Reseñas a Libros

Te presento un compendio de reseñas a libros de otros autores que he ido escribiendo a lo largo de estos años.

Anderson, Benedict (1991): Imagined Communities. Reflections on the Origins and Spread of Nationalism (REP)

ANDERSON, Benedict: Imagined Communities. Reflections on the Origins and Spread of Nationalism. Verso, Londres/N. York 1991; 224 pp. Edición revisada. Revista Española del Pacífico, Núm. 8

 

Esta obra de Anderson es uno de los pocos libros publicados recientemente que ya se ha convertido en un clásico y reafirma a Anderson, ya no como uno de los grandes especialistas del Sudeste Asiático, sino también como uno de los pocos que desde la especialización en esta región ha sabido extrapolar sus conocimientos y elaborar teorías que pueden servir para otras regiones. Anderson, profesor de la Universidad de Cornell y especializado originariamente en Indonesia, es autor de varios libros fundamentales para este país, como Language and Power: Exploring Political Cultures in Indonesia (Cornell University Press, Ithaca, 1990), pero también ha publicado trabajos importantes sobre Thailandia e incluso incisivos estudios sobre Filipinas tras haber aprendido español.

El libro trata sobre el surgimiento y desarrollo del nacionalismo a partir del hecho que le provocó comenzar a escribirlo: los conflictos entre China y Vietnam y posteriormente entre Vietnam y Camboya, a fines de la década de 1970. Fueron los primeros conflictos convencionales importantes entre países oficialmente marxistas y mostraron claramente que la teoría del nacionalismo representaba el gran fracaso histórico del marxismo. El profetizado fin de la era de los nacionalismo no se percibe y, es más, el sentimiento nacional (o nation-ness) lo considera como el valor político más universal de nuestro tiempo (p. 3) Aprovecha este hecho para estudiar la historia de su surgimiento y afirma que tiene que ser entendido en relación con los dos principales sistemas culturales que le precedieron y que perecieron antes de su surgimiento en el siglo XIX: el reino dinástico y la comunidad religiosa. El ímpetu que provocó el capitalismo y al mismo tiempo la caída de estos sistemas se debió en buena parte a tres factores extraños, dos de los cuales contribuyeron al nacionalismo: 1) cambio en la caracterizacion del latín, cada vez más alejado incluso de sus nichos de supervivencia entre la intelligentsia y la iglesia. 2) El impacto de la Reforma y el auge del Protestantismo como demostración del auge de las lenguas vernáculas frente al latín, elemento esencial para el mantenimiento de la comunidad religiosa. 3) Desarrollo de las lenguas [597] vernáculas como instrumentos de centralización administrativa.

Posteriormente, pasa a analizar los orígenes del nacionalismo afirmando que su nacimiento no fue en Europa, sino en América. Allí, las revoluciones por la independencia se dieron principalmente como temor a las movilizaciones y tuvieron la característica común de que la lengua nunca fue un tema de enfrentamiento con la metrópoli pero, sobre todo, su innovacion fue que la resistencia fue concebida más bien en formas plurales o nacionales. Proveyeron, de esta forma, el marco de una nueva consciencia. Con la llegada de las revoluciones europeas, surgieron los nacionalismos a partir de 1820 y, en estos casos la lengua pasó a ser elemento clave en las luchas mientras que, además, ya habían sido creados modelos de «estado nacional independiente» que imitar. Por otro lado, fue con la burguesía cuando comenzó la consciencia de su propia existencia por medio del lenguaje escrito, creándose de esta forma por primera vez solidaridades esencialmente imaginarias. Con la segunda mitad del siglo XIX pasaron a crearse modelos de «nacionalismo oficial» a cargo de dinastías cuya legitimidad no descansaba en absoluto en la identidad nacional. Eran respuestas de los grupos de poder ante la creciente marginalización. De esta forma, llegó la rusificación zarista a cargo de los Románov, la política de educación inglesa (más que cristiana, al contrario que los españoles en la Edad Moderna) en la India o la niponización entre los coreanos, taiwaneses o manchurianos, llevada a cabo por Japón. La idea fue ampliamente asimilada y otros estados pequeños también imitaron el «nacionalismo oficial», tales como el Siam del Rey Wachirawut (antichino) o Hungría dentro del Imperio AutroHúngaro. Como vemos, fue una idea ampliamente asimilada y tanto estados imperiales como otros no-europeos asimilaron y desarrollaron este nacionalismo oficial.

En el siglo XX se ha dado lo que se podría denominar la «última ola» de nacionalismo, principalmente a cargo de países afroasiáticos, que en sus orígenes era una respuesta al nuevo estilo de capitalismo global. La transformación del estado colonial en estado nacional ha sido facilitada por la mayor movilidad física, por la necesidad de una gran cantidad de burocracia bilingüe y por la extensión de la educación moderna. En los territorios coloniales, la intelligentsia ha sido clave para el ascenso del nacionalismo gracias en parte al aprendizaje de las «historias nacionales» europeas enseñadas por los propios colonizadores: las escuelas coloniales han sido caldo de cultivo del nacionalismo también por la capacidad de replicar en la esfera administrativa las procedencias y el peregrinaje de sus alumnos. Las lenguas, por su lado, han sido importantes también por su capacidad para generar comunidades imaginadas construyendo solidaridades particulares efectivas.

Tras referirse al proceso por el cual la nación llega a ser imaginada, pasa a intentar explicar el apego que la gente siente por sus invenciones: las naciones inspiran amor porque destilan pureza, desinterés y por ser como representantes de una necesidad ineludible. De nuevo el lenguaje cumple una función principal puesto que, afirma, «lo que el ojo es al amante el lenguaje es al patriota»(p. 154) Por último, vuelve al ejemplo inicial de Camboya y de Vietnam para concluir que el nacionalismo contemporáneo es el heredero de dos siglos de cambio y que ha sido modelado no sólo por nacionalistas como Garibaldi o San Martín, sino también por aquéllos que implantaron ese nacionalismo «oficial», es decir desde el estado y sirviendo principalmente sus intereses. Los casos de luchas entre países comunistas, concluía en su primera versión publicada en 1983, continuarán, y nada se podrá hacer para evitarlo hasta que no se abandonen ficciones como asegurar que los marxistas como tales no son nacionalistas»

En la revisión del libro, añade dos capítulos en los que sugiere que los nacionalismos oficiales en los países colonizados de Asia y [598] África fueron modelados en las imaginaciones del estado colonial. Para ello se basa en el primer capítulo «Census, Map, Museums» en estas tres instituciones creadas por los estados coloniales: 1) los censos de población, que tienden a ser cada vez más completos y menos ambiguos y a no tolerar clasificaciones vagas o cambiantes, queriendo que todos tengan un lugar extremadamente delimitado. 2) Los mapas han cambiado el vocabulario político en países como Thailandia haciendo desaparecer algunas palabras tradicionales mientras que en otros (Filipinas, Indonesia) han penetrado fuertemente en la imaginación popular ayudando a formar un poderoso emblema o logo que se ha mantenido después de la colonización. 3) los Museos y la arqueología, por su parte, han favorecido programas educativos conservadores y han ayudado a la subordinación de los pueblos haciéndoles pensar en la incapacidad de auto-gobierno de los dominados, así como regalía por un «estado colonial secular»: El Estado era el guardián de la tradición y un ejemplo muy claro de ello han sido los templos de Angkor Wat en Camboya o el de Borobudur en Indonesia. El segundo y último capítulo añadido «Memory and Forgetting» se refiere a los distintos tipos de migraciones distinguiendo los que han podido mantener sus tradiciones e incluso crear ciudades contemporáneas (Nueva York, Mérida) y los que no, como los chinos o los árabes, los cuales no han podido mantener relaciones políticas con su país de origen. Ello le ayuda a Anderson a explicar porque el nacionalismo emergió primero en América y no en Europa: las guerras revolucionarias eran entre allegados y, al fin y al cabo, los lazos de todo tipo existentes aseguraban que los lazos se retornarían. Pasa a concluir en otros capítulos con temas como «Time New and Old», «The reassurance of Fratricide» o «The Biography of Nations».

FLORENTINO RODAO

 

Buruma, Ian (2003). “Un siglo vertiginoso.” La creación Japón, 1853-1964 (ABCD)

Un siglo vertiginoso

 

La creación de Japón, 1853-1964

Ian BURUMA

Col. Breve historia universal 

Trad. Magdalena Chocano

Mondadora, Barcelona, 2003

211 pp.

 

Del aislamiento a la apertura, de la catana  a la bomba atómica, del palanquín al tren bala. Estos  cambios y muchos más, durante el siglo largo transcurrido desde la visita del Comodoro Perry en 1854 hasta la Olimpíada de Tokio de 1964, han dejado a Japón casi irreconocible. Y aunque a muchos otros países les ha ocurrido igual, el caso de Japón es especial, porque de país candidato a ser colonizado pasó a crear su propio imperio: supo aprovechar la  amenaza colonial mejor que nadie, incluso en beneficio propio. Su cualidad más sobresaliente, señala Ian Buruma, es su “talento para sacar el mejor partido de la derrota” y el libro, de hecho, abarca dos momentos (el período previo a Meiji o bakumatsu, y la Guerra del Pacífico) en que tras quedar patente su inferioridad militar, Japón ha sabido resurgir como Ave Fénix. 

 

La creación de Japón lo narra de forma trepidante. De fácil lectura, elegante prosa, bien traducido y sin apenas errores en la transliteración, es uno de esos libros que invita a acabarlo en dos tardes. Buruma consigue “abrir el apetito”con amenidad, a través del recurso a los personajes más significativos, que permiten al lector sacar una visión global de los hechos más importantes y  pensar en profundizar, tal como ha ocurrido en sus otros escritos situados en Japón, como en “The Wages of Guilt: memories of war in Japan and Germany” o “The Missionary and the Libertine: love and war in East and West.” La síntesis histórica de Buruma, además, presenta las principales aportaciones académicas sobre el Japón, como precisar el aislamiento previo a Meiji (a pesar de los contactos tan escasos con el exterior, se conocía bien lo que ocurría fuera) o el sentimiento principal de los japoneses al acabar la guerra del Pacífico: liberación, a pesar de los sufrimientos por los bombardeos. El título del libro, de hecho, se inserta en la corriente actualmente más en boga, la del Japón “inventado,” es decir, moldeado por una élite que decidió tomar unas opciones concretas en unos momentos determinados. 

 

La aportación más novedosa de Buruma resulta por su énfasis en aspectos como propaganda u opinión pública para explicar porqué las decisiones del gobierno rechinaron relativamente en el exterior. Los gastos proporcionales tan exagerados en armamento o la escasez de medios de expresión repercutieron gravemente en el nivel de vida de la población, pero lo aguantó sin excesivas protestas. En parte, porque significaban modernidad, pero también por la satisfacción que suponían las aventuras imperiales. El panem et circensis es aplicable también a los japoneses. Gracias a los triunfos sobre China en 1895 o sobre Rusia en 1905 los resplandecientes deseos imperiales se pudieron sobreponer a unas realidades diarias más bien lúgubres y repletas de privaciones. Buruma, de hecho, apunta al chovinismo nacionalista como una protesta más: “Cuando los gobiernos mandan sin representación popular o siquiera un consentimiento, una forma de rebelión consiste en ser mas nacionalista que los gobernantes”

 

Pero Buruma enfatiza en exceso la importancia de las decisiones del gobierno. A pesar de su propia carrera como crítico con un gran bagaje cultural, de la bibliografía seleccionada tan centrada en este aspecto y de las ocasionales incursiones en este campo, La creación de Japón enfatiza demasiado la evolución política tanto en relación con los cambios económicos como con los culturales. Así, a pesar de las referencias a intelectuales relevantes, como el escultor y poeta Takamura Kōtarō, no explica el fin de la democracia Taishō de los vitales años 20 y el auge del militarismo. De hecho, lo remonta a las primeras medidas de censura de mediados de 1870, a pocos años de la renovación Meiji, al señalar que “algo” murió entonces que no resucitaría hasta 1945. La poca solidez de las instituciones democráticas o la subordinación de la disputa política entre izquierda y derecha a la idea de patriotismo es necesario explicarlo también por medio de un sustrato cultural que permita entender porqué la expansión imperial pasó a ser la obsesión alrededor de la cual convergían las ideas, los proyectos y las frustraciones del país. Sin necesidad de recurrir a muertos ya olvidados.

 

Chandler, Cribb, Narangoa, eds. (2016): End of Empire.100 days in 1945 that Changed Asia and the World (IJAS)

Chandler, Cribb, Narangoa, eds., End of Empire.100 days in 1945 that Changed Asia and the World (Copenhagen, NIAS Press, 2016),  en International Journal of Asian Studies – 東京大学東洋文化研究, Vol. 15, No.1 (January 2018) Doi:10.1017/S1479591417000213

 

Books reviews do not typically address editorial work, and even fewer start off doing so, but End of Empire begs that this be the case. Rather than being limited to one or multiple authors’ perspectives, a decisive moment in Asian history is explained by means of numerous events covered in news clippings and photographs from the 100 days between August 5 and November 12 and in-depth analyses in the form of 2-3-page vignettes by some of the most recognized current scholars on Asia. Naturally, the text contains a bibliography, a brief introduction and covers the consequences of events which shed light on each country’s colonial legacy and the withdrawal of colonial powers from the continent after the war. The publication is complemented with an excellent website (www.EndofEmpire.Asia), which, in addition to replicating texts and photos, contains a chronological timeline for each country and benefits from an ever-growing collection of content thanks to contributions from readers and from the excellent bibliography that is linked via the website. The photography included serves as an essential complement to the text and includes images of both successful and failed leaders, as well as posters and maps. Having adapted the texts to something approaching a single authorial voice, the editors point out that around 100 individuals have contributed their “time, expertise and resources”. The book is a clear example of NIAS Press’ impressive editorial work, and the collection serves more as an encyclopedia than a book, all within 346 pages. That being said, it may be but a promising prelude to future additions on the countries in question.

 

The topic truly deserves to be addressed. The book and website offer a thought-provoking vision of a particularly decisive period in Asia that tends to be covered to point out the end of the Pacific War and fall of the Japanese empire, but which also started a chain reaction of events which have been fundamental to the development of modern Asia. As Harry Pooze points out in a statement which could be applied to the entire region, “After years of stagnation, the twilight of Japanese empire suddenly seemed to give long-frustrated Indonesian political leaders free reign”. Internal disputes and problems among the rural majority during the war became more acute due to declining labor productivity coupled with hyperinflation. Desires for a revolutionary change were palpable throughout the region and became manifest in diverse expectations, from the more just world order envisioned by communism to the closed opposition intent on returning to mythological pasts based on religious movements. The 100 days covered in the book “foreshadowed the demise of other empires and set into motion developments that transformed the post-war world,” a process which is certainly reminiscent of events in Europe upon the fall of the Third Reich, though they are possibly even more similar to World War I, which also marked a clear before and after in European history.  The end of the British, Dutch and French (but not Portuguese) empires created a new Asia, in a similar way as occurred with the Austro-Hungary, Russian, German and Ottoman empires decades before in Europe.

 

When looking into the period, the most difficult task can be effectively covering the numerous simultaneous events in question, each of which had varying levels of implications and consequences, some of which were the result of earlier developments and others provoking new changes. The topics covered include events associated with Japan’s surrender, crucial moments in specific regions (such as the Great Vietnamese Famine), among specific population segments (from the “repatriates” or hikiagesha in Japan, a politicized segment, to Eurasians) to novelties which reflect surreptitious changes, such as Mongolia abandoning the Cyrillic alphabet and adopting traditional Mongolian. The roads not taken, of course, also form part of the history of the period: the non-unification of Outer and Inner Mongolians, the progressive decline of alternative parties to the communists in Vietnam and armies ready to manage Japan’s surrender but not authorized by the General Order No. 1 by the Supreme Commander for the Allied Powers, Douglas MacArthur, that established which army would be responsible for it. A mere history of the end of the colonial period and the beginning of Asian nation-states would be overly simplistic.

 

The book’s strength lies precisely in its ability to offer a coherent narrative from diverse sources, such as news clippings, with analyses by specialists. While following a logical chronological and geographic order, the information is presented in diverse formats, such as vignettes and news samples full of insightful information. The ways in which nations broke free from the colonial powers were as numerous as the attitudes of Japanese soldiers towards the independence of occupied territories. During this brief period, many individuals and groups shed light on the changes which were taking place in the long term, each acting in line with widely varying strategies. One of the most interesting occurrences was the announcement to celebrate a non-existent referendum on Cambodia’s independence which resulted in two no-votes and 540,999 in favor. More news clippings in the book lead us to learn the fate of the prime minister at the time, Son Ngoc Thanh but also the result of similar referendums. The book combines brief texts with news and in-depth analyses of captivating topics (from The Place of Malays in a new world order to The Japanese deserters in Vietnam) in the form of vignettes written by recognized, reputed academics. John Dower, Anthony Reid, David Marr, Jongsoo Lee, Andrew Barshay, François Guillemot, Bruce & David Reynolds, Shigeru Sato and Geoffrey Gunn offer readers texts which have been discussed by other specialists before the final publication. Hence, the book serves the purpose of generating interest in events at the time, as well as contextualizing and explaining them. One may ask whether the collection sets a clear precedent regarding how educational texts may be in the future, written by experts, but also capable of being consulted and read by diverse audiences and in diverse ways, from books to the internet.

 

End of Empire takes it upon itself to cover the diverse situations unfolding at the same time, both by means of academic analyses and the personal experiences of the protagonists and everyday citizens. The impact of the atomic bombs, Europe’s lacking understanding regarding changes and the different implications of desires to become independent serve as a few examples of the multiple dimensions the book covers. Dilemmas regarding how to restore systems preceding the war and how to approach the new paradigm are covered particularly well, and not only the case of the British or French, but, in particular, for the Americans and Soviets. The new major powers arrived in Asia with the aim of controlling key sources of power, although they were largely unsure of what they intended to do.

 

Only superficial critiques can be made of the collection. David Chandler, an emeritus scholar on Cambodia, needs no presentation, and Li Narangoa and Robert Cribb have offered their experience in publishing edited collections by securing contributions from a good part of the top specialists on the region which have created biographies and commented on texts. Given the collection’s objective, no great discovery nor new interpretations are offered, rather it serves as a compilation of academic texts which accompany a selection of relevant news from the time. The fact that different countries are covered to the same extent undermines China and Japan’s overall importance. With regards to the latter of the two countries, it is worth noting the lacking mention of its second surrender, on August 17, to the Soviet empire, and, in general, a more updated take on events surrounding the atomic bombs. Given that India and Central Asia only played a superficial role in the conflict, the two have been excluded, on the contrary to the two Mongolias, which are covered extensively. The Philippines is barely discussed and Oceania has been forgotten, and there is absolutely no mention of islands which were directly involved in the conflict. The table of contents could have been more comprehensive, and a list of vignettes with their respective authors would also have proven useful. The book targets a broad audience, but it will also find its way into the collections of specialists who will surely return for quick consultations for time to come.

Curtis, Gerald (1993): Japan’s Foreign Policy. Coping with Change (PolExt)
Curtis, Gerald (1993): The Logic of Japanese Politics. Leaders, institutions and the limits of change (PolExt)
Doeppers & Xenos, eds., (1998): Population and History. The Demographic Origins of the Modern Philippines (REP)

DOEPPERS, Daniel F. y Peter XENOS (compils.): Population and History. The Demographic Origins of the Modern Philippines. Center for South East Asian Studies, Monograph Number 16, University of Wisconsin-Madison, Madison 1998, 431 pp. Revista Española del Pacífico. Núm. 9, Año 1998

 

Revoluciones, rebeliones, guerras o cambios políticos suelen ser explicados en función de manifiestos y proclamas políticas, de esfuerzos de líderes visionarios, o de estrategias políticas fallidas de las fuerzas derrotadas. Así ocurre con la revolución filipina, cuya evolución ha sido estudiada en función de las intenciones y los escritos de Rizal, de las arbitrariedades de los curas españoles o de las divisiones internas filipinas, ya sea entre los guerrilleros como en el seno del gobierno instalado en Malolos en 1898. Estas razones suelen ser importantes y necesarias para analizarlo; pero para comprender los grandes cambios políticos en toda su profundidad no conviene olvidar otros hechos más prolongados en el proceso temporal, subyacentes, a los que los escritos de los contemporáneos no se suelen referir, o bien sólo tangencialmente. Así ocurre con la progresiva elevación de las rentas de las tierras poseídas por la Iglesia en el último tercio del siglo XIX o, por poner el ejemplo que salta a la vista continuamente a lo largo de la lectura del libro que estamos recensionando, las dislocaciones traumáticas sociales y económicas que vivió Filipinas tras el fin del crecimiento económico sostenido a partir de la década de 1880, con virulentas epidemias, mortalidades masivas y destrucción de los animales de uso para las tareas del campo.

Population and History trata de ofrecer algunas de estas herramientas más necesarias, pero también más olvidadas, para la comprensión de la evolución de Filipinas en los últimos dos siglos. Este libro, editado por Doeppers, geógrafo histórico especializado en la Manila de la primera mitad del siglo XX, y por Xenos, sociólogo y demógrafo que trabaja tanto en el campo de la demografía histórica como en la contemporánea y su relación con el cambio social, ofrece una visión sobre la evolución de Filipinas que ayuda a completar la comprensión de un buen número de procesos subyacentes en el archipiélago y, sobre todo, a conocer la primera de las dos explosiones demográficas que ha vivido Filipinas, la que empezó a fines del siglo XVIII y se prolongó hasta la década de 1870, durante la cual la tasa de crecimiento anual llegó a unos niveles excepcionales para la región en esos momentos, 1,7%. La segunda explosión, a lo largo del siglo XX, ha sido mucho más estudiada. Unas oportunidades aparentemente mejores para ganarse la vida gracias a hechos tales como la proliferación de cultivos para la exportación, o la creciente dificultad para las incursiones moras en las islas Bisayas (que no la difusión masiva de la sanidad, tal como ocurrió en la segunda) provocaron ese incremento de población, el cual [387] fue motor de cambios cruciales en la sociedad filipina del siglo XIX, siendo uno de los principales la explosión migratoria.

El proceso para llegar a conocer exactamente la evolución demográfica de las Filipinas es demasiado amplio y complejo y aún está en sus etapas iniciales. La necesidad de investigaciones más prolongadas y trabajosas son parte del conocimiento aún primario que tenemos del proceso, pero también las dificultades inherentes a un estudio de estas características cuando los instrumentos actuales están ausentes: los censos, por su carácter eminentemente tributario, siempre reflejaban un universo menor del realmente existente y además mostraban una realidad distorsionada, por lo que algunos de los autores señalan en sus artículos la frustración por sus materiales de trabajo. El libro, por tanto, ofrece un cuadro general del archipiélago a través de la recopilación de trabajos sobre diferentes ciudades o regiones del país: Ilocos, Laguna, Panay, Tondo, Bicol o la región alrededor de Manila son los casos de estudios trabajados por los autores de este libro. Es una visión de los moldes de desarrollo de la población cristiana de las tierras bajas del archipiélago y faltan, por tanto, estudios en profundidad de significativos segmentos del país no sometidos a la administración española, tales como Mindanao o las etnias no cristianizadas.

El libro, además, está dividido en cuatro tipos de trabajos, en los que se habla en primer lugar de la Historia Demográfica del Archipiélago, después de las «regiones dinámicas», luego de las «localidades cambiantes», y por último de la metodología y de los trabajos con las fuentes. Esta diversificación da al libro un interés que va más allá de los especialistas en Filipinas y su demografía, porque algunos artículos llegan a aportar datos muy importantes sobre el tipo de colonización de los españoles en el Archipiélago Filipino. Uno de ellos, escrito por Linda A. Lawson, sobre la influencia de las enfermedades occidentales entre los filipinos comparado con el caso americano, y el otro, por Mike A. Cullinane, sobre las fuentes eclesiásticas en Filipinas para el estudio de la población. El primero de ellos establece un paralelismo entre la repercusión de la llegada de los españoles y el descenso de la población en Filipinas y en el continente americano y compara el caso de Filipinas con el de algunas regiones apartadas del continente americano, en las que la población era muy pequeña y estaba demasiado dispersa para que las enfermedades infecciosas agudas provocaran caídas incontenibles en el número de habitantes, pero también para que los locales adquirieran una cierta inmunidad. Esto explicaría que el número de habitantes no bajara aparentemente tras la llegada de los españoles (en parte, también, porque ya se habían importando infecciones desde China o Japón anteriormente, y también porque la duración del viaje del Galeón de Manila desde Acapulco suponía la mejor cuarentena), pero también que las epidemias volvieran por sus fueros de tiempo en tiempo, con mortalidades altas en lugares geográficamente determinados.

El artículo de Cullinane, por su parte, explica el procedimiento administrativo que llevaba el cobro de impuestos y los tres tipos de documentación requerida por el estado para ello: el padrón, el padrón general municipal y el de la provincia. [388] Explica las nomenclaturas utilizadas, como los cabezas de barangay o encargados de la recolección de tributos, la diferencia de los términos de uso tributario con los de lugares puramente residenciales, como barrio, sitio o ranchería y, también, la dependencia del Estado para con la Iglesia en el control de los naturales y de sus bienes. Los misioneros establecieron misiones desde donde se intentaría no sólo convertir a los naturales, sino también que pagaran tributos; de aquí surgieron las cabeceras de los pueblos que llevaron el peso de la reducción o la conversión religiosa de los naturales. Se refiere también Cullinane a la dificultad de implantar apellidos (apelyido) entre los filipinos porque nunca había sido costumbre transmitir los nombres familiares de una generación a la siguiente: los niños solían recibir un nombre (ngalan) por el que serían conocidos a lo largo de su vida así como un alias por el que serían conocidos entre la familia y los más cercanos (bansag). Como consecuencia, la práctica más normal fue bautizar a los niños con dos nombres, como José Francisco, totalmente diferentes a los de los miembros de la familia. Fue el gobernador Clavería, alarmado de que la falta de apellidos hiciera «inservibles los libros parroquiales que en los países católicos son usados para cualquier tipo de transacción», quien ordenó en 1849 que todos los filipinos usaran apellidos permanentes. Los libros canónicos, ciertamente, tuvieron un doble uso, civil y eclesiástico, a lo largo del período español.

Population and History, en definitiva, muestra las carencias de un campo de estudio que aún precisa de un buen número de investigaciones para sacar conclusiones generalizadas pero, por otro lado, ofrece unos datos necesarios para comprender la evolución de las Filipinas de los últimos siglos, porque la evolución poblacional no sólo fue afectada por los cambios políticos, sino que los influyó con toda esa determinación que los pueblos imponen a sus dirigentes en el plazo largo.

FLORENTINO RODAO

 

 

Dower, John W. (1986): War Without Mercy. Race and Power in the Pacific War (REP)

DOWER, John W. War Without Mercy. Race and Power in the Pacific War. New York, Pantheon Books, 1986. 399 pp. REP. Num. 8: 606-607.

 

Quizás el libro más vendido que trate tan directamente la cuestión de las percepciones y las imágenes es este de John Dower sobre Raza y Poder en la Guerra del Pacífico. No sólo eso, también se puede ver en las estanterías de las librerías  universitarias de Estados Unidos como libro recomendado para los alumnos de estudios asiáticos. La importancia de este libro es innegable, pero tampoco se puede limitar a la Guerra del Pacífico, porque lo que John Dower viene a estudiar en este libro son las actitudes están asimiladas por la población, que surgen a la superficie o son modificadas en momentos determinados y dependiendo de las circunstancias.

El libro de Dower tiene unas características especiales y quizás la principal de ellas es que poco ha podido encontrar en la documentación burocrática típica, sino que ha tenido que usar muy diferentes fuentes para conocer esas mentalidades populares: desde canciones hasta manga o comics, historias populares o chistes aparecidos en los periódicos. Y en base a estas fuentes escasamente consideradas por los historiadores nos describe una “Guerra sin Piedad”, es decir, una guerra que se libró con mucha mayor saña y mucha mayor crueldad que la Guerra en Europa. Mientras que frente a los enemigos alemanes o italianos había la posibilidad de que algunos  fueran buenos (los enemigos eran los nazis o los fascistas), en el caso de la Guerra del Pacífico la contrapartida del enemigo japonés fueron los chinos o los filipinos, sin considerarse que pudiera haber japoneses potencialmente no-enemigos. La consecuencia de ello fueron el muchísimo menor número de prisioneros en la Guerra del Pacífico que en la de Europa: la mayoría de los soldados americanos consideraban que su labor era matar el mayor número posible de japoneses, no lograr la rendición de Japón.

A lo largo del libro, Dower nos desgrana el racismo latente  en las imágenes y estereotipos a ambos bandos de la guerra, primero hablando de los moldes de la Guerra y de los odios y crímenes en la guerra y luego identificando esas imágenes en cada bando. De la parte norteamericana fueron Monos y otros; Hombrecitos y superhombres; Primitivos, Niños y Locos; el Hombre Amarillo, Rojo y Negro mientras que de la parte japonesa fueron  la pureza propia; el otro endemoniado y “Política Global con la raza Yamato como su núcleo”.

Interesante el libro también por hacer una relación entre las imágenes y la plasmación a la hora de decisiones en la guerra: los estrategas japoneses, por ejemplo, asumieron que los norteamericanos eran demasiado débiles para soportar la tensión física y psíquica del servicio en submarino y nunca desarrollaron un arma antisubmarina capaz. Douglas MacArthur, por su parte, se negaba repetidamente que pudieran haber sido pilotos japoneses los que habían aniquilado la fuerza aérea en Filipinas al comenzar la guerra y se empeñaba en insistir que debían de haber sido mercenarios blancos.

Y junto a esta importancia de los estereotipos y  de las representaciones teñidas de racismo, podemos danos cuenta de su maleabilidad, que no la posibilidad de desaparecer. Una vez acabada la Guerra, el simio imaginado por los estadounidenses pasó a ser un animal doméstico, la persona aniñada un alumno, el hombre loco un paciente, mientras que, por el lado japonés, la pureza pasó a ser identificada con los logros pacíficos, no con los militares.

Un libro esencial, en definitiva, para comprender las relaciones entre Japón y Estados Unidos, y en general entre Asia y Occidente, tanto en tiempo de guerra como en tiempo de paz.

 

Dower, John W. (1999): Embracing Defeat: Japan in the Wake of World War (REEI)

John W. Dower. Embracing Defeat: Japan in the Wake of World War II. New York: W.WE. Norton & Company / The New Press, 1999. 676 pp. Revista Española de Estudios Internacionales, 2001,

http://www.reei.org/reei2/Rodao1.PDF

 

Japón, tras la derrota en la II Guerra Mundial, vivió no sólo la humillación de verse obligada a sufrir la primera ocupación directa por fuerzas extranjeras de su historia y a asumir las responsabilidades que suelen acompañar caer en el bando de los derrotados, sino también afrontó la tarea de una reestructuración total de su sistema social, político y económico. Ello, en medio de un ambiente de pobreza y devastación interna, junto con una tensión internacional creciente.  Saber el qué, el cómo y el cuándo de esos momentos ha provocado un número importante de estudios y de narrativas, pero el libro de John Dower ha producido un salto cualitativo en el conocimiento y la interpretación de esos momentos.

 

Dower, profesor del MIT y según muchos el mejor historiador del Japón moderno, resume en el título la aportación principal del libro: “Abrazando la derrota”. Se refiere a cómo los ciudadanos de un país, aunque estuvieran dispuestos a morir por él también estaban deseosos de un cambio radical, por irónico que pueda parecer. Así, su estudio trata de cómo una derrota provocó el replanteamiento de ideas hasta hace poco interiorizadas como parte del propio ser, pero también de cómo se produjeron resultados imprevisibles en la fecha de la rendición incondicional. Las contradicciones de la ocupación norteamericana, ciertamente, hicieron que ésta acabara apoyándose en el mismo sistema al que se enfrentó y, si bien el militarismo fue “desarraigado” en Japón, por usar palabras de moda en esos momentos, permanecieron buena parte de las estructuras sociales, burocráticas, políticas e ideológicas que lo habían sustentado.

 

A lo largo de las 564 páginas de texto seguidas de otras 90 de citas y de una selección extraordinariamente bien cuidada de fotografías, Dower divide en seis partes el libro, sin que se correspondan exactamente con un orden cronológico: Vencedor  y vencido, Transcendiendo la desesperación, Revoluciones, Democracias, Culpas, y Reconstrucciones. Los capítulos iniciales se centran en lo ocurrido a Japón tras el 15 de agosto de 1945: la difícil situación social ante la derrota, los efectos beneficiosos de la llegada del nuevo ocupante, la desesperación producida por el hambre y la falta de perspectivas, las reacciones culturales generadas por el nuevo contexto y, por último, la expresión lingüística de la derrota, perceptible más a través de multitud de sutilezas que por medio de las nuevas palabras (“Como ocurriría una y otra vez en el Japón posterior a la derrota, palabras y frases parecían haber cambiado poco, pero lo que significaban había cambiado dramáticamente” [p. 164]).

 

La evolución política es narrada comenzando por la “revolución neocolonial” del gobierno de ocupación (SCAP) presidido por el General Douglas MacArthur, siguiendo por la forma en que los japoneses (intelectuales, elites de gobierno y pueblo en general) dieron una calurosa bienvenida al cambio traído por los norteamericanos. Acaba con el dilema de las organizaciones izquierdistas en Japón, que se vieron atrapadas entre las nuevas libertades conseguidas a raíz de haber desencadenado el SCAP una revolución “desde arriba” y los progresivos frenos de ese mismo gobierno para evitar perder el control de esa revolución, cuando venían los impulsos “desde abajo”.

 

La puesta en marcha de las “democracias” es tratada desde tres perspectivas: el emperador, la constitución y las limitaciones. En el primer caso, Dower explica cómo el emperador fue exonerado de culpa para poder utilizar su figura en pos de la construcción del nuevo Japón, cómo se consiguieron limar los aspectos más inaceptables  de su figura (por ejemplo, la “declaración de humanidad”, con un lenguaje muy esotérico que no renunciaba expresamente a su divinidad, aunque consiguió una excelente respuesta en el exterior), y el esfuerzo por darle un nuevo sentido a la monarquía, tanto en baños de popularidad como vinculándola a una Constitución con un carácter progresista. La elaboración de esta nueva Carta, en segundo lugar, también tuvo varias fases. Al comienzo, a cargo de las elites gobernantes niponas, después, cuando los norteamericanos se pusieron a la obra para promulgar una ley fundamental que no pudiera ser modificada en dirección opuesta cuando se marcharan, y por último, cuando el texto fue internalizado por los propios japoneses, por unos como reflejo de unas ambiciones de paz y democracia que aún se mantienen frescas, y por otros como única forma de perpetuar la monarquía y su dominio social. En tercer lugar, Dower añade un capítulo sobre las limitaciones, para mostrar los tintes tan autoritarios con los que fue impuesta esa democracia en Japón.  Entre ellos, destacó la labor extremadamente profesional del cuerpo de censura (Civil Censorship Detachment, que llegó a contar con 6.000 trabajadores en todo el país), el cual, si bien en un principio atacó las trazas de militarismo y el ultranacionalismo, acabó después reconvirtiéndose y enfocando sus ataques hacia los elementos izquierdistas. La falta de base jurídica del Tribunal de Tokio, acusando a unos personajes de unos cargos que no existían y culpándoles de conspiraciones difícilmente explicables (se estableció el 1 de enero de 1928 como el comienzo de los planes de expansión en Asia), fue otra de las muchas contradicciones de la ocupación, porque si bien la idea de castigar a los culpables (al menos, a una representación) podía ser loable, castigar los crímenes de los acusados mientras se obviaban los propios consiguió el efecto contrario: que el propio pueblo japonés exonerara a los criminales de guerra. Los japoneses, mientras eran obligados a asumir una culpabilidad y mostrar un arrepentimiento, lloraban a sus muertos y se sentían engañados por una vorágine militarista de la que cada vez más ellos también se sentían víctimas, por lo que este sentimiento influyó en ese recuerdo compasivo hacia los criminales que sufrían condenas, olvidando sus crímenes.

 

Dower, de esta forma, aporta dos ideas fundamentales para comprender lo que ocurrió en Japón durante la ocupación norteamericana. Por una parte, que el cambio de esos momentos tuvo un  fuerte apoyo popular gracias a que el gobierno de ocupación supo entroncar con sus aspiraciones, simbolizadas en los conceptos (de diferente significado para ambas partes) de paz y democracia. Por la otra, la diversidad de opiniones y sensibilidades tanto dentro del propio pueblo japonés como de los ocupantes norteamericanos. Sus interpretaciones novedosas, además, arrojan una luz necesaria para comprender este fenómeno en su contexto global. Porque la maleabilidad de las ideas la explica, por ejemplo, señalando que la renovación y la iconoclastia eran variedades tan fuertemente fijadas en la consciencia japonesa como la reverencia al pasado o la aquiescencia a los poderes [p. 179] Así, Dower explica la vitalidad de los movimientos de la posguerra como parte de la propia cultura japonesa y no como un fenómeno temporal. Un ejemplo fue el mensaje corrosivo de la cultura escapista kasutori, algunos de cuyos escritores igualaron el amor y el sexo a la revolución, o bien propusieron la adoración a la carne o nikutai, criticando de esa forma el culto obligatorio al kokutai, o “cuerpo nacional” que personificaba las especiales características del poder en Japón, consagrado hasta entonces por la Constitución Meiji. Algo parecido ocurrió con el cambio de la institución imperial dentro de la mentalidad japonesa, porque si la monarquía pasó a adquirir unos roles muy alejados de la divinidad y el fanatismo, fue gracias a que siempre había existido una doble percepción, exterior e interior (honne y tatemae), divina y humana, respecto a esta institución, según explica Dower [p. 303].

