Un joven infiltrado en la boda imperial

3 de junio de 1993. Recinto imperial. Era el gran día de la boda. Tras el paseo por Tokio, hicieron distintas ceremonias a lo largo de una semana, una para gobernadores, otro día fue para embajadores y embajadoras y el último, un viernes, fue para amigos. Ahí estuve yo. Parece que fui el único español en la boda junto con el embajador; extrañó que no invitaran a la infanta Elena, porque con una visita suya empezó el romance, pero no invitaron a nadie del extranjero.

Llegada con susto

Estaba lloviendo un poco y la gente llegaba en taxi. Yo también, pero solo hasta la puerta, porque como había cola de coches y conocía el lugar y a los guardias de la puerta (de nombre: “Rodao-sensei”), preferí que me dejara el taxista para pasear por el recinto y verlo más despacio. Ya conocía el palacio provisional (el kari-gosho) donde había dado las clases, pero quería ver el otro edificio que, la verdad, fue una decepción, de estilo como inglés del xix. Las habitaciones del palacio, bien, mejor que mi casa, pero tampoco nada en especial. A la puerta del palacio estaban los fotógrafos fotografiando a la gente que salía de los taxis, por eso les evité entrando justo junto a la puerta, sin tener que recorrer la entrada, pero la jugada estuvo a punto de salirme mal. Entre que el suelo estaba mojado y no había alfombra por no ser la entrada normal, estuve a punto de caerme al suelo. Afortunadamente no me caí, aunque sí que algún fotógrafo se dio cuenta; menos mal, estuve a punto de hacerme famoso. Uff. Carne de meme fijo. 

“Limiten sus saludos a treinta segundos”

Una vez todos en la sala, antes de entrar la pareja de casados, pidieron a la gente que no se enrollaran más de treinta segundos con los príncipes, para que pudiera hablar con ellos toda la gente. Me recuerda las instrucciones que recibió el embajador de Francia, escritor y poeta Paul Claudel, durante el terremoto de 1923 en un campamento de supervivientes: «No se debía incomodar ni molestar a los vecinos con movimientos bruscos ni sentimientos negativos. Todos tenían que permanecer tranquilos, juntos en el mismo barco».  Ellos, muy profesionales, muy breves, que había mucha cola y yo no debía ser una excepción. Le pregunté al príncipe «¿Qué tal?», en español, y me contestó «Muy bien». Luego me presentó a Masako-sama como Rodao-sensei, mi profesor de español, y no pude evitar una broma recurrente. Le dije que no, que él había sido mi profesor de japonés. Y nos reímos, como siempre.

Encuentro con conocidos

Me encontré a alguna gente conocida, entre ellos al antiguo embajador en España (y residente en España durante la Segunda Guerra Mundial) que me había recomendado para las clases, Eikichi Hayashiya. Se fijaba mucho en el kimono de Masako-sama, porque luego se lo había de contar a su mujer con pelos y señales. Pongo una foto suya del 2015, le fuimos a visitar y se empeñó en venir con nosotros al festival en Shibuya e incluso se empeñó en bailar. Con tanto gentío, estaba acongojado que se cayera y le pasara algo. También hablé con Yoneo Ishii, profesor de la Universidad de Sophia (https://www.sophia.ac.jp/eng/) y con el que he coincidido en congresos en varios países, del que pongo una foto de la web, porque no encuentro la que le hice en el Valle de los Caídos durante una visita a España. Ishii me contó cómo fue su viaje acompañando al emperador Heisei a Thailandia. No solo recibió su libro y unas clases antes del viaje, sino que cada mañana durante el viaje desayunaban juntos y el emperador le preguntaba dudas señaladas con posits en las páginas.

El amigo italiano de la princesa

También se me presentó un italiano que me preguntó si era de Harvard. Resultó que era amigo de otro amigo mío italiano becario, de los que destacaba por lo bien que vestia. Como habían venido algunos amigos de Masako-san de Oxford y de Harvard, donde ella ha estudiado y como la mayoría de la gente joven era de Oxford, el italiano creyó que yo era de Harvard. Fue una conversación muy interesante, me contó que ese mismo día era el primero en que Masako pudo hacer una llamada directamente fuera de palacio. Luego mis alumnos me informaron de que era un gran amigo de Masako, leyendo la prensa. El italiano y otra gente habían venido a la ceremonia desde sus países, luego estuve hablando con otra gente de Malasia y también con el tutor que había tenido. Me dijeron que aparecí en televisión, pero nunca me he encontrado. 
https://youtu.be/13xZGi6Ge1Y.

Confusión y frustración 

El protocolo cometió un error conmigo porque me indicaron que me quedara para una reunión en privado después. Al poco me dijeron que no. Debía ser el único de la edad de los novios que no había venido de fuera y me dejaron con las ganas. A la salida me llevó Yoneo Ishii, que le había pedido a un conocido ir con chófer. Poco después fue rector de la Universidad de Kanda (https://www.kandagaigo.ac.jp/kuis/english/).

Regalos de boda

El regalito, una cajita de plata de ley con unos patitos y el emblema de la Casa Imperial, con unas bolitas medio dulces, conpeito (una palabra tomada del portugués), que a nadie le gustó. Es lo único que tengo de valor, y la verdad que no lo he disfrutado por miedo a que me lo roben. Durante un montón de años se lo dejé a mi madre, y luego ella ni siquiera se acordaba de dónde estaba. Con el 25º aniversario, El Mundo (LOC), me sacó una crónica y le mandé la foto de la cajita de plata, pero luego le pedí que no la sacara (https://www.elmundo.es/loc/casa-real/2019/10/23/5da9788c21efa0444d8b45e5.html). Lucas de Cal se portó bien. De hecho, intenté vender la cajita en Sotheby’s, pero me dijeron que no, que ni siquiera ahora que es emperador tiene valor. Los otros tres regalos tuvieron un triste destino: la cajita de cigarros con la vitola del crisantemo se los fumó Teresa en secreto cuando se quedaba sin tabaco; el anko (me enteré por la prensa de lo que era, pero tampoco es mi comida preferida nipona) lo mantuve en la nevera y luego estaba enmohecido, y el sake lo llevé a España sin haberlo bebido. Estuvo tantos años guardado que un día regué las plantas sin saber que las estaba emborrachando y acabaron muriendo. Ser historiador me hizo dejar de disfrutar el momento.

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