seguro que está sufriendo porque ella haya ingresado en el hospital justo el día de su muerte, quizás con un cierto regusto de la expectativa de tenerla de nuevo a su lado.

Un aciago día de abril en el pico de la pandemia

Ha sido luchador hasta su muerte, ha ido como cinco veces a urgencias en estos últimos años, y aunque en todas las ocasiones pensábamos que no saldría, ha regresado con una sonrisa. Esquivaba reconocer que no sabía lo que le preguntaban y nunca le faltaba una broma en esos escaqueos: no se me olvidará el montón de enfermeras de urgencias riendo alrededor suyo tras haberle llevado en volandas. Siempre decía que ya había hecho lo que tenía que hacer y miraba la muerte con una tranquilidad propia de su querido CMT, con relax, como tanto enfatiza mi admirado Alan Wallace. Y el corazón se le paró con esa misma tranquilidad con la que le había latido siempre: se levantó por la mañana, dejó de respirar y cuando llegó la ambulancia los intentos de reanimarle fueron en vano. Yo le di unos pequeños cachetes, animado porque no tenía cerrados los ojos del todo, pero tras llegar el médico ya dijo que no había nada que hacer. Al final, fuimos afortunados, porque pudimos tener unos minutos para despedirnos de él, rezando, llorando y cometiendo esas debilidades que muestran que somos humanos. En estos días de extraño enclaustramiento, soy consciente de que ha sido un lujo absoluto y estoy feliz de haberle tocado (con guantes y mascarilla, obvio) para expresarle lo que también le dije de viva voz: Muchas gracias por todo, te quiero por los cuatro costados. Ahora que el test me ha dado negativo, ese recuerdo de haberle cogido el brazo y de haberle pasado la mano por el pelo me retumba con doble satisfacción.

Mi padre, en definitiva, fue el típico español de su época. Trabajador, cascarrabias y ahorrativo en su propio perjuicio; esa tacañería le dejó sin satisfacer su gran ilusión de ver las pirámides. Yo le decía que nos invitara a hijos y nietos para que lo asociaran con un viaje de ensueño, pero el hedonismo no formaba parte de la cultura de los españolitos de la posguerra. Y entre todas sus bondades, repito, lo de ser buena gente es la principal. La madre de mi hijo acaba de escribir un tuit calificándole como «el mejor suegro», algo parecido a como lo han calificado mi ex italiana desde Bulgaria o mi expareja, que también está ahora en primera fila jugándose la vida contra la covid-19. Elida, que tantos años le cuidó, lo describe como «una persona muy buena y excelente jefe». Supo parecer un jefe mientras que Elida era la que mandaba y decidía: otra de sus habilidades. Y si sigo escribiendo podría contar unas cuantas más…

Incluyo aquí la lista de libros escritos tras la jubilación, uno sometido a alguna editorial, Educación en la autoestima (1990), y otros entregados cumplidamente en la Biblioteca Nacional en 2001, como Alguna luz en el laberinto humano. Para alcanzar una vida muy eficiente o Plus. Tú puedes ser más más y más…! Escribió más, sobre su matrimonio, Astas ¿Dónde?; sobre el erotismo ¡Ay el amor…!; sobre la depresión, El miedo (s.f.); sobre la sinceridad, Si no quizás, en poco menos bastante más (s.f.); o sobre la afectividad, Alguna luz en el laberinto humano (s.f.). Su vida personal siempre estuvo presente, primero escribió Los sentimientos y el bien vivir y, después, dos voluminosos en los que ya se ponía Mis sentimientos (2009); otro lo dedicó a la jubilación, La edad plena (s.f.), e incluso se atrevió con una biografía, Benedicto (s.f.). En la Biblioteca Nacional, Florentino Rodao Yubero aparece también en el libro de Anna Gassó, La educación infantil: métodos, técnicas y organización (2001 y 2007).

Post Data


Este texto fue una especie de catarsis, la mandé a amigos, la puse en Facebook, se la remití incluso a los alumnos en ese momento en que solo empezaban a ponerse en marcha algunas clases por videoconferencia. Mi madre, por su parte, ha mostrado que tiene anticuerpos de la covid a pesar de esos dos test negativos y durante varios meses le notamos con efectos de haberlo pasado. Durante tres meses tuve sus cenizas en casa hasta que le pudimos hacer una doble despedida, el 17 de julio. Por un lado, en el tanatorio, leyendo sus poemas y dejando sus cenizas y, por el otro, cumpliendo sus deseos en su Centro de Meditación Transcendental, junto al río Eresma, en Armuña, donde pasó tantas horas felices tras la jubilación plantando árboles frutales y trabajando la tierra con su mula mecánica. En medio de un pinar destartalado, escuchando a las cigarras, le di una última despedida junto a un pruno plantado décadas atrás y eché unos lloriqueos postreros, aunque seguro que no serán los definitivos.

¡¡¡Que sigas siendo feliz!!!

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