 

Dower también permite comprender hasta qué punto penetró la influencia de los Estados Unidos en Japón y hasta dónde se puede hablar de una japonización de esta influencia. Así, la elaboración de la Constitución es un ejemplo claro de una reforma que el gobierno japonés fue incapaz de realizar y que salió adelante gracias al impulso dado por las autoridades de ocupación, empezando por MacArthur, para ser después niponizada tras su traducción al japonés. Este general ha sido muy denostado recientemente por la historiografía (Michael Schaller: MacArthur: The Far Eastern General. New York: Oxford University Press, 1989), achacándole una escasa influencia en la ocupación, pero Dower, aún criticándosele su arrogancia y obsesión por el protagonismo y las relaciones públicas (su colega Clay, que dirigiera la política de ocupación en Alemania, apenas es conocido), le atribuye una gran influencia. En parte por su “fervor mesiánico” [p. 78], en parte por la libertad de actuación que gozó y en parte por la admiración que los japoneses le profesaron, MacArthur fue decisivo no sólo en mantener la Institución Imperial, sino en disuadir al Emperador de la abdicación o de cambiar el nombre “Shôwa” a la Era que se había inaugurado tras acceder al trono Lo que es más importante, MacArthur dio el impulso definitivo a la nueva Constitución. Su pensamiento fuertemente conservador y sus carencias personales (que quedaron en claro cuando durante sus declaraciones al Senado estadounidense tras la vuelta al continente comparó a la cultura japonesa con un niño de 12 años), quedaron compensados por los oídos que prestaba a sus asesores, de muy diferentes planteamientos políticos, y por el sentimiento general de superioridad racial en Estados Unidos, que llevó a percibir a la ocupación de Japón como un último capítulo de “la carga del hombre blanco”

 

Las lagunas del libro son importantes, porque un tema tan amplio necesariamente ha de abandonar algunos temas, como el propio autor reconoce.  Falta comparar el caso de Japón  con otras experiencias, no sólo con  la posguerra alemana, que aparece de cuando en cuando, sino con otras posguerras. El autor se justifica parcialmente afirmando que sería difícil encontrar otro momento en la historia de la humanidad con un intercambio cultural tan intenso, impredecible, ambiguo, confuso y ecléctico, pero no es difícil encontrar otros casos semejantes. Dower analiza profusamente la rehabilitación de las elites gobernantes en Japón, por ejemplo, pero ésta se produjo también a lo largo de toda Asia tras el fin del interludio japonés. En Filipinas, el archipiélago desde donde el general dirigió el ataque a Tokio, se produjo un caso que puede ser visto como un prolegómeno, porque Manuel Roxas,  ministro durante la ocupación japonesa, fue el primer presidente electo de la posguerra, en 1946, con el apoyo obvio de MacArthur. Además, algunas carencias del libro de Dower son importantes, porque el papel de la mafia japonesa o Yakuza es mencionado muy brevemente, al tratar el mercado negro, así como otros aspectos más particularizados, tales como los residuos de ultranacionalismo que quedaron. Su investigación se basó en buena parte en las experiencias fueron recogidas en los periódicos, pero esta demasiado centrada en Tokio y habría sido conveniente profundizar en esa diversidad  de los contactos entre asiáticos y occidentales a lo largo y ancho del archipiélago japonés. El término “reverse course” para expresar la “marcha atrás” en la política reformista a partir de la mitad del período total de la ocupación norteamericana, por último, carece de la explicación adecuada, porque si bien está clara la intención norteamericana de parar un proceso que se les iba de las manos cuando el enfrentamiento con la URSS iba aumentando, también el giro estuvo motivado por un movimiento de péndulo, normal en todo proceso de reformas.

 

Lo importante del libro, no obstante, es que John Dower, a pesar de lo alto que había puesto el listón en sus publicaciones anteriores, se ha vuelto a superar y ha cumplido con las expectativas alimentadas por el tiempo que este libro se hizo esperar.  Por un lado, porque es un libro ameno, escrito con una prosa ligera que provoca seguir leyendo, que hace reflexionar a cada paso y que se ha convertido ya en el libro de referencia sobre aquel período. Pero sobre todo, porque su enfoque ha dado definitivamente la vuelta a los anteriores estudios sobre este período de la historia de Japón. La bibliografía sobre estos años se había centrado hasta ahora cómo los dominantes habían modificado a los dominados (Takemae E., GHQ Tokyo: The occupation headquarters and it’s influence on post-war Japan. London, 1990; Ward, E. & Sakamoto, Y. (eds.) Democratizing Japan: The Allied Occupation, Honolulu: University of Hawai’i Press, 1987 o Schonberger, H.B., Aftermath of War: Americans and the Remaking of Japan, 1945-1952, Kent: Kent State University Press, 1989), en las memorias de  los participantes (Cohen, Th. Remaking Japan: The American Occupation as New Deal. New York: Free Press, 1989, Oppler, A.C., Legal Reform in Occupied Japan: A Participant looks back, Princeton: Princeton University Press, 1976) o en el contexto general (Schaller, M., The American Occupation of Japan. The origins of the Cold War in Asia. New York: Oxford University Press, 1985; Harries, Meirion and Susie, Sheathing the sword. The Demilitarisation of Japan. London: Heinemann, 1987), pero Dower lo ha cambiado, centrando su estudio en el pueblo japonés y en cómo abrazó la derrota. Como muestra de ello, el general MacArthur,  Hirohito y las decisiones de los gobiernos japoneses no aparecen hasta la página 200, mientras que el fin de la ocupación y los problemas del tratado de paz son tratados muy ligeramente. Era un enfoque desestimado, pero necesario de afrontar, porque la catarsis social fue previa a las  decisiones tomadas por los gobernantes  y Dower era el más apropiado para ello, porque ya había abordado así su estudio sobre la guerra del Pacífico en War  Without Mercy. Race and Power in the Pacific War (New York: New Press, 1986). Para penetrar en el enfrentamiento racial que supuso la guerra del Pacífico, este profesor recurrió a comics y a literatura difícil de encontrar entre la documentación gubernamental, con el resultado ampliamente reconocido de haber escrito una obra magistral.

 

         Incluyendo la narración de experiencias, objetivos e intenciones de multitud de japoneses, expresadas en diarios, cartas a periódicos,  canciones y demás, Dower aporta la gran diversidad de ambiciones y expectativas en un momento de renovación profunda de un país percibido normalmente como muy homogéneo. Pero también, en el encuentro de dos pueblos que acababan de odiarse a muerte, Dower incide en la diversidad, tanto de los japoneses que se enfrentaron ante la nueva vida que les depararía la llegada de la paz después de quince años de guerra, como de esas influencias que dejaron esos ocupantes norteamericanos. Ni todos los japoneses eran iguales, ni la experiencia de la presencia norteamericana se puede reducir al SCAP.

Elison, George (1991): Deus Destroyed. The Image of Christianity in Early Modern Japan (REP)

ELISON George.: Deus Destrolved. The Image of Christianity in Early Modern Japan. Council on East Asian Studies, Harvard University Press, Cambridge, MA, 1991. 542 pp. Reseña en Vol. 8, Revista Española del Pacífico 

La presencia de los primeros cristianos en Japón es un tema no sólo ampliamente conocido en la historia de este país, sino que algunos autores se han esforzado por presentarlo como el acontecimiento más importante ocurrido allí entre los años 1543 y 1640. Charles Boxer definió este período de Japón como el «Siglo Cristiano» y muchos otros han seguido con esta tendencia, aunque ya decaída, de analizar lo ocurrido en los países no-europeos por medio de la influencia de los europeos que fueron allí.

El libro de George Elison estudia los encuentros entre Japón y Occidente desde el punto de vista de los propios japoneses y de la colisión espiritual que se produjo entre las religiones en Japón. Hubo varias discusiones en Japón sobre los conceptos nuevos que traían los misioneros ibéricos que son interesantes [602] de estudiar, pero para adentrarnos mejor en la materia, el libro se enfoca alrededor de un texto redactado por uno de estos participantes, Fabian Fucan [Fukansai Habian]. Resulta un personaje interesante, porque Fucan en un principio fue cristiano y participó en 1606 en disputas contra el famoso monje confuciano Hayashi Razan, pero después renegó del cristianismo y hacia 1620 escribió la obra Ha Daiusu, Dios destruido. Traducido este texto íntegramente en el libro, resulta muy interesante de leer para comprobar el punto de vista de este autor, que reúne la doble condición de japonés y de profundo conocedor del cristianismo.

El libro tiene dos capítulos que resumen la vida del cristianismo en Japón en ese «Siglo Cristiano»: Problemas de la aceptación del Cristianismo en Japón y formas de rechazo del Cristianismo en Japón. Además, incluye una serie de traducciones, no sólo de Ha Daiusu, sino de otros textos escritos por japoneses o por algunos que decidieron abandonar el proselitismo cristiano, como Cristovâo Ferreira, siendo quizás el más interesante de todos la Kirishitan Monogatari [o Novela Cristiana] escrita en 0-0-1639 por autor desconocido.

Lo que se puede aprender en este libro es mucho, por ejemplo, algunos aspectos de la importancia del cristianismo para estimular la evolución de la política Tokugawa y su significado como referencia en algunos movimientos de rebeldía de entonces y no sólo en la revuelta de Shimabara, en la que la influencia cristiana está ya claramente asimilada. El Cristianismo influyó, pro ejemplo, en las discusiones ideológicas que se tenían entonces en relación con conceptos como Tenmei (Mandato del Cielo) o Tentô (Camino del Cielo).

Y con respecto al Cristianismo, Elison señala que nunca estuvo a la altura de las circunstancias [8]. Concluye que la suma de su contribución cultural para Japón fue nula [248] porque, si bien en algunos aspectos estaba entonces más desarrollado Occidente (se sabía que la tierra era redonda, por ejemplo), en otros no ocurría así y en general se puede decir que los cristianos no tenían entonces un conocimiento científico netamente superior que ofrecer a los japoneses. En el campo más filosófico, los misioneros dejaron el campo de las afinidades espirituales sin explotar; estaban convencidos de poseer la verdad absoluta y lucharon de la manera más desinteresada para inculcarla, pero no dejaron huella tras su expulsión o su ejecución. Y es que, explica Elison, «fueron a convertir Japón, no a ilustrarlo». [252]. Al contrario que el budismo, que no pudo ser suprimido y por tanto pasó a ser utilizado en el nuevo Japón Tokugawa, el cristianismo no puso ser utilizado y fue suprimido. El libro concluye, por tanto, con una de las aseveraciones de Fabian Fucan en su libro: La persecución de los cristianos no fue consecuencia del karma de sus acciones, sino más bien su destino ineludible.

Escohotado, Antonio (2003). “Un viaje a su Oriente.” Sesenta semanas en el trópico. (ABCD)

Un viaje a suOriente  / El libro, el artículo y la página

 

Antonio Escohotado

Sesenta semanas en el trópico

Col. Narrativas hispánicas 348

Barcelona, Anagrama, 2003

379 pp.

 

            En vísperas de cumplir sesenta años, la vida de Antonio Escohotado dio un vuelco completo. Un replanteamiento sobre su vida laboral, con tentaciones de creación literaria, la ruptura de una estabilidad conyugal que auguraba permanente y el comienzo de una nueva vida familiar, le hicieron precisar una aclimatación, que buscó por medio de un año sabático en Tailandia, dedicado a una investigación sobre “Causas de la pobreza y la riqueza en Oriente y Occidente” para un futuro libro sobre “capitalismo y anarquismo”.

 

            Sesenta semanas en el trópicoes el resultado de esa experiencia vital, estructurado en anotaciones con longitud media de una página que empiezan siendo diarias. Además de Tailandia, el autor refleja sus impresiones de sus viajes a Singapur, Birmania y Vietnam e incluye las de dos viajes posteriores a Brasil y Argentina, un país incluido porque “no siendo tropical por clima meteorológico […] es tropical por clima político”. El libro refleja las opiniones de Escohotado sobre asuntos ya debatidos, como el consumo de drogas, sobre la “filosofía moral”, tal como él denomina su tema de estudio, y sobre temas novedosos, como su situación personal o sus impresiones sobre esos escenarios visitados por primera vez. Así, compara el turismo de Thailandia con el de España, asemejando Torremolinos a la isla de Samui y Na Trang, el complejo vacacional vietnamita por excelencia, con nuestros “Sol y Playa” de los años 50.

 

            Son reflexiones sesgadas. Porque si en Samui apenas hay edificios de más de dos pisos, como el propio autor reconoce, la diferencia es significativa; y asegurar que los ibéricos queríamos “aprender cosas” y veíamos a los turistas como “fuente de progreso”, en contraste con los del Sudeste Asiático que “no lo tienen tan claro” es, cuando menos, una opinión demasiado favorable a España. Este sesgo denota un esquema mental tendente a interpretar a esos países tropicalescomo la antítesis de los desarrollados, en una suerte de caras y cruces donde lo bueno está siempre en el mismo lado, y lo malo del otro. Y refleja una percepción dinámica de España que contrasta con la básicamente estática de Thailandia, recurrente a lo largo del libro: “los puestos de señor y siervos están repartidos desde la cuna” [127] o “el hecho de que alguien pertenezca a tal o cual estamento determina que se dedique a tal o cual cosa” [246]

            Anquilosamiento, etnocentrismo o despreocupación por lo actual son algunas características de la visión de los trópicosde Escohotado, junto con la representación de una sociedad feminizada, despótica, atrasado y adocenada. Se interesa casi en exclusiva por las mujeres tropicalesy dedica los peores epítetos a sus hombres;  “el sujeto más putero del mundo”, dejados (“desconocen por sistema el traje”), haciéndose eco del rumor de que tengan “los penes más pequeños del mundo” y voraces por sacarle dinero (“no puedo salir del hotel sin que se me pegue el taxista de ayer”). Sus gentes también las ve frugales, sin necesitar ni aire acondicionado, ni vacaciones (piensa que el cumpleaños de la reina “ofrece la única vacación anual para muchos empleados”) ni apenas comida (“un saco de arroz para tener cubiertas las necesidades alimenticias durante meses”) y dominados por unos gobernantes déspotas apoyados en el “salvajismo” del “código penal oriental”[147-48]. Los modernizadores son la excepción, pero vistos desde la óptica etnocéntrica del impulso exterior, tal como refleja al rey Chulalongkorn siguiendo las enseñanzas de una de sus institutrices, Anna Leonowens. Curioso: ya está sugerido en Ana y el rey. Son características que ya reflejara en su momento Edward Said en su Orientalismo, porque Sesenta semanas…es un catálogo de las imágenes orientalistas, comparable con la visión Orientalde las novelas coloniales. 

            Eppuresi muove, Tailandia como el resto del Sudeste de Asia y de los trópicos. Hubo la crisis financiera del 97 y hay “raterías, discriminaciones y patrioterismo” [145] pero también es un país cada vez más avanzado. Como la visión del propio autor, que si en la página 119 ya reconoce la necesidad de no generalizar, cien páginas después se refiere, por primera vez, a un cambio “a cámara lenta”. Poco antes de su regreso, reconoce “apenas rozo la superficie” y es al final del libro donde se arrepiente de no haber dedicado más tiempo a penetrar en su cultura, ya fuera escuchando a los expertos o aprendiendo la lengua. Y llega a pensar, incluso, en que podemos también aprender de ellos: asegura que sería bueno que nuestros adolescentes pasaran alguna temporada en los templos budistas, como los thais.

 

            Sin lectura previa alguna, con el CD de la Británica y “las guías”, que no especifica, Escohotado puede hacer literatura, pero no el libro de viajes anhelado. Pero no marchó para aprender, sino para escapar, aunque los apuntes cada vez más ocasionales según avanza su estancia hacen pensar en el famoso dicho “Si estás un día, escribirás un libro; si una semana, un artículo; si estás un año, una página”: el trópicole acabó atrapando.

 

Una peregrinación

En los años 60, Escohotado se apuntó como voluntario para luchar con el Vietcong, aunque su petición fue ignorada. Por ello, al entrar a Vietnam califica su viaje a este país como lo “más semejante a una peregrinación que permite el laicismo”. Pero ni su ruta (Saigón, Na Trang, los túneles de Cu chi, etc) ni sus comentarios (Real Madrid, anuncio de Pepsi con Ricky Martín o la vorágine circulatoria) denotan un estar más al corriente que cualquier otro turista a(o)ccidental. De sus tiempos revolucionarios, apenas recuerda la extraordinaria fuerza de voluntad de los vietnamitas y estar “forzados a vivir en túneles propios de hormigas”, pero si sabe bien cual era su enemigo, Estados Unidos, aunque en buena parte era una guerra civil. Si era una peregrinación, la Tierra Santa parece estar en el entonces territorio enemigo. Y Vietnam, tan olvidado como la ruta Ho Chi Minh.

Ferretti, Valdo (1983): Il Giappone e la politica estera italiana 1935- 41 (CHMC)

FERRETTI, Valdo. ”Il Giappone e la politica estera italiana 1935ª41.• Giuffre Editore, Universita di Roma, 1983. 246 pp. Cuadernos de Historia  Moderna y Contemporánea, Nº 10 (1988), pp. 244-245.

 

El Libro de Valdo Ferretti, especialista en el Extremo Oriente en época de entreguerras, hace una valoración de las relaciones ítalo-japonesas desde el Incidente de Amau (0-0-1934) hasta la firma del Pacto Anti-Komintern (27-3-1939). El período comprendido entre esta última fecha y la entrada del Japón en la II Guerra Mundial, en diciembre de 1941, tiene una importancia marginal.

 

La obra, está escrita principalmente desde el punto de vista de los intereses específicamente italianos en la alianza con el Japón; y la elección de las dos fechas antedichas no es casual, tal como afirma el autor. Estudia el progresivo acercamiento ítalo-nipón desde el inicio de la reelaboración de la política exterior fascista, tras la llegada al poder del nacional- socialismo, hasta que es obscurecida por la hegemonía de los alemanes. Este acercamiento tiene un carácter muy peculiar dentro del triángulo Roma-Berlín-Tokio, derivado especialmente de las  relaciones de ambos con el Imperio Británico; y muy particularmente de las implicaciones jurídicas y navales que estas conllevaban. Jurídicas ante el rechazo común al esquema de equilibrio internacional surgido tras la I Guerra Mundial, expresado por la Sociedad de Naciones; Navales ante la necesidad mutua -si bien principalmente de parte italiana- de mantener distintos puntos “calientes” en el Globo para obligar a la flota británica a dispersarse en varios frentes.

 

Termina la parte principal del estudio con la firma del Pacto Anti-Komintern y el inicio de la II Guerra Mundial. A partir de estos hechos cambian sustancialmente los intereses mutuos de cooperación, tanto por la nueva situación internacional como por los nuevos equilibrios internos de poder.

 

Ferretti muestra en su libro, por tanto, una faceta poco estudiada en la formación del Eje, a saber, los intereses estratégicos comunes entre Italia y Japón; y el significado de estos como espina dorsal de la política de aquel país hacia el Sol Naciente desde fines de 1935 hasta los inicios de 1939. Falta quizás un análisis más profundo de las intenciones de los asiáticos, problema en parte de los problemas de acceso a fuentes de documentación nipona; sin embargo, el autor en este libro desea principalmente destacar la independencia de la política exterior italiana en este período, y muy particularmente la escasa influencia alemana en sus relaciones con este país.

En cuanto Mussolini desarrolla en Asia Oriental una política de “Doble Víade amistad con chinos y japoneses, el autor analiza también los impulsos de la conducta italiana en la región; ya sean los aspectos específicamente chinos en las relaciones entre las potencias y Japón, o los reflejos europeos ante las iniciativas niponas.

 

Son analizados, en definitiva, todos los factores que van configurando las relaciones mutuas; un progresivo acercamiento primero, y posteriormente un claro decantamiento hacia la alianza con el Imperio Showa. La Cuestión Etíope, los vaivenes de las relaciones ítalo-chinas, la Conferencia Naval de Londres, la influencia de la política rusa en China y la conferencia de Bruselas, entre otros, son los hechos que se detiene a estudiar profundamente Ferretti, con gran diversidad de fuentes documentales y bibliográficas.

Aparece en el núm. 10, 1988, pp. 244 y 245.F

 

García de los Arcos, María Fernanda (1997): Forzados y Reclutas: Los criollos novohispanos en Asia (1756-1808)

GARCÍA DE LOS ARCOS, María Fernanda.- “Forzados y Reclutas: Los criollos novohispanos en Asia (1756-1808)”. México, Potrerillos Editories, 1996.  338 pp. REP núm. 7 (1997): 131.

 

            María Fernanda García de los Arcos puede esgrimir varios argumentos para demostrar sus conocimientos sobre Filipinas. Uno de ellos es su profundo conocimiento de Archivo General de la Nación en México, otros son sus estrechos contactos y aprendizaje de la escuela francesa de historiadores y otro puede ser su extensa bibliografía sobre Filipinas, entre la que se puede destacar el libro “Estado y Clero en las Filipinas del siglo XVIII”, publicado en México, en la Universidad Autónoma Metropolitana en 1988. Con el libro que comentamos vuelve a dar una nueva prueba de este conocimiento tan profundo y ello ayuda a que un tema aparentemente con escaso interés puede hacer llevar a leer un libro con apasionamiento.

            El libro que nos ocupa trata de los envíos de soldado de Nueva España a México en el último medio siglo antes de la independencia mexicana, una emigración pensada como temporal en un principio pero convertida en definitiva. Nos habla en sus capítulos de la demanda constante de soldados en Filipinas, de la forma de reclutamiento en el Nuevo Mundo, de la composición de las remesas, del traslado y embarque y de su influencia cultural en las Filipinas, no solo en esos momentos sino también en el camino hacia la independencia. La profesora García de los Arcos, además, se vale de su profundo conocimiento de Filipinas para introducirnos en el conocimiento de la vida en Filipinas e incluso en las alternativas que fueron consideradas.  En la conclusión final hace aseveraciones que van mas allá de la vida de estos soldados, como que “el centro de gobierno y de la administración del virreinato del norte se comportaba como la verdadera capital transpacífica americana, mucho más de lo que las apariencias se suelen plantear” (276), nos habla de los intentos de las manifestaciones de transición que aparecieron por esas fechas y de la preocupación por la defensa que fue la que llevó a esa emigración. Pero la defensa no era solo pensada frente a los enemigos exteriores, sino frente a las posibles infidelidades de los naturales, en ese sentido cobra interés el interés de los soldados como “agentes de hispanización y novohispanización”.

Hearn, Lafcadio (2002): “Retazos de un Japón improbable.” En el país de los dioses/ Relatos de viaje por el Japón Meiji, 1890-1904 (ABCD)

Retazos de un Japón improbable

 

En el país de los dioses. Relatos de viaje por el Japón Meiji, 1890-1904

LAFCADIO HEARN

Selección y traducción de textos por José Manuel de Prada Samper

Col. El Acantilado 56

El Acantilado. Barcelona, 2002. 325 pp.

 

Año tras año se publican libros sobre un Japón que pervive, más que en ningún otro lado, en la imaginación de muchos occidentales. Quien suscribe ha vivido cinco años en Japón, pero sólo en una ocasión ha visto una Geisha (mas bien, una joven Maiko). Por ello, el reciente auge de narrativas sobre japones pretéritos es motivo continuo de discusión, más aún teniendo en cuenta que apenas salen libros sobre el Japón presente –y el desinterés sobre el Japón futuro.

 

Sin el miedo de antaño a sus zarpazos militaristas y con la autocomplacencia actual de Japón, es comprensible entenderlo en parte. La revista Newsweekha comparado Japón con Suiza, como muestra de un país tranquilo, resistente a los cambios y con un alto nivel de vida, pero políticamente irrelevante. Pero, por otro lado, hay que recurrir a la necesidad occidental de buscar paraísos para explicar porqué relatos como los de Hearn siguen interesando a público y a editores.

 

Hearn es un escritor que, sobretodo, da datos al lector para que se saque su propia conclusión. Cuenta desde su primera inocencia al descubrir el Japón en el que vivió a fines del siglo pasado hasta las anécdotas más simples que jalonan su vida; nos introduce Japón tanto por medio de la vida de sus vecinos como por las leyendas y las visitas a templos. Además, disfruta describiendo los pequeños detalles que resultan más poderosos para el lector, como los lloros de un asesino ante el hijo de quien había matado. Leer a Hearn es un placer en el que se juntan los datos para conocer un país y la ensoñación de imaginarlo; sobre todo para aquellos descontentos de las prisas de la vida actual, disfrutar con la lectura del mundo descrito por este periodista norteamericano viajero devenido casi en maestro de escuela de Japón por puro placer de disfrute y contemplación, es un regusto difícil de superar.

           

Así parece haber ocurrido al compilador y traductor del libro, José Manuel de Prada Samper, quien no parece conocer mucho del Japón actual ni tener amigos japoneses, a juzgar por las palabras que deja tal como las escribió el autor, como Kwai (Kai, asociación) o Kwashi (o-kashi, dulce). Sugiriendo que su deseo al publicar el libro va más allá de la difusión, buscando hacer los textos más suyos al infiltrarse en el “proceso mismo de su creación.”, Prada Samper demuestra ser, ante todo, un “traductor vocacional” que ha seleccionado los textos de Hearn en primera persona escritos a lo largo de sus tres lustros en Japón. En el país de los dioses  es una recolección de textos de sus obras, algunos ya conocidos en castellano, donde se mezclan puede compartir con el compilador sus ensoñaciones de Japón. Como es fácil imaginar, los comentarios sobre la perversa influencia occidental que hace perder los valores del Japón tradicional (y, es de suponer, verdadero) son continuos y del gusto de Prada Samper, quien se refiere en la introducción al “descomunal esfuerzo por modernizar el país”. El libro también ofrece temas recurrentes de las lecturas del Japón tradicional, como una cultura estancada, milenaria y llena de supersticiones,  además de frustración por no reconocer los lugares retratados por autores anteriores, como Pierre Loti, Pierre Loti, cuyos relatos le movieron a viajar a Japón. La fascinación parece haber llevado a buscar un título exagerado para el libro, porque comparar una piedra o un manuscrito a los que se considera especiales y se les reverencia esta muy lejos de la definición entendida por el público al que va destinado el libro. Es exagerado asemejar los “kami” shinto como dioses,  cuando se limitan a ser fuerzas religiosas que residen en elementos naturales.

 

Retratar ese Japón improbable es, pese a  estas críticas, una tarea loable. Más allá de tecnicismos, no obstante, la recreación de Hearn siempre es un brío de aire nuevo que también ayuda a comprender el Japón actual: su subida al monte Fuji sigue siendo tal como él lo narra. Además, es más necesario aún para quienes se escandalicen viendo cómo Japón abraza otra nueva pasión tomada de Occidente: el fútbol.

Hearn, Lafcadio (2004): “El país de la fantasía.” Kwaidan/ El romance de la vía láctea / El niño que dibujaba gatos y otros cuentos japoneses (ABCD)


Un juglar ciego ensimismado tocando ante un auditorio de tumbas, dioses condenados por amarse en exceso, seres que pierden el rostro, una mujer que no es sino el alma de un cedro, gatos pintados contra una rata-duende y un largo etcétera de leyendas desbordantes de imaginación. Las narraciones sobre duendes, seres mágicos y poderes sobrenaturales son sinfín en Japón y este peculiar método de «mezclar lo regocijante con lo terrorífico» fascinó a Lafcadio Hearn, quien llamó la atención sobre su papel tan crucial para la cultura japonesa. Pervive en la actualidad; sus novelistas jóvenes más destacados, la infinidad de personajes fantásticos del manga japonés, o filmes como El viaje de Chihiro, The Ring o Llamada perdida son reflejo de ello, aunque nos hayan llegado más los estereotipos orientalizantes como el del copión o el fotógrafo permanente.

 

Centenario de Hearn

 

Los libros aparecidos en el centenario de la muerte de Lafcadio Hearn se han centrado en esa faceta como narrador de leyendas fabulosas. Mientras que Kokoro (1986) o En el país de los dioses (2002) recolectaron sus vivencias personales, tanto Kwaidan, como El romance de la Vía Láctea o El niño que pintaba gatos y otros cuentos japoneses se esfuerzan en ofrecer sus relatos del Japón fantástico. Han extraído los relatos más envejecidos (el tratamiento hacia algunos insectos en la literatura, vivencias en el Japón imperial…) para sustituirlos por leyendas, los trabajos han ganado en coherencia y mantienen la frescura inicial, especialmente Kwaidan, quizás su obra cumbre.

 

El resultado, no obstante, está por debajo de la altura del escritor. Ninguno de los traductores ha completado el trabajo con un diccionario para las palabras japonesas o para ayudar en algunas de las dificultades que el propio Hearn reconoce en la traducción. Por sus numerosas poesías en el texto, es un problema especialmente grave en El Romance…; las retraducciones, los continuos dobles sentidos (las kakekotoba) y unas citas donde ni siquiera queda especificado si son de Hearn o del traductor, hacen poco creíbles los textos finales. Si el famoso haiku de Matsuo Basho de la rana chapoteando sobre

el estanque tiene más de cien diferentes traducciones, una traducción así las puede tener infinitas.

 

Los editores tampoco merecen condecoraciones, y no sólo por servirse de traducciones antiguas y usar transliteraciones obsoletas. Apenas 8 de los 23 cuentos de El niño que dibujaba gatos… son de Hearn, y el resto, además, están especialmente mal narrados, a pesar de incluir leyendas tan sugerentes como «Momotarô». En El Romance…, la introducción original se ha incorporado sin reconocerlo y el libro ni incluye índice alguno, necesario cuando 14 de los textos provienen de la colección «La poesía de los fantasmas», que a su vez es una de las partes del libro.

 

El mensaje implícito de estos libros de Hearn merece otra reflexión. Suelen ser escritos del ocaso de su vida, cuando le pudo el pesimismo y publicó los peores calificativos hacia los japoneses. En uno de los textos suprimidos, por ejemplo, aseguraba «El Japón se ha convertido en un Imperio capaz de amenazar simultáneamente las civilizaciones de Oriente y de Occidente». Las leyendas, además, adaptan las corrientes triunfantes en esos años sobre la imposibilidad de un acercamiento de civilizaciones, el «East is East and West is West» de Kipling, y reflejan, siquiera implícitamente, su versión japonesa: el país único, impenetrable e incapaz de ser entendido por los extranjeros.

 

Críticas postreras

 

Su biografía permite explicar parcialmente esas críticas postreras porque, tras nacionalizarse nipón, su sueldo pasó a ser el de un simple profesor local y Hearn perdió su calidad de vida. Pero también porque la victoria sobre China de 1895 y la creciente militarización nipona rompieron sus esquemas orientalistas. Empeñado en considerar al Japón tradicional como verdadero, la vorágine de esos años, que culminó con la guerra contra Rusia pocos meses antes de su muerte, le pilló con el paso cambiado. El esquema usado hasta entonces del país estático y rural ya no podía sostenerse. En El Romance…, por ejemplo, asegura que la fiesta de Tanabata «casi duerme en el sueño del olvido» en Tokio y las grandes ciudades. Mentira, sigue en vigor.

 

Kwaidan

LafcadioHEARN

Traducción de CarlosGardini

Siruela, Madrid, 2004

180 pp.

 

El romance de la Vía Láctea

LafcadioHEARN

Traducción de PabloInestaly José Antonio Bravo

Barataria, Barcelona, 2004

166 pp.

 

 

El niño que dibujaba gatos y otros cuentos japoneses

LafcadioHEARN

Traducción de Mª LuisaVilariñoy Eduardo Riestra.

Ilustraciones de Mariana Riestra

Ediciones del Viento, La Coruña, 2004

130 pp.

Hachiya Michihiko (2005) “Tan explosivo como la bomba.” Diario de Hiroshima de un médico japonés (6-agosto a 30 de septiembre de 1945) (ABCD)
Hughes, Robert (2002): La costa fatídica. La epopeya de la fundación de Australia (Clío)

Robert Hughes, La costa fatídica. LA EPOPEYA DE LA FUNDACIÓN DE AUSTRALIA.  Galaxia Gutenberg. 2002. 768 Páginas. En Clio

 

El episodio del Mayflower, en el que 41 peregrinos ingleses llegaron a las costas de América en 1620 para construir un nuevo mundo, es conocido y vanagloriado por la historiografía anglosajona. Pero, en cambio, es menos conocido otro desembarco que también hizo historia, el que realizaron 736 presidiarios británicos el 26 de enero de 1788 en Australia.

Hasta los años 60, los libros de texto australianos pasaban por alto una parte importante de su pasado, el que hacía referencia a los cerca de 160.000 presidiarios ingleses (aunque es difícil saber el número exacto por errores en el registro) que durante algo más de cincuenta años fueron enviados por la Administración británica con el eufemístico nombre de hombres del gobierno a este apartado confín del mundo. Un episodio que era interpretado como un detalle menor de la política imperial inglesa del que era mejor olvidarse. Hasta esos años, la historiografía australiana situaba el origen de la Australia moderna solamente en aquellas migraciones que fueron al país a buscar oro, producir lana y colonizar libremente nuevas tierras.

El polifacético australiano Robert Hughes, conocido especialmente en nuestro país por su monografía sobre Barcelona (1992) y su particular historia del arte del siglo XX  El impacto de lo nuevo (2000), se lanza, esta vez, a explicarnos uno de los episodios más desconocidos en el exterior del pasado de su país, la historia de los presidiarios que fueron obligados a emigrar a Australia entre 1788 y 1840.

La obra, en sí, no constituye hoy ninguna primicia en la bibliografía anglosajona, pues en los últimos treinta años, estos hechos han sido uno de los objetos de estudio de la historia que se escribe actualmente en Australia. El mismo autor reconoce beber de estas aportaciones, como, por ejemplo, de Convict society and its enemies (1983), de J.B. Hirst, pero el tema sí supone una verdadera novedad en el mercado de habla hispana.

El libro está planteado más como una obra de divulgación para no australianos que un libro producto de una investigación que aporta una nueva tesis. En este sentido está excelentemente editado, con papel del bueno, y viene acompañado de mapas, grabados a color, apéndices y una extensa bibliografía que guían al lector no familiarizado. Para enfatizar su carácter narrativo, el autor busca especialmente sus fuentes en las memorias de estos presidiarios (cartas, declaraciones u otros testimonios), más allá de las estadísticas y los documentos oficiales. El objetivo final es construir la crónica de una distopía, en contraposición a las crónicas de utopías que tanto han caracterizado los textos que explican la historia de América, otra tierra de promisión.

La obra repasa todo el proceso que llevó a miles de presidiarios a colonizar Australia entre 1788 y 1840. Tras la experiencia americana, el Gobierno británico se planteó ocupar el continente austral con presidiarios, obligados a emigrar a estas tierras para saldar su deuda con la sociedad inglesa. Prófugos, bandidos, prostitutas y homosexuales fueron otorgados en situación de semiesclavitud a colonos privados y organismos oficiales de la colonia. El objetivo no solo era colonizar nuevas tierras sino también “limpiar Inglaterra de delincuentes” y buscar su redención. Tras más de cinco décadas se comprobó que el índice de delincuencia en Inglaterra no había disminuido, y se puso fin a estas migraciones forzosas. Pero con el tiempo, el sistema demostró ser eficaz, pese a sus imperfecciones, porque permitió a miles de personas obtener una segunda oportunidad.

 

Hutchcroft, Paul D. (1998): Booty Capitalism. The Politics of Banking in the Philippines (REP)

HUTCHCROFT, Paul D.: Booty Capitalism. The Politics of Banking in the Philippines. Cornell University Press, Ithaca y Londres 1998, 278 pp. Revista Española del Pacífico. Núm. 9, Año 1998

 

A lo largo de la primera mitad del siglo XX, el archipiélago filipino ha contado con unas estadísticas económicas envidiables, más comparables con las que disfrutaba Japón que con las de sus vecinos surasiáticos: su standard de vida fue el segundo de toda la región. Además, ha disfrutado de unas posibilidades de desarrollo superiores, desde la relativa estabilidad política o el monto de ayuda provista por los Estados Unidos hasta unos niveles de educación realmente elevados, incluyendo un fácil acceso a las nuevas influencias por medio del amplio uso de la lengua inglesa entre su población. Sin embargo, en estas postrimerías de milenio se encuentra en una situación harto distinta: mirando con envidia los logros de esos vecinos que antes observaba con desdén. Mientras que sus vecinos crecieron una media de un 6,9% anual en la década de los 1980, el PIB de Filipinas sólo lo hizo un 0,9 y el ingreso per cápita real disminuyó en un 7,2% entre 1980 y 1992. Hoy se encuentra en la cola de un equipo que antes parecía encabezar. [389]

Hutchcroft centra las razones de ese declive en el aspecto político, más que en el económico, y de ahí ese título tan significativo: «Capitalismo Depredador». Se centra en la arbitrariedad política para buscar las razones y señala una diferencia fundamental entre el Estado capitalista de Filipinas y el de sus vecinos thailandeses o indonesios: uno lo define como patrimonial oligárquico mientras que el de los otros es más bien patrimonial administrativo. Hutchcroft analiza las relaciones entre el Estado y la oligarquía en Filipinas, encontrando unas barreras estructurales particularmente tenaces para la creación de un Estado más racional y legal y para el fin de sus características patrimoniales. Además, se concentra en la banca por ser quizás el ejemplo donde mejor se pueden traslucir estas ineficiencias estructurales del capitalismo filipino: el Banco Central ha sido incapaz de hacer cumplir sus propias regulaciones o de luchas contra las prácticas de cártel dentro de la industria; por el alto grado de arbitrariedad de la autoridad central monetaria y por la incapacidad del estado, en general, para proveer el marco legal regulador del funcionamiento capitalista del país. El sistema bancario filipino ofrece dos características principales, el favoritismo rampante y la escasa efectividad de las regulaciones del estado. Además, hay dos áreas en las que su pobre funcionamiento ha impedido objetivos desarrollistas más amplios: utilización y aprovechamiento de ahorros, ineficientes localizaciones de créditos por motivaciones políticas («recibir un empréstito significa percibir un gran favor»), el alto grado de inestabilidad financiera, beneficios enormes para aquellos bancos que buscan principalmente beneficios, frente a aquellos dedicados a financiar empresas relacionadas y, por último, los regalos generosos a instituciones financieras públicas y privadas del Banco Central que han vaciado sus arcas de la forma más completa en beneficio de compinches de los políticos de turno y los oligarcas.

