Erotismo en Japón

Hace algunos años, un norteamericano denunció a su vecino por bañarse con sus hijos de seis años. Siguiendo ese esquema, todos los japoneses son unos pervertidos sexuales. Porque para un niño japonés, hasta los 10-12 años, es ver al padre o a la madre desnudos al salir o entrar al baño, y sobretodo, si se va a los baños termales, lo normal es disfrutar en familia de los placeres del agua caliente. Así, cuando llegan los impulsos desde la pubertad, el sexo puede ser cualquier cosa para un japonés, pero no un descubrimiento del cuerpo ajeno. Esta ya asumido con naturalidad. Con un cierto menor  regusto, porque no ha tenido un culto como en Occidente: desde la propia Murasaki Shikibu, autora del medieval Romance de Genji, se pueden ver expresiones de rechazo hacia el cuerpo propio. Lo que se busca en el futón, así, es más el contacto que la penetración, tal como indican las estadísticas en el caso de las mujeres: las caricias las quieren prácticamente todos los días, pero el deseo de hacer el amor se reduce a una o dos veces a la semana. Los hombres tampoco son muy partidarios del ejercicio brusco nocturno y las prefieren más frágiles. Y al llegar a los momentos cumbre, la palabra más utilizada es “kimochi…”, algo así como “sensación.” No hay precisamente la necesidad de coronar fogosamente una tarea pero, a juzgar por las densidades de población, cumplen de forma honrosa.

 

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