Hutchcroft, en definitiva, arguye que las características especiales de las relaciones entre oligarquía y estado en las Filipinas hacen este sistema de capitalismo depredador. Por ello, la solución para el futuro ha de ser el desarrollo del aparato estatal, la etapa que desde la propia administración filipina se ve como la que ha de enfrentar ahora el país, una vez que el presidente Ramos enfiló Filipinas en la vía de sus vecinos de la ASEAN. Las tareas actuales son más difíciles que las llevadas a cabo por Ramos, ciertamente. Es más difícil promover exportaciones con un alto valor añadido que liberalizar las importaciones, crear un sistema de impuestos capaz de sostener las necesidades de desarrollo de infraestructuras que desmantelar un sistema de incentivos fiscales preferenciales. Estas labores más difíciles le corresponden al presidente Estrada, quien, aunque no es previsible que ejerza el liderazgo necesario para avanzar a la velocidad necesaria, tampoco está demostrando los peores temores que veían en su presidencia una vuelta a los tiempos del compincheo. Análisis como el de Hutchcroft pueden ayudar, precisamente, a impulsar el consenso en torno a definir esos objetivos a largo plazo y a que ninguna persona o grupo oligárquico pueda ser capaz nunca más, como ocurrió en el pasado, de descarrilar la marcha del pueblo filipino hacia un mejor bienestar.

FLORENTINO RODAO [390] [391]

 

Ptak, Roderick (1996): HSING-CH'A SHENG-LAN. The overall survey of the Star Raft by Fei Hsin (REP)

HSING-CH’A SHENG-LAN. The overall survey of the Star Raft by Fei Hsin. Trad. por J.V.G. Mills. Revisado, anotado y editado por Roderich Ptak. Col. South China and Maritime Asia, vol. 4. Wiesbaden, Harrassowitz Verlag, 1996, 153 pp.  Revista Española del pacific, n. 8

 

El conocimiento del Asia del Sudeste antes de la llegada de los europeos sigue siendo dificultoso por la escasez de fuentes. De aquí viene una de las principales ventajas del libro editado recientemente por el profesor Ptak, del Institut für Ostasienkunde de la Universidad de Munich. El libro que nos ocupa es la traducción del texto de un viajero chino, Fei Hsin, a lo largo del Sudeste y Sur de Asia hasta la Meca. El relato ha sido compilado y modificado en textos chinos a lo largo de numerosas versiones y fue en 1930 cuando se publicó la primera versión anotada del libro en China, [596] donde alcanzó gran popularidad. De allí atrajo el interés a los especialistas occidentales, uno de los cuales, el geógrafo J.V.G. Mills, lo tradujo al inglés antes de morir y Ptak, tras haber conseguido los papeles legados, ha publicado este volumen considerando que no sólo puede ser una droga para los «escapistas marítimos modernos» sino también una herramienta para investigaciones serias.

El libro describe el viaje de este viajero a La Meca, aunque no se sabe si es musulmán, al contrario que otro famoso viajero, Cheng Ho, que lo era. No se sabe exactamente la fecha del viaje, pero fue a mediados del siglo XV, en el período temprano de la dinastía Ming. Fei Hsin describe los distintos territorios que visita y de esta forma podemos tener tempranas referencias de lugares como Champa, Siam, Java, las Islas Nicobar, Ceilán, Cochín o Bengala. En otro de los viajes, se refiere a Camboya, Singapur, Timor, Borneo, las islas Sulu, Taiwan, Mogadiscio o las islas Maldivas. Resulta interesante, de esta forma, tener también la oportunidad de comparar las diversas descripciones que hacen los viajeros, tanto los primeros occidentales como estos orientales que viajaban a Occidente. En este caso se fija principalmente en los productos que se pueden comerciar en las tierras por donde pasa. Una gran ayuda, en definitiva, para el conocimiento del sudeste asiático antes del contacto con los europeos.

FLORENTINO RODAO

 

 

Jiwei Ci (2002): “El hedonismo y la China del siglo XXI.” De la utopía al hedonismo. Dialéctica de la revolución china. (ABCD) _ABCD 2002 Jiwei

El hedonismo y la China del siglo XXI

De la utopía al hedonismo. Dialéctica de la revolución china

JIWEI CI

Col. Biblioteca de la China Contemporánea, 9

Bellatera: Barcelona 2002. 239 pp.

 

La bibliografía sobre China aumenta en cantidad y calidad: ensayos, relatos de viajes, novelas, e incluso un nobel están sacando a China de la superficialidad impuesta por el  exoticismo. El libro de Jiwei Ci (el nombre antes del apellido, tal como lo han hecho en el libro) es un paso más, porque hablando de la China contemporánea no empieza narrando la historia de China ni la llegada de los comunistas ni los temas que aparecen en los manuales, sino que se dedica a reflexionar sobre esa Historia. Realizado a raíz de un curso en la Universidad de Stanford, y publicado aquí dentro de una prestigiosa colección dedicada en exclusiva a este país, a cargo de uno de nuestros principales especialistas, el libro no está destinado a quien quiera dar sus primeros pasos en este país, sino a quien desee reflexionar los conocimientos previos.

 

Se hace de un modo novedoso, desde la perspectiva de un filósofo político, aplicando categorías filosóficas y psicológicas para explicar la llegada del comunismo a China, su poder de captación y convicción durante varias décadas y el dominio absoluto que llegó a ejercer Mao Zedong, así como la irreversibilidad de los cambios tras su muerte. Para ello, se basa en las fuentes del pensamiento tradicional chino, sobretodo el confucianismo, pero tampoco se recata de utilizar a filósofos occidentales, principalmente Nietzsche, pero también Kierkegaard o Habermas, sin olvidar lo conceptos de sublimación y desublimación de Freud.

 

            La dialéctica de la revolución china (quizás se diría mejor en plural) está explicada a raíz de la primera guerra del opio (1839-42), cuando se le hizo al antiguo imperio imposible seguir pensando que era la única cultura “verdadera” en la tierra. China dejó de percibirse como el país central y paso a tener una “mentalidad de periferia” que facilitó la llegada de un marxismo con un status también de periférico. Con la victoria del Partido Comunista, pasó a ser central una utopía que, asevera irónicamente Ci, “también se trasformó en opio del pueblo.” Esa búsqueda revolucionaria permitió olvidar lo pasado de la forma más absoluta (incluso, por medio de un lenguaje revolucionario propio, la “tiranía mnemotécnica”) y con un ascetismo tal que denunciaba cualquier interés individual como un vicio burgués. La utopía, por tanto, no sólo mantuvo el totalitarismo sino que lo hizo invisible, al interiorizarlo, según afirma Ci, quien explica también el Gran Salto Adelante (1958-69) como una lucha contra la despersonalización del carisma y a la Revolución Cultural (1966-1976) como una la única salida legítima a los impulsos hedonistas y destructivos: para mantener a la masa entretenida, como el propio Mao llego a asegurar. Tras su muerte, las siguientes campañas políticas con Deng Xiaoping ya no mantuvieron el equilibrio entre ascetismo y hedonismo y a partir de la represión del movimiento democrático en Tiananmen en 1989 el dominio del hedonismo, fuertemente teñido de nihilismo, es incontestable.

 

De la utopía al hedonismoes un libro polémico, repleto de afirmaciones que, como mínimo, resultan aventuradas. Su utilización tan continua de pensadores occidentales para describir la “crisis espiritual china” ya ha sido criticada y el propio autor se defiende de ello en la introducción afirmando que no tiene porqué explicarse utilizando sólo términos específicamente chinos. Plausible, pero también parece obvio que una utilización tan decisiva de los pensadores alemanes debería haber llevado a leerlos en sus fuentes originales, y toda la bibliografía citada son traducciones al inglés: parece limitado por sus propios recursos. Resulta también extraño que ni siquiera mencione a Japón, al contrario que la gran mayoría de los chinos que han tratado los mismos temas pero, en este caso, la limitación parece resultado de esa “mentalidad central” antigua que el autor analiza con tanto detalle. No obstante, resulta una aportación novedosa para entender el frenesí hedonista-consumista-posconsumista de la China actual

 

 

Katz, Richard – The system that soured. The rise and fall of the Japanese economic miracle (PolExt)
Keene (2002). Emperor Keene, Donald (2002): Emperor of Japan. Meiji and his World, 1852-1912 (REP)
Keene (2002). Emperor of Japan. Meiji and his World, 1852-1912 (ABCD)

Misión: modernizar el país

Donald Keene.- Emperor of Japan. Meiji and his World, 1852-1912.Columbia University Press, Nueva York, 2002. 922 pp.

 

El emperador japonés Meiji y el rey thai Chulalongkorn compartieron reinado durante un período muy similar (1867-1912 y 1868-1910, respectivamente) en los dos únicos países asiáticos que han sabido mantener su independencia ante el embate colonial. Pero mientras el segundo ha recibido los honores tanto por haber encaminado a su país, entonces llamado Siam, en la senda de la modernización y por mantener la independencia tras balancear los intereses de las potencias coloniales vecinas, el Reino Unido y Francia, el japonés ha sido descrito más como un espectador.

 

No es extraño, los emperadores apenas han contado en la historia de Japón. A pesar de ser considerados dioses y dar nombre a las épocas, los dos últimos siglos y medio, sobretodo, dependían de los subsidios de los shogunes (también hereditarios, los Tokugawa). Tras la llegada de los occidentales y la firma de los Tratados Desiguales desde mediados del siglo XIX, la pérdida de legitimidad del shogunato devolvió consideración a Kioto, pero aún así el paso nipón del derrumbe del sistema feudal a convertirse una potencia mundial de primer orden era atribuido casi en exclusiva a los políticos. Haber asumido el trono a los quince años, como muchos otros emperadores antes, permanecer callado en la gran mayoría de las reuniones que presidió y observar tradicionalmente unas funciones meramente decorativas, centradas en ceremonias cortesanas, con tardes enteras observando la luna y escribiendo poemas, de una forma muy parecida a la que llevaban viviendo en la corte desde los tiempos Heian, han contribuido a marginarle. La documentación existente, además, ayuda poco a esta labor: centenares de poemas cortos waka; diarios de la Corte, minuciosos hasta el punto de señalar cuándo se corta el pelo, pero meros datos que no permiten aflorar muchas conclusiones; anécdotas conocidas, que pueden ser verdad o no; minutas de sus conversaciones, burdamente amañadas y memorias de su entorno, donde es difícil encontrar observaciones críticas. Por no saberse, no hay constancia de cuál de sus concubinas era la preferida.

 

Juntando y valorando esos acercamientos tangenciales, Keene se aproxima al emperador más por los hechos que por sus palabras concluyendo, por ejemplo, que la concubina que le dio más hijos (ocho, de los cuales cuatro sobrevivieron) de las que tuvo una relación más prolongada hubo de ser la preferida. También ha mostrado la contribución de Meiji al gobierno del país. Estaba al tanto de todos los asuntos importantes del Estado, comenzando normalmente a trabajar a las seis de la mañana y, lo que resulta más novedoso, influyó decisivamente en la toma de decisiones y a favor del proceso de modernización en el que se embarcó su país, con una peculiar concepción de progreso como “educación, producción y ejército.” Su figura fue crucial para mantener la estabilidad, a  pesar de los graves problemas económicos y políticos, incluidas algunas revueltas protagonizadas por figuras muy queridas y cercanas a él, como TAKAMORI Saigô. Keene, además, da cuenta del papel crucial del emperador Meiji, al comienzo de su reinado, para evitar los deseos de la mayoría de su gobierno de entrar en guerra con Corea, así como su oposición, décadas más tarde, a la guerra contra China. Más allá de las decisiones políticas, además, se esforzó por conocer el estado real de sus súbditos en sus viajes por zonas del país por donde  pocas autoridades se habían molestado antes en pasar y por erradicar las viejas costumbres y temores que obstaculizaban la modernización. Así, en el año 1875, tanto él como la emperatriz se vacunaron contra la viruela para que su ejemplo llevara a sus súbditos a hacerlo también. Con la sensibilidad que Keene hace gala siempre, Meiji y su mundo es un sugerente trabajo sobre el país que quizás mejor supo utilizar en su favor el empuje colonial. Que se suma a la larga lista de obras esenciales que siguen sin ser traducidas al castellano.

 

 

Krebs, Gerhard (1988): Spanien und Japan (1936-1945) (CHMC)

Gerhard KREBS.- Spanien und Japan (1936-1945) (España y Japón, 1936-1945). Tokyo, OAG, 1988. Colección OAG Aktuell, nº 32. 59 págs. Cuadernos de Historia Moderna y Contemporánea, Nº 11 (1989), pp. 244-245.

 

 

Es cierto que la presencia española en Extremo Oriente durante la Edad Contemporánea nunca ha sido prioritaria, y menos aún durante el siglo actual, pero la escasez de especialistas sobre ella en el campo de la Historia está dejando atrás el tradicional alejamiento de la sociedad española hacia esta extensa región, superando con creces la falta de estudios al desinterés de la propia realidad. Este vacío está siendo cubierto por historiadores extranjeros, pese a que estos estudios para ellos no dejan de ser sino un apéndice en sus investigaciones.

Así, el único estudio general sobre las relaciones de España con el Asia Oriental, desde la salida del Archipiélago Filipino, es un artículo escrito por el profesor de la Universidad Estatal de California, Vicente R. Pilapil; recientemente, se añade a la escueta lista de publicaciones sobre este período, el libro de Gerhard Krebs sobre las relaciones mantenidas por el régimen del General Franco con el Imperio Japonés. Un artículo de carácter general y un pequeño libro que no suplen sino parcialmente la necesidad de un estudio en profundidad sobre las relaciones españolas con el Asia Oriental, en el siglo en que vivimos.

Gerhard Krebs, profesor de la Universidad Albert Ludwig (Freisburg in Brau, Alemania Federal), ha realizado una importante labor de documentación primaria sobre la materia en los Archivos de los Ministerios de Exteriores Japonés, Alemán e Italiano -faltando el estudio de los documentos españoles-; además ha utilizado para el estudio bibliografía japonesa y española, entre la que se encuentran memorias de los participantes en algunos de los hechos más destacados de los contactos mutuos. Autor del libro Japan Deutchslandpolitik 1935- 1941. Eine Studie zur Vorgesichte des Pazifischen Krieges (Política Alemana hacia Japón, 1935-1941. Un estudio para los antecedentes de la Guerra del Pacífico), es un gran especialista en las relaciones entre estos dos miembros del Eje, habiendo consultado por primera vez documentación, tanto en Alemania como en Japón; ello le permite conocer inmejorablemente el marco que determinará las relaciones hispano-japonesas. Divide el autor el trabajo en distintas fases: Desde la sublevación nacionalista hasta el pacto germano-soviético, la posición de España y Japón dentro del concepto de Hitler, la fase de la cooperación entre España y Japón, con el inicio de la Guerra del Pacífico, el cambio de la guerra en 1942 y la postura española, el problema de las Filipinas, los intentos de Franco de una intermediación para la paz, la ruptura entre Japón y España y las relaciones a partir del final del conflicto.

 

La principal característica de estas relaciones es la fuerte influencia que ejercen en ellas las mantenidas con otros países: Alemania e Italia como puente hacia Tokio durante el conflicto español, interés nipón de que España entrara en guerra para conseguir el bloqueo del Mediterráneo, o la ruptura con Tokio como moneda de cambio que ofrece Franco a Washington cuando, desde 1942, el curso del conflicto mundial se inclina hacia el bando aliado, y un largo etcétera de ejemplos que demuestran el carácter indirecto de estas relaciones en cuanto no constituyen un fin en sí mismo. Este carácter de las relaciones lo recoge muy bien el prof. Krebs, faltando quizás en el libro un mayor reconocimiento a la intermediación italiana durante la Guerra Civil. Sin embargo, esta falta de «vida propia» a los contactos entre Madrid y Tokio no ha de eclipsar la importancia de las relaciones en cuestión: La afinidad ideológica, la permanencia de la cultura hispánica en las Filipinas, el papel de España ante la expansión japonesa en Asia, etc., son temas en los que la extensión del libro de Krebs no permite sino comentar brevemente. La especial y cambiante naturaleza de los contactos habidos justifican un estudio independizado de las relaciones mantenidas por estos dos regímenes anticomunistas que nunca llegaron, ni a contactar lo suficiente, ni a comprenderse plenamente.

 

Krebs, Gehrard & Christian Oberländer, eds. (1997): 1945 in Europe and Asia. Reconsidering the End of World

KREBS, Gehrard y Christian OBERLÄNDER (eds.): 1945 in Europe and Asia. Reconsidering the End of World War II and the Change of the World Order. Monographien aus dem Deutschen Institut für Japanstudien der Philipp-Franz-von-Sieblold-Stiftung, Band 19. München, Iudiciem, 1997. 410 pp. Revista Española del Pacífico, Nº 10, pp. 209-210.

 

            1945 no sólo es el año del final de la II Guerra Mundial y de la Guerra del Pacífico; tampoco es sólo el año de las bombas atómicas, sino también significa el comienzo de la posguerra y del comienzo de la hegemonía de las potencias vencedoras, principalmente los estados unidos y la Unión Soviética. El libro de Krebs y Oberländer enfoca este año desde una visión comparativa de lo sucedido en las dos regiones que vivieron la guerra y las diferentes políticas que se vivieron, tanto a causa de las diferencias en el propio fin de las batallas (Alemania fue derrotada en su propio territorio, mientras que el único territorio nipón que ocuparon los Aliados fue Okinawa) como del diferente contexto de la propia ocupación (había un buen número de personas en quien confiar para llevar Alemania fuera del camino del nazismo, pero pocos soldados norteamericanos podían encargarse de controlar el día a día de la administración burocrática japonesa).

            El libro parte, por tanto, de la conveniencia de estudiar comparativamente los procesos en Europa tras la caída del III Reich Alemán y en Asia tras la caída del Imperio Japonés, en parte porque algunos de los países claves, como los Estados Unidos, Francia, Inglaterra y la Unión Soviética, tuvieron responsabilidades en ambas regiones. Por otro lado, se da una prioridad mayor a Asia dentro del volumen arguyendo que los cambios allí fueron mayores, aunque también porque ambos editores, Krebs y Oberländer están especializados en Japón y el libro está financiado por el  prestigioso Instituto Alemán para Estudios Japoneses, aunque el congreso que fue origen del volumen tuvo lugar en Alemania.

            Para los cambios en Europa, la política diseñada previamente fue mas decisiva que en el caso de Asia en donde por el contrario se utilizó la experiencia de la ocupación previa de Alemania. No fue ésta la única diferencia, sino las revoluciones y los cambios políticos tan importantes entre los países que habían caído bajo en yugo japonés, que empezaron apenas dos días después de la declaración de paz, el 17 de agosto de 1945, cuando Hatta y Sukarno proclamaron la independencia de Indonesia. Krebs, analizando someramente las visiones mutuas entre japoneses y alemanes, compara el papel de los dos países en la posguerra, mientras que Iokibe Makoto, de la Universidad de Kobe,  se centra en el planeamiento del futuro de Japón en Estados Unidos desde que en 1942 fue creada una división en el departamento de Estado se creó el Far Eastern Group dentro de la división especial de investigación. Las lecciones aprendidas en Alemania hicieron aconsejable no invadir territorio japonés, arguye, pero tampoco destruir la nación completamente ni tampoco dividirla en zonas de ocupación. También esta experiencia previa llevó a preferir usar una parte del liderazgo civil ya existente (aunque Yoshida Shigeru, por ejemplo, fue incluso encarcelado en 1945, por sus actividades contra el régimen militar) así como a retener la monarquía como forma de ayudar a la estabilización. Un artículo interesante es el del ruso Boris Slavinsky, de la Academia Rusia de Ciencias, quien se refiere a un cambio en la inicial promesa estadounidense de ayudar al reconocimiento de la propiedad de las Kuriles, cuando se buscaba la participación soviética contra el Imperio japonés, que tras la ocupación fue olvidada con interés, porque ayudaría a tensar las relaciones entre el nuevo Japón y la URSS. Otros trabajos están dedicados a los distintos países asiáticos, comparando su distinta actitud ante la invasión japonesa así como el diferente grado de control de Tokio dependiendo de la importancia económica del territorio, en buena parte debida a las materias primas. Se estudian los casos de Corea (Chong-Sik Lee), de China (Chen Jian), de Thailandia (Thamsook Numnonda),  de Vietnam (Dieter Brötel, Vinh Sinh), de Birmania (Nemoto Kei), de Filipinas (Ricardo T. José)  y el antiguo imperio británico desde dos perspectivas, la de Australia y Nueva Zelanda (Henry P. Frei) y la del Imperio y su consciencia de que los tiempos habían cambiado, a cargo del famoso historiador Ian Nish, quien también lo cuenta como parte de su experiencia propia.

Un libro, en definitiva, donde a pesar de la diversidad de planteamientos de los distintos autores, es posible encontrar información de algunos de los principales historiadores de la etapa de la posguerra  mundial, que nos pueden ayudar a identificar las claves para un entendimiento más interdisciplinar.

 

War II and the Change of the World Order (REP)
Lizarraga, Elena (2005): La Última de Filipinas (Casa América)

Elena Lizarraga, La Última de Filipinas, Belacqva, 2005, Presentación Casa America, Madrid, 28 de junio de 2005

 

Fue en los compases finales de la II Guerra Mundial, cuando sólo faltaba por saber cuándo y cómo desaparecería el Eje. Mientras los Aliados iniciaban la carrera hacia Berlín, Japón era bombardeado sin descanso desde las islas de Guam y Saipán, apenas a cuatro horas de vuelo de los B-52, las temibles “fortalezas voladoras”. Pero para dar el paso de la invasión era preciso tomar antes un territorio cercano y que pudiera servir de base operativa, desde luego más grande que esas pequeñas islas arrebatadas a sangre y fuego. Filipinas, así, convertido en el cauce principal del avance Aliado hacia Tokio, volvió a ser escenario de batallas cruciales, esta vez para expulsar a los japoneses. Fue un tarea relativamente fácil, en buena parte gracias a la superioridad tecnológica y material que ya entonces ostentaban los Estados Unidos. La marina de guerra nipona, de hecho, fue aniquilada en la batalla de Leyte, en una lucha desigual donde los americanos dispararon casi como a los patitos de las casetas de las ferias, y el avance por el territorio filipino no tuvo complicaciones especiales, puesto que los soldados nipones se replegaron en general a las montañas. Se sabía que Manila, la capital, y situada en la isla de Luzón, la más cercana a Japón, sería un hueso más duro de roer, con aproximadamente 600.000 habitantes y con cerca de 5.000 súbditos de países Aliados encerrados en la Universidad de Santo Tomás. Pero no tenía porqué salirse de la pauta; la ciudad no había sido fortificada y las tropas del ejército de tierra nipón también evacuaron la ciudad, junto con su gobierno títere, dirigido por Jose P. Laurel.

 

La violencia que tuvo lugar a partir del 3 de febrero dejó a todos con el paso cambiado. La liberación sin apenas violencia de los occidentales concentrados en el campus del barrio España de esa universidad, la mas antigua de Asia, fue un éxito completo. Pero desencadenó unas expectativas excesivas y el general MacArthur proclamó inmediatamente, el 6 de febrero, que la ciudad había caído a las 6 y media de esa misma mañana. No era cierto. La vanagloria desbordante de ese general le llevó a dedicar más tiempo a pensar cómo ufanarse (en un desfile planeado para esa misma tarde) que en sopesar los desafíos pendientes. Porque desde Tokio el ministerio de la Marina le ordenó al comandante Iwabuchi Sanji (el apellido antes del nombre) evitar, con los cerca de 15.000 efectivos a su cargo, que la ciudad y su excelente puerto natural pudieran ser utilizados en el ataque final a Japón. Esta orden, uno de los muchos ejemplos de la rivalidad interna entre Marina y Ejército de esos años, fue mucho más que un contratiempo. El avance de los soldados de MacArthur pasó a ser fieramente resistido por unos soldados que, sin escapatoria, no sólo emplearon la arquitectura centenaria del período español como su mejor escudo sino que, en demasiados casos, utilizaron a los residentes civiles como su moneda de cambio final; morirían matando. El final de los combates, así, tardó en llegar un mes y en ese lapso de tiempo Manila se convirtió en la versión urbana de la estrategia de “tierra quemada” utilizada años antes por Stalin, incluso en el coste humano, porque la cifra de muertes civiles se calcula en 50.000, de los cerca de 600.000 que tenía la ciudad. Hubo “matanzas al por mayor” como apuntó en su diario el director del colegio de San Juan Letrán, Juan Labrador con partidas de soldados aprovechando los descansos en los bombardeos para causar el mayor número de estragos entre la población indefensa. Así ocurrió en el Club Price o en el Club Alemán de Manila, dos edificios con protección de hormigón que el día 10 de febrero se convirtieron en trampas fatales para quienes se habían refugiado allí contra los bombardeos. En el primer caso, una partida de unos 30 soldados ordenó a los refugiados concentrarse en el patio para después ametrallarles a mansalva mientras arrojaban granadas, provocando alrededor de 200 muertos, aunque se llegaron a cifrar en 278 al poco de acabar la batalla. El Club Alemán sufrió la mayor masacre de toda la batalla, porque en los aproximadamente 4000 metros cuadrados, con un edificio de dos plantas, se calcula que estaban concentradas unas 800 personas, de las que sólo sobrevivieron cinco. La partida de soldados-asesinos fue menos, apenas una decena, pero utilizaron materiales inflamables para prender las partes inflamables del edificio con la gente dentro, tiroteando a los que intentaban salir: la mayoría murió abrasada.

 

Los españoles sufrieron como el resto de los habitantes y en algunas de esas masacres constituyeron la mayoría de las víctimas. Las hermanas vascas Rosario y Josefina Gárriz, por ejemplo, perdieron a maridos e hijos en el Club Price, a otros cuatro primos y la cuñada en el Club Alemán y a un primo más, Laurentino, sin saberse bien si la culpabilidad recaía en la metralla de una bomba americana o en el tiro de un soldado japonés: en el listado consta “procedencia dudosa”. Fueron las víctimas más numerosas, por ejemplo, en las residencias de dos personajes de la comunidad española, ambos relacionados con la Compañía General de Tabacos de Filipinas, cuya sede central estaba en Las Ramblas, las del empresario Carlos Pérez Rubio y del doctor Emilio Mª de Moreta, las dos repletas de gente en busca de lugares seguros. En la primera, el día 12 de febrero murieron 26 del total de 40 incautos refugiados, aparentemente después de desposeerles de sus bienes, y en la segunda, el día 17, murieron 35 personas (13 hombres, 13 mujeres y 9 niños; sobrevivieron otras 26 personas, 11, 10 y 5, respectivamente), tras separar los soldados a hombres y mujeres, y arrojarles granadas de mano a los unos y bayonetear y disparar a las otras. La más rememorada fue la del consulado de España del 12 de febrero en la calle Colorado, otro edificio que atrajo a los japoneses por la concentración de personas, muchas de las cuales habían acudido allí pensando que la bandera española les protegería. Se sabe que el primero en morir fue un joven guarda que les recibió con una bandera a decirles que era territorio español, pero no está claro qué ocurrió después, puesto que la única superviviente fue una niña de 7 años, Ana María Aguilella, a la que se quedó la mente en blanco sobre esa experiencia. Murieron entre 60 y 70 personas, entre ellos 16 españoles, la mayoría a bayoneta, el arma predilecta de los soldados japoneses.

 

El último cobijo ante el avance americano, Intramuros, la antigua capital amurallada, sumó devastación a las muertes, que incluyeron a misioneros, puesto que allí estaban los conventos-madre de las órdenes religiosas. El día 18, al poco de comenzar el acoso contra el recinto amurallado, un centenar de españoles y mestizos refugiados en la antigua Universidad de Santo Tomás (que habían salvado la vida días antes, tras ser devueltos vivos de una estancia en la prisión de Fuerte Santiago), recibieron nuevas órdenes para salir. El centenar aproximado de hombres mayores de 14 años, incluidos los religiosos, fueron conminados a abandonar el recinto en dos filas y después obligados a entrar los que cabían en dos refugios antibombas junto al antiguo palacio del Gobernador, uno casi exclusivo para los misioneros, mientras que el resto siguieron andando. Todos sufrieron el mismo destino tras ser encerrados e impedidos sus movimientos; en el caso de los enclaustrados en el refugio, les ametrallaron y les arrojaron granadas de mano por los tubos de la ventilación y los demás, tras ser atados de manos, fueron ametrallados. Los hubo con suerte y salieron ilesos, pero sólo salió un misionero vivo de todo el grupo, el palentino Bernardino de Celis. El destino de las joyas arquitectónicas españolas fue parejo al de las personas, aun cuando la conciencia de preservarlas ya había llevado al gobierno filipino a promulgar medidas para su protección. Las paredes de sus edificios recibieron la mayor proporción de impactos de la Guerra del Pacífico, en parte porque los soldados japoneses también utilizaron por primera vez cohetes para defenderse. Además, hubo varias fases, porque si las primeras dos semanas fueron relativamente tranquilas, a partir del día 18 los ataques se intensificaron para preparar la incursión, culminando en el bombardeo masivo del día 23, el día del ataque. Dentro del recinto amurallado, además, los bazokas, cuyos proyectiles tienen un efecto máximo sobre las paredes de ladrillos y hormigón, fueron una de las armas preferidas. Aun así, las paredes del último reducto nipón, el edificio de Hacienda, se resistieron a caerse, a pesar de que los norteamericanos concentraron en ese baluarte la experiencia de los días anteriores. Acabó todo el 3 de marzo de 1945; entre la primera incursión en Santo Tomás y la limpieza del último baluarte había pasado un mes entero.

 

             La masacre es un hito en la historia de Filipinas y un referente claro de los sufrimientos y la historia común con los españoles más allá de 1898. La bibliografía sobre estos sucesos han citado de forma recurrente los numerosos testimonios en español sobre esos días, incluye traducciones de manuscritos escritos en castellano, como las memorias del rector del Colegio de San Juan Letrán, el dominico Juan Labrador, o las del guerrillero vasco Higinio Uriarte, y han hecho honor a la obra escrita por nuestro diplomático Pedro Ortiz Armengol (Intramuros de Manila, 1958). En España, sin embargo, a excepción de un libro encargado en 1945 por el ministerio de Exteriores (cuya traducción fue presentada el pasado mes de marzo en Manila: Pérez de Olaguer, El Terror Amarillo en Filipinas, 1947)  y algún artículo suelto, se desconoce tanto la batalla como el daño tan profundo causado a lo español. Pero después de sesenta años, la situación puede cambiar.

 

José Álvarez Junco apuntaba sobre las biografías: ”Pongamos carne a la historia, a ver si la entendemos mejor”. Yo he recordado mucho esta frase, porque siempre me acuerdo de esa niña encantadora que pierde a su padre en Quemado por el sol (Nikita Mihalkhov, 1994), que de alguna forma llena de contenido la cifra de los millones de víctimas de las purgas soviéticas, y pienso que el caso de Malen Lizárraga también le da una imagen a esos muertos y a esa pérdida de la identidad hispana de Filipinas.  Su historia es la de la opulencia en la que vivieron tantos españoles en Filipinas durante el período estadounidense (1898-1941), gracias al azúcar: madre de familia rusa exiliada tras la revolución; ella nacida en Madrid y sus dos hermanas en Filipinas; internado en Inglaterra; institutriz permanente; adolescencia en Estados Unidos mientras iba al Waldorf Astoria a escuchar a Xavier Cugat o al estreno de Lo que el viento se llevó y, finalmente, a Filipinas. No fueron el único caso, Juanjo Vidauzárraga me contó que ya había dado tres veces la vuelta al mundo antes de cumplir los 15 años.

 

Pero todo cambió con la ocupación japonesa. Tras el acoso a sus propiedades, conocer privaciones por primera vez y el necesario paréntesis que significa una guerra, llegó un mes infernal donde estuvo a merced de unos soldados cuya única certidumbre era que morirían en esa ciudad. Obligados a salir de su casa, su familia tomó refugio en otra en un relativo buen estado junto con otras familias, y eso fue la mejor forma de atraer a unos soldados cuya desesperación fue a la par de su crueldad. En unas horas, su vida cambió: perdió a su padre (disparo en la cabeza), a su hermana (tiros en el estómago), su otra hermana perdió una pierna (ráfaga de ametralladora) y su marido un pie (parada a una granada). Aún así tuvo suerte, porque a su hijo de poco más de un año le metieron en una nevera  y ella misma salvó la vida  dada por muerta tras un bayonetazo.

De esta forma, la memoria de su vida, contada a Ana Guell, se ha convertido en un libro apasionante donde, además de los momentos tan difíciles vividos en la Batalla de Manila, nos cuenta una vida ya globalizada. Tras una existencia tan intensa y aun manteniendo el pasaporte filipino, Manila se le quedó pequeña, pero también un Madrid donde  dos mujeres solteras (vivió con otra filipina también globalizada, Jane MacLeod) eran objeto de murmuraciones y acabó en una Barcelona donde podía pasear con menos envidias su Buick automático descapotable con matrícula de Tánger.

 

Mackerras, Colin (1991) Western Images of China (REP)

COLIN MACKERRAS: Western Images of China. Oxford University Press, Hong Kong, 1991. 336 pp. Revista Española del Pacifico 8, 1998, p. 616

El tipo de percepciones frente a un país o frente a una cultura han sido determinantes para valorarlos, casi tanto como los hechos en sí. En el caso de las imágenes de Occidente frente a China, el paso de una visión positiva a otra negativa ha dependido en buena medida de las cambiantes posturas y necesidades de estos países occidentales tanto como de la propia evolución histórica de este país; así, el repentino cambio hacia una actitud positiva en los Estados Unidos en 1973, cuando el presidente [617] Nixon visitó Pekín, puede verse como resultado casi exclusivo del cambio de actitud desde Washington, puesto que por parte china la revolución cultural seguía en su apogeo. Y a pesar de la importancia que tiene el estudio de esta faceta, pocos estudios han aparecido aún sobre ello, quizás por la falta de un marco teórico bien definido. Recientemente, sin embargo, estos estudios estén en auge y son de los más populares entre los jóvenes investigadores, tras el impacto de libros como el de John Dower, War without Merey: Race and Power in the Pacific War.

Colin Mackerras ha hecho un amplio estudio de estas imágenes proponiéndose saber cuales ha habido y porqué han cambiado de unos períodos a otros. El libro comienza con las dos posiciones teóricas principales para conocer e interpretar estas imágenes. La de Michel Foucault («poder-saber») argumenta que el conocimiento o la «verdad» es una función del poder y que aquellos que lo ostentan lo usan en función de sus propios intereses, por lo que las imágenes de China tenderían a ser un baluarte «para una cierta política hacia el país, o incluso para una política más general». La teoría de Edward Said («Orientalismo») critica la visión de Occidente sobre las civilizaciones asiáticas (en su caso, estudia el Oriente Cercano, pero también es aplicable a China) por el etnocentrismo que las domina: un europeo o un norteamericano estudiando el Oriente «tropieza con el Oriente como un europeo o un norteamericano primero, después como un individuo».

El libro sigue con el recuento de las imágenes en Occidente sobre China desde Marco Polo hasta la fundación de la República Popular China, pasando por la época de los descubrimientos, por la dominada por los jesuitas en el siglo XVIII, por la imagen teñida por el colonialismo dominante en el siglo XIX y por la cierta mejora que hubo en la primera mitad del siglo XX. La parte segunda del libro se refiere a las imágenes del pasado chino elaboradas desde Occidente, entre las que destacan las teorías elaboradas en el siglo XIX, predominantes en algunos casos hasta fechas recientes, como la imposibilidad de evolución de la sociedad, la importancia determinante del medio físico o la especificidad del modo de producción asiático. Por último, en la parte tercera se refiere a las imágenes desde la creación de la República Popular China hasta finales de la década de los 80.

Es interesante estudiar cómo fue cambiando esa imagen según pasaban los años. En un principio, hubo un predominio sur-europeo en la formación de estas imágenes, comenzando con Marco Polo, pasando por ibéricos como Gaspar da Cruz, Martín de Rada o Juan González de Mendoza y finalizando con el siglo XVIII, cuando el predominio correspondió a jesuitas franceses. El deseo de convertir a los chinos al cristianismo influyó fuertemente estas imágenes, que en general fueron positivas, además de que aún había disposición a admirar y a aprender de su cultura. Los intereses particulares las modificaron y en el caso de los jesuitas aparece claro, pues su estrategia de conversión al cristianismo de «arriba hacia abajo» obligaba a tener una buena relación con las clases superiores y por tanto evitar en lo posible proferir unas críticas que les pudieran suponer conflictos.

En el siglo XIX pasaron a predominar los anglosajones en la formación de las imágenes, al tiempo que la lucha por controlar territorios se intensificaba. Con ello, cambió radicalmente la visión del país, que pasó a ser visto como uno retrasado, en el que nada podía progresar, imposibilitado por la corrupción y la pobreza y, en definitiva, su cultura estancada. La mejor forma de progresar, se pensaba entonces, sería que China recibiera ayuda exterior (léase occidental) y este punto de vista fue asumido desde Marx hasta Adam Smith, aunque luego hubiera diferencia de opiniones entre los colonialistas más convencidos y los socialistas sobre cómo poner en práctica esa ayuda exterior.

El siglo XX vio un nuevo balanceo en el péndulo de la actitud, hacia una visión más positiva de China. Se mantuvo, no obstante, [618] ese sentimiento de superioridad de la cultura occidental, aunque de forma más subyacente; las novelas de Pearl S. Buck, por ejemplo, se desarrollan en China, pero en muchos de sus casos sus principales personajes son europeos. Con el triunfo del Partido Comunista en la Guerra Civil, de nuevo volvieron las imágenes negativas sobre China, hasta que un hecho ajeno a la propia naturaleza del país mejoró, casi instantáneamente, esta imagen del país: la ya mencionada visita a Pekín del presidente Richard Nixon. La necesidad occidental de dividir al campo comunista tras el fracaso en Vietnam hizo disminuir la atención hacia los relatos sobre la anarquía y la represión vividas durante la Revolución Cultural. Finalmente, tras la muerte de Mao, estas imágenes han seguido mejorando gracias a la «apertura a Occidente» de China liderada por Deng Xiaoping; al fin y al cabo, conformando a la opinión occidental con la asunción de la idea que, cuanto más cercano a Occidente, mejor para el país.

Interesantes las aportaciones del libro, no tanto al conocimiento de China como de nosotros mismos como occidentales, pero también a la mejora de las relaciones mutuas en cuanto existe una correlación entre las imágenes de un país hacia otro y las relaciones de estado a estado. Ello ayuda a pensar en la relatividad del marco en el que nos movemos actualmente en el conocimiento y la de un país como China; las opiniones y las interpretaciones que mantenemos en la actualidad variarán en un futuro y esta evolución no dependerá sólo de esa información sobre China en si, sino del momento y las condiciones en que sea recibida por nosotros mismos. Es por ello también que el libro de Mackerras se puede considerar interesante, puesto que la sociedad de la que procede, Australia (es profesor de Estudios Asiáticos Contemporáneos en Queensland) puede ser considerada el modelo de lo que será en un futuro la convivencia entre culturas. Aunque en el siglo pasado se evitó decididamente la inmigración de asiáticos y aunque en Tasmania se llegaron a organizar cacerías de aborígenes que acabaron totalmente con esa raza, Australia ha apostado fuertemente porque su futuro pasa por integrarse en Asia, con lo que ello significa de necesidad vital de participar en los problemas de la región como propios. La mezcla de culturas en el país posiblemente sea un objetivo del que se deba aprender en todo el mundo, con lenguas asiáticas superando al francés en la preferencia de los escolares como segundo idioma o con periódicos editados en más de veinte lenguas diferentes sólo en la ciudad de Sydney. La crítica al etnocentrismo y los prejuicios en relación con China, por tanto, pueden verse como una opinión que prevalecerá en España en un futuro próximo, puesto que aquí aún prevalecen estas actitudes y hasta hace poco la historia de Asia y África se estudiaba dentro de la «Historia de la Expansión Europea en Asia y África».

Por otra parte, el libro tiene defectos importantes, quizás el principal de ellos en la definición de los términos. Habla de «occidente», cuando en realidad se centra casi exclusivamente en el mundo anglosajón. No le falta cierta razón porque desde la edad contemporánea el resto de países occidentales han sido más receptores de imágenes que creadores de ellas, pero lo cierto es que sólo consulta bibliografía en inglés o francés, señalando desde un principio que no se ocupa ni de la Europa Central ni de la Oriental ni de Rusia. Sobre la Europa Meridional, como es de suponer, las menciones acaban en el siglo XVII. Se refiere a China, pero sería más deseable que lo hiciera a partir de una visión más general, como es la de Asia o Extremo Oriente. En muchas ocasiones, la imagen de China va unida a la región e incluso en países como España la visión del «Extremo Oriente» influye fuertemente sobre la de un país en concreto. En ocasiones, quizás sería más conveniente hablar sobre imágenes de Asia que específicamente de China; el caso del «peligro amarillo», es uno de ellos, puesto que se usó tanto para China como para Japón, según las conveniencias; además, también es [619] necesario recordar el balance con el que Occidente ha tendido a ver a la región, puesto que por regla general las etapas en que Japón ha recibido una imagen positiva, China la ha tenido negativa, y viceversa.

En definitiva, un buen libro que critica el etnocentrismo en la visión hacia China, pero al que habría que recordarle también que, si es un defecto identificar al mundo con occidente, tampoco queda atrás el hecho de identificar a Occidente con los países anglosajones.

FLORENTINO RODAO

 

Matsuoka, Takashi (2003): El honor del samurai (REP)
Matthews, Tony (1994): Shadows Dancing. Japanese espionage against the west, 1939-1945 (PolExt)
May, Glenn A. (1997): Inventing a Hero. The Posthumous Re-Creation of Andres Bonifacio (REP)

MAY, Glenn A.: Inventing a Hero, The Posthumous Re-Creation of Andres Bonifacio. New Day Publishers Quezon City (en colaboración con el Center for Southeast Asian Studies, University of Wisconsin-Madison) 1997, 200 pp. reseñas en el num 9 de REP

La documentación sobre la historia de Filipinas está viviendo últimamente momentos convulsos. Una gran cantidad de debates ha habido en relación con los robos y posibles falsificaciones de documentación en los archivos y bibliotecas filipinos, hasta el punto de que se ha llegado a afirmar que es más provechoso pedir autorización a los coleccionistas privados que ir a los centros oficiales. No ha habido sólo debates, también la justicia ha intervenido; personas implicadas en la venta de documentos históricos (algunos auténticos, la mayoría al parecer falsificados) han sido juzgadas e historiadores prominentes han aparecido implicados en los sumarios, sin saberse exactamente si se limitaron a ser receptores de documentación, tal como han declarado. La polémica, además, ha llegado a la prensa y quizás ha sido significativo un número especial de la revista Smart File y otro escrito por Glenn May para el semanario editado en Hong-Kong Far Eastern Economic Review, que sirvió para llevar el problema más allá de las fronteras de Filipinas. El primero culpaba a la oligarquía de los robos, siendo quizás el hecho más importante que el director, Rick Manapat, haya sido nombrado después Director de los Archivos Nacionales; el segundo narraba las experiencias personales vividas por este profesor norteamericano, especialista en la Revolución Filipina, y decía claramente que el juicio a Baylion era simplemente la punta del iceberg. Se refería, entre otros, a la colección de Filipiniana que había en la Philippine National Library, de la que han desaparecido la mayoría de los libros entre 1972, cuando buscó por primera vez, y 1986, y a una «Watson Collection» que está totalmente desaparecida. La culpa tanto sobre la colonización española (el enriquecimiento personal como requisito natural para estar en un cargo) como Marcos (su proyecto de publicar una Historia de Filipinas escrita por él mismo que permitió el acceso a los libros de muchos investigadores de dudoso interés científico), pero también habría que buscarla entre los propios estudiosos de Filipinas, que han provocado la desaparición de todo documento relevante de la colección del prominente político [371] Claro Mayo Recto (Facultad de Derecho de la Universidad de Filipinas) o el cierre temporal de los archivos y de la biblioteca del presidente durante la ocupación japonesa, Jorge Vargas (en el Vargas Memorial, también en la Universidad de las Filipinas).

Los problemas van solucionándose lentamente: algunas de las bibliotecas van aunando recursos (como el Ayala Museum y la American Historical Collection, con bibliografía interesante, pero también con documentos, en las que el escaso número de investigadores no justificaba el personal necesario) y España está contribuyendo con la catalogación de los documentos del período español y la futura inauguración de un edificio totalmente acondicionado con las últimas tecnologías para que el papel no se deteriore más. La Philippine National Library, por su parte, ya tiene buen cuidado de comprobar que todo lo que se presta es devuelto, aunque ahora los historiadores se quejan de los enormes problemas burocráticos que hay para acceder a la documentación (entre dos y tres meses de espera).

No es poco lo ocurrido, pero nuevos problemas esperan a la historia de Filipinas. Por un lado, la futura posibilidad de consulta automatizada y catalogación de los 40.000 legajos del período español, pero también, por otro lado, en menor escala pero cualitativamente muy importante, el replanteamiento al que obliga la obra recientemente aparecida a la cual se refiere esta reseña: la vida y obra de Andrés Bonifacio.

Bonifacio fue el primer líder del Katipunan y al que actualmente se pretende erigir como principal héroe filipino junto con (o en sustitución de) José Rizal. Se le considera el hombre que consiguió levantar al pueblo tagalo frente a la dominación española y el representante «proletario» de la revolución filipina. Un hombre hecho a sí mismo, autodidacta, que a través de la educación se convirtió en líder de las masas filipinas y después en víctima de una élite que desvirtuó la revolución una vez que se subió al carro de la independencia, cuando ya la caída de España era irreversible. Bonifacio murió ejecutado por sus propios compañeros del Katipunan tras un juicio falseado en el que la condena a muerte estaba prevista de antemano.

Glenn May, no obstante, muestra en su obra lo poco que realmente se sabe sobre Bonifacio y llama la atención sobre la autenticidad de la gran mayoría de la documentación pretendidamente suya. Una presunta correspondencia (en manos de un coleccionista particular que nunca la ha entregado para autentificación) entre Bonifacio y Jacinto, otro de los líderes katipuneros, que es difícil sea cierta, mientras que de los otros escritos suyos sólo hay escasas probabilidades de su autoría; sólo aparece como probable algún poema aparecido en el órgano del Katipunan Kalayaan (Libertad), órgano del Katipunan, del que no quedaría más que una traducción al español transcrita por Wenceslao Retana. Glenn May traza además las tres principales referencias sobre las que se basan las narraciones sobre Bonifacio (los escritos de Epifacio de los Santos, un líder «ilustrado» de los tiempos de la lucha por la independencia, de su hijo José P. Santos y del periodista español Manuel Artigas) y los tres principales estudios que han analizado su persona: la autobiografía de Artemio Ricarte, la obra del prominente historiador [372] Teodoro Agoncillo (The Revolt of the Masses: The Story of Bonifacio and the Katipunan) y el premiado estudio de Reynaldo O. Ileto, Pasyon and Revolution: Popular movements in the Philippines, 1840-1910. Nos llama la atención, además, de los intereses que ha podido haber detrás de cada autor, desde la preocupación por salvar su propia imagen de las posibles fechorías que hiciera en el pasado, en el caso de Ricarte, hasta la necesidad de Agoncillo de halagar tanto a Bonifacio (un héroe necesario en la construcción de la nación filipina) como a su principal contrincante, el presidente de la República Filipina, Emilio Aguinaldo (familiar suyo). La única solución, en este caso, fue «fabricar» un cambio de personalidad de Bonifacio poco antes de las asambleas en las que fue destituido y tras las que Aguinaldo le sucedió. En la obra de Ileto, el personaje de Bonifacio no es tan clave como en las otras, pero el hilo argumental en relación al sentimiento religioso «milenarista» tagalo como causa del levantamiento contra España y la caída de Bonifacio como explicación del fin del apoyo popular a la Revolución queda muy tocado.

El libro, que ya ha provocado una fuerte polémica en Manila, con reseñas y reseñas de reseñas, promete ayudar a reescribir la historia de Filipinas. Pero, sobre todo, será una buena ayuda para que los historiadores sobre Filipinas comprendan los beneficios de dejar la documentación en el sitio donde se ha encontrado y de citar coherentemente. Otros podrán comprobarlo después.

McCoy, Alfred W. (2009): Policing America’s empire: The United States, the Philippines, and the rise of the surveillance state (KITLV)

Alfred W. McCoy, Policing America’s empire: The United States,

the Philippines, and the rise of the surveillance state. Madison, WI:

The University of Wisconsin Press, 2009, viii + 659 pp. ISBN

9780299234140, price USD 29.95 (paperback); 9780299234133,

USD 14.95 (e-book).

FLORENTINO RODAO

Universidad Complutense de Madrid

1@florentinorodao.com

588 Book reviews Publication Name: Policing America’s empire: The United States, the Philippines, and the rise of the surveillance state. Publication Date: 2009 KITLV, pp. 27-31

 

 

 

The decline of the Philippines’ vibrant nationalism of the late nineteenth century

and early twentieth century and the emergence and decay of its leadership

can now be better understood, thanks to Policing America’s empire, Alfred

McCoy’s latest book. As a celebrated historian of Southeast Asia, his scholarship

has influenced several disciplines, and he is recognized for his fearless

inquiries into the ‘profane margins: systematic violence, institutional corruption,

extralegal security operations, and, most important, syndicated vice’ (p.

12). This study continues the fierce intellectual rigour and moral authority for

which he is known. Focusing on law enforcement in the Philippines, McCoy

proposes the ‘State of surveillance’ as the framework of the American empire

in the Philippines, both before and after the U.S. formally recognized independence

in 1946. McCoy demonstrates how the successful suffocation of opposition

through police methods has left a lasting legacy in the Philippines,

such as the failure to address growing class inequality and the strengthening

of a ruthless executive that has consistently blocked democratic advances. U.S.

policy in the Philippines has had corrosive effects both in the Philippines (particularly

on social justice) and significantly too, at home in the United States

(on civil rights).

Policing America’s empire identifies three factors to explain how Philippine

nationalism yielded to American rule after its triumph over Spain and declaring

the first republic in Asia: the critical development of information technology,

the enormous budget for policing, and the autonomy and massive size of

the police force. One of the most striking illustrations of these related factors

and U.S. embeddedness is the Philippines Constabulary. It became the first

U.S. federal agency with a fully developed capacity for covert action (decades

before the CIA), and already in 1912 enjoyed an expenditure of $2.5 million:

a significant proportion from the total colonial budget of $17.4 million, it was

below that of education ($3.6 million) but above what was spent on public

health ($1.6 million) (p. 54). The presumed hundreds of extrajudicial killings

during Gloria Macapagal-Arroyo’s presidency (2001-2010) thus emerge as a

legacy from the American period.

Alfred W. McCoy is not the first scholar to identify colonial repression

to explain the decay of colonized nationalism, and other authors have also

focused on policing. C.A. Bayly (1996) explored intelligence gathering by the

British Empire in India, and several scholars have pursued the role of policing

in the Philippines. Vicente Rafael, in one of his most renowned articles,

‘White Love’ (1993), referred to the practice of surveillance as constructing

the link between American benevolence and discipline, while Reynaldo Ileto

has noted the continuation of armed resistance until well into the second

decade of the twentieth century, though it was described by the government

as bandolerism, or simple thievery. In spite of the lack of police archives,

McCoy makes a qualitative jump by focusing on it and argues that policing

Book reviews 589

has shaped the Philippines’ political development, beginning when the ‘personally

vindictive and politically astute’ (p. 98) William Taft set forth a threetiered

security system. But the impacts of police, espionage, and its agencies

are diffuse, so I will focus on specific examples.

One case involves the demise of the Iglesia Filipina independiente

(Independent church of the Philippines, IFI), the nationalist religious body

created after the Philippine Revolution. After gaining a wide following of

over three million faithful, Gregorio Aglipay, its leader and co-founder, negotiated

with the Episcopalian Church an affiliation that would grant his bishops

official legitimacy. After some encounters in the Philippines, Episcopalian

bishop Charles H. Brent wrote an enthusiastic report favouring the idea, but

while attending the convention of the church executive in Boston, he changed

his mind. A letter from the Constabulary Chief Henry T. Allen dismissing

Aglipay as ‘cruel, lecherous, and power hungry’ (p. 107), made Brent reconsider

and advise the convention to refuse granting any help to Aglipay.

McCoy partly blames Allen for IFI’s failure to receive church approval and

therefore the definite demise of Aglipay’s congregation; other contributing

factors also related to American rule, such as the decreasing nationalist power

and a Supreme Court decision restoring IFI occupied churches to the Catholic

hierarchy. Previously, specialists on this religious movement pointed either

to the resurgence of the Catholic Church, lack of IFI’s vitality, or a rebellion

in 1910 that involved some Aglipayan ministers (Achútegui & Bernad

1961:370-6), while the Episcopalian refusal was grounded on Aglipay’s not

being enough explicit on his aims and widespread belief in the stories of his

‘immorality, dishonesty, and inordinate ambition’ (Clymer 1986:123). The

significance of the police machinations, then, seems open to debate. Blaming

Chief Allen’s letter for the Episcopalian change of mind may be overstated,

but it had another significance as well. By giving credit to rumours, the

Constabulary legitimized the information.

On the other side, Manuel Quezon and Sergio Osmeña, the most important

politicians in the first half of twentieth century Philippines, benefited from

police machinations. Quezon could be attacked by fellow politicians for having

fathered a baby with a ‘cousin’ (actually, his half-sister), for rape and for

legal malpractice, while Osmeña’s wife was involved in opium trafficking. But

unlike Aglipay, they were sheltered by the police. As Quezon was contending

for leadership of the Nacionalista Party, political rivals circulated information

about his half-sister, but without the support of the police and legal institutions,

they remained mere rumours. Similarly, police never released evidence

of Osmeña wife’s role in the opium trade. Because of their power and legal

authority, police could make rumours stick or quash them as they chose.

McCoy re-evaluates the history of the Philippines through the prism of the

distribution of confidential information. In some cases, responding to restive

590 Book reviews

U.S. authorities, police wielded information against a religious movement

with latent nationalist potential, stoking controversy, sowing disruption,

and bringing on the iron force of law. In other cases, when particular leaders

accommodated the interests of police and the U.S., officials willingly turned

a blind eye to violations. So Quezón’s role in the Philippines, his nationalist

speeches and his famous declarations such as ‘I would rather have a country

run like hell by Filipinos than a country run like heaven by the Americans’

must be re-examined through this privileged relation with American officials.

Nuances can be discussed, since tensions did occur even with his mild populism,

but McCoy reminds us that ‘Quezon never gave his American patrons

any reason to reveal’ the sensitive information (p. 111). The Constabulary files

and the secret business and dealings with Americans degrade Quezon’s rank

from Philippine nationalist to quisling.

The framework of a Surveillance State forces a re-evaluation of the relationship

between the U.S. and the Philippines, and between Americans and

Filipinos. The initial ‘benevolent assimilation’ defined by president McKinley

as to ‘uplift and civilize’ has continued for many decades, and has been celebrated

in famous books like Stanley Karnow’s In our image (1989) that presumed

the United States to be a ‘model of enlightenment’. Peter Stanley even

coined a new term, the ‘Imperialism of suasion’, combining on the one side the

‘overwhelming strategic power of the United States with its ‘policy of attraction’

(Stanley 1974:267-8) or, with the ‘general permissiveness of American

rule’ that apparently convinced the population of the real improvements under

a new colonial power, therefore losing interest in independence (in Thomson,

Stanley and Perry 1981:116, 119). Glenn A. May applied to the Philippines the

concept of ‘Social Engineering’, noticing the American effort to mould the

Philippine society and the supposed benevolent intentions of US policy makers.

Both concepts opened paths to criticize more deeply the American role in

the island and May himself refused to accept success, noticing social engineering

as ‘poorly conveyed and poorly executed’, including in it the generally

acclaimed educational effort (May 1980:xiv, 96). But the reality of a Surveillance

State changes these schemes: it emphasizes the stick, and not the carrot, as

the main reason the United States gained acceptance in the Philippines. U.S.

hegemony was achieved not through diplomacy and lofty, selfless efforts, but

through violence, tremendous resources, and subtle control.

The book is a must for Philippine Studies and for studies on policing and

its relation with the criminal nether world. The context of recent U.S. wars and

occupations (in Iraq and Afghanistan) have added depth to the book, as myths

of American power fall away and the political realities become clearer of self

interest, violence, and control. McCoy uses the introduction and the conclusion

to focus on what he calls the ‘unintended, even unwelcome result of spending

a decade on its research’ (p. 4) and discusses further the many lessons that can

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be drawn from his book, therefore making it of further value to those interested

in the techniques of American empire over the twentieth century.

References

Bayly, C.A.

1996 Empire & information: Intelligence gathering and social communication in India,

1780-1870. Cambridge: Cambridge University Press.

Achútegui, Pedro S. de and Miguel Anselmo Bernad

1961 Religious Revolution in the Philippines: The life and church of Gregorio

Aglipay, 1860-1960. Volume 1: From Aglipay’s birth to his death: 1860-1940.

Quezon City: Ateneo de Manilla.

Clymer, Kenton J.

1986 Protestant missionaries in the Philippines 1898-1916: An inquiry into the

American mentality. Urbana and Chicago: University of Illinois Press.

 

McCoy, Alfred W. (2009): Policing America’s empire: The United States, the Philippines, and the rise of the surveillance state (CHC)

Los costes del imperio

Alfred W. McCoy, Policing America’s Empire. The United Status, the Philippines, and the Rise of the Surveillance State, Madison, WI: The University of Wisconsin Press, 2009, 659 pp. Journal Name: Cuadernos de Historia Contemporánea, vol 34, 2012, p. 398.

 

 

Florentino Rodao

 

Los imperios transforman a los territorios que dominan, pero los historiadores tardan en ser conscientes de cómo los cambios también repercuten en la propia metrópoli. Alfred McCoy inició una investigación con la intención inicial de trazar el papel de la policía  y el crimen al definir el estado filipino moderno y ha acabado escribiendo un libro crucial para entender la hegemonía global americana, influido por la invasión de Irak.

 

El trabajo conjuga los dos polos de una carrera académica que el propio McCoy reconoce ser un tanto atípica, con la especialización en Filipinas por un lado y sus trabajos sobre el tráfico de drogas y los submundos de la paralegalidad por el otro. Desde que aprendiera ilongo y escribiera una excepcional tesis doctoral (que aún espera ser publicada) sobre el conflicto faccional en la  tercera ciudad de Filipinas, Iloilo, McCoy se convirtió en un reputado filipinista. Además, al estudiar el poder de los bajos fondos y las mafias locales para explicar el poder de algunas familias y cómo acabaron con huelgas y grupos enfrentados, McCoy enfrentó ante su dominio las armas de un historiador: una recopilación masiva de datos y un trabajo metódico, que he podido comprobar personalmente. Después, Alfred McCoy investigó el comercio de la droga para el libro The Politics of Heroin in Southeast Asia (1972), que apuntó a la financiación de los grupos anticomunistas en el entonces famoso Triángulo Dorado gracias a un cultivo y tráfico de opio que estaría de alguna forma bendecido por el servicio secreto estadounidense. La acusación le llevó a declarar ante el Congreso estadounidense y a ser objeto de una campaña de desprestigio que le impidió encontrar trabajo en Estados Unidos y le llevó a enseñar durante siete años en Australia, desde donde presentó nuevas acusaciones, la más famosa contra el entonces presidente Ferdinand Marcos, de falsear unas medallas presuntamente recibidas por combatir en la guerrilla antijaponesa, negadas vehemente a lo largo de su última campaña electoral. McCoy también ha publicado libros decisivos para conocer Filipinas, como Philippine Political Cartoons (1985) con Alfredo Roces, pero por encima de todo fueron obras editadas, como Philippine Social History, editado con Edgardo de Jesus (1982), uno de los más citados y después reeditado (2001), Philippine Colonial Democracy (1989), con Ruby Paredes y dos más sobre cómo las oligarquías en Filipinas han sustituido funciones que corresponden al estado, Anarchy of Families (1994) y Lives at the Margin (2001). Hijo de militar, sus estudios sobre el ejército y los cuerpos de seguridad en Filipinas han sido numerosos, tanto por los trabajos cubriendo el conjunto del sudeste de Asia como por las carencias del estado filipino, y mientras su The Politics of Heroin se ha convertido en un clásico, traducido ya a nueve idiomas y tras un libro poco reconocido sobre la Academia Militar Filipina (Closer tan Brothers, 1996).  Policing America’s Empire. The United Status, the Philippines, and the Rise of the Surveillance State culminade alguna forma la carrera de McCoy al conjuntar los dos campos en los que se ha movido, tal como él mismo señala, pero Policing America’s Empire es también la culminación de una forma de trabajar rigurosa y sobre todo de su proverbial atrevimiento a indagar en ámbitos comprometedores, para quien suscribe la característica más reseñable de su carrera académica.

 

McCoy se queja de los resquemores de los historiadores a tratar del papel de lo que denomina los “márgenes más profanos” del estado, desde la violencia sistémica o la corrupción institucional a las mafias y las operaciones de seguridad extralegales. Ciertamente, no le falta razón, porque la historiografía apenas llega a otras instituciones cercanas como el ejército, pero está dejando a la novela y al cine una parte esencial del conocimiento de la sociedad que nos rodea y que está siendo distorsionada al carecer de investigaciones serias. Ello incide en la importancia de las investigaciones de McCoy para la historia de Filipinas, porque da una explicación convincente de un cambio desconcertante como fue el vivido por el nacionalismo filipino. De ser la punta de lanza de la lucha anticolonial en la región, levantándose contra España en 1896 y proclamando la primera república asiática el 12 de junio de 1898, los filipinos han visto su sueño nacional cada vez más retrasado, e incluso han sido adelantados por otros pueblos a los que habían mirado con desdén, como los vietnamitas o los indonesios. Después, tras proclamar la República Filipina en 1946, sus élites y buena parte de su opinión pública no sólo permitieron en su territorio las bases naval y aérea más importantes fuera del territorio estadounidense, sino que mostraron una extrema sumisión a la política exterior de su antiguo colonizador, incluyendo el envío de tropas contra sus vecinos norvietnamitas. Es una evolución muy imbricada con la paralela modernización de los métodos policiales que convirtieron a Filipinas en otro laboratorio de modernidad o como denomina McCoy “invernadero tropical de gobernanza”, cuya síntesis de represión legal, incesante patrulleo y sofocante vigilancia policial acabó con esa antigua fortaleza del nacionalismo decimonónico representado por José Rizal.

 

McCoy saca cuatro conclusiones principales en su libro: Filipinas como primer estado de vigilancia a raíz de las técnicas implantadas y perfeccionadas allí; una dependencia colonial en la policía para la pacificación y control político que contribuye, llegada la independencia,  a un exceso de poder ejecutivo; un mantenimiento del orden colonial que también influyó de vuelta en la metrópoli al contribuir al desarrollo de un sofisticado aparato de seguridad interno y, finalmente, que este poder de los aparatos policiales ha bloqueado cambios políticos, tanto en la colonia como en la metrópoli. Al salir el trabajo en medio de la conmoción nacional por el fracaso de la aventura iraquí, estas conclusiones de McCoy resultan especialmente oportunas, porque sobrepasan el ámbito nacional e incluso el bilateral filipino-estadounidense, permitiendo también entender mejor un dominio global cuando parece que ha iniciado un declive irreversible. Policing, así, revela la continuidad de los mecanismos reales de influencia después de más de un siglo entero en la arena imperial, en especial a través de la introducción y la conclusión, que se alejan del tema central como es el estado de vigilancia en Filipinas a lo largo del siglo XX. Sus páginas están dedicadas principalmente a reflexionar sobre los paralelismos y las diferencias entre las aventuras americanas en Filipinas y en Irak a principios del siglo XX y XXI, que a pesar del siglo de diferencia resultan especialmente llamativas, en especial en torno a las capturas de los líderes opositores (Emilio Aguinaldo y Saddam Hussein) que recalcan los siniestros errores de las estrategias neocon seguidas al principio de la invasión de Irak. Policing, además, compara Filipinas con Afganistán, Pakistán o Irak, como regímenes con ejecutivos demasiado poderosos e inclinados a utilizar los aparatos de seguridad no solo contra los enemigos externos (en el caso de Filipinas, Abbu Sayyaf) sino contra los internos. Situados en una región en auge como es el sudeste de Asia, no es agradable para los filipinos ser comparados con otros países alejados y en conflicto, pero este paralelismo obliga a recordar las carencias de la democracia filipina, como son los centenares de las ejecuciones extrajudiciales de opositores durante el período de Gloria Macapagal-Arroyo, que han provocado numerosas protestas internacionales, tanto desde la ONU como incluso desde Estados Unidos, llegando a competir “con los peores excesos del régimen de Marcos” [516]. Además, que a pesar de la práctica casi centenaria, la última elección presidencial de 2004 tampoco estuvo exenta de fraude, tal como salió a la luz de forma grotesca con el solícito saludo “Hello, Garci” de la presidenta a un comisionado electoral corrupto pidiendo una diferencia de un millón de votos frente a su contrincante. La ayuda de Estados Unidos no sólo ha dificultado la victoria de las insurgencias sino, como asegura McCoy, también la evolución democrática en ambos países, tal como concluye McCoy al advertir sobre los “costes del imperio”

 

El libro tiene un valor crucial para los estudiosos sobre Filipinas, pero sobre todo para aquellos interesados por la labor de los servicios policiales en la sociedad, además de aquellos interesados en el imperio americano.

 

McCoy, Alfred W. (1995): An anarchy of families. State and family in the Philippines (PolExt)

AN ANARCHY OF FAMILIES. STATE AND FAMILY IN THE PHILIPPINES, Alfred W. McCoy (ed.). Madison (USA): University of Wisconsin, 1995. Recensión aparecida en Politica Exterior, vol I, 995/96, num. 48. pp. 146-147.

La sociedad filipina busca reflejarse en el ejemplo de la americana o la española, tras ese casi medio siglo y esos más  de trescientos años bajo las dominaciones de Washington y de Madrid, respectivamente. Recientemente, también busca sus afinidades con el resto de sociedades del sudeste asiático, con las que no ha compartido dominador pero con las que comparte una región geográfica que hasta la Guerra del Pacífico no ha sido denominada como tal. Por su parte, Al McCoy ha andado un paso más y nos ha revelado las semejanzas con las sociedades latinoamericanas, con lo que pone en marcha una corriente de investigación innovadora en las Filipinas para analizar el país.

No le faltan razones a McCoy. Tanto Filipinas como los países de América Latina estuvieron bajo la Corona Española durante varias centurias y las semejanzas de Filipinas con estos países son mayores que con España: instituciones como el compadrazgo, la religiosidad o los vínculos familiares tienen actualmente mayores rasgos de comparación entre los antiguos países dominados que en el país dominador. Más aún, Filipinas fue un territorio gobernado desde México más que desde Madrid, aunque la autoridad nominal correspondiera al Monarca español.

De esta forma, McCoy usa modelos ya estudiados para países latinoamericanos en relación con Filipinas. Ello, en relación con la familia y su poder en el país, sustituyendo en buena parte las funciones del Estado. Afirma que mientras que en el Primer Mundo la historia nacional es la suma de la interacción entre los diferentes movimientos populares con las instituciones  estatales o privadas (corporaciones, partidos, poder legislativo, etc) y la familia no es sino un aspecto de la historia social, en el Tercer Mundo las elites familiares han sido destacado en la formacion nacional. Propone analizar las Filipinas, por tanto, a través de las oligarquías familiares, siguiendo el ejemplo de lo que ya se está haciendo en Iberoamérica.

Si las familias son tan importantes para el estudio de la sociedad filipina es porque su fortalecimiento va acompañado del debilitamiento del Estado, que cede su soberania ante este tipo de grupos. Los continuos colapsos parciales o totales del Estado  Filipino a lo largo de este siglo junto con la inactividad de la iglesia en este aspecto, afirma, han hecho que los filipinos se acostumbren a depender de las familias para el tipo de servicios sociales que el Estado provee en las naciones desarrolladas. Los partidos políticos, por su lado, han sido una coalición de familias poderosas apoyadas en el parentesco más que en la ideologia y con una regla de oro a la hora de elegir y votar: “política es adicción”.

El libro señala dos razones para la formación de tales familias poderosas: la creciente importancia de las prebendas conseguidas mediante regulación estatal dentro de la economía nacional y la atenuación del control del gobierno central sobre las provincias. Tras la Guerra del Pacífico, Manila ha perdido el control sobre los ejércitos privados y la necesidad de aumentar el poder político local por medio de la violencia ha hecho que Filipinas sea uno de los países con mayor índice de muertos por arma en el mundo, cantidad que, por cierto, sube en épocas electorales. Marcos ha sido el ejemplo más claro de político local violento, pero el libro señala otros ejemplos de familias que han conseguido controlar procesos de producción por medio de la fuerza, como es el caso de la familia Crisólogo en la producción de tabaco en la provincia de Ilocos Norte.

Quizás la historia que mejor refleja este poder de las familias y de los parentescos es la de los De Guzman en Luzón Central, “empresarios en votos y en violencia”. Una familia que pasa de la pobreza a ser la dominante en una de las principales ciudades de esa región, Buga, estaba compuesta por cinco hermanos que iban desde un comandante de la guerrilla pro-comunista Huk, un lider de una hermandad campesina, un administrador de las fincas de la principal terrateniente o un jugador asesinado por unos bandidos tras ganar un premio. Tuvieron varias característica en común además del apellido, la fama de duros y violentos ganada a pulso, un cierto liderazgo entre la población, no arrepentirse ni esconder nunca la utilización de estos métodos y su “alianza” con la cacique del pueblo, Doña Narcisa, en un acuerdo de asegurar el dominio sobre el pueblo frente a los competidores que incluía conseguir favores en Manila.

Un libro con afirmaciones, quizás, aventuradas, pero que ha abierto una brecha importante para estudiar la sociedad filipina y hacer recordar esos tres siglos largos bajo la corona española. La proximidad del centenario del 98 nos debería hacer pensar en esos lazos perdidos entre Filipinas (o Guam) y España, pero también entre Filipinas y América Latina.

 

McCoy, Alfred & Francisco Scarano, eds. (2009): Colonial Crucible. Empire in the Making of the Modern American State (CHC)

Alfred W. McCoy & Francisco Scarano, eds., Colonial Crucible. Empire in the Making of the Modern American State, Madison, WI: University of Wisconsin Press, 2009, 685 pp. EN Cuadernos de Historia Contemporánea

 

Florentino Rodao

 

Colonial Crucible. Empire in the Making of the Modern American State, está destinado a cubrir el debate sobre el imperio americano después de 1898, a cargo de dos de los mejores profesores de la Universidad de Wisconsin-Madison, Alfred W. McCoy y Francisco Scarano, especializados en los dos principales territorios que quedaron bajo la dominación americana, esto es, Filipinas y Puerto Rico. McCoy y Scarano participan en el debate centrándose en la retroinfluencia de las colonias en la propia metrópoli con trabajos de alrededor de 40 investigadores que la muestran en ámbitos muy variados, desde la salud pública, el manejo ambiental o el complimiento de la ley. Su propuesta es un viaje desde la periferia al centro, esto es, participar en este rico debate historiográfico a través de cómo la metrópolis vivió cambios generados en las colonias y trasladados de vuelta a través de experiencias personales o de resultados de investigación, a través de los llamados capilares del imperio.

 

El libro, además, implica a España directamente. Desde el momento en que la mayoría de ese imperio son parte de su antiguo imperio ultramarino, el libro también tiene un fuerte interés para la historiografía hispana, porque aunque sea tratado de forma secundaria y sin interés especial, como podría haber sido con un capítulo sobre la religión, lo hispano aparece de forma recurrente. Lo vamos a analizar comenzando por las referencias históricas a España y centrándonos en el legado, tanto visto por los colonizadores como por los colonizados.

 

España aparece en las referencias al contexto del nacimiento de ese imperio. Thomas McCormick, uno de los más famosos representantes de la primera generación de historiadores progresistas, aunque se refiere a las posesiones españolas para situar las intenciones estadounidenses, muestra una escasa disposición a penetrar en su dinámica. Así, divide los territorios más cercanos, como Cuba, donde la idea era irlas absorbiendo, alternado tácticas del palo y la zanahoria [64], frente a los alejados, como fueron las posesiones en el Pacífico. Pero necesita profundizar mejor en el aparente pragmatismo americano, porque no explica las diferencias entre la decisión americana de ocupar Filipinas “por el temor a japoneses o alemanes” [73] mientras que por el otro lado aceptaba que Berlín se quedara con las islas de la Micronesia, excepto Guam.

 

Más interesantes son las referencias al legado hispano en Colonial Crucible, tanto por el contraste de la actuación de los colonizadores, entre las críticas en público y el reconocimiento privado, como por el nuevo rol que adquirió lo español para los colonizados. Los artículos del libro apuntan a la creciente consciencia estadounidense de haber heredado una estructuras desarrolladas, con unos estados a medio camino de su renovación liberal, aplicando los métodos de ciencia y doctrina con eficacia, [sic] y sobretodo “centralizados, modernizadores” [12] recordando de hecho que eran estructuras  más eficientes que en la propia península. No fue así, ya que esa percepción cambió dependiendo del lugar y del tiempo, y a fines de los años 30, por ejemplo, la amenaza japonesa cambió el balance de la percepción del legado español hacia el polo de la incompatibilidad.

 

La creciente consciencia de una estructura administrativa aprovechable, que definen McCoy, Scarano y Courtney Johnson en el prólogo como “viable, centralizada, especializada e intervencionista” tuvo una plasmación muy variada. La continuidad en las estructuras de gubernamentalidad, así, aparece en las similitudes de la Guardia Civil con las policías constabularias, en el intento de probar nuevas técnicas en los penales o en el seguimiento, infiltración y castigo a la disidencia o, entre otros muchos ámbitos, en el apoyo a la labor de los jesuitas en el Observatorio de Manila, considerado como  uno de los esfuerzos científicos punteros cuya influencia para evitar los daños de tormentas se llegó a sobreestimar.

 

La función de las críticas al legado español, por tanto, aparece limitada a una búsqueda de legitimidad que en ocasiones quedó expuesta al escarnio público, como ocurrió con la propaganda americana preciándose de recuperar documentos históricos destruidos por los españoles, como el Código de Kalantiaw, un llamado código legal filipino antiguo, que acabó demostrando ser una falsedad. Pero también es necesario tener en cuenta que los nuevos colonizadores provocaron con el tiempo cambios cualitativos por muy diversos motivos: el aumento de presupuesto policial y su manejo cualitativamente perfeccionado de la información llevaron a lo que Alfred McCoy denomina “estado de vigilancia”; la estructura administrativa dedicada a la protección de los bosques cambió al decidirse que los bosques madereros podían generar recursos importantes, y el progresismo activista de esos años en la metrópoli provocó nuevas medidas en las colonias que modificaron de forma decisiva la ley, la política y la economía de las colonias, complicando por ejemplo la separación de poderes y generando en Filipinas una práctica descentralizadora que aparece letal para la gobernanza. Además, la continuidad del legado español puede ser matizada en muchos casos, como ocurre con la utilización de elementos filhispanos por los arquitectos americanos, como el californiano William E. Parsons, quien al diseñar el Manila Hotel parece haberse inspirado más en el revival español en Florida que en ejemplos autóctonos.

 

La agencia de filipinos y puertorriqueños frente al legado español aparece de forma recurrente a lo largo del libro. Vicente Rafael, en un artículo publicado de forma más extensa en español, se refiere a ello en los tiempos de la lucha contra España, al analizar cómo Apolinario Mabini, el cerebro de la Revolución Filipina, partió de la noción cristiana de la ley natural y la teoría política de imperio para interpretar la revolución filipina como un acontecimiento providencial que revelaba la voluntad de Dios, una elaboración irrevocable porque esta autoridad divina tenía la capacidad de sanción última. [348] Después, cuando España ya era parte del pasado, su asociación con la opresión colonial pasó a ser dominada por la imagen de Estados Unidos y el legado hispano ganó una renovada aceptación. Este vuelco de lo hispano, adquiriendo un sorprendente rol anticolonial, favoreció la reconsideración del pasado imperial español como una rica fuente de imágenes, héroes y narrativas para justificar su misión colonizadora y civilizadora. La figura de Ponce de León es un ejemplo de ello, porque si la estatua erigida durante el período español había sido recibida con poco entusiasmo por las elites locales, el cuarto centenario de su llegada, en 1908, fue celebrado vivamente, porque la defensa de la  mezcla de razas y culturas que implicó el centenario significaba entonces contrarrestar los argumentos raciales los americanos [236] La herencia hispana también permitía a Juan José Osuna, un becado en la Carlisle Indian Industrial School, elevarse frente a lo que consideraba una categorización degradante al definirse: “No soy un Indio, soy un puertorriqueños de ascendiente español”. [171] Solsireé del Moral también recuerda el esfuerzo de los profesores por consolidar su autoridad como adalides de la regeneración moral y nacional de la “raza ibérica” poniendo límites de paso a las políticas de americanización. En el caso de Cuba, Alejandro de la Fuente se refiere al cambio de valoración del pasado hispano entre los grupos nacionalistas para compensar las frustraciones con el dominio americano. [221] Los pueblos re-colonizados, en definitiva, usaron el legado español para balancear el nuevo colonialismo americano

 

El concepto de raza aparece como un escenario claro de esa disputa entre colonizador y colonizado por la vinculación tan intensa entre la raza y el imperio, como recuerdan tanto Paul Kramer como Clare Colbound: “Raza fue hecha por el imperio al mismo tiempo que el imperio fue hecho por la raza” [193]  En el caso de Puerto Rico, la idea inicial americana de convertirlo en el lugar donde demostrar la desaparición de las “razas oscuras” muestra una lectura de estadísticas del período español errónea, en donde muchos las expectativas del Darwinismo Social de un decrecimiento inevitable de la población “totalmente negra” chocó con una realidad que no se acoplaba a las previsiones pseudocientíficas, a las cuales también se opusieron, en Estados Unidos, la Corte Suprema, y en Puerto Rico, la diferente vivencia de la mezcla étnica sobre la que se basa(ba) su identidad, tal como muestra Solsirée del Moral. Rona Tomiko Halualani también muestra cómo la legislación ayudó a privar a los nativos por no tener suficiente sangre de las llamadas razas originales, mientras que Paul Kramer muestra cómo la percepción del filipino fue evolucionando en Estados Unidos por la emigración, pasando de la visión inicial del “Little brown brother” a la del “excluido asiático” que recibió un trato semejante al recibido anteriormente por chinos y japoneses, las leyes limitando su inmigración. Si Raza ha sido un concepto funcionalista bajo el dominio español, ocurrió lo mismo bajo Estados Unidos.

 

Colonial Crucible, en definitiva, sugiere la importancia de lo que Patricia Seed ha definido como “pentimenti,” o “arrepentimeintos”, un término originado durante el Renacimiento para referirse a los trazos del pintor sobre el lienzo antes de realizar la obra final, que sirve para recordar las sombras de experiencias históricas dejadas por anteriores generaciones de dominio colonial. 



 

 

Menzies, Gavin (2002): El año en que China descubrió el mundo (Clio)

Borrachera de Descubrimientos

Florentino Rodao

Título: 1421. El año en que China descubrió el mundo

Autor: Gavin Menzies

Editorial: Grijalbo

Traducción de Francisco J. Ramos

Monografía: **

 

Argumento: Descripción de los viajes de una de las grandes flotas chinas, asegurando que sus barcos llegaron a América, África Subsahariana, Australia, Groenlandia y a la Antártida. Según el autor, copias perdidas de sus mapas, además, habrían permitido que Colón, Magallanes y Cook hicieran sus viajes sabiendo lo que iban a “descubrir”

           

Entre 1403 y 1433, China envió un mínimo de siete expediciones interoceánicas diplomático-militares a cargo del eunuco Zheng He. Para esos años, fueron gigantescas, tanto por el tamaño de sus buques (unos 150 metros) como por su número (en ocasiones, más de 250 barcos), como por la distancia recorrida (llegaron, al menos, hasta la costa índica de África). El expurgo posterior de documentación mantiene ocultos muchos datos sobre de estos viajes, permitiendo pensar que sus derrotas hubieran abarcado otras zonas del planeta.

 

Menzies está dedicando su jubilación, ayudado en un profundo conocimiento de las corrientes como antiguo marino (y en 500.000$ de derechos de autor) a dar vuelos a las imaginaciones más fantasiosas. El resultado es el libro 1421, una abrumadora recolección de citas y de datos que apuntan a los restos de estas expediciones en casi todo el planeta, desde barcos hundidos, semejanzas en ADN o transplantes de plantas a restos arqueológicos. Son sugerentes, llevando a pensar en la autenticidad de ese contacto e incluso de algunas de las rutas sugeridas por el autor, tal como ocurre con los viajes por la Tierra del Fuego previos a Magallanes, cuyo cartografiado podría haberse plasmado en el mapa precolombino de Piri Reis aunque estas flotas, en un principio, no tenían esta función.

 

No obstante, el libro se desenfrena. No sólo concentra en una sola de las expediciones esos descubrimientos, sino que Menzies asegura que sus diferentes flotas bordearon prácticamente todas las costas del mundo, excepto las ya surcadas entonces por los europeos. Los mapas elaborados entonces, además, habrían sido luego utilizados por Colón, Magallanes, pero el autor no menciona siquiera a Elcano, obviamente menos conocido en el mundo angloparlante que Cook, quien también se habría beneficiado de los mapas chinos. La escasa metodología histórica y los numerosos errores historiográficos (especialmente en los mapas, donde Annam esta situado por encima de Vietnam, Camboya aparece con las fronteras actuales, aunque entonces cubría todo el delta del Mekong y nunca aparece mencionada Champa, a pesar de que eran los marineros más famosos) y las tergiversaciones de Menzies (la más repetida, una conferencia en la Royal Geographical Society, en donde simplemente alquiló una sala) desvalorizan al libro como referencia de investigación.

 

No obstante, 1421 tiene aspectos positivos. Menzies, mezclando sus propias vivencias con los relatos de los viajes, tiene una prosa fácil. Además, el libro es provocativo y desarrolla la capacidad crítica si se lee con el objetivo de descubrir a los descubridores, a sus descubrimientos, y a los aprovechados, de entonces y de ahora.

Miyoshi Masao (1994): As we Saw Them. The First Japanese Embassy to the United States (REP)

MASAO MIYOSHI. As we Saw Them. The First Japanese Embassy to the United States. Kodansha International, 1994, New York, 232 pp.

Reseña en Vol. 8, Revista Española del Pacífico  

Uno de los ejemplos más interesantes de encuentro cultural es el de la embajada japonesa de 1860 a los Estados Unidos. Después de varios siglos de un cierre casi total hacia el exterior, la apertura tras la llegada del Comodoro Perry en 1853 y la firma del primer tratado mutuo entre Estados Unidos y Japón condujeron al envío de una expedición de Edo a Washington con el fin de entregar las ratificaciones del Tratado. Este fin fue irrelevante en comparación con los medios que se pusieron en marcha y que sirvieron para que Japón, pasados los años, cambiara de régimen y acabara definitivamente con la familia Tokugawa como gobernante hereditaria de los designios del país.

La embajada de 1860, como precursora de los crecientes contactos con el país es un ejemplo muy interesante para comprobar las dificultades de esa apertura del país a Occidente, del difícil contexto en que se movían y de las diferentes percepciones que unos tenían de los otros y viceversa. Miyoshi se basa en los múltiples relatos escritos por los participantes así como en la prensa de entonces para dibujarnos en cuatro capítulos la expedición: viajantes, puntos de vista, mentalidades y vidas.

Hay que resaltar que predominaron las dificultades y que intercambio real hubo poco: el contexto japonés era reacio entonces a los extranjeros, la lengua fue una dificultad difícilmente superable en un momento en que los más aventajados traductores sólo tenían conocimiento del holandés entre las lenguas europeas y por las restricciones severas al movimiento de personal: los contactos personales se veían obstaculizados también por el énfasis confuciano en las relaciones jerárquicas sobre las horizontales de amistad. La expedición de 1860 fue un viaje en el que hubo mucho protocolo pero poco aprendizaje mutuo y en el que muy pocos de los participantes mostraron un interés real por aprender de la tierra que visitaban, al contrario que en la embajadas subsiguientes.

La embajada, por tanto, se convierte en un viaje en el que las visiones, de uno mismo y del otro, cuentan más que otros aspectos y Miyoshi nos hace ver muy bien en el libro los choques culturales que tuvieron, tanto los japoneses sobre los americanos como al revés. Las mentalidades de esos momentos aparecen reflejadas en los aspectos de la Misión y los comentarios que van escribiendo los participantes, desde su interés por asistir a una boda, el único acto al que quisieron asistir por iniciativa propia, hasta escandalizarse por los hombros desnudos de las mujeres.

Un libro interesante el de este autor que, después de haber publicado en japonés el libro que comentamos, ha sacado un importante libro cuya temática de alguna forma es semejante: «Off Centre: Power and Culture Relations between Japan and the United States» [1991]. Esperamos que en este libro haya corregido algunas visiones y explicaciones simplistas que hace de la historia de Japón en As We Saw Them. Siendo Miyoshi profesor de Literatura Comparada, ofrece una visión del Japón anterior a la Embajada excesivamente simplista y muy superada ya por la historiografía. Señala, por ejemplo, para hablar de la crítica situación anterior a 1853: «Los campesinos sufrían crónicamente de las más duras imposiciones fiscales, los estipendios de los samurais eran a menudos reducidos drásticamente y los samurai sin dueño o rônin se incrementaban. [605] Hambres y revueltas de campesinos eran frecuentes, y el creciente coste de las defensas contra la amenaza exterior empeoró rápidamente la crisis financiera. El propio gobierno Tokugawa estaba tambaleándose al borde de la bancarrota». Una visión muy simplista de una crisis que tuvo sus peores momentos en los primeros años de 1840, pero que no fue la definitiva en la caída del régimen Tokugawa; señalemos, de paso, que los samurais cobraban en arroz y que su valor estaba erosionado por la creciente monetarización y la inflación, por tanto, disminuyó el valor de la cantidad que recibían, pero en absoluto se puede decir lo que señala Miyoshi. Además, afirma que aunque hubo contactos con Asia durante la época de reclusión «eran muy limitados e insignificantes», error que parece provenir del hecho que el libro está escrito desde hace mucho tiempo.

 

Morales, Alfredo. Comisario (2004) Filipinas. Puerta de Oriente. De Legazpi a Malaspina (REP)
Mungello, D.E. (1989): Curious Land. Jesuit Accommodation and the origins of Sinology (REP)

Mungello,  D.E.: Curious Land. Jesuit Accomodation and the origins of Sinology, 1989, por Florentino Rodao, Reseña en Vol. 8, Revista Española del Pacífico , p. 615

 

MUNGELLO, D. E.: Curious Land. Jesuit Accomodation and the Origins of Sinology. University of Hawai’i Press, Honolulu, 1989, 405 pp.

Curiosidad quizás ha sido la palabra que mejor ha definido a lo largo de la historia el interés en Occidente por el conocimiento de China, aunque no debemos olvidar el contenido religioso de esta palabra; no deja de ser interesante la diferencia entre curiosidad («curiositas» en latín), en su contexto amplio y teológico frente a curioso («curiosus») en su aplicación más especifica a los estudios sobre China. Esa «tierra curiosa», tal como se definía a China, da nombre al libro de D. E. Mungello que estudia las diferentes formas de acercarse a China que impulsaron los jesuitas desde su llegada a este país; formas de acercarse a China eran, como ya hemos apuntado, interesadas y con un objetivo claro: cómo cristianizar el Imperio Central.

Curious Land… trata de los orígenes del conocimiento científico de China y de lo que se ha dado en llamar «Sinología» en Europa («Estudios Chinos» en Estados Unidos) a cargo de un especialista alemán en Historia de China que ya publicó en alemán en 1985. El [616] libro estudia principalmente a los dos precursores de las diferentes escuelas de acomodación, Matteo Ricci y Joachim Bouvet; ambos jesuitas del siglo XVII, profundos conocedores de China y de su lengua, plantearon dos tipos de acercamiento diferentes a la cultura china. Ricci, el primero de ellos, percibió a Confucio como la figura china por excelencia y a sus Cuatro Libros traducidos dentro de la «Confucius Sinarum philosophus» como la clave para conseguir una síntesis sino-cristiana. Su labor fue continuada por el trabajo de los frailes Álvaro Semedo y Gabriel de Magalhâes. Bouvet, por el contrario, influido por la cambiante situación política en China con el paso a la dinastía Qing y el auge de la Querella de los Ritos en Europa (la disputa con el resto de las órdenes sobre cómo convertir China, pero éstas sin buscar esa acomodación) propuso una acomodación buscando el apoyo del poder político. Ensalzó al contemporáneo emperador Kangxi como modelo y enfatizó el conocimiento de los textos chinos clásicos y el I Ching como base de esa acomodación que pudiera servir a los objetivos del Cristianismo.

El libro cuenta el desarrollo de estos diferentes puntos de vista y la forma en la que fue percibida la China del siglo XVII en la Europa de entonces; fue una China de la que se pensaba que se podía aprender y por tanto se buscó también una asimilación bidireccional: la información sobre China también debía ser útil en Europa. Un ejemplo de ello fue el interés por el estudio de la lengua china como posible base de ese lenguaje universal que serviría para unificar el mundo. Era un planteamiento interesante de estudiar que ya no se daría en el siglo XIX, pero también es necesario recordar que era una búsqueda que no estaba desprovista de raíces religiosas: se asumía que Dios había concedido al hombre un lenguaje primitivo con una gran claridad, uniformidad y simplicidad y que éste se había perdido tras la dispersión de lenguas en Babel. Había que recuperarlo, por tanto, y quizás el Chino era el que estuviera más cercano a ese presunto lenguaje primitivo original. Otros aspectos también son estudiados en los diferentes capítulos del libro, que estudian las aportaciones de otros jesuitas en el conocimiento de China: Martino Martini, Athanasius Kircher y otros.

Mungello concluye con el fin de este intento acomodaticio tras la derrota de los planteamientos de los jesuitas en ese acercamiento a China, cuando tras la censura de la Orden en 1700 se atacaron también sus teorías sobre China en dos bulas papales emitidas en 1715 y 0-0-1742. Desde entonces, se dejó de buscar una síntesis mediante una forma cristianizada del I Ching, así como una asimilación del conocimiento entre China y Europa; dominicos, franciscanos o las Missions Étrangères ganaron definitivamente la partida teológica. La historia nos demuestra, sin embargo, que la influencia jesuita no se desvaneció, porque el entusiasmo y la profundidad que mostraron en el conocimiento de China fue continuado más tarde en las Universidades y se constituyó en el fundamento de la sinología moderna. Visto bajo esta luz, la fórmula de Ricci «fue arropada más que rechazada por la Historia» [358]

FLORENTINO RODAO

D.E. Mungello. Curious Land. Jesuit Accomodation and the Origins of Sinology.Honolulu, University of Hawai’i Press, 1989, 405 pp.

 

Muñoz Hidalgo, Alfredo (2002): El tifón amarillo. Memoria de una víctima de la invasión nipona en Filipinas, 1939-1945 (REP)

Alfredo Muñoz Hidalgo, El tifón amarillo. Memoria de una víctima de la invasión nipona en Filipinas, 1939-1945.

Madrid, Incipit Editores, 2002, 287 pp. En Revista Española del Pacífico, N. 17, Año 16, 2º Semestre 2004, p. 192.

 

 

 

Si Varsovia fue la ciudad ocupada mas bombardeada en Europa, Manila recibió ese dudoso honor en Asia durante la II Guerra Mundial. Durante casi un mes, mientras caían bombas a mansalva y los acorralados soldados japoneses asesinaron a discreción, miles de españoles e hispanizados perdieron sus vidas. Fue una proporción exagerada porque esas masacres tuvieron lugar en la “mesticería”, los barrios de Malate y Ermita, donde se concentraban los hispanohablantes, junto con la zona colonial por excelencia, Intramuros.

 

                   En España, sin embargo, apenas se ha sabido. A excepción de un libro encargado oficialmente (Pérez de Olaguer, El Terror Amarillo en Filipinas, 1947)  y algún artículo suelto, se desconoce tanto la batalla como el daño tan profundo causado a lo español. A pesar de que los libros filipinos sobre la destrucción de Manila (como el de Alfonso Aluit, By Sword and Fire, 1994, o Bonifacio M. Escoda, Warsaw of Asia: the Rape of Manila, 2000) recuerdan la gran proporción de testimonios en español y hacen honor a la contribución de nuestro diplomático Pedro Ortiz Armengol (Intramuros de Manila, 1958). La ocupación japonesa se recuerda allí, además, con traducciones de manuscritos escritos en castellano, como las memorias del rector del Colegio de San Juan Letrán, el dominico Juan Labrador, o las del guerrillero vasco Higinio Uriarte.

 

El Tifón Amarillo cuenta esa batalla y la intensa vida de la comunidad española durante esos años. A través de un personaje real con nombre ficticio (Alexis Vicuña, como Julio de Castro), Alfredo Muñoz Hidalgo narra las vicisitudes de una colonia que era parte decisiva en el país, porque aportaba la mayor empresa del país (la Compañía General de Tabacos de Filipinas), las fortunas más significativas y los apellidos más lustrosos. Es un esfuerzo saludable, porque ayuda a abrir la página que España cerró en 1898, entreabierta sólo para recordar a los Últimos de Filipinas. Si las extraordinarias vivencias personales de Muñoz Hidalgo y su experiencia durante la ocupación japonesa ayudan a ello, tanto mejor, porque las páginas del libro se van devorando entre la vorágine de la ocupación japonesa.

 

El resultado final se resiente de una cierta bisoñez narrativa y de una labor de edición mas cuidada. El subtitulo de la portada (Memoria de una víctima de la invasión nipona en Filipinas, 1939-45), es diferente del de la tercera página (Reportaje histórico con novela al fondo) y del señalado por el prologuista (Versión de una víctima de la lucha entre yanquis y nipones en Manila, 1940-1945.) El Tifón Amarillo es, antes bien, una novela con reportaje histórico al fondo que bucea sin rumbo fijo entre una historicidad  (“los hechos son auténticos”) que no cumple y un deseo por incluir temas atrayentes (la Red de espionaje TO, por ejemplo) que sólo dejan la trama más enrevesada. Muñoz Hidalgo, inmerso en el “paso al campo de la novela histórica”, tal como señala en la contraportada, necesita aclararse, pero aún tiene mucho que contar.

                 

 

Murasaki Shikibu / Sei Shonagon (2003): “Un mundo inexistente, pero eterno” El libro de la Almohada / Historia de Genji (ABCD)


Sensibilidad en un mundo inexistente (pero eterno)

 

Murasaki Shikibu: Genji Monogatari. ( Romance de Genji).Traducción y notas de Fernando Gutiérrez.  Barcelona, José J. de Olañeta ed., 2002, 3ªed.

 

Sei Shônagon: El Libro de la Almohada. Traducción y notas de Amalia Sato.

 Adriana Hidalgo Editora, Buenos Aires, 2001.

 

            El suelo de paja o tatami, la ceremonia del te, el arreglo floral, los samuráis, las geishas, el pescado crudo, la salsa de soja, el Zen, los retratos ukiyoe, el Kabuki o el Haiku son iconos asociados por los occidentales a la cultura japonesa tradicional, extraños como son a la suya. Pero igual de extraños serían en el Japón donde vivieron las autoras de los dos libros que acaban de aparecer en español. El Romance de Genjies una reedición de los once primeros capítulos del total de 54, por lo que esta obra sigue sin traducción completa al castellano. El Libro de la Almohadaaparece por primera vez al castellano, siendo una completa copia de la traducción realizada por Iván Morris, a juzgar por las citas y comentarios, aunque sólo se le cita como una de las obras de referencia.

 

Hay muchos japones, muy diferentes, y la mayoría de lo que se conoce en Occidente sobre Japón surgió allí a partir de la época feudal, implantada por la familia Minamoto, a la que pertenecía el propio Genji, tras vencer en unas luchas poéticamente narradas en el Romance de Heike. El Japón Heian (794-1185) del que surgieron las obras cumbre de la literatura japonesa escrita por mujeres que tratamos, no obstante, era esencialmente una cultura cortesana y refinada, desinteresada tanto por los asuntos militares como por lo que ocurriera fuera del palacio, incluyendo el nivel de vida de una población que la Corte despreciaba hasta el punto de ni siquiera considerarles humanos. Los escasos miles de personas encerrados en ese círculo alrededor de la familia imperial vivían carentes de esas preocupaciones que eran inherentes al resto de mortales, tales como procurarse la comida y la vivienda, y su mundo giraba como quizás nunca más en otra sociedad en torno a la estética. Ni siquiera se preocupaban de saber qué ocurría en esa otra corte de la que habían asimilado tanto, como era la china, porque el florecimiento de su propia cultura Yamato, con sus creaciones propias, hacía innecesario recordar esos orígenes. Ya que las mujeres no tenían acceso a esa escritura china, además, escribieron sus obras en Kana, reflejando también un papel más crucial en la sociedad japonesa que en la actualidad. Los concursos poéticos, el lujo de sus indumentarias, los carruajes, los perfumes, los juegos, la música, la caligrafía, el peinado (arrastrando largas melenas sueltas), etc., llenaban las preocupaciones de estos personajes, junto con otras ambiciones tan pedestres y universales como el amor en todas sus facetas: deseo, celos, nostalgia, odio o seducción.

 

            De este contexto surgen las dos obras literarias reseñadas, aunque con técnicas narrativas muy diferentes. La una es del llamado género “monogatari,” relatando la vida amorosa del  príncipe Genji, mientras que la otra es lo que se podría entender como un ensayo, o “zuihitsu”, que literalmente significa “el fluir del pincel.” Empieza con una descripción de lo mas bello de las cuatro estaciones que da paso no sólo a las numerosas referencias a la naturaleza, sino también a la narración de las escenas de la vida cotidiana de la corte y, quizás lo mas importante, a las reflexiones propias sobre gustos, sentimientos, rencores, etc. Además, cada obra gira en torno a los dos valores estéticos predominantes en la época Heian, el “Mono no Aware” en el caso del Genji y el “Okashi” en La Almohada, que son especialmente difíciles de definir. El profesor de literatura japonesa de la Universidad de Harvard, Edwin A. Cranston, ha definido el primero como lo que agita los sentimientos refinados con un toque de belleza, tristeza y de la conciencia de la experiencia efímera Federico Lanzaco, uno de los principales especialistas españoles de la cultura japonesa, define el Okashi (citado 466 veces por Sei Shōnagon) como una elegancia que incluye matices de curiosidad, viveza, diversión e ingenio.

 

            Estas cortesanas rivalizaron intensamente. Murasaki era tímida, poco sociable y dulce al trato, mientras que Sei era famosa por su ingenio sarcástico, osada y dispuesta a responder ante las críticas. Además, aunque tenían funciones parecidas, servían a personajes enfrentados. Murasaki estaba al servicio de la emperatriz Akiko, una de las más jóvenes entre las múltiples consortes del emperador Ichijo (r. 986-1011), cuyas dos consortes eran de la familia Fujiwara, la que realmente controlaba la corte por medio de esos emparejamientos, mientras que Sei lo era de Sadako, su más feroz opositora. La rivalidad entre sus superiores agudizaba la ya existente, y se puede percibir incluso en el Genji al narrar una tertulia entre cortesanos sobre las mujeres, donde se refieren a una tan erudita y pedante que resultaba realmente molesta: “¡Si pudiera ser menos masculina!”

 

            Lo más extraordinario de estos textos es su validez, a pesar de los cambios en esa cultura japonesa y del paso del tiempo. Las dos obras siguen teniendo una gran validez en nuestros días, a la que se refiere otro gran especialista, Antonio Cabezas, en su introducción a una “monogatari” coetánea y para algunos precursora del Genji, los Cantares de Ise. Cabezas asegura que los Cantares poseen una sensibilidad que está mas cerca de nuestra sensibilidad  que de la de los japoneses contemporáneos. Con un nivel en sensibilidad, culto a la estética y elegancia solo comparable a En busca del Tiempo Perdido, de Marcel Proust, el Genjiha tenido más reconocimiento. Se considera la obra cumbre de la literatura japonesa, pero tampoco han faltado calificativos más altos, situándola como la mejor obra literaria universal. Una descripción de su personaje principal ilustra las cualidades de la obra: “ Genji danzó “Las Olas del Mar Azul,” siendo su pareja To-no-Chujo. Por su belleza y por su talento, este último sobrepasaba en mucho la medianía, pero ante Genji pareciase a un pino silvestre creciendo al lado de un cerezo en flor. (……) Fue esta danza tan bella y  tan emocionante que concluyeron los ojos del Emperador por anegarse en lagrimas (……) Nunca como entonces (….) mereció su sobrenombre: Genji el Resplandeciente (….).” Las misivas amorosas, además, siempre estaban escritas en poemas waka o tanka(5,7,5,7,7), precursores del Haiku (5,7,5), y Genji escribe varios especialmente poéticos: De esta vida, tan frágil como la crisálida de una cigarra, estaba ya cansado, cuando me llego vuestro mensaje y me dio aliento para volver a vivir.

 

El libro de la almohada, por su parte,también ha recibido parabienes múltiples e incluso una adaptación en una maravillosa película a cargo de un director que nunca deja indiferente, Peter Greenaway. Las diatribas de Sei también llaman fuertemente la atención:

“Distintos modos de hablar: La conversación de los Hombres. La Charla de las mujeres

Cosas odiosas: He cometido la locura de invitar a un hombre a pasar la noche en un lugar poco conveniente, y comienza a roncar. Un suzuri(piedra para hacer la tinta) cuya superficie es tan dura y lisa que la tinta, el sumi, se desliza sin sedimentar nada de tinta.

Cosas Elegantes: Un abrigo blanco sobre un justillo violeta, huevos de pato, flores de glicina. Flores de ciruelo cubiertas de nieve, un niño pequeño comiendo frutillas.

Cosas inapropiadas: Una caligrafía sin gracia sobre papel rojo, un hombre apuesto con una mujer fea.

Cosas raras: Un hijo político elogiado por el suegro que lo ha adoptado, una novia amada por su suegra. Una pinza buena de plata para depilar.

Cosas que pierden al ser pintadas: Clavelinas, flores de cerezo, rosas amarillas. Hombres y mujeres elogiados en relatos románticos

Cosas que ganan al ser pintadas: Pinos. Campos de otoño. Aldeas de montaña y senderos. Grullas y ciervos. Una escena de frío invierno. Una inefable escena de tórrido verano.

Cosas que han perdido su poder: Una mujer que se ha quitado su peluca para peinar el poco pelo que le queda. La figura retirada de un luchador de Sumo que ha sido derrotado.”

 

La actualidad del texto es innegable, aunque la traducción al castellano lo enfatiza desmedidamente incluyendo la referencia a una lucha, el Sumo, que entonces no existía. Ni la una ni la otra necesitan amaños adicionales, son intemporales.

 

Ollé, Manel (2002): La empresa de China (Clío)

Olle Manuel La empresa de China. EL Acantilado, 2002, Revista Clio

Bien sabido es que, tras expandirse en América, los castellanos dieron la vuelta al mundo y tomaron Filipinas. Pero apenas es conocido que estas islas fueron vistas como el trampolín hacia el continente, tal como ocurrió con los norteamericanos siglos después. Manel Ollé narra en La empresa de China esas ambiciones por misionar, conquistar, comerciar y, sobre todo, enriquecerse. En buena parte porque, con una maquinaria estatal en ciernes, los intereses individuales fueron los que marcaron el paso de la presencia española en este rincón de Asia. Así, hubo desde misioneros que entraron en secreto para convertir ellos solos al imperio, hasta funcionarios que proponían la conquista de China. Ambiciones no faltaron; sin embargo, los españoles se dieron de bruces con la realidad. Tras tanto proyecto de conquista, solo quedó la visita periódica de los chinos a Manila, para vender mercancías al galeón anual que comunicaba las Filipinas con Acapulco. Tal como señala el propio Ollé, Manila acabó siendo la conquistada de forma sutil, convertida en una ciudad mercantil poblada por chinos.

Frente a los estudios realizados anteriormente, Ollé ofrece su amplio conocimiento de la lengua china, con un detallado glosario de términos de este idioma (no de la geografía filipina, en donde hay algún error), y una perspectiva que, por primera vez, evita el eurocentrismo. El libro analiza tanto la situación interna china como la de los castellanos, para quienes Manila fue solo una más de las ciudades-estado de la región, todas ellas dependientes de alianzas para sobrevivir. Su investigación, además, presenta una bibliografía reciente, con los libros y autores más reconocidos, y contrasta fuentes para asegurar la veracidad de algunas afirmaciones, con las que refuta, por ejemplo, al padre Alonso Sánchez, quien aseguró que los nativos de Taiwan eran caníbales.

Argumento:

Narración de los primeros contactos entre chinos y castellanos, partiendo del contexto general de ambos: unos interesados en expandirse comercialmente en el sureste asiático y los otros como recién llegados a Filipinas. Empezaron aliándose frente a los piratas, oportunidad de colaboración desperdiciada por las diferencias culturales. Los castellanos barajaron tanto la diplomacia como la fuerza, dependiendo de sus debates internos, las disensiones entre castellanos y portugueses o el contexto general. El fracaso de la Armada Invencible, ciertamente, determinó el olvido de una propuesta de expansión a China presentada al rey Felipe II que ya tenía previamente pocas perspectivas de éxito.

 

Ollé, Manel (2002). “China en la frontera del imperio español.” La Empresa de China. De la Armada Invencible al Galeón de Manila. (ABCD)

 

Ollé, Manel (2005): Made in China. El despertar social, política y cultural de la China contemporánea (Clío)

Made in China. El despertar social, política y cultural de la China contemporánea

Este libro aborda un sinfín de cuestiones sobre China, el país que se ha convertido en el principal desafío (pacífico, tal como se insiste) del sistema mundial. Su autor es uno de nuestros principales expertos sobre el tema: enseña en la universidad Pompeu Fabra, traduce literatura y ha publicado algunos de los mejores artículos sobre cultura china en la prensa diaria (además, escribe poesía). Este bagaje le permite matizar, contextualizar y explicar las noticias sobre el auge de China al ciudadano medio, que es el objetivo de su libro. En este sentido, el ensayo cubre un claro vacío en el mercado al aproximar la realidad del gigante asiático a un público amplio, pues hoy China -subraya Ollé- “está mucho más cerca de lo que nunca habríamos llegado a imaginar” por efecto de la globalización y de su propio desarrollo.

Todo sobre la China actual. ¿Qué temas trata Ollé bajo este título tan genérico y a la vez llamativo? Estos son muy variados, como las paradojas del régimen “socialista de mercado” (que no son tan cruciales como se suele afirmar), el significado del concepto han para el nacionalismo moderno chino, la percepción china del multipartidismo democrático como contrario a sus propios valores o el porqué de las preferencias por los niños en detrimento de las niñas. Analiza con detalle la problemática y compleja relación con la China de Taiwan, Hong Kong o el Tíbet, o, por ejemplo, el llamativo peso de la censura oficial en Internet. Asimismo, ofrece pinceladas excelentes sobre la cultura contemporánea del país, tan innovadora y que el autor conoce tan bien. En relación con ella destacan sus explicaciones dedicadas a la caligrafía y la imprenta, su descripción de las instalaciones provocadoras del artista Xu Ping y sus exposiciones de las tramas de las novelas más significativas. En definitiva, la obra traza un buen retrato, ameno y legible, de la China actual. En su exposición, Ollé es fiel a su objetivo de divulgar que deja claro ya en la primera página del libro (donde señala que no quiere ofrecer “ninguna nueva teoría genialoide y singular sobre lo que es o deja de ser o pronto va a ser China”) y prefiere poner en tercera persona los argumentos que hace suyos. Asimismo, evita los análisis polémicos (“Queda en el aire suspendida la duda sobre si el mensaje de Mao fue una trampa”, escribe) y sus críticas son tamizadas: “El poder absoluto y unilateral del capitalismo autoritario de la China actual no es la mejor garantía en la toma de decisiones delicadas y complejas”. En suma, se agradece este punto de vista adoptado, especialmente cuando abundan los ensayistas arribistas y dados a frases altisonantes. De hecho, a la obra solo le falta una reflexión final de conjunto, un orden más claro al abordar los temas y, sobre todo, un buen índice para ser el libro de consulta ideal sobre China.

Por nuestra parte, conocedores del buen hacer del autor, nos preguntamos cuándo nos ofrecerá un nuevo ensayo sobre China más incisivo y que compare este país con otros de su entorno, pues sus cifras de crecimiento son similares a las de Japón a comienzos de la década de 1950 o a las de Corea del Sur, por lo que sería muy deseable una visión comparativa de Asia para el lector español, pues esta cuestión pasa desapercibida en el presente ensayo.

El libro está dividido en capítulos cortos, agrupados en tres grandes temas: “La dinastía roja” (La China actual), “El Nuevo Imperio Central” (la historia y los territorios periféricos) y “Del papel de arroz al cristal líquido” (sobre la vitalidad de la cultura china en los últimos tiempos). La obra está escrita con un estilo periodístico, saltando quizás en exceso de un tema a otro. Aunque existe una cierta relación entre los capítulos, estos pueden ser leídos de forma separada.

Rafael, Vicente L., ed., (1995): Discrepant Histories. Translocal Essays on Filipino Cultures (REP)

RAFAEL, Vicente L. (de.).- Discrepant Histories. Translocal Essays on Filipino Cultures. Anvil Publishing, Inc, Manila, 1995. 331 pp.

 Una de las cuestiones más debatidas tanto entre los especialistas como entre los propios ciudadanos de la República de Filipinas es “Qué es ser Filipino”. Varias graciosas referencias se pueden encontrar sobre ello, desde ser la persona de un país que ha estado 300 años en un Convento y 50 en Hollywood a la de aquel “que habla inglés, católico romano de raza malaya con un nombre español y comiendo comida china”. Una buena parte de esas características propias, como puede comprobarse, vienen de la influencia exterior. Así, no es de extrañar que haya una nueva referencia clave en esa identidad: los filipinos emigrados. Rafael es uno de los autores mas conocidos y mas originales en la búsqueda de lo que es la identidad filipina, tal como demostró en su libro ya convertido en clásico, “Contracting Colonialism” . Además, él mismo es miembro de esa diáspora de la que tanto se preocupa, puesto que vive desde hace bastantes años en Estados Unidos, impartiendo clases en la Universidad de California en San Diego.

En “Translocal Histories” sigue en su búsqueda de esa identidad filipina y lo hace desde una perspectiva distinta a la que se suele adoptar: buscando las semejanzas con otras regiones, más que las diferencias. Los ensayos del libro, como él afirma, son ensayos sin fronteras e inscribe a su libro dentro de los “Estudios Culturales”  frente a los “Estudios de Área”. Califica a los primeros por una “profunda ambivalencia hacia las posibilidades de estabilizar áreas de conocimiento y mucho menos de prestar fe a las demandas imperialistas y nacionalistas de tales totalidades”, y critica de alguna manera las pretensiones de los “Estudios de Área” por el tratamiento a los “estados-naciones como unidades elementales de análisis y por ver a las propias regiones como  entidades estables representables fijamente en mapas y en los trabajos de las maquinarias burocráticas”(p.xv) Señala que no le interesan mucho los debates teóricos sino más bien trasladar tales debates a los largo de las fronteras  que separan los estudios de área de las diferentes disciplinas. Más que preguntarse sobre el pasado como tal, afirma que los ensayos se preguntan sobre las condiciones de las posibilidades que hacen considerable al pasado como constitutivo y desbaratador, simultáneamente, del presente. En definitiva, define a los artículos aparecidos en su libro como “ensayos sin fronteras” y lo justifica afirmando que la realidad de las Filipinas siempre ha excedido los bordes artificiales que actualmente posee, evadiendo sus reivindicaciones imprescindibles y las obligaciones compulsivas (p. xvii).

Comienza el libro con un artículo magistral de un profesor suyo, Benedict Anderson, autor de otro libro que también se ha convertido en un clásico “Imagined Communities: Reflections on the Origin and Spread of Nationalism”. Anderson hace un análisis histórico del sistema político filipino en “Cacique Democracy” a través de Corazón Aquino (apellido de soltera, Cojuanco) y lo que ella significa como la principal característica del sistema en Filipinas: el poder económico que los mestizos chinos han conseguido en Filipinas. Opone esta característica frente a  América Latina (los mestizos están frecuentemente en el poder, pero no los mestizos chinos) y al resto del Sudeste de Asia (los mestizos, tanto chinos como no, están fuera del poder).  Otros tres artículos por Reynaldo Ileto (“Cólera y los orígenes del orden sanitario norteamericano en las Filipinas”) , Warwick Anderson (“Donde cada Perspectiva Agrada y solo el hombre es infame”: Medicina de Laboratorio como Discurso Colonial) y Michael Salman (“Nada sin Trabajo: Ciencia penal, Disciplina e Independencia en las Filipinas bajo Estados Unidos”) tratan algunas de las formas en las que los filipinos fueron llevados a creer en la bondad de la modernización y el progreso implantado por los americanos.

            Una tercera parte trata sobre el nacionalismo y la diáspora, con artículos del propio Rafael  (“Nacionalismo, Imágenes y la intelectualidad filipina en el siglo XIX”), de Oscar V. Campomanes (Filipinos en los Estados Unidos y su Literatura del Exilio) y Martin F. Manalansan (“Hablando del Sida: Lenguaje y la experiencia Gay Filipina en Estados Unidos”).  El libro acaba con tres artículos de antropólogos sobre la cultura actual en Filipinas, uno de Fenella Cannell sobre consursos de bellezas entre hombres que se celebran en pueblos en la región de Bicol (“El poder de las apariencias: Belleza, Imitación y Transformación en Bicol”), otro de Jean-Paul Dummont trata sobre la ocultación de la violencia, consciente e inconscientemente, en una pequeña isla visaya, Siquijor, caracterizada por la tranquilidad pero en la que no han dejado de ocurrir hechos violentos (“Ideas on Philippine Violence: Assertions, negations and Narrations”) y otro de Neferti X. Tadiar sobre el significado de los pasos a distinto nivel dentro de la cambiante configuración de Manila (Manila’s New Metropolitan Form).

Un libro, en definitiva, que nos ofrece una perspectiva diferente para el conocimiento de Filipinas, necesario en consecuencia para tener una visión más completa tanto de esta sociedad como del mundo que le rodea (y no solo del que la bordea).

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Roces, Mina (1993): Kinship Politics in Post-war Philippines: The López Family, 1945-1989 (REP)

ROCES090, María Natividad: Kinship Politics in Post-war Philippines: The López Family, 1945-1989, Universidad de Michigan, 1990. Revista  Española del Pacífico, Nº 3 (1993), pp.224-226.

Uno de los esfuerzos más renovadores para el estudio de Filipinas y para la comprensión de las diferentes influencias que integran su cultura y que conforman su funcionamiento político es el [225] realizado recientemente por Mina Roces. Esta investigadora residente en Australia ha realizado un estudio bajo la dirección del profesor Victor Lieberman -especializado en la Historia de Birmania- en el que propone una investigación de la historia filipina de posguerra en base al conflicto entre lo que ella denomina como los valores sociales tradicionales, expresados en la «Política de Familia» y los «valores occidentales inculcados en el período colonial», que define principalmente por la ética y la moral introducidas en el período español por medio del catolicismo, el profesionalismo burocrático inculcado durante el período norteamericano y el concepto de lealtad a la Nación-Estado, como entidad que sobrepasa los límites anteriores de lealtad, restringidos al ámbito de la parentela o la localidad.

Ciertamente el esfuerzo es claramente renovador para la historia filipina. Es la primera biografía (no hagiográfica) centrada en la evolución de una de las familias más poderosas de las Filipinas de la posguerra; tal como la autora señala en la introducción, la importancia del parentesco ha sido mencionada y estudiada parcialmente en numerosas ocasiones, pero el suyo es el único trabajo centrado en una familia en concreto y en cómo consiguió llegar a aumentar su poder y su influencia. En el caso concreto de los López y en el período estudiado, el ascenso de la familia se basó en el tándem formado por los dos hermanos, Fernando y Eugenio, uno de ellos dedicado a los negocios y el otro a la política. Su estudio muestra que la fortuna de la familia oscila coincidiendo con el peso político de Fernando López y su cercanía a los centros de poder, alcanzando su punto máximo cuando éste llegó a vicepresidente entre los años 1956 y 1971. Las prebendas fueron conseguidas principalmente por medio de préstamos preferenciales de bancos que generaban el capital suficiente para las inversiones de negocios. De la misma forma, la lejanía del poder político durante el período del Presidente Marcos llevó a la pérdida de parte del imperio económico y ello fue un fuerte motivo para el decidido apoyo de esta familia a la revolución democrática encabezada por Corazón Aquino en 1986, año tras el cual han intentado -con éxito variable- retomar las posiciones pérdidas.

De esta forma se centra en el estudio de la familia como una unidad en sí dentro del sistema de poder en el Archipiélago. La propia autora señala que anteponer los sentimientos de solidaridad familiar a los de otros contextos sociopolíticos es lo que ha motivado el comportamiento político y económico de las Filipinas de la posguerra. La Tesis se centra en dos aspectos principales, en un análisis profundo de los mecanismos tradicionales de la «Política de Familia» (alianzas, prebendas, compensaciones, relación patrón-subordinado) y en el conflicto entre los dos valores identificados como los tradicionales y los occidentales. Es en este último aspecto -en el trabajo metodológico sobre el conflicto entre esos dos tipos de valores donde queda una cierta confusión, ya que los valores importados durante el período hispano quedan insuficientemente estudiados. Si bien están identificados dentro de los occidentales, esa propia «Política de Familia» y los lazos que conllevan como el padrinazgo, etc., son propios no sólo de la sociedad musulmana tausug o de otras de las Filipinas prehispánicas, sino también de América Latina. De hecho, los paralelos más cercanos que ha visto la propia autora a su estudio están en trabajos realizados sobre México y sobre Brasil y el propio término -en español- de «Política de Familia» está tomado de esta literatura. Vemos, por tanto, una cierta contradicción en cuanto que lo hispánico [226] no está claramente definido: cae dentro de lo occidental pero algunos valores son calificados como propiamente filipinos. ¿Habría que hacer una tercera clasificación para lo hispánico frente a lo occidental -norteamericano- y lo indígena? ¿Se podría considerar a lo hispánico como parte de lo filipino más que como parte de lo occidental? Quizás, el grado de asimilación de lo hispánico en Filipinas es uno de los temas más sugerentes para estudiar sobre este país y el funcionamiento de esa influencia en el ejercicio de poder ha de ser una de sus consecuencias.

Quizás esta indefinición sea motivada por uno de los principales problemas de algunos especialistas de la historia filipina, a saber, la imposibilidad de leer español. La propia autora hace una muy buena introducción a esa «Política de Familia» remontándose hasta la República de Malolos (1898), pero le falta una mayor atención al período español, aunque ella misma afirma que no es el objetivo de su estudio. Sobre ello también ha investigado recientemente -en la misma Universidad- Michael Cullinane, quien ha acuñado el término de las formas de autoridad «Hispano Malayas», en su Tesis Doctoral Ilustrado Politics: The Response of the Filipino Educated Elite to Colonial American Rule, 1898-1907. La comparación con los casos de México y Brasil está basada únicamente en trabajos escritos en inglés y es de suponer que hay mas trabajos en español o en portugués sobre la «Política de Familia» en el resto del continente.

El estudio está basado principalmente en los documentos del Archivo Familiar, publicaciones periódicas y en numerosas entrevistas, tanto de miembros o partidarios como de oponentes de la familia. La Memoria ofrece también tres estudios en el apéndice final sobre las Familias Roces, Rodríguez y Puyat.

Rogers, Robert F. (1995): Destiny's Landfall. A History of Guam (PolExt)

ROGERS, Robert F.- Destiny’s Landfall. A History of Guam. Honolulu, University of Hawai’i Press, 1995. 380 pp. Política Exterior, aparecida en vol X, marzo/abril 1996, num. 50, pp. 183-95.

Guam es una pequeña isla cuya importancia en el planeta ha superado con creces lo que se pueden suponer a sus escasos 600 kilómetros cuadrados de extensión. Su posición geoestratégica, las excelentes posibilidades de su puerto y su localización como nudo de comunicaciones, e incluso los vientos y las corrientes, han convertido a esta isla en un punto clave en el juego de fuerzas dentro del Océano Pacífico. Desde que Magallanes atracara en esta isla en 1521, los vientos alisios de enero a marzo hicieron a Guam escala obligada de los galeones que,  a lo largo de casi un cuarto de milenio, cubrieron la ruta de Acapulco a Manila. Al llegar la época contemporánea, Guam pasó a ser lugar de recalada y estudio para multitud de expediciones científicas, punto de refugio y descanso de buques balleneros  y, para España,  la avanzadilla más alejada de los restos  de su tambaleante  Imperio. Después de 1898, tras pasar a el ser territorio más occidental de Estados Unidos, la isla ha sido un centro clave para comunicaciones, para el comercio y el tráfico de buques e incluso como base para operaciones militares: el espionaje estadounidense a Japón anterior a la II Guerra Mundial, los envíos de suministros militares para las guerras de Corea y de Vietnam o los planes de enviar un ejército nacionalista a reconquistar la China Comunista han tenido a esta pequeña isla como una pieza clave. Por su parte, el lanzamiento del Sputnik magnificó la importancia de la isla como estación para el seguimiento de misiles y satélites.

Bob Rogers, profesor de la Universidad de Guam con una experiencia profesional muy dilatada en la diplomacia y en el ejército estadounidenses, ha escrito este libro mostrando el papel jugado por esta isla en el juego de las potencias. Destiny’s Landfall narra los numerosos contactos de sus habitantes, los Chamorros, con el exterior y cómo su propio destino ha estado fuera de su alcance desde que el padre San Vitores convenciera a la Reina Mariana de Austria, madre de Carlos II, de la necesidad de cristianizar a sus habitantes. Estar al antojo de los intereses de las grandes potencias, no obstante, ha sido sólo uno de los problemas que han tenido los Chamorros tras el primer “contacto” con los europeos: guerras, tifones, epidemias -y terremotos- han dejado en esta isla una huella en la cual difícilmente recapacitan sus numerosos turistas, que visitan la isla en busca de sus playas paradisíacas. La naturaleza ha dotado ese medio ambiente aparentemente tan ideal, pero también ha provocado numerosas tragedias; las epidemias han sido un peligro constante y una de viruela en 1854, por poner un ejemplo reciente, acabó con el 60% de la población, mientras que, si observamos los desastres naturales,  el tifón Karen destruyó o dañó profundamente en 1962 más del 90% de los edificios de la isla. La historia de Guam, de esta forma, nos muestra la fragilidad y las difíciles condiciones del ecosistema en el que viven los habitantes de Oceanía: los cocoteros y las playas con aguas cristalinas son sólo una parte de la vida de este continente. El libro muestra también los problemas de otro tipo de sus habitantes: la aculturación y los difíciles problemas de identidad. Guam, después de los problemas para mantener y adaptar su cultura a lo largo de los siglos, ha recibido el influjo estadounidense de forma ambivalente en los tiempos modernos;  los 100.796 coches matriculados en 1990 para 133.152 habitantes nos dan idea de la implantación de este sistema de vida importado. La isla ha llevado un difícil camino político, generalmente en pos de la ciudadanía estadounidense pero con un impulso importante de los deseos de independencia;    su relación con el omnipresente ejército estadounidense muestra la sinuosidad de sus sentimientos, porque a la altísima proporción de soldados guamanianos en sus filas se mezcla el hecho que de este grupo provengan también muchos de los líderes de los movimientos independentistas.

El texto dedica una buena parte a aspectos bien conocidos por el propio Rogers, como el espionaje, los hechos militares o las complicadas luchas políticas en Guam, en las que ha participado activamente. Además, explica muy bien la difícil adaptación del sistema político de Estados Unidos a la cultura de una isla en la que dominan constumbres (I kustumbren Chamoru)  tan diferentes, provenientes del período anterior al contacto y adaptadas durante el largo período español, como  el sistema “pare” o la votación por afinidades de parentesco más que por ideales políticos.

Estos prolongados vínculos entre España y Guam deben inculcarnos un mayor interés por esta isla. El catolicismo tan fervientemente sentido de los Guamanianos es el legado más aparente del período español en la actualidad, pero también es posible encontrar una impronta hispana en otros aspectos.  Es difícil discernirlos, precisamente por haber sido asimilados y adoptados como algo propio dentro de la cultura neochamorra: el mestizaje, el compadrazgo, una cierta consciencia clasista o esa palabra chamorra referida anteriormente proveniente de la palabra padre, pare. Es difícil discernir lo que es propiamente  chamorro y también, dentro de lo que es hispano, lo que proviene de Filipinas, de México o de la propia península. Algunas de las  atribuciones, además, pueden ser simplemente producto de  percepciones escasamente adaptadas a la realidad; la afirmación del autor del entusiasmo “macho” de los chamorros por el servicio militar           como uno de esos legados hispanos ilustra el margen para la discusión en estos terrenos.

El libro muestra, por último, que lo hispano en Guam ha andado por su propio pie tras la salida del último soldado español. Después de 1898, la península relegó al olvido el cultivo de los lazos mutuos, de la identidad hispana en la isla o del uso del español, producto quizás de la mala experiencia en Asia y de los escasos lazos en comparación con casos como Cuba u otros países americanos. El español, por ejemplo, se hablaba ampliamente entre las élites hasta la Guerra del Pacífico, pero  en la actualidad se habla más por los soldados puertorriqueños que entre los propios guamanianos. La Lengua de Cervantes ha sido relegada de la isla incluso en la parcela donde se podría considerar más imprescindible a priori, la Historia. Y para culpar de este abandono de España, no sólo hemos de culpar a los problemas de principios de siglo; hechos más recientes demuestran que ese desinterés hacia la región continúa, quizás como contraprestación  ante objetivos más importantes. La primera parada de un miembro de la Familia Real española (el príncipe heredero, en escala obligada) pretendió hacerse pasar desapercibida, mientras que la visita a España del gobernador Joseph Ada, en 1992, justo cuando se planteaba  una posible independencia de la isla ante las Naciones Unidas, no mereció la más mínima atención de las autoridades de Madrid. Casi cien años después de la salida precipitada de Guam, parece que seguimos teniendo miedo a volver a pisar nuestro antiguo territorio.

Said, Edward W. (1991): Orientalism. Western Conceptions of the Orient (REP)

Edward W. Said. Orientalism. Western Conceptions of the Orient.  London, Penguin, 1991 (1ª ed. 1978), 368 pp.

    Reseña que publique en REP 8, el pdf que tenia no se puede leer

Fecha=04/08/1997

Texto=Pocos libros han influido tanto en el mundo académico contemporáneo como este que recensionamos del palestino protestante afincado en Estados Unidos, Edward Said. A pesar de las casi dos décadas transcurridas desde su lanzamiento, las tesis mantenidas por Said en este libro no han dejado de  provocar discusión y múltiples debates sobre la naturaleza del conocimiento de los países no-occidentales y sobre la perspectiva más conveniente para representar estos mundos y sus culturas.    Mientras el propio Said ha publicado un nuevo libro que incide en el tema (” Cultura e Imperialismo” (Anagrama, 1996, 1ª ed. 1993)), el debate sigue y en 1995, por ejemplo, han aparecido dos nuevos libros con una clara influencia de Said en el título:  Occidentalism: Images of the West, una coleccion de trabajos de antropólogos editada por James G. Carrier y Occidentalism: A Theory of Counter-Discourse in Post-Mao China, de Xiaomei Chen  (ambos publicados por Oxford University Press, aunque ramas distintas). Se han acuñado también palabras a raíz del libro de Said, como la de “True Orientalism” o “Verdadero Orientalismo” para definir lo que se podría calificar como el uso de una perspectiva basándose en las opiniones de los propios asiáticos.  Además, a pesar de haberse enfocado en el mundo árabe, con algunas incursiones sobre la India como colonia británica, su planteamiento es usado normalmente para los países del Asia Oriental, o del “Extremo Oriente”.

El libro fue escrito tras haber bebido Said de las teorías impartidas por Foucault, tratando de demostrar de forma convincente lo amañado que resulta el conocimiento del Oriente y la falsa base metodológica que ha tenido el “Orientalismo” desde su propia concepción en las últimas décadas del siglo XVIII y primeras del XIX; quizás el ejemplo más claro del origen de este “Orientalismo” fue la expedición de Napoleón a Egipto. Lo define como “una forma de adaptarse a Oriente que está basada en el lugar especial que tiene Oriente en la experiencia Europea Occidental”[p. 1]

 

Said dice que los académicos occidentales han interpretado erróneamente o han informado de forma distorsionada sobre las civilizaciones orientales, a causa de sus actitudes teocéntricas. Al estudiar el Oriente, afirma, un Orientalista lo ausculta primero como occidental y después como individuo, ello  causa que le falte sensibilidad para poder comprender los valores de la gente que estudian. El Orientalismo, en definitiva, es más interesante para conocer las sociedades occidentales que las asiáticas, puesto que Occidente, sin esta existencia de Oriente,  no se podría haber definido a sí mismo: Oriente es lo que no es Occidente y viceversa. Las características asignadas al  Oriente,  además, han sido las contrarias de las que nos hemos asignado históricamente a nosotros mismos: así, si Occidente es dinámico, Oriente es retrasado; si Occidente es materialista, Oriente es espiritualista; si Occidente es masculino, Oriente es femenino, etc. Si uno es “normal”, en definitiva, el otro es “anormal”.

 

Said estudia las concepciones originales desde el comienzo de la consciencia de Oriente durante la Edad moderna, para pasar después al comienzo del Orientalismo como tal en las últimas  décadas del siglo XVIII, una vez que las perspectivas teocéntricas se vieron reforzadas y que la implantación de la academia permitiera su clasificación y colocarlo sobre una base racional y científica. Silvestre de Sacy y Ernest Renan, uno antropólogo y fundador de la Société asiatique y el otro filólogo, fueron los fundadores de este Orientalismo que era una parte de  una ciencia europea que se esforzaba en estudiar  las culturas Orientales comparativamente, algo que “llegó a ser sinónimo con la aparente ontológica desigualdad de Oriente y Occidente”. [150]  Después, hubo otros que continuaron la labor de Sacy y Renan, como Edward Lane, con obras tan aparentemente científicas como “An account of the Manners and Customs of the Modern egyptians“, (1836). En ella, el autor se mostraba desapasionado y convincente en cuanto a exactitud de los datos, pero para Said el libro en sí no deja de  ser la muestra de una relación que sólo se daba en una dirección: “según ellos [los egipcios] hablaban o se comportaban, el observaba y tomaba notas”[p 160]. Said reflexiona que lo contrario no podía ser, pero además que, para retener la autoridad como observador, Lane debía de negarse a comportarse como tal Oriental y mantener una características propiamente occidentales; de esta forma, Lane suprimió de su estudio el contenido humano de su materia en favor de la validez científica de Occidente. Al igual que otros, “Al Orientalizar el Oriente, Lane no solo lo definió, sino que lo editó” [p. 167]. Said menciona otros casos interesantes, como Sir Richard Burton, autor de “Personal Narrative of a Pilgrimage to Al-Maddinah and Meccah” (1855-56) quien, si bien sentia una fuerte simpatía hacia los árabes y se sintió un rebelde frente a la autoridad moral victoriana, no dejó de verse también como un agente potencial de la autoridad de su país en el Este.

 

Con la época del imperialismo, el Orientalismo “llegó a ser sinónimo con el dominio europeo del Oriente” [p. 197]. Desde la época de 1880 fue formalizado y se convirtió en una copia de sí mismo, ayudando al dominio de estos pueblos y a la justificación de su dominio proveyendo “verdades” . Said, en esta parte, subraya una distinción interesante entre los Orientalismos,  el Latente y el Manifiesto, afirmando que cualquier cambio en el conocimiento del Oriente se encuentra casi exclusivamente en el Orientalismo Manifiesto, mientras que la “unanimidad, la estabilidad y durabilidad del Orientalismo Latente es más o menos constante”[206]. Se refiere también a la fundación de la Escuela de Estudios Africanos (SOAS, Londres) como una “gran obligación Imperial” y al fin del predominio franco-británico sobre el Orientalismo en los tiempos recientes, que pasaron la antorcha a los académicos estadounidenses.

 

A partir de los años 60 de este siglo, el Orientalismo, bajo  la influencia determinante estadounidense, fue pasando a ser una especialidad de las Ciencias Sociales. Estados Unidos infundió unas características especiales que aún siguen en la concepción del acercamiento a las sociedades asiáticas, como la especialización; el orientalista dejó de ser considerado un generalista, una persona con una gran cantidad de conocimiento que “al  formular una idea relativamente sencilla, digamos sobre gramática arábiga o la religión india […] seria entendido (y se entendería a sí mismo) como también haciendo una afirmación sobre el Oriente como un todo, por tanto, resumiéndolo.” [255]. Hay diferencias, por tanto, entre el conocimiento del Oriente en Europa y en Estados Unidos, pero  lo importante es el mantenimiento de la misma idea, con mayor unanimidad de la existente anteriormente y la persistencia del núcleo del dogma Orientalista, a saber, la absoluta diferencia entre Oriente y Occidente. Las abstracciones, señala Said, son preferibles al tratamiento de la evidencia directa, a la idea de eternidad y uniformidad de Oriente y al sentimiento, en definitiva, de que es algo que, en el fondo es, o de temer o bien para ser controlado. [pp. 300-301]

 

Interesantes las cuestiones que sugiere el libro de Said y remarcable su pesimismo cuando afirma que el Orientalismo florece  en los momentos en que escribía el libro, así como que el Oriente moderno, en pocas palabras, “participa en su propio orientalizamiento” [p. 325]

 

Como modelo de análisis, “Orientalism” es sugerente, sin embargo, sería conveniente matizar la validez de su estudio en relación con la zona de Asia-Pacífico. Comete un error cuando afirma que, a excepción del  Islam, el “Oriente” para Europa fue un territorio con una historia continuada de dominación occidental sin ser desafiada.  Ello le parece patente por la experiencia británica en la India, la de los Portugueses en las Indias OrientalesChina y Japón y la de las experiencias italianas y francesas en varios lugares de Oriente  y señala como un hecho ocasional de “intransigencia nativa” la expulsión de los portugueses de Japón en 1638-39 a cargo de “un grupo de cristianos japoneses.” [p. 73] Tras ello,   acaba afirmando que el Orientalismo lleva consigo mismo la impronta de una actitud problemática hacia el Islam. No sólo es un error que echaran a los portugueses de Japón un grupo de Cristianos (suponemos que se refiere a la rebelión de Shimabara en Kyûshu en 1637-38, que fue de Cristianos que se rebelaron contra la autoridad shogunal, pero los cristianos nipones nunca fueron los que quisieron echar a los portugueses -ni a los españoles), sino que la expansión europea fuera de la propia Europa no ha sido un camino de rosas en las áreas fuera de la influencia islámica.

 

No es necesario comentar este hecho, pero si ha de valer para cuestionar la propia validez del análisis de Said, puesto  que la idea del Islam como lo más temido por Occidente es básica  en el libro. Se refiere al mundo árabe y es éste tema sobre el que habla y escribe, junto con menciones esporádicas a la India (una región también con una fuerte identidad musulmana), pero por cuenta de esta mayor radicalidad del Islam se supone que su planteamiento ha de valer para otras regiones. Pero esta  extrapolación ha de hacerse con sumo cuidado. Cierto es que el concepto Oriental abarca también al antiguamente denominado “Extremo Oriente” y la Asociación Española de Orientalistas es un ejemplo claro de ello: admite miembros con intereses que van desde Marruecos hasta Japón.  No obstante, la reacción “extremo oriental” a los intentos de dominación europea no es que haya sido más moderada que la musulmana, sino que ha sido diferente.

 

Si bien los modos de resistencia musulmanes han sido más violentos, los de otros países asiáticos del área confuciana han podido tender a ser más oblicuos o bien a preferir una acomodación antes que a un enfrentamiento directo, pero en modo alguno han sido menos efectivos. Como ejemplo, están la independencia que han mantenido China, Japón e, interesante es decirlo, Thailandia, gracias en parte al balanceo que Bangkok supo mantener entre los “candidatos” a colonizar el país. Decir que la experiencia portuguesa en China ha sido pacífica es tener una visión muy superficial: fueron autorizados a implantarse en Macao porque con ello se beneficiaba también el propio Imperio Chino (de igual manera que si permanecen hasta 1999 es porque los propios chinos así se lo han pedido), pero de ahí a decir que los europeos hayan dominado sin resistencia, es una exageración que invalida, siquiera parcialmente, la Tesis de Said. La adecuación a los embates desde fuera ha sido muy diferente en las, enfaticemos,  muy diferentes partes del “Oriente” y en ese sentido Said hace un flaco favor a Oriente simplificándolo, asimilándolo o  poniéndolo bajo el liderazgo combativo del mundo islámico. Y si Said trata de evitar la generalización de los modos de Occidente por medio del Orientalismo, debe tener cuidado para delimitar su ámbito de actuación, porque cae en una especie  de Imperialismo al asimilarlo con el caso concreto estudiado por él;  “Orientalismo Islámico”, un término usado en alguna ocasión por él mismo, podría haber sido un título más apropiado.

 

El propio Said se da cuenta de que ese Orientalismo Islámico está retrasado con respecto a lo que él denomina como “otras ramas del orientalismo” y, ciertamente, algunos de los problemas que menciona del mundo árabe se dan mucho mas atenuados en Asia Oriental. Se queja de que no hay ninguna biblioteca de calidad en el mundo árabe, pero en Japón las hay y muy buenas; que no hay ninguna universidad ni ninguna revista científica de calidad en el mundo árabe, pero en Asia Oriental las hay, aunque obviamente Estados Unidos sigue siendo la “Meca” de los estudios de área. Said, en definitiva, quizás no debería haberse limitado a estudiar   la dialéctica histórica de la relación del Oriente -Medio o Cercano- con Occidente, sino que debía conocer también cómo se están liberando otros pueblos de la dominación cultural del Orientalismo. Japón o los Tigres asiáticos pueden ser un ejemplo.  Esperemos que en un futuro cercano los camellos vayan más deprisa. Tienen reservas, y mucha energía por utilizar.

 

Saikaku, Ihara, ed Fernando Rodriguez Izquierdo (2003) Amores de un vividor (REP)

Amores de un vividor Saikaku Ihara Prólogo, traducción y notas de Fernando Rodríguez-Izquierdo

Alfaguara, Madrid, 2003. 407 pp. En Revista Española del Pacífico, N. 17, Año 16, 2º Semestre 2004, pp. 189-190.

Yonosuke era un putero redomado, hablando en plata. Al cumplir los sesenta años [190] “no existía un barrio de putas en todo el ancho mundo que él no hubiera visitado” y, no contento con ello, acaba su vida embarcado con unos amigos en busca de Nyogo, la isla mítica repleta de mujeres. Amores de un vividor relata sus peripecias y sensaciones por el mundo flotante (los barrios chinos, en español) que incluyen no sólo las descripciones de las mujeres y los hombres que yacen con él, sino también el ambiente, las complicidades, las reglas internas y la forma en que subsistía una vida y un negocio que estaba oficialmente prohibido.

 

         Saikaku Ihara (el apellido antes del nombre en los japoneses, al menos hasta la Renovación Meiji), así, escribió una novela que trascendía el erotismo para mostrar los gustos de una sociedad emergente al son del progreso económico en el Japón Tokugawa. La pacificación del país había permitido el auge del comercio, que conllevo el de los chônin o ciudadanos, residentes en algunas de las urbes mas populosas del planeta, porque Edo (Tokio) rondaba los  800.000 habitantes y Osaka y Kioto 300.000 cada una cuando París o Londres no pasaban del medio millón. Además, sin el poder político de la nobleza ni la función administrativa y militar de los samuráis, los chônin desarrollaron una cultura propia, más centrada en los placeres mundanos y en el dinero, con obras literarias que se deleitan en el contraste entre los negociantes perspicaces  y los samuráis torpes o entre los vivaces visitantes de los burdeles y los presuntos pazguatos que apenas visitan el “mundo flotante.”

 

         Picaresca y llena de realismo, Amores de un vividor se centra más en los escarceos amorosos que en el resultado tangible y muestra, por una parte, la sensibilidad profunda y, por otra, las numerosas reglas que imperaban incluso en esos mundos tan dados a operar al margen de la sociedad. Yonosuke describe, por ejemplo, la repulsa hacia una mujer de la que sobresalía un palillo mondadientes en el pañuelo guardado en su seno, pero también el rechazo a que las damas de compañía comieran con los clientes, especialmente las de clases más altas, y las dificultades que ellas debían pasar por ello. Pero el tema sexual, en la literatura japonesa, no es ni una excepción ni el resultado de un momento concreto. Porque el protagonista del Romance de Genji del siglo XI, por ejemplo, también cuenta por miles sus actos de amor y, mas cerca de nuestro tiempo, a principios del siglo XX, la poeta Yosano Akiko vendió millones de ejemplares de un libro de poemas con fuerte contenido erótico, Midaregami, o pelo enredado.

 

         El libro que acaba de aparecer es la merecida reimpresión de un excelente trabajo publicado por primera vez en 1983, contemporáneo de otra traducción directa del japonés por otro de nuestros principales niponólogos, Antonio Cabezas (Hiperión.) Poeta, profesor y ganador en 1996 del premio Noma en traducción al japonés, Rodríguez-Izquierdo trata de conservar al máximo los numerosos significados del texto y los dobles sentidos de los retruécanos del texto original, con numerosas citas, mientras que Cabezas lo recrea con términos antiguos y símiles salidos de la Piel de Toro, evitando esas citas al máximo. El primero es más mesurado en los términos y  el otro escribe con desparpajo.  Pero las dos traducciones siguen siendo válidas, precisamente por su diferencia; son simplemente dos del sinfín de versiones de esta obra, cumbre de la literatura japonesa.

 

Sánchez Mantero, Macarro Vera y Álvarez Rey (1994): La Imagen de España en América, 1898-1931 (REP)

RAFAEL SÁNCHEZ MANTERO, JOSÉ MANUEL MACARRO VERA y LEANDRO ÁLVAREZ REY. La Imagen de España en América, 1898-1931, EEHA-CSIC, Sevilla 1994, 296 pp.

Publicado en Revista Española del pacifico, N. 8

Pocos han sido hasta la actualidad los estudios sobre la Imagen de España alejados del padrinazgo de la literatura; ha sido quizás más importante hasta ahora el estudio de la imaginería o conjunto de imágenes literarias usadas por un autor, escuela o época que de las propias imágenes o idea de la apariencia de una cosa fuera del campo literario. Y si este campo es propicio a las elaboraciones alejadas de la realidad, la vida real tampoco se escapa de elaboraciones propias tan alejadas de la realidad como las primeras.

Y si la imaginería es celebrada precisamente por su propio uso de la imaginación, las imágenes de los hechos reales son menos perceptibles, precisamente por estar aparentemente pegadas al hecho. Están en ocasiones configuradas por la propia imaginación, pero en otras ocasiones también por la necesidad de influir en la propia realidad. Así ocurre y ha ocurrido con la imagen de España, producto en unos períodos de la necesidad de acabar con su poder, tal como fue el origen de la Leyenda Negra, nacida primero en Italia y después traspasada y adaptada en la Inglaterra del siglo XVI. América, uno de esos lugares donde se daban esos ejemplos tan evidentes de la crueldad y la codicia de los españoles, ha sido estudiada también en el aspecto de las imágenes, y un grupo de profesores de Historia Contemporánea de la Universidad de Sevilla realizaron un estudio entre el período que va de la Crisis del 98 y la que llaman ellos Guerra de Cuba (curioso que no mencionen a Filipinas), hasta el advenimiento de la II República española, 1931. Para el estudio han utilizado cuatro tipos de documentación: textos escolares de Historia, relatos de viajes, Prensa, [623] seleccionando algunos hechos importantes (ejecución del anarquista Francisco Ferrer, asesinato del Primer Ministro Canalejas…) y lo que ellos mismos denominan «cajón de sastre». Estudian los países que han considerado los más importantes: Estados Unidos, Argentina, Perú, México, Cuba y Venezuela y dividen cada capítulo normalmente en tres partes según esas fuentes consultadas. A veces, no obstante, no se atienen al orden y en el caso de la Guerra del 98 en Estados Unidos se habla en la parte dedicada a los libros de texto usando documentación de prensa.

Las conclusiones que se pueden sacar del libro parecen interesantes porque hablan de una mejora fuerte de la imagen de España desde comienzos de siglo XX jugando con la figura de Alfonso XIII, quien fue visto por la prensa más influyente norteamericana (Times o The New York Times) como el símbolo de la España que buscaba modernizarse, ayudando de esta forma a disipar esa imagen de crueldad, de retraso y de decadencia del siglo XIX. Cada país tiene sus características en la imagen de España, motivadas principalmente por sus propias ambiciones nacionales y el factor que podía jugar lo español en ello: en Cuba se intentó separar lo español de lo cubano porque la presencia española representaba un problema de identidad realmente importante; en México se asumieron todos los extremos de la Leyenda Negra, pero después, por razones semejantes, ese «españolismo empezó a ser considerado como una defensa ante el yanki» [285] y en Estados Unidos hubo el sentimiento claro de que los españoles pertenecían a ese grupo de pueblos de latitudes inferiores, en los que la ética y la formación moral era menor: «Fue una suerte para nuestro país que los españoles desembarcaran primero en el Sur, dejando que la costa atlántica de Norteamérica fuese colonizada por los ingleses.» [p. 21]

Interesante, pero no concluyente, porque e libro carece de una base metodológica, o al menos los autores no citan ningún libro que hayan intentado seguir, a excepción de sus propias intuiciones. El uso de fuentes es un tanto errático y en el caso de Estados Unidos el uso de la revista Time y del diario New York Times, por ejemplo, parecen haber sido considerados por la mayor facilidad de acceso: el diario de Nueva York es el único con índices completos de artículos. Faltan cuantificaciones o aproximaciones que resulten comprobables: quiénes son los creadores de imágenes, qué libros influyen más por tener una tirada más grande, etc. Parece que eran los propios profesores los que querían confirmar sus propias visiones o «punto de vista particular sobre el tema, asunto, etc.». según afirma el Diccionario de la Real Academia Española.

FLORENTINO RODAO

Shohat, Ella & Stam, Robert (2002): Multiculturalismo, cine y medios de comunicación. Crítica del pensamiento eurocéntrico (REP)
Spence, Jonathan D. (2002): El palacio de la memoria de Mateo Ricci. Un jesuita en la China del siglo XVI (Clio)

Jonathan Spence, El palacio de la memoria de Mateo Ricci, Tusquets, 2002. En Clio

El palacio de la memoria de Mateo Ricci

Cuando el emperador chino Wanli recibió a Ricci y sus jesuitas, pidió que les hicieran un cuadro. Al verlo, afirmó: “Son huihui”, término referido normalmente a musulmanes de Asia Central, pero también a quienes estaban en los márgenes de la cultura china, como judíos o cristianos nestorianos. Con sus esfuerzos por evangelizar a través de numerosas privaciones personales, el religioso alcanzó un conocimiento de la cultura china al que nunca había llegado un europeo. Pero Ricci y sus jesuitas, a pesar de intentar adaptarse a las costumbres de las clases elevadas, fracasaron en su empeño religioso, porque China siguió percibiendo a los misioneros jesuitas como exóticos, como mostró Wanli al considerarlos “orientales” o huihui.

Spence, quizás el mayor experto en historia china, explica esta aventura en un libro asombrosamente bien escrito, estructurado de forma original y cautivadora que se lee con sumo placer. Contiene algunos errores marginales (España no se anexionó Portugal en 1580; San Francisco Xavier murió frente a la costa de China; confunde Cochin y Cochinchina) y se echa de menos algunos grabados, mapas o ideogramas. Resulta chocante la ausencia de bibliografía en español (a pesar de que el autor lo lee), un indicio de la escasa proyección de las aportaciones españolas, que habrían permitido comparar los logros de los adversarios de Ricci: franciscanos, dominicos o agustinos.

El jesuita italiano Mateo Ricci viajó en 1577 a Oriente para predicar el cristianismo. Con el fin de adquirir prestigio en una sociedad que valoraba la memoria, aprovechó habilidades nemotécnicas (de ahí el título, El palacio de la memoria) en boga en Europa. Spence describe el contacto entre el Occidente católico y China mediante las técnicas evangelizadoras de Ricci, dirigidas a la élite china, y las imágenes y dibujos de la Biblia que realizó. Compara así China y el Occidente católico a través de facetas como el Ejército, el comercio o el desarrollo científico.

 

Spence Jonathan D. (2004). “Una novela tan real como la vida misma, y viceversa.” La traición escrita. (ABCD)

Una novela tan real como la vida misma, y viceversa

 

La traición escrita. Una conjura en la China imperial

Jonathan SPENCE

Col. Tiempo de Memoria 37

Trad. Mabel Lus

Tusquets, Barcelona, 2004 (1ª ed. 2001)

353 páginas.

 

Es el sueño de todo historiador, su investigación leída como una novela. La entrega de una carta en 1728 a un gobernador provincial incitándole a dirigir una rebelión contra los Qing, la dinastía manchú reinante en China desde casi un siglo antes, obsesiona al personaje más poderoso del planeta en esos años, el emperador Yongzheng. La psicosis de conjura genera interrogatorios, la búsqueda de cómplices, el desarrollo de la investigación a cargo de una burocracia eficiente y estandarizada tras muchos siglos de ejercicio, y la difusión masiva de un libro rebatiendo las acusaciones. Y el lector vive el curso de los acontecimientos como si de una novela se tratara, preguntándose si la madeja llevará a nuevos acusados, cuál será el paso siguiente y, por supuesto, su desenlace final. El historiador reduce su papel a lo que más le gusta, la investigación, limitándose a describir el contexto y a ordenar la narración. Con los datos, basta.

 

Jonathan Spence, el principal especialista occidental en la historia de China, ha vuelto a reforzar su prestigio como autor, pero esta vez relegando su posición a un papel secundario. Se ha acoplado a las necesidades de la obra y ha escrito un libro sin florituras, con un lenguaje más cercano al de los jueces y las disputas legales, ofreciendo de su propia cosecha apenas los datos esenciales para situar la acción. Sólo se permite unos apuntes personales a raíz de lo que él mismo describe como el “clímax emocional” de sus investigaciones históricas, esto es, al describir el escenario de los acontecimientos tras haberlo visitado personalmente; su paisaje, las casas, y los senderos del distrito de Yongxing con los “bloques (¿mojones?) de piedra hincados” en la tierra para delimitar las propiedades.

Tratando un tema ampliamente conocido entre los especialistas de la historia Qing,La traición escritano trata un tema desconocido, ni es la primera aventura de Spence en tratar de mostrar el día a día de los chinos normales y corrientes de hace siglos. Incluso su biografía del padre de Yongzheng, Kangxi, es más un recuento de su formación personal que de las decisiones políticas que jalonaron su reinado, y hace algo más de una década publicó otro excelente libro, La muerte de la mujer Wang, sobre una adúltera que pagó una escapada amorosa con su vida, también en los comienzos de la era Qing (1644-1911). También otros historiadores han reconstruido la vida cotidiana, Jacques Le Goff, Georges Duby o Ray Huang, para la dinastía Ming, la previa a los Qing, pero LaTraiciónEscritadestaca especialmente por su narrativa fluida y Spence por su capacidad de encontrar los temas que más atraen al lector.

 

A través de las páginas del libro, el ritmo de la narrativa es cambiante pero incluso en las desviaciones del argumento principal nunca falta la oportunidad de aprender, ya sean citas de los clásicos (Confucio a un funcionario: “Esta es una de las cosas por las que me disgustáis vosotros, los que siempre tenéis una respuesta”) o refranes (“La verdadera virtud es tan ligera como un pelo de la barba, pero pocos de nosotros pueden [sic] elevarla”). Son interminables los temas que saltan a lo largo de la páginas del libro, desde los vaivenes de los intelectuales ante las presiones del poder, colocando en la lista negra a uno de los estudiosos más brillantes, Lü Liuliang, a la trascendencia del texto frente a la palabra, recordando por un lado la teoría de las comunidades imaginarias de Benedict Anderson y, haciendo pensar, por el otro, la invalidez de nuestra ecuación de la imagen que vale más de mil palabras cuando la escritura es en ideogramas, mucho más expresivos que nuestro universal abecedario. El absolutismo, no obstante, es el más recurrente. El emperador chino ha sido un ejemplo recurrente de déspota, capacitado para hacer y deshacer según su propio capricho, tal como fue expresado por Karl Wittfogel en su  famoso El Despotismo Oriental, donde asemejaba los regímenes soviético y maoísta. Pero el retrato de Spence del absolutismo de  Yongzheng refleja multitud de matices adicionales, porque bajo ese poder teóricamente absoluto en sus manos, junto con su crueldad ante aquellos que le hacían dudar de su lealtad, el emperador siempre se cuidó de buscar la ratificación y el apoyo moral entre sus súbditos. Los funcionarios tampoco dudaron en proclamar manifiestos conjuntos en contra de la opinión imperial e incluso en ocultarle información, aun cuando la solicitaba y no sólo no fueron represaliados por su disidencia con la opinión imperial,  sino que el siguiente emperador acabó dándoles la razón. En China, la existencia de una burocracia estatal culta y desarrollada a lo largo de los siglos contrarrestó la tendencia al absolutismo, algo que no pudo evitarse en el Sudeste de Asia, tal como apunta Anthony Reid en su ya clásico The Age of Comerce,donde el absolutismo cada vez más agobiante en sus pequeños reinos a lo largo del siglo XVII provocó un marasmo irreversible que desembocó en un declive de su riqueza y, pasados los años, en su colonización.

 

Spence sabe bien las argumentaciones sobre el absolutismo en China y Wittfogel, precisamente, es uno de los personajes más citados en su libro dedicado a las visiones de China, El Continente del Gran Khan. Por eso, quizás, prefiere indagar otros derroteros, tales como la traición, la obsesión por la disidencia y el espionaje, tal como sugiere en la cita con la que comienza el libro.  Si la entrega de una carta, que no era sino un manifiesto opositor, sacó de quicio a la burocracia, fue el pavor a mostrar el más mínimo resquicio de duda en la lealtad al emperador. El receptor, el general Yue Zhongqi no dudó en enviar tres correos urgentes sucesivos a la capital (1400 kilómetros recorridos en seis días, por cierto) con cada nuevo dato con el fin de disipar cualquier duda ante un emperador obsesionado con su legitimidad y por el espectro de los enemigos, los suyos y los de su dinastía. Pero la psicosis de conjura en La Traición no fue un caso exclusivo del reinado de Yongzheng (atender a un príncipe es como esperar encima de un tigre, se dice en China), ni tampoco de los Qing, sino que ha llegado al siglo XX, e incluso se revitalizó con Mao Zedong. El rebuscamiento de la más mínima incongruencia al declarar, el castigo a familiares e incluso vecinos, las acusaciones por cálculos remotos y la obsesión por el más leve atisbo de disidencia son también reflejados en el libro de Jun Chang, Cisnes Salvajes, y en los  múltiple relatos (de mujeres, casi sin excepción) publicados a raiz de ese tan inesperado éxito editorial. Los juicios contra disidentes o contra simples cabezas de turco, antes y durante esa lucha de facciones que se sigue llamando Revolución Cultural, muestran un temor a “la traición” entre los gobernantes que llega a ser, en algunos casos, patológico.

El Spence”

 

Pocos historiadores tienen tanto prestigio y suscitan tanta unanimidad como Jonathan Spence, especialmente a raíz de haber escrito el libro de referencia sobre la Historia de China, The Search for Modern China. Su reconocimiento es tan amplio que suscita la envidia de los especialistas de otros países, como los de Japón, que en los foros de discusión debaten sobre cuál sería “el Jonathan Spence de la historia japonesa.” La colección de lecturas diseñada para acompañar la última versión de The Search…además, ha añadido frustración adicional a los demás.

Fuera del mundo académico, las dudas de Spence hacia La Ciudad de la Luz, la obra que presuntamente escribió el mercante judío Jacobo de Ancona tras haber visitado China  en 1271, llevaron a que la editorial Little, Brown & Company decidiera no publicarlo en Estados Unidos. Y también menoscabaron su difusión en España, donde a pesar de que la editorial mostró menos tapujos, La Ciudad de la Luzha acabado vendiéndose de saldo. El prestigio le ha dado un poder que, no obstante, se le antoja excesivo y el propio Spence ha decidido dejar de publicar reseñas.

Spence, Jonathan D. (1998): The Chan’s Great Continent. China in Western Minds (PolExt)

Jonathan D. Spence, The Chan’s Great Continent. China in Western Minds. New York & London, W.W. Norton, 1998. 279 pp. Política Exterior, N. 71, pp. 157-159

 

Si hubiera que citar un historiador sobre China, tras el fallecimiento de John K. Fairbank, Jonathan Spence, profesor de la Universidad de Yale y autor del celebrado estudio histórico In Search of Modern China (1990) sería el más señalado en la actualidad. Así, amparado en su gran prestigio, Spence se ha decidido a ampliar esa historia de China desde una perspectiva complementaria, a saber, a través de los relatos que han llegado a Occidente sobre el país central. Le sobran conocimientos y estilo literario a Spence: no sólo conoce mejor este país que fascinó a tantos occidentales y por tanto puede comparar mejor la veracidad de sus relatos, sino también sabe regodearse en la escritura y hacer que el lector disfrute con la lectura. El libro no se hace en ningún momento aburrido porque Spence introduce al lector en las descripciones y en los narradores, y sabe provocar el interés –humano en unos casos, científico en otros- de los relatos escritos sobre China desde Marco Polo. Si algunos libros de académicos pueden ser acusados de aburridos, no es éste el caso, y así se demuestra también en la gran difusión y ventas que se están consiguiendo.

The Chan’s Great Continent está dividido en doce capítulos temáticos donde se analizan una cincuentena de narraciones sobre China. Algunos de sus autores estudiaron profundamente el país, otros ni siquiera lo han visitado y la mayoría no ha conocido su idioma, pero todos los textos han influido fuertemente en la visión occidental sobre este país. Desde los primeros contactos, los relatos continúan con los esfuerzos ibéricos por implantar el catolicismo, con las visitas de embajadores múltiples en busca de concesiones comerciales, con las interpretaciones de intelectuales varios buscando en China soluciones a los problemas de la humanidad, acabando con las novelas de escritores que simplemente han aprovechado la visión de este país para dar rienda suelta a su imaginación y a sus dotes literarias. Spence, además, ha hecho un esfuerzo por abarcar las diferentes visiones de China que es posible ver desde perspectivas no contempladas normalmente, como es el caso de las mujeres o de los guetos chinos en Estados Unidos a fines del siglo pasado y principios de este.

Es necesario señalar, no obstante, que no es un libro académico. Aunque el autor sea un gran conocedor de China, en esta ocasión ha preferido escribir un texto descriptivo en el que brillan por su ausencia los análisis, las conclusiones o las lecciones para el futuro. Habiendo partido el libro de unas conferencias ofrecidas en su universidad, Spence escribió sus capítulos con el objetivo de divulgar, señalando incluso en el prólogo que las citas y el aparato bibliográfico lo ha incluido con posterioridad. La única investigación en el libro, de hecho, es a propósito de la polémica sobre si Marco Polo estuvo realmente en China, pero ya fue publicada hace algún tiempo en el semanario Far Eastern Economic Review.

Las críticas, por tanto, han de ser pensando que el objetivo del trabajo no ha sido ni escribir el libro definitivo, ni siquiera hacerlo representativo de esas visiones occidentales sobre China. No incluye la visión de los Afro-americanos, ni la de los Latinos, y el único europeo oriental que aparece analizado es Kafka, a propósito de su novela “La Gran Muralla China **cuidado, no estoy seguro del titulo. En aleman, Beim Bau der Chineshischen mauer, 1917**. La gran mayoría de la bibliografía utilizada, con la excepción de algunos textos en francés, ha sido utilizando traducciones al inglés y ello, por ejemplo, ha motivado una escasa atención a los textos escritos por españoles, Spence relaciona poco acontecimientos europeos, como la Revolución Industrial, con el cambio de su visión hacia China, menciona sólo de pasada la Querella de los Ritos [las dos visiones diferentes de cómo cristianizar China, entre jesuitas y las demás órdenes religiosas] en un capítulo posterior y descansa excesivamente en estudios de otros autores, hasta el punto de que en ocasiones su relato parece un resumen de las monografías citadas.

Pero si los objetivos científicos del libro son limitados, los divulgativos superan con mucho las anteriores carencias, ya que conseguir ofrecer los conocimientos a un público tan amplio y de una forma tan amena es un gran acierto. Además, el trabajo es una clara invitación a profundizar en la importancia de las percepciones para poder entender y ser entendidos en este mundo en que vivimos. Porque China ha cambiado mucho a lo largo de los siete siglos desde las primeras referencias que llegaron a Europa, pero las visiones sobre ella han cambiado más aún. Y no ha sido tanto en función de las diferentes planteamientos ideológicos o religiosos, sino de los cambiantes objetivos para la propia sociedad occidental que se deseaban conseguir con esas visiones. Así ocurre en el caso del portugués Fernão Mendez Pinto en el siglo XVI, cuyo relato sobre China es calificado por la persona que ha compilado sus obras, Rebecca Catz, como “subversivo” y como uno que “engañó a sus compatriotas y amenazó los fundamentos mismos de su sociedad”. Y es que los relatos de China hay que interpretarlos más en función del que escribe que de lo que se describe. Tal como señala Italo Calvino en su novela Ciudades Invisibles, en una conversación imaginaria entre Marco Polo y su anfitrión chino, Kublai Khan, “**It is not the voice that commands the story: it is the ear”. La visión occidental de China está sobrada de volubilidad y de exoticismo porque desde Occidente se está poco interesado en buscar otras facetas. Ciertamente, es un problema sin solución fácil. Por ello, quizás, su próximo trabajo podría ser sobre la visión china de Occidente. Seguro que nos ayudaría a relativizar nuestra posición en el mundo. A todos, tanto a los chinos del “país central” como a tantos occidentales que se sienten el ombligo del mundo.

 

Sylvan, Donald A. & James F. Voss, eds. (2001): Problem Representation in Foreign Policy Decision Making (REEI)

David J. STEINBERG (Comp.). ”In Search of South East Asia. A Modern History”, Sydney, Allen & Unwin, 1987. 590 pp.   En    Boletín de la Asociación Española de Orientalistas, 1989

Si bien la delimitación geográfica del Asia Suroriental está claramente definida -al Este de la India y al Sur de la China-, su identidad cultural es más difusa; en la labor de definir esta identidad  se encuentra el libro reseñado, contribuyendo al diálogo entre el conocimiento del pasado más reciente y la realidad actual, como aportación de la Historia para la construcción del futuro. Dos factores principales consideran los autores que han configurado esta identidad cultural del área, dando así una unidad dentro de la diversidad

que parece dominarle: La gran cantidad de influencias que ha recibido la región a lo largo de su historia, las cuales ha sabido adaptar y aportar a sus propias características, y  la equilibrada relación ecológica entre la tierra y el hombre, con una cierta similitud en la flora, fauna y clima, sin aglomeraciones humanas masivas y con semejantes tipos de labores de la tierra en el aérea al que nos referimos. El estudio conjunto de su historia en la edad contemporánea, como tal área geográfica, ha de centrarse no tanto en el proceso de modernización de esta región como en su adaptación a las nuevas circunstancias externas, y en esta labor se encuentran los autores del libro.  ”En Busca del Asia Suroriental “es un estudio conjunto de siete profesores angloparlantes, de diferentes universidades, compilado por el filipinista David J. Steinberg. Es una reedición revisada y ampliada del libro que apareció, por primera vez, a principios de la década de 1970, considerándose indispensable para el estudio de la historia contemporánea del Asia Suroriental. Su organización es temática, con el fin de permitir la evoluciá¢án de las sociedades y de analizar el proceso de cambio sobre una base regional. Analiza, en primer lugar, la sociedad tradicional existente en la región hasta el siglo XVIII para pasar años nuevos desafíos a la antigua autoridad, a saber, los cambios estructurales que se van dando en los distintos territorios, producto de la situación emergente en la región entre finales del siglo XVIII y los principios del XIX, debida tanto a la mayor agresividad occidental como a la caducidad de las formas antiguas. La parte tercera se ocupa de la transformación económica y política que las épocas del Imperialismo y el Colonialismo generan en estos territorios y, la cuarta, del cambio social que esta transformación produce, cuyo principal resultado llega a ser la emergencia del nacionalismo. Por último, el libro estudia la nueva situación creada en Asia Suroriental,

tras la II Guerra Mundial, conflicto que tan rápida y profundamente ha afectado a la historia de esta región: sus tres años y medio de duración destruyeron los fundamentos en que se basaba la era colonial e hicieron a los pueblos pensar en un futuro en el que debían decidir ellos mismos. Tanto la última parte, como la bibliografía y otros capítulos están reescritos. También se incluyen mapas, apéndice sobre la transliteración de las lenguas de la región y un interesante glosario de tá‚árminos.         

   A pesar de la imposibilidad de algunos autores para la consulta directa de las fuentes primarias, este libro puede ser considerado como fundamental para el estudio de la historia reciente de los países del Asia Suroriental, tanto por la visión general que ofrece como por los análisis particularizados de cada país. En espera de que los mismos asiáticos tengan una iniciativa semejante, en el libro ”En Busca del Asia Suroriental“, aún elaborado por occidentales, se escribe una historia de la región considerándola como su sujeto principal, con personalidad propia y no como un apéndice de la historia occidental. Un paso que, no por elemental, deja de ser muy importante.

Tanaka, Stephan (1995): Japan's Orient. Rendering Pasts into History (REP)

TANAKA, Stephan: Japan’s Orient. Rendering Pasts into History. Berkeley, University of California Press, 1995, 305 pp. Reseñas sobre Asia Oriental en REP 10

Desde que Edward Said publicó su libro Orientalism (1978), los estudios de académicos de países presuntamente más desarrollados sobre los que no se consideran así han sido interpretados a través del prisma de su teoría: al estudiar los países orientales, se les estudia primero como tales países orientales o inferiores y después como científicos. El poder colonial influyó y se retroalimentó de los argumentos provistos por la ciencia para justificar ese dominio sobre otros pueblos y la situación continua de alguna forma en la actualidad. La palabra Oriente desde entonces ha adquirido un tinte peyorativo y la calificación de Orientalista ya no es aceptable entre los círculos académicos por denotar una visión subyacente de superior a inferior en la visión de los pueblos orientales, sin intentar adoptar una postura más igualitaria. Un buen número de trabajos han aparecido desde entonces siguiendo en la brecha, siendo el caso más llamativo el de dos libros titulados Occidentalism, publicados casi simultáneamente por dos ramas de la misma editorial, en el Reino Unido y en Estados Unidos.

Stephan Tanaka es otro de estos seguidores de la influencia de Said, que en su libro Japan’s Orient intenta desarrollar esa interpretación en un aspecto peculiar, el de los japoneses. Tras la renovación Meiji, Japón primero conquistó su independencia a base de buenas inversiones en armamento y en esfuerzo por aprender las técnicas occidentales, pero una vez conseguido este primer objetivo siguió el camino de Occidente esforzándose en construir un Imperio. Al igual que Occidente, Japón se esforzó por justificar ideológicamente sus ambiciones, primero se distanció de esos países que seguían aparentemente estancados y después pasó a buscar datos empíricos para reafirmar esa separación suya del Oriente. Al igual que los románticos en el siglo XIX buscaron sus orígenes en civilizaciones antiguas, en parte también como forma de separar el presente del pasado inmediato, Japón buscó orígenes que demostrasen lo que sus ambiciones hacia el exterior decían que tenían que demostrar.

Tanaka analiza este esfuerzo académico-cultural con objetivos políticos a través de un historiador japonés relativamente poco conocido, Shiratori Kurakichi profesor de la Universidad Imperial de Tokio. Sus escritos sintetizan la contradicción de intentar sacar a Japón de ese Oriente usando los mismos métodos de conocimiento científico o epistemología de ese Occidente que le había situado en el Oriente. Su evolución marca también la de esas ambiciones políticas japonesas y de aquí viene la división del libro en dos partes principales del trabajo «Encontrando una equivalencia» y «creando la diferencia». La primera [202] parte del libro trata de esos esfuerzos por equipararse con Occidente, cuya expresión más clara son los estudios destinados a explicar la historia de Japón dentro de las leyes históricas generales y a refutar la idea de que coreanos y japoneses tenían un mismo tronco genealógico. Como consecuencia de ello, Kume Kumitake, por ejemplo, se esforzó por datar el comienzo de la Historia de Japón (señaló los años 69 a. C. y 42 d. C. para el reinado del Emperador Jimmu) e Inoue Tetsujirô buscó unas raíces malayo-polinésicas al pueblo japonés, lo que le sirvió para afirmar que la tesis de la similitud entre los japoneses y los mongoloides había sido creada por Occidente para sugerir la inferioridad de los japoneses. La segunda parte del libro parte de la creciente seguridad de Japón a raíz de la victoria frente a los rusos en la Guerra de 1904-05, tras la cual, el sentimiento general era que, ya que habían ganado la decisiva guerra, los japoneses tenían derecho también a definir la historia.

Shiratori tuvo la característica principal en sus estudios de una preocupación por la metodología, basada en la influencia que los historiadores germanos tuvieron en su formación. Pero los objetivos fueron semejantes porque sus trabajos también estuvieron destinados a un fin nacional semejante: basó el origen del progreso de Japón en la presunta fuerza progresiva y estabilizadora del gobierno antiguo llamado matsurigoto, donde el emperador funcionaba como patriarca religioso y como gobernante. Participó también en la polémica sobre la localización del prehistórico reino de Yamatai, en cuyo trasfondo estaban no sólo la equiparación de Japón con el sistema imperial sino también la negación de las raíces genéticas de los japoneses con los coreanos, los chinos o los malayo-polinésicos. También Shiratori, como muchos intelectuales japoneses, buscó en el confucianismo proclamar no sólo la «orientalidad» de Japón (como oposición al egoísmo y a los problemas generados por el sistema occidental), sino para proclamar que habían sabido usar sus enseñanzas para crear una sociedad armoniosa, al contrario que su padre intelectual, Shina, el anciano país al que tenía el deber de ayudar como una obligación inherente a la piedad filial proclamada por este pensamiento. A partir de la década de 1920, la Historia en Japón vivió la misma autocomplacencia que el resto de la sociedad. Shiratori se esforzó, así, en presentar cada vez más a Occidente como ejemplo de lo que no se debía ser, por una parte, pero también por cuantificar y buscar argumentos a la especificidad o la unicidad de Japón, autocalificándose como el país con el carácter y la juventud suficientes como para sintetizar las culturas oriental y occidental y establecer una cultura mundial más integrada.

En esta búsqueda, el concepto principal utilizado por los japoneses es el que se podría asemejar a Oriente en japonés, Tôyô. Pero su vocabulario tenía la particularidad respecto a otras potencias imperialistas del momento de que también incluía la palabra seiyô para denominar a los países occidentales, entre las cuales Japón tampoco estaba incluido. No se consideraba ni de uno ni de otro campo. También resulta clave el concepto de Shina como ejemplo de lugar enfangado en el pasado y como el contraste más obvio con la nación moderna que se consideraba Japón. Ninguna palabra está libre de connotación, [203] como tampoco lo está la actual que representa China, Chúgoku [país del medio], proveniente de una idea china de centralidad en el mundo que expresa más sus propios deseos que su posición real en el mundo.

El libro intenta reflejar, en definitiva, el proyecto de definir Asia a través de la biografía intelectual del historiador Shiratori, del discurso de Shina y del concepto de Tôyô. Expresión del esfuerzo por establecer a Japón como la autoridad en Asia, nos lleva a comprender la Guerra del Pacífico como el resultado de la competición de dos sistemas conceptuales que expresaban dos ambiciones de dominación que acabaron siendo totalmente incompatibles. El poder, bien se sabe, es difícil repartirlo cuando se ambiciona tenerlo del todo.

FLORENTINO RODAO

América

 

Tanaka, Yuki (1996): Hidden Horrors: Japanese War Crimes in World War II (H-Net)

Yuki Tanaka. Hidden Horrors: Japanese War Crimes in World War II. Colorado: Westview Press, 1996. xix + 267 pp. Illustrations, notes, index. $39.00 (cloth), ISBN 0-8133-2717-2; $19.95 (paper), ISBN 0-8133-2718-0.

Reviewed by Florentino Rodao, Department of International Relations, Universidad Complutense de Madrid.

Published by H-Japan (August, 1997)

War crimes and atrocities are arguably the most important issue to emerge from the Pacific War still open to further interpretation. Until the 1980s, the lack of reliable documents left accounts of those crimes to rumors, press reports, witnesses’ memories and stories recounted in books, partly not directly experienced and surely magnified to some extent. Today, new documentation and files are being opened to researchers, and in near future most of the relevant papers yet to be declassified may be avalaible in the near future. This is very good news for scholars, who will now be able to get a definite evidence of those crimes, and will have a chance to assess guilt and responsibility more properly–although we may never be able to understand what went on the minds of those who participated. With regard to the Second World War, John W. Dower recalls in the foreword the difficulty “to truly imagine its extraordinary breadth and grasp its tangled imperatives and psychopathologies.”

While the interest in this documentation can sometimes be reduced to specialized groups or to curiosity, war crimes and brutalities committed during WWII remain a popularly important issue–the Lipinsky resolution at the American Congress is the latest example. Such pressure can be a burden for scholarly work, and the author, Yuki Tanaka, has already experienced some of it, as we can learn by what he refers to in his acknowledgments. After a conference presenting one of the book’s chapters, he was the object of “nationwide” (p. xvii) criticism concerning the veracity of his accounts on misconduct by some members of the Australian occupational forces in Hiroshima.

The author’s arguments were reinforced by a former Australian soldier in his wartime diary, but this help should have been only a temporary lull; after all, no reference is made in history books mentioning Australians in Hiroshima–and this is the origin of the critique. The author does not elaborate further on the criticisms he received, but surely they reflected doubts about the capacity of a Japanese to make a objective study of crimes committed by his compatriots: being Japanese is an additional burden if you want to write for other audiences.

Hidden Horrors, however, is a well-researched and balanced book. Its scholarly achievement cannot be dismissed by having been written by a Japanese. On the contrary, it benefits from a large Japanese bibliography, although for the books translated into English he should have mentioned and quoted the translations. This being a book on Japanese War Crimes on Australian territory, he has researched extensively in the different branches of the Australian National Archives and in the Australian War Memorial, as well as in the U.S. National Archives and the Japanese National Diet Library, using also published sources from the Defense Agency (or Boueichou) and the “Centre for Research and Documentation on Japan’s War Responsibility,” whose location and Japanese name the author fails to mention. Also, Tanaka has met some survivors in 1992, and uses interviews from television programs. Predictably, some of those informants, including former Formosan guards, preferred not to discuss their roles during the conflict.

The book was previously published in Japanese in 1993 under the title Shirarezaru Senzou Hanzai (subtitled in English: What Japanese Forces Did To Australians). From John Dower’s foreword we can learn that Japanese was a shorter version, but there is no indication by Tanaka as to what parts or which topics were enlarged. Certainly, he did not spend much time in modifying the bibliography, because titles of books in Japanese are never translated and appear only in Roman script. The book also lacks a few additional pages indicating Japanese names and concepts in kanji and roman script.

Tanaka claims as his aim in investigating the war crimes his desire to master the past, meaning this not only comprehend the events but also exercise moral imagination, something that “requires us to take responsibility for past wrongdoings and at the same time stimulates us to project out thoughts toward the future through the creative examination of out past.” And to achieve this fully comprehension he aims at, the chapters of the book are a selection of different types of crimes, each with a interpretation or explanation suggested for why they happened.

In the first two chapters he refers to the Sandakan POW Camp in Borneo, where no survivor remained as a consequence of the deliberate policy in the last months of the conflict to eliminate all POWs. Out of 2,000 detainees sent to build and repair an airfield at Northeast Borneo, only six were able to recall the experience later becuase they managed to escape. The decision to eliminate all the detainees seems to come from the attempt to destroy all evidence from the atrocities committed there, although the most important historical lesson, Tanaka says, comes from the extreme cruelty of the Japanese armed forces, particularly if we compare it with wars held by Japan during the Meiji period. Then the book goes on to analyze how the POW policy of the Japanese Army allowed such an extreme case. Tanaka traces failures up to the beginning of the war, when the detainees were relatively well treated: they were given a salary for their work and allowed leisure time and a canteen, following the Geneva Convention, and recalls that already in 1942, during the first year of the war, a plan was implemented to exploit POWs for military labor, even though this contravened agreements already accepted by Japan, although not signed. “The Japanese forces effectively treated POWs as equivalent to military supplies,” Tanaka writes (p. 71), and when the prisoners became useless once the airfield stopped reparations after every bombardment, they were disposed of, regardless of other considerations.

In a similar way were treated the ianfu (“confort women” or “sex slaves”), part of the second topic he addresses: the Japanese experience on rape and war. While much research has been done, Tanaka focuses on military nurses, and guesses unconvincingly about the different way one group Australians were massacred by Japanese soldiers: men were bayoneted individually and their bodies were left on the beach while women were driven into the sea and machine-gunned as a group. Although the account given by the only nurse to survive the massacre does not mention it, the author surmises that some of those massacred were raped and therefore the “Japanese intended to eliminate these women from the battlefield” (p. 88). The possibility that the Japanese soldiers were the same ones who raped and and murdered British nurses in Hong Kong two months before reveals Tanaka stepping on shaky ground, particularly when he raises as almost certain the possibility that the survivor nurse tried to save her dead colleagues from the disgrace of benign known as victims of rape. This possibility cannot be denied, as well as the possibility that the survivor nurse was also raped, but this can only be a guess at best and there is no further evidence for elaborate conclusions. Tanaka continues, giving data on the already demonstrated impossibility “to deny that the Japanese military was directly involved was directly involved in organizing comfort houses and recruiting women to work in them” (p. 97); he concludes that the difference between sexual abuses in the War in Europe and those in the Asia-Pacific War is that in Europe relevant decisions were made by those on the ground, while in Japan top officials seem to have been responsible.

Later on, referring to “The Universality of Rape in War,” he suggests that predisposition to rape could have comparative ramifications with soldiers of different armies: data of reported cases of rape from the area around Yokohama in the period just after the war leads him to state that “the scale of rape by U.S. forces was comparable to that of any other force during the war” (p. 103); he obviously suggests, without mentioning explicitly, the Japanese army. This army also “is not the only force to have used or condoned rape as a device for maintaining the group aggressiveness of soldiers” (p. 108); sexual abuses committed in former Yugoslavia can indicate Tanaka is right. He also mentions compelling psychological reasons to explain gang rapes, which are the majority in times of war: “The need to dominate the ‘other,’ the enemy, is imperative in battle with other men […] The violation of the bodies of women becomes the means by which such a sense of domination is affirmed and reaffirmed” (p. 107).

Accounts on cannibalism, the third topic he refers to, are probably the most painful to read, in spite of the lack of direct witnesses. The existing reports make clear that its practice “was something more than merely random incidents perpetrated by individual or small groups subject to extreme conditions” (p. 126) and Tanaka classifies it as a sort of general “group-survival cannibalism” driven by starvation, although there are some references to cannibalism during the first months of the war, on the so-called Kokoda Trail in present-day Papua New Guinea. Tanaka highlights the fact that “discipline was maintained to an astonishing degree” (p. 127), this being the reason for some soldiers to participate in order to avoid being seen as traitors to the group solidarity or even, in some cases, to avoid being eaten themselves by their own companions. It’s understandable the collectivist psychological tendency by which an individual in a closed group feels obliged to accede to group pressures, however, Tanaka should have elaborate further on the reasons for that group solidarity became so paramount so as to make cannibalism a form of “bonding.”

Hidden Horrors also includes a chapter on biological warfare plans. As they were held mainly in the Chinese front, the book can add little significant data in relation to recently published books like Unit 731.[1] However, it’s important to know that although the Pacific front was apparently avoided of biological warfare, plans were made and soldiers were trained for its eventuality. Experiments were made at Rabaul on POWs to test if a kassava diet could help someone survive (a concern because of the lack of rice); prisoners were also, however, injected with poisons and viruses. The enormous rate of deaths among Japanese soldiers due to starvation and tropical diseases made doctors think that experiments might have been performed on soldiers, named Maruta, as in Nazi Germany. POWs became “military supply” areas, and served for Tanaka as another example of the way in which “[t]hose who are guilty are often the victims of war crimes themselves” (p. 134). Victimizers and victimized, a topic that appears occasionally along the book and that is also mentioned often by John Dower.[2]

The last chapter is another example of crimes in situations difficult to comprehend outside the context of war. Tanaka refers two different massacres of civilians, one of sixty persons (mostly German clergymen and Chinese) aboard the Japanese ship Akikaze in March, 1943, and another of thirty-two (twenty-three Australian civilians and nine German clergymen) in Kavieng, New Ireland, in March, 1944. Tanaka focuses on Japanese soldiers’ feeling that they were having their last days as a result of an foreseen allied attack that never happened: the order of no surrender left them little choice but death. There was no other option than gyokusai (translated by Tanaka as “glorious self-annihilation,” although John Dower in its War Without Mercy avoids this significance and prefers to indicate the meaning of its ideographs: “jewel smashed”)[3] and detainees were regarded as a hindrance to be avoided. Tanaka blames this massacre to the fact that “the concept for basic human rights, in particular for individual lives, was lacking among Japanese soldiers,” and probably is right in it: Japanese soldiers did what they thought would be done to them had the positions been reversed.

The five different examples allow us to understand the level of brutalities committed by the Japanese Army and help to explain why the death rate for POWs under the Japanese was seven times that of POWs under the Germans and Italians; for starvation and diseases in tropical countries cannot be the only explanation. The book is a good selection of some extreme cases providing fruitful insights into the “emperor ideology” that dominated in Japan during this time. Tanaka tries to separate this ideology from former periods in Japanese history, showing a clear example of the corruption of the concept of Bushidou at a time when the samurai class concepts that had been maintained along the nineteenth century had deteriorated so that soldiers had to be imbued with “fighting spirit.” Ideological pressure produced a blind obedience that went much further than the loyalty needed by a bushidou warrior from former times. Japanese soldiers also suffered from a radicalization, evidenced by Japan’s decision to start a war without having plans on how to end it or to occupy New Guinea, for example, without further knowledge on the territory.

Tanaka concludes that Japanese soldiers became also victims, aggressors and victims at the same time. Certainly, this exercise of moral imagination can be a good way to grasp the intricacies and the common features of the brutalities narrated in the book, as well as many other massacres all around the world. However, probably this conclusion will be of little consolation to those whose role was limited to be only victims.

And although Tanaka focuses on brutalities of Japanese soldiers as being humans, we can understand better Japanese culture by learning about this kind of behaviour in critical times, when continuities and ruptures do occur at the same time. Hidden Horrors recalls that discipline was maintained through eating human flesh, which is probably a ritual difficult to find in other countries’ soldiers. Thinking nobody would break up the pact of silence among soldiers made just after the war to avoid the Allies to learn the truth (and punishment), a religious ceremony was held at the ship after the sixty killings; likewise, it was suggested that the POWs in Borneo sign contracts, pledging they would not attempt to escape–further examples of a way to deal critical moments by men with an specific background. Understanding Japanese culture needs a creative examination and the book can help us to do it.

Notes

[1]. Peter Williams and David Wallace, Unit 731: Japan’s Secret Biological Warfare in World War II (New York: Free Press, 1989).

[2]. John W. Dower, Japan in War and Peace (New York: New Press, 1993), p. 51.

[3]. John W. Dower, War Without Mercy: Race and Power in the Pacific War (New York: Pantheon Books, 1986), pp. 231-233.

ibrary of Congress call number: D805.I55 T3613 1996

Subjects:

  • World War, 1939-1945 — Indonesia — Prisoners and prisons, Japanese
  • Australians — Indonesia — Crimes against
  • Japan — Armed Forces — Asia, Southeastern — Attitude

Citation: Florentino Rodao . “Review of Yuki Tanaka, Hidden Horrors: Japanese War Crimes in World War II,” H-Japan, H-Net Reviews, August, 1997. URL: http://www.h-net.msu.edu/reviews/showrev.cgi?path=17281875138481.

Tusell, Javier (1995): Franco, España y la II Guerra Mundial. Entre el Eje y la Neutralidad (REP)

Javier Tusell.- “Franco, España y la II Guerra Mundial. Entre el Eje y la Neutralidad“. Madrid. Ed. Temas de Hoy, 1995. 709 pp. REP, vol. V, pp. 306-307.

 

Un libro fundamental ha sido publicado recientemente sobre la II Guerra Mundial y la participación española en ella. La personalidad de Javier Tusell, catedrático de Historia Contemporánea de la UNED y su considerable cantidad de libros y artículos sobre el franquismo en general y sobre la participación española en la Guerra Mundial en particular, hacían especialmente deseable una monografía dedicada exclusivamente a este tema. La utilización extensiva de archivos públicos y sobre todo de algunos privados (en especial, haber podido consultar el diario privado del Conde de Jordana, Ministro de Exteriores en la parte más difícil para elaborar una política exterior en el conflicto, de septiembre de 1942 a agosto de 1944), hacen de la obra un manual obligado de referencia sobre este tema.

Manual obligado, pero no el definitivo, porque Tusell deja algunas lagunas. Sobre todo se echa en falta un reposo de la obra, quizás imposibilitado por las premuras editoriales ante la celebración del 50 aniversario del fin de la guerra; pocas novedades y la reafirmación de objetivos ya dibujaos anteriormente (como lo difícil que es borrar la imagen del Franco neutralista, a pesar de los documentos y testimonios que contradicen la leyenda) indican los limitados esfuerzos que el propio Tusell ha hecho por superarse a si mismo en el libro. Franco, España y la II Guerra Mundial es principalmente una recopilación de anteriores trabajos y los principales descubrimientos son la posibilidad de que España hubiera reconocido el gobierno de la República Social de Saló de Mussolini en 1943 o el conocimiento por parte de Franco de la ayuda a submarinos alemanes durante el comienzo del conflicto.

En referencia a la Guerra del Pacífico, las referencias de Tusell son más bien pocas y además inconexas. El hecho de que no haya visitado los archivos estadounidenses (excepto la Biblioteca de Roosevelt) explica esta carencia, pero no lo justifica, puesto que una guerra no se puede escribir sin referirse a la otra y viceversa. Tusell no analiza suficientemente el significado del tercer miembro del Eje y del pacto Tripartito como posible fuerza de disuasión frente a la cada vez mayor implicación de Estados Unidos en el conflicto. El ataque a Pearl Harbor tampoco está suficientemente analizado; tras señalar que no cambió para nada la posición española, a las pocas páginas habla de una fuerte tensión entre falangistas y conservadores en España hacia diciembre de 1941, en la que cualquier hecho, siquiera lejanísimo, hervía los ánimos; se refiere al ejemplo de un capitán alemán destituido en la Campaña de Rusia, pero las victorias japonesas debieron tener también  una fuerte importancia, principalmente en favor de los falangistas. Además, la Conferencia de Río de Janeiro (enero-febrero de 1942) alineó a España de la gran mayoría de las repúblicas latinoamericanas, en cuanto éstas se unieron al esfuerzo de guerra estadounidense contra el Eje y, por tanto, de alguna manera contra España. Incluso los adalides latinoamericanos de la neutralidad, Chile y Argentina, estuvieron siempre más vinculados a Estados Unidos, de forma legal. Y una de las causas principales de este arroparse bajo el manto estadounidense fue el ataque a Pearl Harbor, considerado en ese continente como una provocación a todas las naciones, pero  alabado desde España.

La entrada de Japón en la guerra provocó la participación indirecta española en la Guerra del Pacífico en dos aspectos tampoco suficientemente tratados por Tusell, la representación de los intereses por España y el espionaje. La primera tuvo su importancia, porque representantes españoles quedaron a cargo de proteger a los súbditos del Eje, principalmente a los japoneses y sus propiedades en la mayor parte del continente americano, en unos momentos en que se desató el odio racial y en que saqueos de propiedades fueron moneda corriente (a muchos de ellos, sobre todo en Estados Unidos) se les recluyó en campos de internamiento. No hay una palabra de Tusell sobre este papel y sobre la impopularidad que le creó asumirlo. Sobre el espionaje, solo hay una pequeña mención (basada en un artículo escrito a vuelapluma) a la Red de espionaje Tô (Oeste, no Puerta),  compuesta por españoles, que trabajó en Estados Unidos y en otros países del continente americano.

La relación con Japón fue un test para el acercamiento a los aliados y, aunque no tuvo importancia en sí, provocó algunos hechos importantes. Uno de ellos fue el Incidente Laurel (octubre-noviembre de 1943), provocado a  raíz de un telegrama de salutación del Ministro de Exteriores Jordana al presidente del gobierno filipino instalado por los japoneses, José Laurel, que llevó al momento más crítico en las relaciones con los Estados Unidos, a partir del cual se abrieron las negociaciones hispano-norteamericanas para el fin de la venta del wolframio a Alemania. Otro, fue la ruptura de relaciones con el Imperio Japonés, en abril de 1945, con el objetivo de situarse técnicamente en el lado aliado y poder ser invitado a la Conferencia de San Francisco, origen de la ONU. Tanto en el primer punto como en el segundo hay errores importantes.  En el primer caso afirma Tusell que Jordana buscaba una  paz en Oriente (en China mas que en Filipinas) en la que España pudiera desempeñar un papel importante, cuando las posibilidades  de Madrid en esa región eran claramente nulas y las relaciones con Japón un engorro cada vez mayor. Refiriéndose al motivo de la ruptura de relaciones de 1945, Tusell señala la destrucción de todas las propiedades del Estado español en Manila y la muerte de más de cincuenta funcionarios españoles. Las tropas japonesas, no obstante, no destruyeron todos los edificios propiedad del Estado español porque, en todo caso, ese consulado era lo único poseído entonces por el Estado español (en alquiler) en Filipinas y tampoco se asesinaron un total de 50 funcionarios españoles, porque España no tenía mas que un cónsul destinado allí y en esa masacre en concreto casi todos los que murieron eran filipinos. El joven falangista guardián del Consulado y otra familia que se había refugiado allí fueron los “únicos” españoles muertos, mientras que el Cónsul y su familia sobrevivieron. Una obra buena, pero mejorable en la parte asiática. 

 

 

Villalobos, Federico (2003): “Distancia y aislamiento” Crónicas Carolinas (ABCD)

Distancia, aislamiento y aventura 

Crónicas Carolinas

Federico VILLALOBOS

Siete Mares, Madrid, 2003. 223 pp.

 

“La gloria es mayor cuando menor es el número de llamados a compartirla,” dijo Álvaro de Saavedra desde México en 1527 al salir su barco en busca de las armadas perdidas en los confines opuestos del Pacífico. Fue premonitorio, porque  la distancia es la principal referencia a esos parajes. Están casi tan alejados de Asia como de América y los españoles primero debían cruzar el Atlántico, luego el Pacífico hasta Filipinas y, finalmente, continuar otros miles de kilómetros para llegar a unas islas apenas habitadas. No es de extrañar que muy pocos españoles se aventuraron a tanto viaje y que se pueden contar casi con los dedos de las manos lo que vivieron en estas islas de extensión mínima, de ahí el nombre de Micronesia,

Federico Villalobos narra la gloria, pero también las desdichas, de esos pocos aventureros en las páginas de las Crónicas Carolinas, unas islas que deben su nombre a Carlos II. Con el último reducto colonizado, Guam, la más meridional de las Marianas, a varios días de navegación, los viajes a las islas Palaos (ahora Belau), o a los archipiélagos de Yap, Ponapé, Kusiae y Truk (los actuales Estados Federados de Micronesia, cuyos tres últimos nombres ahora son Pohnpei, Kosrae y Chuuk) fueron, más que eventuales, esporádicos. Y con las crecientes ambiciones imperiales se convirtieron en islas fronterizas por antonomasia; esos lugares que definía el maestro de historiadores José María Jover como “marca fronteriza entre soberanías inciertas abierta a la exploración […] una posición que mañana puede perderse.” Los nativos, por tanto, vivían sin siquiera saber el imperio al que nominalmente pertenecían y los occidentales que conocieron fueron, antes que nada, aventureros, solitarios, emprendedores varios y, quien más quien menos, vagamundos de variado pelaje.

 

Las páginas escritas por Villalobos relatan las peripecias vividas en esas tierras, no por reducidas en extensión o por alejadas menos vibrantes.. Los primeros misioneros desaparecidos al intentar cristianizar las Palaos, el pirateo Sudista hundiendo buques balleneros Confederados durante la Guerra Civil estadounidense, o los primeros pasos de los misioneros metodistas norteamericanos en medio de una población sexualmente desvergonzada. O las peripecias españolas al ocupar oficialmente un territorio, a raíz de que la Conferencia de Berlín (1885) estipulase que para hacer efectiva la soberanía era necesario ocuparlo. Tras consultar un buen número de libros, aunque se traslucen pequeños errores marginales (hay algunas confusiones entre las diferentes áreas del Pacífico, porque los cerdos, donde son alimento habitual, es en Melanesia, y los micronesios apenas tienen barbas para decorárselas con flores) Federico Villalobos ha novelado estos hechos con la emoción que merecen. En capítulos breves y amenos, y reflejando sobretodo esas historias de interés humano que tan de lado se dejan en los libros de historia, el libro es un poderoso imán hacia esa región tan amplia que, aún con el auge de las comunicaciones de hoy día, sigue teniendo partes recónditas. Siempre recordaré lo ufano que se me mostraba el aduanero de Funafuti (la capital de Tuvalu, las antiguas Ellice, Polinesia) al comentar su creciente trabajo porque entre yates y aviones, me aseguraba, “hemos llegado a tener en un solo día hasta treinta turistas.” Podía ser verdad, pero no lo parecía. A juzgar por los pasajeros del único avión regular (dos veces a la semana) pensé: deben de llegar en yate.

Vlastos, Stephen, ed. (1998): Mirror of Modernity: Invented Traditions of Modern Japan (REP)

Stephen Vlastos (ed.), Mirror of Modernity: Invented Traditions of Modern Japan. Berkeley y Londres: University of California Press, 1998. xvii + 328 pp.

 

En Revista Española del Pacífico, Años XII-XIII, N. 15, pp. 150-151.

 

 

El libro editado por Stephen Vlastos es una colección de ensayos escritos siguiendo la estela de uno de los historiadores más lúcidos del siglo: Eric Hobsbawm, quien en 1983 co-editó el libro The Invention of Tradition (Cambridge: 1983). Este profesor británico afirmó que la tradición, más que la suma de las prácticas pasadas reales que han perdurado hasta el presente, es como “tradition is as modern trope”, una representación prescriptiva (o normativa)[legal, sancionado por la costumbre) (modo de adquirir la propiedad de una cosa por haberla poseído durante el tiempo fijado por las leyes) de instituciones e ideas socialmente prescriptivas que se piensan han ido pasándose de generación en generación. La propuesta de Hobsbawm, como las de Edward Said con el “Orientalismo” o de Benedict Anderson con las “Comunidades [152] Imaginarias” ha sugerido también a los especialistas en Japón la búsqueda de paralelismos con los descubrimientos del libro editado por Hobsbawm, relativo a la historia del Reino Unido. Con este bagaje, un total de 18 autores han desentrañado la maraña de errores que rodean varias presuntas tradiciones japonesas, en aspectos como el legal, la vida en el campo, el folklore, los deportes, las relaciones entre género o la propia historia, que supuestamente han sido mantenidas a lo largo de los años.

            Desde que Eric Hobsbawm y Terence O. Ranger editaron en 1983 un volumen sobre la Invención de la Tradición en el Reino Unido, un buen número de historiadores de todo el mundo han seguido la línea de identificar esas tradiciones que, al contrario que las costumbres o los mitos, claman representar una cualidad invariable del pasado. Como figuras ubicuas en las sociedades modernas, las tradiciones inventadas han sido creadas en función de unos objetivos y como respuesta a unas ambiciones, tanto para buscar unos resultados como para reconfortarse con el entorno y con la historia. Porque la tradición, marco temporal previo a la modernidad y fuente de reproducción de moldes culturales, también es, según el editor Vlastos, especialista en el Japón rural durante la época Tokugawa, “lo que requiere la modernidad para prevenir que la sociedad se desbande” [2]

 

            Definidas como motor y como volante, las tradiciones inventadas en Japón también han sido una dinámica importante a lo largo de su historia contemporánea. Nos ayudan a comprender especialmente este país porque, al contrario de otros pueblos colonizados, como la India, donde han sido definidas por los colonizadores británicos, las elites japonesas son las que han definido su propia modernidad y, con ello, han podido escoger la tradición que se adaptara mejor a sus necesidades. Por esta cualidad especial de que el Japón moderno ha sido configurado por sus propias elites (expresada conscientemente por Kenneth Pyle en el titulo de su libro The Making of Modern Japan, Seattle: University of Washington, 1996), el libro editado por Stephen Vlastos, con contribuciones de una buena parte de la flor y nata de especialistas en Japón, es una aportación clave para poder entender este país. Según señalan varios autores, las instituciones prevalecientes en Japón no son producto de una cultura inmemorial, sino de elecciones políticas específicas hechas en la atmósfera del Japón de fines del siglo XIX y de principios de siglo XX, con un contexto de depresión y de guerra clave para poder entenderlas.

 

            El libro, de esta forma, esta dividido en varios apartados que ilustran diferentes aspectos de esta búsqueda de modernidad por medio de la tradición. Empieza con tres artículos en el capítulo “Armonía,” (wa) sobre su función en la justicia (Frank Upham), en el trabajo (Andrew Gordon), y sobre las referencias históricas a este concepto (Itô Kimio), que vienen a señalar que el famoso rechazo de los japoneses a los litigios, por ejemplo, son simplemente producto de unas necesidades de inventar nuevas tradiciones para, como señala Ito Kimio, estabilizarse la propia modernidad[38]. La parte de la “Aldea” está compuesta por cuatro artículos sobre las diferentes ideas de comunidad (Irwin Scheiner), sobre el concepto de agrarismo en el período de entreguerras (Stephen [153] Vlastos), sobre los intentos de evocar el pueblo de cada uno o furusato con intereses políticos (Jennifer Robertson) y uno especialmente ilustrativo sobre cómo fueron alentados los campesinos a emigrar a las tierras inhóspitas de Manchuria creando la ilusión de una tradición migratoria inexistente, a cargo de Louise Young, autor del comentado libro “Japan’s Total Empire. Manchuria and the Culture of Wartime Imperialism (Berkeley & London: University of California Press, 1998). La crisis de 1929 afectó tremendamente a los recursos rurales, que disminuyeron de forma drástica por caer las exportaciones de seda, y tras ello ganó fuerza la idea de ajustar la población con los recursos, por lo que el estado empezó a financia la emigración y a apoyar la salida masiva de los habitantes “sobrantes” como forma de rehabilitar el campo. Así, los burócratas estatales nipones apoyaron estos movimientos masivos de población de varias formas, estableciendo “ratios de población ideal”, apoyando organizaciones dedicadas a la emigración y, sobre todo, creando una ilusión para fomentar la imagen de Manchuria como la tierra de la oportunidad de los campesinos pobres pero ambiciosos. Hablando a los campesinos de autogobierno, buscando pueblos utópicos que cumplían las cuotas para el envío de emigrantes (Ohinata) y elevando a algunos emigrantes a la categoría de héroes, se construyó y se popularizó una tradición, la del asentamiento en Manchuria, que concordaba con los intereses del gobierno y que, además, fue enfatizada cuando a partir de 1939 el entusiasmo inicial estaba ya en declive.

 

Sobre lo “popular” escriben dos autores (Hashimoto Mitsuru y Harold D. Harootunian) alrededor del etnólogo pionero japonés, Yanagita Kunio, dedicado a re-presentar la imagen de un orden comunal perenne y fundamental que marcaría tanto su espacio como su vida diaria   El Sumo (Lee A. Thompson) y el Judo (Inoue Shun) son los  “deportes” tratados en el capítulo cuarto, en los que también se puede comprobar que la antigüedad que se pretende mostrar no es tal. El ambiente que rodea a la lucha de los dos luchadores rikishi, desde el ruedo señalado por una cuerda (que no puede traspasar una mujer, siquiera cuando una ministra de Cultura ha tenido que entregar los premios), el tejado de estilo rural japonés que se coloca encima (que se construyó también cuando hubo una pequeña competición en Madrid en 1994), la ceremonia o incluso los vestidos de la época Edo que llevan tanto el árbitro como los luchadores, es parafernalia creada artificialmente. En la presión por acoplarse y sobrevivir a una sociedad cambiante, los dirigentes de la Asociación de Sumo, entre otros desafíos, han tenido que adaptarse a la aparición de la prensa y la radio, que han obligado a evitar que los partidos quedaran empatados (anteriormente, casi un tercio del total) o a limitar el máximo de tiempo para el shikiri o período de amagos previo al choque, pero sobre todo han intentado darle un status traicional y precisamente el año en que se clamó que era un “deporte nacional” fue cuando comenzó la obligación de los árbitros de llevar el elaborado traje suô y el sombrero eboshi, y de los luchadores el abrigo haori y el traje hakama, los vestidos formales de la época Edo.

Los dos últimos capítulos tratan sobre “género” y sobre la “historia”. El primero [154] incluye dos artículos sobre la tradición de masculinidad por medio de la evolución de la domesticidad para crear espacios a una familia nuclear cada vez más predominante frente a la tradicional (Jordan Sand) y por medio del estudio de las camareras de los cafés (Miriam Silvenberg) y sus relaciones con una clientela diferente de la que acudía a los “barrios flotantes” (Ukiyo) de la época Edo. La parte histórica incluye cuatro trabajos que van desde la invención de una región tradicional para consumo turístico (Kären Wigen), sobre el análisis del capitalismo japonés a cargo de la facción Koza-ha, (Andrew Barshay). El marxismo (por ejemplo, Maruyama Masao) estuvo analizando el capitalismo japonés y sus élites como la parte ilustrada de la moneda de una persistente mentalidad campesina “premoderna”; pero al tildarlo como “semi-feudal”, acabó fortaleciendo la explicación del “capitalismo no-capitalista” japonés inventada por las élites. Dos grandes maestros cierran la parte histórica con reflexiones que es necesario leer muy detenidamente para no perder el hilo del argumento. Carol Gluck se refiere al “Edo como tradicion”, que permaneció  como el “objeto deseado de la memoria moderna” y en un “espacio cultural repositorio de las tradiciones asociadas con la particularidad japonesa, para los positivo y lo negativo”[262], mientras que el profesor de la Universidad de Chicago, Dipesh Chakrabarty, hace una recapitulación de las aportaciones de los artículos, entre las que invita a preguntarse por palabras como “ansiedad”, “shock” o “temor”, lo que le recuerda que “ninguna “invención de la tradición” es efectiva sin una simultánea invocación de afecto, de sentimientos, de emociones y de otras prácticas personificadas” [294]

 

Un libro denso, arduo de leer, de traducir y de comprender pero a pesar de ello esencial para comprender no sólo el Japón de principios de este siglo sino también del actual, porque las tradiciones inventadas que analiza el libro permanecen en buena medida. Durante mucho tiempo, pero sobre todo en los comienzos del siglo XX, la dialéctica modernidad/occidentalización/ retraso frente a niponización determinó buena parte de las conductas y, con ello, de la percepción del entorno propio entre los japoneses. Pero si bien los términos pueden haber cambiado (modernidad ya nose identifica con occidentalización) la necesidad de cambio y de inventar tradiciones permanece. Se verá en qué dirección.

 

 

VV.AA. (1996): La imagen de los latinoamericanos sobre el Japón y los japoneses (REP)

VV.AA. La imagen de los latinoamericanos sobre el Japón y los japoneses. 3 vols. Instituto Iberoamericano, Latin American Series, Universidad de Sophia, Tokio, 1996.

El Instituto Iberoamericano de la Universidad de Sophia realizó en 1988 y en 1990 una encuesta para conocer la imagen de Japón y de los japoneses (en el texto japonés, de Japón «tainichi») en América Latina, gracias a la Fundación Toyota. Ha supuesto un tremendo esfuerzo, pero ha deparado unos datos interesantes. Dirigido por el padre Gustavo Andrade, SJ, se comenzó en 1988 con una encuesta piloto en Colombia y se prosiguió en junio de 1990 en nueve ciudades de otros siete países de la región: Argentina, Brasil, Colombia, Costa Rica, México y Perú. Hubo por tanto dos países en los que la encuesta se realizó en dos ciudades: México (Ciudad de México y Tijuana) y Brasil (Brasilia y Sáo Paulo). Se encuestaron cien estudiantes y cien no-estudiantes en cada ciudad, cuya elección correspondía a cada coordinador (por lo que se le ha concedido mayor importancia al primer grupo de encuestados) y [622] posteriormente se organizó una conferencia en Bogotá para estudiar los resultados.

Fruto de esta labor son tres volúmenes en japonés, español y portugués que recogen tanto las conclusiones de cada coordinador y generales, como los cuadros estadísticos con las respuestas. En el primer volumen se publica el resultado de la encuesta piloto en Colombia, explicando las preguntas, las respuestas y los objetivos que se buscaban en cada apartado: los caracteres de los japoneses, nivel de comprensión por el Japón, instituciones políticas, comparación con los alemanes en el trabajo, etc. El segundo es en idioma japonés y concentra los estudios cuantitativos de cada país elaborados por los investigadores japoneses, junto con los porcentajes de respuesta en cada una de las 24 preguntas (algunas con varias partes) separados entre estudiantes y no estudiantes. El último libro, en español y portugués -los artículos sobre Brasil- incluye un artículo general a cargo de Kotaro Horisaka y presentaciones generales de los encargados de la encuesta en cada ciudad, de calidad desigual, añadiendo también los cuadros estadísticos de las diferentes respuestas.

Un estudio, en definitiva, muy conveniente para la elaboración de la política futura del Japón hacia Latinoamérica, y lo decimos así porque uno de los resultados de la encuesta, precisamente, es que las altas expectativas que se ponen sobre las futuras relaciones con Japón se basan en la espera de la iniciativa nipona. Japón deberá hacer los esfuerzos tendentes a mejorar unas relaciones cuyo resultado iría en beneficio de Japón, pero también de América Latina, parecen pensar los latinoamericanos. Sería necesaria una nueva encuesta, por otro lado, para comprender el porqué esperar sentados a que otros les mejoren la economía, aunque alguno (como el coordinador de la encuesta en Perú), saca a relucir la costumbre peruana de esperar que las soluciones a los problemas vengan de fuera. Ciertamente habría que incluir a España en una posible futura encuesta porque aquí se tiene una mentalidad semejante: se espera que sean los japoneses los únicos impulsores de los estudios sobre este país, como si ellos fueran a ser los únicos beneficiados.

FLORENTINO RODAO

Xu Meihong (2002): Hija de china. Una historia real de amor y traición (Clío)

 

Hace una década era la amenaza japonesa lo que más inquietaba de Asia a Estados Unidos y ahora es China. La producción editorial es reflejo de ello: la historia de una espía china es material seguro de publicación. Hija de China relata lo burdo que es el servicio secreto chino a través del enamoramiento de una pareja. Los personajes se dividen tajantemente entre malos (los comunistas recalcitrantes) y buenos (los reformistas y el norteamericano), y se echa de menos algo de complejidad en las caracterizaciones: sobra heroísmo y maldad, y faltan términos medios. La protagonista, a pesar de haber pertenecido al servicio secreto, se muestra libre de toda culpa. Los agradecimientos, casi todos a personas del entorno editorial, y las referencias extemporáneas que abonan las críticas al sistema chino (reclusos en el ejército trabajando en la producción para la exportación, muertes en la revolución cultural, machismo) sugieren que la obra fue concebida primero de manera oportunista para beneficiarse de la amenaza estratégica china y después surgió el relato, adaptado a la coyuntura del momento.

Xu Meihong narra la historia de su vida. Comienza durante la ocupación japonesa en la Segunda Guerra Mundial, continúa con sus sufrimientos durante la Revolución Cultural (1967-1968) y sigue con su entrada en el servicio secreto donde recibe el encargo de espiar a un profesor de quien se enamora. Su romance la lleva a ser detenida por las autoridades y sufre nuevas penalidades hasta que consigue salir, casarse y viajar a EE.UU.

Yokoyama Toshio (1987): Japan in the Victorian Mind. A Study of Stereotyped Images, 1850-88 (REP)

YOKOYAMA TOSHIO, Japan in the Victorian Mind. A Study of Stereotyped Images, 1850-88. MacMillan, Hongkong, 1987. 233 pp.

Reseña en Vol. 8, Revista Española del Pacífico ,  185

Las imágenes de Japón en la Inglaterra Victoriana es el tema del libro escrito por Toshio Yokoyama, basado en su antigua tesis para la Universidad de Oxford en el Departamento de Historia Moderna, en 1982. La temática es importante porque Gran Bretaña era en esos momentos la principal potencia mundial y la creadora de imágenes sobre el Asia Oriental; no solo Japón, sino también China. La forma en la que percibieran los británicos a los japoneses, por tanto, fue de alguna forma copiada por el resto de los países, aunque en cada uno de ellos con sus propias características.

Basado su estudio en la recopilación de noticias en las revistas consideradas más importantes que mayor atención le dieron a Japón, Yokoyama señala varias etapas en esa percepción de Japón desde la llegada de los primeros ingleses en la década de 1850 hasta mediados de 1880. Finaliza con el estreno en Londres de la popular opereta, The Mikado, el 14-3-1885 de marzo de 1885. Los títulos de los capítulos son indicativos de la evolución de esa imagen de Japón en la Inglaterra victoriana: «El país singular»; Japón y los editores de Edimburgo; Bretaña, el feliz pretendiente de un Tierra de Hadas; Bretaña, el pretendiente desilusionado; En busca de la vida íntima de los Japoneses; «La extraña historia de este extraño país»; el Vacío expandiéndose y Viajantes Victorianos en la «Tierra de los duendes» japonesa.

Yokoyama muestra a lo largo de su libro que el vacío entre la realidad de un país y la percepción del otro era amplio y provee una pista importante para entender el papel de la subjetividad al generar la imágenes de los otros. El recorrido por los devaneos de esa subjetividad es interesante y no es necesario remarcar que depende tanto de lo ocurrido en Japón como de las dificultades propias internas del Reino Unido; si acaba con la opereta The Mikado es precisamente porque esta fue una sátira contra la sociedad británica, usando a un Japón feliz y alegre como argumento.

La información sobre Japón como excusa para la crítica en el interior puede ser una de las conclusiones de este libro, que nos enseña como el Japón verdadero y el Japón representado en Gran Bretaña se van distanciando cada vez más según pasaba el tiempo. Es interesante la distinción final que hace de los autores que escriben sobre Japón: los que han estado residiendo, los que lo han visitado y los que nunca han ido y entre ellos los más influyentes fueron precisamente los que nunca estuvieron en Japón.

Una imagen de Japón, por cierto, que en sus rasgos básicos quedó ya delimitada en la década de 1850, a pesar de lo poco que se conocía entonces. La razón de esta aparente relación inversa conocimiento de Japón/ influencia sobre la imagen del país, apunta, es la mayor cercanía de los que nunca habían estado en Japón con los editores de la revistas. [606] La explicación es convincente, porque estos editores eran los que sabían mejor cuáles eran las historias que prefería el público y cuales tenían menos éxito. Contar cómo era Japón por medio de lo que se llamó «exactitud fotográfica» tuvo menos gancho que buscar los aspectos más llamativos. Y si ocurrió en Inglaterra, el país donde mejores especialistas hubo sobre Japón, es presumible que ocurriera lo mismo (o más acentuado) en otros países.

Y aquí está quizás la aportación más interesante de este libro, porque llama la atención de que fueron los editores de las revistas los que escogieron conscientemente el adjetivo «singular» para calificar a Japón. Se buscaba un Japón irreal y se le describió así, buscando o inventando la información; es más, incluso aquellos que habían vivido en Japón recurrieron a estas técnicas al tiempo de regresar del país. Ello nos hace reflexionar sobre las teorías de poder-saber de Foucault: el poder domina la generación del saber. Pero no basta acusar simplemente a las altas esferas; todos nosotros somos partícipes de esas deformaciones en cuanto también tenemos un poder de comprar y de usar los medios. Puede ser un poder pequeño, pero también es el final en último término, como receptores finales de la información.

El estudio de Yokoyama, no obstante, no puede ser considerado definitivo por cuestiones metodológicas: no explica el método de haber escogido un rango de revistas o publicaciones para que éstas puedan ser consideradas representativas, ni tampoco hace un análisis de las imágenes o del tipo de público al que iban dirigidas las revistas. Aparentemente fue a la Hemeroteca «a la brava», sin análisis previo. Aunque dice que basa su análisis en el lenguaje, hace poca abstracción del uso de términos, a excepción de algunas referencias a Japón con términos tales como «Occidentalizado» o «Desnacionalizado». Por otro lado, el libro es tremendamente difícil para seguir el hilo, en parte por no usar un estilo literario ni unas pautas para conducir al lector y en parte por el uso abusivo de citas con la excusa de dejar a los «escritores victorianos a que hablen por ellos mismos» [XXIII]. Quizás Yokoyama debía de haberse dejado ayudar, también él, por los editores. Habría podido aprovechar mejor la información tan interesante que ha deparado su estudio y habría hecho un libro más cómodo. Y con mayor influencia. Lo mismo que hace un siglo.

FLORENTINO RODAO

 

FILMS: Zwick, Edgard (2003): El último samurai (REP)

El corsé del samurai

 

         Cada nueva película de samuráis es una nueva ocasión para el debate entre realidad y ficción, entre ambiciones futuras y sueños pasados. También, sobre cómo se reflejan de forma distinta esa necesidad de encontrar mundos irreales según sean en escenarios conocidos o imaginarios.  Por ello, resulta inevitable comparar las últimas películas con este tema.

         El ocaso del samurái (Tasogare Seibei, 2002) es la última película aparecida en las pantallas españolas sobre este tema. Fue precedida por Zatoichi (2003), la película interpretada por Takeshi Kitano siguiendo la estela de una de las series televisivas más famosas, de un samurai ciego y pendenciero convertido en un clásico, como ocurre con otro personaje también a la espera de próximo estreno, Tange Sazen (2004), manco y tuerto pero también conservando una destreza suficiente para seguir derrotando a sus contrincantes. Frente a ellos, las películas producidas en Occidente han ofrecido perfiles muy diferentes. Kill Bill (2004) ha sido el último escenario, en donde también ha aparecido un personaje favorito de las películas y series de televisión, Hattori Hanzô,  siquiera en un papel marginal. Incluye escenas memorables, como la lucha en el jardín japonés nevado, pero la película es una confusión continua entre elementos japoneses y chinos. El último samurái (2003) es el ejemplo más significativo y también refleja una mezcolanza irreconciliable entre la base histórica y el resultado final. Estas cuatro películas estrenadas recientemente son reflejo de unos directores reflejándose en esos personajes históricos, como ocurre con ese Zatoichi tan akitanizado o esas escenas tan propias de los filmes de Tarantino, hechos a su imagen y semejanza, pero también de un público dispuesto a reflejarse en los valores que supuestamente ostentaban los samuráis. Yoji Yamada refleja un samurai de bajo rango más propicio a disfrutar de sus hijas y del amor que de los duelos, replicando de alguna manera el personaje preferido de sus películas, Tora-San, ese vagabundo del Japón del desarrollo más preocupado en sus decenas de películas por ayudar a la gente que por beneficiarse de ese progreso que estaba echando a perder el Japón tradicional. La película de Edward Zwick también reelaboró a Takamori Saigō y la revuelta de Satsuma de 1876-77. La llamada de Saigō a ralentizar la Renovación Meiji de 1867-68, su derrota y la pervivencia de su carisma inspiraron El último samurái y, con ello, remozaron el interés por estos guerreros arquetípicos, por su credo, y por el entorno que los explica, la cultura japonesa. Pero en este esfuerzo por apelar a ese público masivo, el medio cinematográfico difumina la efervescencia vivida en el sur de Japón por esos antiguos samuráis reconvertidos en alumnos de las escuelas fundadas por Saigō. Los cambios entre ese jaque al gobierno, a punto de liquidar el impulso modernizador, y su reflejo en celuloide son significativos y el director, de hecho, prefirió cambiar los nombres. El mensaje, no.

        

         No había consejeros de Estados Unidos en el ejército japonés. Pero para conseguir la identificación del público, el protagonista tiene un puesto ocupado, en realidad, por franceses o alemanes. Los americanos ayudaron como expertos en el esfuerzo modernizador nipón, pero fueron invitados, sobre todo, a ayudar en la colonización de la isla norteña de Hokkaidō, hasta entonces un territorio virgen apenas ocupado por unas decenas de miles de ainu, pensando en su experiencia en el Oeste.

 

         Tampoco eran ninjas los autores del atentado a Katsumoto, el personaje que representa a Saigō. Pero el público agradece que vayan desfilando el mayor número de iconos y las artes marciales son recurrentes, como los harakiri.

 

         Toshimichi Ōkubo, transmutado en el Omura peliculero, no era el miembro del gobierno corrupto, desalmado y derrochador que representa la película. Ōkubo saldó con creces sus cuentas en un atentado cruel, sacado a rastras de su carruaje tras mutilar las piernas de los caballos, y rematado con saña. Cuenta Donald Keene en su Emperor of Japan: Meiji and his World, 1852-1912 (Nueva York, Columbia University Press, 2002) que el golpe de gracia en la garganta lo dieron con tanta fuerza que la espada penetró en la tierra. Es difícil explicar esa muerte más allá del odio de sus enemigos, porque Ōkubo-Omura también buscaba lo mejor para su país. El mismo día de su muerte discutía el proyecto de abrir un canal de riego para aumentar la producción agrícola. Además, hubo poca corrupción en esos años y el declive del nivel de vida de la población fue, en parte, por la inflación garrafal a raíz de la obsesión por proteger la posición del emperador en los Tratados Desiguales firmados con Occidente. Los salarios de los extranjeros  (los O-yatoi-san) tampoco se decidían a la ligera porque, aunque se les pagaba mucho porque querían personal capaz, les dejaban sin empleo en cuanto podían ser sustituidos con nativos. En realidad, esos burócratas y funcionarios tipo Omura manteniendo el pulso firme durante tantas décadas, en contra de vientos, de mareas y, también hay que decirlo, del pésimo nivel de vida de la población. Y  los resultados están a la vista; al conseguir que Japón, de candidato a ser colonizado, utilizara en beneficio propio la amenaza del imperialismo. La historia ha tenido una cosecha abundante de guerreros salvapatrias, pero no tanta de funcionarios trabajando en su despacho como los de entonces.

 

Las necesidades del guión, de la trama, de señalar perversos, de lograr la empatía del público o el escaso atractivo de los burócratas como héroes peliculeros cambiaron El último samurai, como en cualquier tira y afloja entre ficción y realidad, entre medio y mensaje, o entre autor y espectador. Ocurre siempre, tanto en el cine como en las novelas, en la poesía  o en la misma historia, e incluso cuando el emisor y el receptor de los mensajes son la misma persona. Así les acaeció a los samuráis, que ni eran tan temerarios ni su lealtad era tan ciega, tal como ya notaran los primeros misioneros cristianos sino, antes bien, mercenarios dependientes del monto de las ofertas, preocupados por sus propias tierras, retirándose cuando el combate iba mal y no tan duchos en artes marciales, luchando más bien con lanza para no magullar las costosas espadas, caso de tenerlas. El mito de los samuráis, de hecho, lo crearon ellos mismos en el siglo XVII cuando, con una vida más aburrida trabajando como burócratas de señores feudales en un país pacificado, necesitaban regodearse en glorias pasadas para sobrellevar mejor su creciente marginación y sus ingresos en declive. Y esa reinvención samurai entró en una nueva etapa hace justo un siglo, en el momento de rearmar ideológicamente al Japón imperial, tras haber vencido a la China y cuando estaba dispuesto a enfrentarse con Rusia. En esos años fueron publicados algunos de los principales libros para definir la unicidad de Japón, como El libro del Té, de Okakura Kakuzô, o el de Nitobe Inazo, Bushido. El alma de Japón pero los luchadores hereditarios ya no eran sino leyenda: apenas quedaban unos pocos abuelos que pudieran recordar haber llevado las dos espadas.

Invención de la tradición, otro recurso más para representar a Japón a gusto del receptor del mensaje;  pero los contrastes paradójicos han sido peores. El director de la película, Edward Zwick aceptó cambiar las prácticas de kárate, que entonces sólo se practicaba en Okinawa, por las de jūjutsu, pero  no pudo rehusar el corsé de la tradición y la modernidad para interpretar a Japón: “Sé muy bien que los rebeldes hicieron suyas las armas modernas”, le dijo Zwick, a Mark Schilling, su asesor histórico, al señalar lo que era clave en el relato. Esa misma dualidad utilizó Ruth Benedict en su El crisantemo y la espada (reeditado por Alianza en 2003, tras tantos años agotado), expresando con ese título su idea básica: que los nipones conjugan al mismo tiempo y “en grado sumo” el amor por la violencia y por la estética. Lo continúan muchas paradojas más: agresivos y apacibles, militaristas y estetas, insolentes y corteses, rígidos y adaptables, dóciles y propensos al resentimiento cuando se les hostiga, leales y traicioneros, valientes y tímidos, conservadores y abiertos a nuevas formas. Pero esa contraposición no vale. Los rebeldes también utilizaron cañones y rifles “occidentales” y el suicidio de Saigō fue enfundado en un uniforme parecido al de almirante inglés. Como promotor de la Renovación Meiji, Saigō había colaborado en la entrega de armas de los samuráis, su alejamiento del gobierno fue tras caer en desgracia por sus propuestas sobre Corea y el éxito de su revuelta se entiende mejor pensando en la desesperación económica que en apoyar unas tradiciones. Tras diez años de Renovación, Japón había cambiado y las reverencias a los samuráis eran ya obsoletas.

         Además de esas obviedades de las tradiciones y las modernidades, Japón ofrece, en palabras de Octavio Paz, (El signo y el garabato, Joaquín Mortiz, Mexico, 1989, 1. ed. 1973) “otra visión del mundo, distinta a la nuestra pero no mejor ni peor; no un espejo sino una ventana que nos muestra otra imagen del hombre, otra posibilidad de ser”. Resulta, no obstante, más sencillo reflejarnos en ese espejo, siquiera deformado por esos esquemas cognitivos tan superficiales de país raro y oximoron, que atreverse al desafío de mirar por la ventana. Puede obligar a replantearnos muchas ideas.

         Japón se renovó y se sigue renovando, pero su imagen permanece y sólo cambia la cara que se observa. Al son de nuestros propios prejuicios y de nuestra reacción, se prefería observar hace unos años al soldado-empresario que estaba conquistando el mundo por medios pacíficos y que amenazaba la hegemonía estadounidense. Ahora, tras más de una década sumergido en un marasmo económico, se busca el samurai-esteta. Es el contrapunto al japonés traicionero que reflejara Pearl Harbor o, antes, Blade Runner. Quien sabe si el futuro deparará primero una película de la faceta negativa (¿sobre la masacre de Nanjing?) o sobre la positiva (¿la bomba atómica?) pero, a buen seguro, será reflejo de ese espejo que nos empeñamos en seguir utilizando. Será porque la visión de Japón nos ayuda, sobre todo, a conocernos a nosotros mismos.

 

El último samurai, dir. Edgard Zwick, 2003. En Revista Española del Pacífico 2004, N. 17: 197-199

 

RESEÑAS MÚLTIPLES: Sionil Jose, Francisco (2003) El árbol de la esperanza; (2004) Mi hermano, mi enemigo (2004) & Vilaró, Ramon (2003): Tabaco, el imperio de los marqueses de Comillas (REP)
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